lunes, 22 de septiembre de 2025

No suelo atender llamadas inesperadas, pero aquella vez lo hice. Antes había llegado un mensaje breve, inquietante, de una amiga del Delta, del río Carapachay. En la llamada me pidió que fuera a su casa: ella y su esposo querían hablarme de un proyecto, un negocio con perspectivas en la zona, algo de lo que prefería no dar detalles por teléfono. Su tono me dejó más preguntas que respuestas. Ante tanta intriga, lo primero que intenté fue averiguar un poco más, pero fue imposible. Ella se mantuvo hermética, casi juguetona, y yo, resignado, comencé a preparar un bolso con lo indispensable. Estaba sin trabajo con un proyecto nuevo, pero en los primeros pasos, si la oferta era valida aceptaría sin mayores inconvenientes, ella es de mi mayor confianza, amiga y alguna vez vecina, nos conocemos desde muy pequeños y pasar unos días en el delta era una buena idea. Al amanecer siguiente, después de un desayuno breve, apenas unos mates, bajé al garaje y encendí el auto y comencé a andar.El tránsito por la Panamericana era un murmullo constante de motores y bocinas, pero yo iba absorto, pensando en las palabras de mi amiga, un negocio en el Delta…qué podía significar exactamente. Llegué a Tigre poco antes de las once. El cielo estaba despejado y el aire húmedo olía a río. Estacioné cerca del museo y, tal como habían prometido, los vi esperándome con una lancha amarrada a pocos metros, ella agitó una mano en alto para saludarme; su esposo, detrás del timón, me observaba en silencio. Subí a bordo, y apenas el motor rugió, sentí que dejaba atrás más que el muelle: era como si cruzara una frontera invisible, el río Carapachay nos esperaba entre laberintos de juncos y casas sobre pilotes, mientras el murmullo del agua golpeando contra el casco parecía marcar un compás secreto, ninguno de los dos hablaba, y el silencio pesaba más que cualquier palabra.El río se abría ante nosotros como una cinta brillante bajo el sol de mediodía, ella sacó un termo y un mate que no tardó en cebar, mientras el esposo mantenía firme el rumbo entre los juncos y las casas de madera que parecían flotar sobre el agua. El primer sorbo fue amargo, como siempre, pero el segundo ya trajo esa calidez conocida que invita a conversar. —Te acordás del verano que casi nos quedamos sin remo en medio del río —dijo ella, riendo.
Y enseguida comenzaron a desfilar anécdotas; tormentas que aparecían de la nada, noches a la luz de un farol, vecinos imposibles, reímos varias veces; el mate circulaba sin pausa, el viaje se volvió una mezcla de nostalgia y alegría, una tregua luminosa antes de lo que fuera que estuviera por venir. La lancha se detuvo suavemente en su muelle propio, firme y cuidado. Aún sin decir una sola palabra sobre el motivo de mi visita, me invitaron a recorrer el terreno antes de subir a la casa. Caminamos hacia el fondo, donde los frutales se alzaban generosos bajo el sol: un limonero cargado que perfumaba el aire, un naranjo con frutos dorados, un duraznero de ramas bajas cuajado de melocotones. Me mostraban cada árbol con una delicadeza casi ceremonial, como si cada fruto tuviera una historia que contar. Subimos luego al porche. La casa era grande, hermosa y cómoda, levantada sobre pilotes, con galerías abiertas al río y una estructura pensada para aguantar las crecidas: ventanas altas, maderas bien tratadas, cunetas y un acceso claro al muelle. Me llevaron al cuarto preparado para mí, sencillo pero luminoso; cuando dejé el bolso, me dijeron que encenderían el fuego: aquella noche habría asado para celebrar mi llegada. El asado fue maravilloso. Las brasas lanzaban su olor a campo, el humo subía en tiras doradas, y entre bocado y bocado el gesto del esposo, que al principio me había parecido algo seco, se ablandó. Hablamos de todo: recuerdos compartidos, vecinos, algún chisme de la zona y hasta de política, con la facilidad de quienes llevan años midiendo la distancia entre una opinión y otra sin romper la mesa. Hubo silencios cómodos, risas, y esa sensación doméstica de pertenencia. Cuando los ruidos de la casa se calmaron y el último mate pasó de mano en mano, él se reclinó en la silla y comenzó a hablar de su proyecto. Su voz cambió de abrupta a pausada; explicó