viernes, 26 de septiembre de 2025

Siempre digo que mi vida y la del barrio están marcadas por el Apolo.
En el 1936 se inauguró el club, y en el 1971 se unió con el Club Saavedra y el Machaín; allí nació el Círculo Apolo Machaín Saavedra.
El club ocupaba toda la esquina; con los años se achicó, pero nunca dejo de salir adelante, porque más que un edificio, siempre fue un bastión para el barrio, un lugar para los chicos, para las familias, un refugio donde nos criamos todos.
El Apolo era famoso por sus fiestas de carnaval, aquellos 8 bailes 8” que llenaban la cuadra de alegría, mis padres eran de los primeros en llegar, las mesas eran tablones de madera con familias enteras compartiendo la noche.
De pibe jugaba, corría, soñaba, más grande, con mis amigos, nos sentábamos a tomar un vermú en el buffet, hablando de la vida.
El Apolo también fue escenario de historias, en el 47, por ejemplo, una mujer ganó por primera vez en ciclismo barrial dentro de los juegos deportivos que había creado Eva Perón, la copa creo que todavía se guarda en el club como un tesoro, un símbolo de aquellas épocas de gloria. Si hablamos de música, hay que decirlo, por acá pasaron las mejores orquestas. D’Arienzo, Troilo, Pugliese, Di Sarli, todos tocaron en nuestro club. Una vez invitaron a un colectivero de la línea 19 que cantaba lindo.
Ese colectivero era nada menos que Roberto Goyeneche, También fue vecino nuestro, casi toda su vida, Edmundo Rivero. Muchos no lo querían en las orquestas, hasta que Pichuco, Troilo, lo invitó a grabar un tango nuevo en 1948: Sur. Esa grabación se hizo acá mismo, en Saavedra, en la RCA Victor.
El barrio que rodeaba al Apolo era un barrio de fábricas y trabajo, como comenté más de una vez, acá laburaba todo el mundo.
Apolo también fue fútbol. El equipo Valderrama ganó más de un campeonato en su canchita, con al menos cuarenta años de historia encima. Jugaron mi viejo, mi tío, y después me tocó a mí, acompañando a mis amigos de la esquina de Tamborini y Tronador, alentando contra los pibes de Manuela Pedraza. Cada partido era una fiesta, cada gol una epopeya que todavía se recuerda entre risas y abrazos.
El barrio cambió mucho, ya no están los mismos cines, ni los mismos negocios, ni la misma vida de antes, pero hay algo que sigue emocionando: salir a la vereda y saludar a la señora que barre, cruzarse con los de siempre, mantener la costumbre de conocerse y reconocerse.
Por eso, aunque las torres se levanten, aunque cambie el paisaje, para mí el Apolo y el barrio siguen latiendo. Porque en esas paredes, en esa cancha, en esos tablones de carnaval, se guardan las historias de mi familia, de mis amigos, de mi vida entera. Y mientras alguien las recuerde, el club y Saavedra seguirán vivos.

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