Llueve en la avenida.
La tormenta se sacude sobre el río
anunciando que, lenta,
va a entrar en la ciudad
como una verdad que nadie puede frenar.
La ropa baila en las sogas
antes de ser descolgada,
pequeñas banderas de una tregua breve.
Las flores del rincón de la puerta de calle
sin que nadie tenga que regarlas.
Llueve en la ciudad
mientras los gritos retumban
en el hueco de la escalera,
rebotan en paredes viejas
y no encuentran salida.
En la parada del bondi
un paraguas se abre
y el viento se lo lleva,
como se lleva todo lo que intenta proteger.
Ella se pone la capucha de trabajo,
se cubre una vez más,
no del agua
sino del mundo.
Así como se olvida de todos
cada vez que llueve.
Camina con la cabeza baja,
con la lluvia marcándole el paso,
dejando que el agua borre nombres,
promesas,
caras que ya no duelen
porque ya dolieron demasiado.
Llueve en Buenos Aires.
El refresco alivia el día,
pero no calma la tormenta adentro.
Cuando vuelve,
empapada de ciudad y de rabia,
grita otra vez.
Y la lluvia,
cómplice perfecta,
la cubre, la escucha,
y se queda.

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