que habían venido trabajando en un emprendimiento de cabañas y gastronomía pensado para el Delta: varias posadas pequeñas y puntos de comida local distribuidos a lo largo de distintos brazos del río, conectados por rutas en lancha. Un proyecto grande, decía, que aprovechaba la belleza de la región y la demanda creciente de turismo de naturaleza. Si yo quería, al día siguiente podríamos recorrer todo el lugar en la lancha: era extenso y se extendía por más de un río; desde el agua se veía mejor la escala del plan. —Y si te decidieras a quedarte —me dijo de pronto, mirándome directo—, podés elegir en cuál de los emprendimientos vivir. Tenés que pensarlo, claro, pero la posibilidad está. Antes de que pudiera responder, ella tomó aire y dijo algo que me atravesó: quería tener hijos. Lo soltó con la misma naturalidad con la que me había mostrado el duraznero, pero el peso de la frase fue distinto. Me contó que él no podía concebir, que habían evaluado la adopción y las técnicas de reproducción asistida, y que, después de mucho hablar, habían pensado en alguien de confianza. «Decidí saber de quién era —me dijo con una risa nerviosa— y te elegí a vos, con el consentimiento de él». El esposo asintió con la cabeza, sin necesidad de palabras; su gesto, ahora más amable, confirmaba lo dicho. La propuesta era un enigma: no solo se trataba de un negocio, sino de algo íntimo, profundo, que los unía y los separaba al mismo tiempo. Ellos no me pedían una respuesta inmediata; querían que lo pensara. Explicaron que, una vez que ella quedara embarazada, planeaban mudarse a Europa, y que yo permanecería en el Delta, a cargo del proyecto que eligiera, comunicándonos por WhatsApp y a través de transferencias bancarias supervisadas por abogados y contadores. Me quedé en silencio, atrapado entre lo práctico y lo íntimo. Y en ese silencio, de golpe, algo volvió a mí: un recuerdo que creí enterrado. Años atrás, mucho antes de que él entrara en la vida de ella, un fin de semana en Villa Gesell nos había unido de manera breve y desordenada. Fue un tiempo de alcohol, de rock, de amigos que todavía no sabían quiénes eran. Lo que pasa en Gesell queda en Gesell, dijo ella al regreso. Y así fue: nunca más se habló de aquella noche, como si hubiera quedado sepultada bajo la arena. Pero ahora lo recordaba… y sospechaba que ella también. Esa certeza me acompañó cuando caminé hasta el muelle. Me senté en el borde, mirando el río, la luna y el silencio. No me di cuenta de que ella se había acercado hasta que, de pronto, se sentó a mi lado. —¿En qué pensás? —preguntó suavemente.Me quedé unos segundos en silencio, y luego hablé despacio:—Sabes bien que lo mío siempre fueron los fierros. Soy mecánico, no contador ni administrador. Más bicho de ruta que de oficina. Desde hace un tiempo vengo planeando abrir mi propio taller: después de años como empleado en una concesionaria, quiero dedicarme de lleno a la mecánica, más ahora que todo es electrónico, computado, y exige especializarse. Ahí siento que está mi futuro. Ella me escuchaba con atención, sin interrumpir. —Por otro lado —seguí—, tu propuesta… no me parece del todo correcta. No te voy a mentir: pienso que, si algún día naciera un hijo mío, por más papeles que se firmen, por más kilómetros de distancia que haya, tarde o temprano yo buscaría acercarme. Y si ese hijo o hija llegara a saber la verdad, lo que hoy parece tu felicidad podría convertirse en una desgracia. El río siguió corriendo. Ella bajó la mirada, pensativa, y el silencio entre nosotros ya no era el mismo que antes. Ella levantó la cabeza y me miró fijo, con esos ojos que siempre supieron leerme más allá de lo que decía. —Por eso pensé en vos —susurró—. Porque no sos un número, ni un trámite. Sos real. Y sé que, si algún día naciera, no sería un hijo sin historia… sería un hijo con raíces. Su mano buscó la mía con una naturalidad peligrosa. Sentí el calor de su piel, y en ese contacto mínimo había algo más que palabras, un recuerdo de Gesell, una chispa vieja que volvía a encenderse. Se inclinó apenas, como tanteando un límite, y el perfume de su cabello me rozó la cara. —Vos y yo sabemos que esto no empieza ahora —agregó, casi en un suspiro. El corazón me golpeaba