lunes, 19 de enero de 2026

 Él venía cansado de buscar sentido en palabras que no alcanzaban, de historias que prometían más de lo que podían sostener.
Ella traía la vida cosida y descosida mil veces: viajes, despedidas, regresos, el coraje de empezar de nuevo cuando todo parecía indicar que ya era tarde.
No se buscaron, simplemente coincidieron.
Como si el tiempo por una vez hubiera decidido ser generoso.
Al principio hablaron mucho, hablaron de lo que dolió y de lo que sanó.
De los amores que no supieron quedarse y de los que dejaron enseñanzas, de hijos, de nietos, de miedos que ya no gritan, apenas susurran.
El diálogo se volvió un lugar tibio, una casa sin paredes donde podían sentarse a descansar.
Después llegó el deseo, no de golpe, no con urgencia.
Llegó como llegan las cosas verdaderas: despacio, sin exigir permiso.
Se miraron distinto, se acercaron sin apuro, entendieron que ya no había nada que demostrar, solo algo que compartir.
El cuerpo del otro no era un territorio por conquistar, sino un hogar por reconocer.
Las manos tocaban con memoria y con gratitud; cada caricia decía estoy acá, cada respiración compartida confirmaba que aún había vida por disfrutar.
En la mesa, dos vasos de whisky con hielo acompañaban las noches; el tintinear suave del cristal marcaba un ritmo íntimo, casi sagrado.
Bebían despacio, como todo lo que hacen ahora.
Porque aprendieron que lo profundo no necesita correr, pero el amor no vivía sólo en la cama.
Vivía en la cocina, cuando se aceitaban sin decirlo y corrían los muebles para limpiar.
En los platos que lavaban riéndose, en el televisor encendido como compañía, aunque muchas veces no miraran nada.
En el perro que se metía entre medio buscando caricias, convencido de que ahí estaba su manada.
Vivía en lo simple, lo cotidiano, en esa alegría tranquila que no hace ruido, pero sostiene.
A veces hablaban desnudos, sin vergüenza; otras veces el silencio era suficiente.
Se reían de las marcas del cuerpo, del paso del tiempo, de la belleza inesperada de seguir deseándose cuando nadie lo esperaba.
Afuera el mundo seguía apurado.
Los autos pasaban sin saber; las noticias gritaban tragedias ajenas.
Y ellos, detrás de una persiana baja, estaban haciendo algo casi revolucionario, detener la vida un rato para disfrutarla.
Cuando la luz del velador quedaba apenas encendida y alguna prenda caía al costado de la cama, se abrazaban sin promesas.
No las necesitaban; el cuerpo del otro era certeza suficiente.
Comprendieron después de tanto camino que el amor no siempre llega cuando uno lo pide.
A veces llega cuando uno ya aprendió a recibirlo sin miedo.
Y así, entre whisky aún frío, platos recién lavados, el perro dormido y el tiempo rendido a sus pies, miran correr la vida sin prisa.
Por primera vez, no sienten que se les escape.


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