jueves, 8 de enero de 2026

 Verte sonreír,
en esta ciudad que nunca duerme del todo,
es un regalo que Buenos Aires entiende.
De tu cara se escapan estrellas
como luces de avenida
después de la lluvia,
y hasta el esmog se hace a un lado
para mirarte pasar.
Cuando cae la noche
y los cuerpos se arriman
como quien busca abrigo en Corrientes,
dejamos de ser dos.
El contagio se vuelve tango,
un abrazo cerrado
donde flotar es caminar despacio
al compás de un bandoneón imaginario.
Andamos lunas
debajo de una sábana de estrellas,
con la ciudad respirándonos cerca,
los colectivos suspirando en la esquina,
y una luna sola, arrabalera,
guiándonos en la semioscuridad
como farol cansado que no falla.
Ahí nos descubrimos
en el clímax imperfecto de las almas,
sin caretas ni promesas grandes,
solo verdad y piel,
solo este modo nuestro
de decirnos quedate.
Así arranca el año en Buenos Aires:
con un tango lento en el pecho,
volando bajo, sin destino final,
mientras la ciudad nos mira
y aprende,
otra vez,
a creer.


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