fuerte, pero antes de que pudiera responder, se levantó de golpe. El banco de madera crujió con violencia y ella caminó hacia la casa, sin mirar atrás, con sus pies descalzos y pasos duros sobre el muelle. El agua volvió a sonar sola contra los pilotes. La luna seguía ahí, indiferente. Y yo me quedé inmóvil, con la mano todavía caliente por el roce, preguntándome si lo que había pasado era una invitación o una advertencia. La noche fue larga. No pegué un ojo. Me quedé en vela en la cama que me habían asignado, escuchando el rumor constante del río y repasando una y otra vez lo que había pasado en el muelle. Ella también había pasado la noche sin dormir, me lo confesó con una sonrisa cansada al amanecer, como si los dos hubiéramos compartido un insomnio sin hablarnos. Cuando subimos a la lancha para recorrer los emprendimientos, llevé conmigo un dejo de tristeza que no pude ocultar. No sabía qué hacer con lo que me habían propuesto, ni con lo que había sentido la noche anterior. Ella, a mi lado, parecía arrastrar el mismo peso, aunque intentara cubrirlo con frases ligeras. El esposo, en cambio, se mostraba distinto; sobrador, mandón, con ese aire de superioridad aprendido. Lo noté en cada gesto, la forma de dar órdenes para maniobrar la lancha, los comentarios cortantes hacia ella, la manera de inflar el pecho al hablar de su proyecto. Había en él un desprecio sutil, apenas disfrazado, que caía siempre sobre su mujer como una sombra. Mientras navegábamos entre canales, fue él mismo quien me contó su historia. No lo hizo como una confesión, sino como quien marca territorio:
—Todo esto empezó con mis viejos, ellos fueron pioneros del turismo en el Delta, cuando acá no había nada —dijo, señalando la ribera como si le perteneciera—. Yo crecí entre estas islas, y cuando mis padres murieron me quedé. Mi abuelo me acompañó hasta que fui mayor; aprendí a remar antes que a caminar. Su voz tenía un tono de orgullo heredado; después bajó la mirada hacia ella, como para subrayar lo que diría. —La conocí cuando yo daba clases de esquí acuático, ella no podía pagarse las lecciones, pero yo la llevé igual, y bueno… después vino todo lo demás, el casamiento, la mudanza, la Se le iluminó la cara, como si esa respuesta hubiera dado en el blanco. —¡Ah, entonces sabes de lo que hablo! —exclamó, y sin darme tiempo, arrancó con un relato tras otro de sus autos. Empezó con un Peugeot viejo que había heredado de su padre, un tanque que aguantaba todo. Después saltó a los importados: un BMW que había comprado usado, un Audi que casi le costó un accidente en la Panamericana, un coupé japonés que recordaba con nostalgia. Cada auto venía con su aventura, viajes, anécdotas de rutas, noches de velocidad con amigos. Los fierros son una pasión —decía, mientras el sol le arrancaba destellos al agua. El auto no es solo un vehículo, es una extensión de uno mismo.Yo asentía, aportando algún comentario técnico, reconociendo virtudes de cada modelo, explicando lo que había que ajustar o mejorar, era como si, por primera vez desde que llegué, él encontrara un terreno común conmigo. Mientras tanto, ella se mantenía en silencio, observando la ribera como si la conversación la dejara afuera. Al cabo de un rato, amarramos en una de las cabañas del emprendimiento, desde afuera parecía sacada de un catálogo, madera clara, techo a dos aguas, ventanales grandes que dejaban entrar el verde del Delta. El aire estaba caliente y pesado, así que al entrar lo primero que hicieron fue ofrecerme algo fresco, una jarra de limonada con hielo apareció sobre la mesa. Nos sentamos bajo el alero, la vista al río, y por un momento el murmullo del agua volvió a imponerse sobre cualquier palabra. El calor apretaba incluso bajo el alero, él se levantó diciendo que iba a revisar el motor de la lancha, que había notado un ruido raro al llegar, quedamos solos. Ella se acomodó en una reposera, con esa malla que dejaba poco a la imaginación. la luz del mediodía resaltaba cada curva, cada pliegue de su piel húmeda por el río. Intenté apartar la mirada, pero fue imposible, mis ojos recorrieron su cuerpo con una intensidad que no logré disimular. Ella lo notó. No dijo nada, pero sonrió apenas, como si hubiera estado esperando ese gesto. El silencio se hizo espeso, solo interrumpido por el canto de algún pájaro y el zumbido de los insectos, me incliné hacia ella, y sin medir demasiado las palabras le solté: —¿De verdad estás enamorada de él? Su sonrisa se borró, pero no hubo enojo. Solo me miró fijo, como midiendo hasta dónde me animaba a llegar. Pasaron unos segundos antes de que respondiera, esquivando con delicadeza: —¿Y vos? Por qué seguís solo todavía… ya con más de treinta encima. Su voz era suave, pero el filo de la pregunta me atravesó como una lanza.Me pase la mano por la nuca, como si buscara aire. —Quizás porque nunca encontré algo que me llenara del todo —dije, mirándola de frente—. Tuve historias, claro… pero nada que me hiciera pensar en un para siempre. Capaz soy yo, que me refugio en los motores, en la rutina, en lo que sé hacer, los autos no fallan como las personas. Ella me escuchaba sin parpadear, con las piernas cruzadas, la tela de la malla tensándose sobre su piel, el calor hacía brillar pequeñas gotas en sus hombros, y yo no podía evitar seguir cada línea de su cuerpo como si fuera un mapa. No sos el único que se refugia respondió al fin, con un dejo de tristeza. Yo también me refugié en este lugar, en este matrimonio… en esta vida que parece perfecta pero que a veces me ahoga. La brisa movió apenas su cabello, y me invadió su perfume, mezclado con limón y río. La distancia entre nosotros era mínima, podía sentir el calor de su piel, escuchar cómo respiraba más lento, más profundo.Me incliné un poco más, mi voz apenas un murmullo —Si no estás enamorada de él… ¿de qué te aguarrás? Ella sonrió con los labios entreabiertos, y su mirada descendió fugazmente hacia mi boca. —De la costumbre… y de cosas que no puedo decir en voz alta. Un silencio cargado nos envolvió, yo sentí el impulso de rozar su brazo, de perder la cordura en ese instante, sus piernas se descruzaron con lentitud, como si la respuesta estuviera en ese simple gesto. El crujido de la madera al otro lado de la galería nos sobresaltó, el sonido del esposo volviendo, ella se incorporó rápido, enderezando la espalda, recuperando una compostura ensayada, yo me quedé inmóvil, con el pulso acelerado y un fuego contenido que me quemaba por dentro.Él apareció con gesto satisfecho, asegurando que el ruido de la lancha no era nada grave, nos propuso seguir viaje para recorrer otras cabañas, y en cuestión de minutos volvimos al agua. Yo intentaba mantener la vista en el paisaje, pero ella se sentó frente a mí en la embarcación. Cada tanto se acomodaba la malla, dejando que el sol resaltara aún más su piel. Fingía mirar el río, pero sus ojos me buscaban fugazmente, como si cada cruce de miradas fuera un roce invisible. Mientras él hablaba, orgulloso, de la historia familiar, del turismo en el Delta y de cómo había heredado no solo la tierra sino también el don de mando, ella jugaba con un mechón de su cabello, lo mordía suavemente, y yo entendía que aquello no era casual, en una de las paradas, cuando bajamos a ver una de las cabañas, él se adelantó para abrir el lugar y mostrarnos los detalles, ella se quedó apenas detrás, tan cerca que pude sentir su respiración en mi cuello, sus dedos rozaron mi brazo, como por accidente, y un escalofrío me recorrió entero.—¿Sabes qué es lo peor? —susurró tan bajo que solo yo pude escuchar—. Que hace años que no me siento viva… y ahora estoy empezando a recordarlo. Se alejó antes de que pudiera contestar, entrando a la cabaña con paso ligero, dejando tras de sí el eco de sus palabras. Yo me quedé clavado en el muelle, con el corazón latiendo a un ritmo imposible y la certeza de que ese juego apenas había comenzado. La cabaña era amplia, de madera lustrada y ventanales al río. El marido caminaba con paso seguro, golpeando las paredes con la palma como quien presume una obra propia. Enumeraba cada detalle: la calidad de las maderas, los techos altos, la vista privilegiada.Yo lo escuchaba a medias, porque ella había desaparecido unos minutos, cuando volvió, casi se me detuvo el aire, había cambiado la malla por un bikini diminuta, apenas dos tiras y un triángulo mínimo de tela, el sol entraba por la ventana y dibujaba sombras que realzaban cada curva. Ella se movía como si nada, como si el cambio fuera natural, pero sabía lo que hacía, se inclinó exageradamente para dejar su bolso sobre una silla, y mi cuerpo reaccionó de inmediato, sin pedir permiso, sentí la sangre arderme, una erección que me descolocó en medio del discurso solemne de su marido.Me acerqué a la ventana, fingiendo interés en el paisaje, tratando de ocultar mi estado. Ella pasó detrás de mí, tan cerca que el roce de su cadera contra mi brazo fue un golpe eléctrico. —¿Te incomoda? —susurró apenas, con una sonrisa traviesa que solo yo pude ver. Tuve que respirar hondo, me giré apenas hacia ella y, en voz baja, casi suplicante, le dije: —Pará un poco… no me hagas esto.  Ella me miró fija, con una mezcla de desafío y deseo que me desarmó, pero no dijo nada, solo se mordió el labio inferior y se alejó con lentitud, como si disfrutara estirando mi agonía. No pude más, me excusé torpemente diciendo que necesitaba lavarme la cara, caminé hasta el pequeño baño de la cabaña, cerré la puerta y apoyé la frente contra el espejo, el agua fría no alcanzaba a apagar el incendio que me consumía, afuera seguían las voces, las risas, el río. Yo, en cambio, estaba atrapado entre la culpa, el deseo y la imposibilidad de escapar de esa atracción feroz. Cuando volví del baño, con el pulso todavía descontrolado, ellos estaban en la galería. El marido servía unos vasos con jugo fresco, orgulloso de su hospitalidad, hablándome de números, inversiones y lo bien que les iba en temporada alta, yo intentaba responder con calma, recuperar la compostura. Pero entonces ocurrió, ella se sentó a mi lado, tan cerca que sus muslos desnudos rozaban los míos. Fingía escuchar las explicaciones del esposo, pero bajo la mesa sus dedos se deslizaron por mi rodilla, subiendo apenas unos centímetros, fue un gesto rápido, imperceptible para cualquiera que no estuviera en mi lugar, pero suficiente para hacerme temblar por dentro.—No te imaginas lo que significa este proyecto para nosotros —dijo él, levantando el vaso para brindar. —Claro… lo imagino —contesté, tragando saliva, mientras apartaba disimuladamente la mano de ella de mi pierna. Ella me miró de reojo, con esa sonrisa apenas insinuada que decía más que mil palabras. El fuego estaba ahí, a centímetros, y yo me sentía atrapado en una trampa perfecta, el marido hablando de futuro y negocios, y su esposa encendiéndome en silencio. Cuando por fin retomamos la lancha, el sol empezaba a caer y el cielo se teñía de naranja, el día había sido largo, cargado de imágenes que no lograba ordenar en mi cabeza, cenamos ligero, y el cansancio del recorrido nos llevó a cada uno a nuestras habitaciones. Yo me tendí en la cama amplia, pero el sueño no llegó, tenía los ojos clavados en el techo, reviviendo cada gesto de ella, cada roce, cada palabra susurrada. Me preguntaba hasta dónde estaba dispuesto a dejarme arrastrar, y qué consecuencias tendría si cruzaba un límite que ya se sentía demasiado cerca. El murmullo del río entraba por la ventana, mezclado con algún insecto nocturno, el Delta parecía dormir, pero dentro mío la tormenta seguía despierta. La casa estaba en silencio, apenas roto por el murmullo lejano del río y algún crujido de la madera vieja, intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos aparecía su imagen: la sonrisa insinuante, el roce de su mano, el desafío de ese bikini mínimo. De pronto, un leve golpeteo en la puerta no necesitaba abrir para saber quién era, me quedé inmóvil, el corazón desbocado, hasta que la vi entrar en penumbras, no dijo una palabra, se deslizó hacia mí, y en un instante su cuerpo estuvo sobre el mío, tibio, palpitante. Lo que siguió fue un torbellino en un silencio absoluto, solo respiraciones entrecortadas y movimientos desesperados, era como si ambos hubiéramos estado reteniendo años de deseo, y de golpe todo explotara esa noche, sus labios, su piel húmeda, el vaivén frenético de dos cuerpos que sabían que no había retorno posible. Afuera, el río corría indiferente, mientras adentro nos devorábamos sin freno, en la oscuridad cómplice. Cuando terminó, quedó tendida a mi lado, con la piel brillante de sudor y los ojos cerrados, como si quisiera detener el tiempo, pero yo sabía que no podía, apenas despuntó la primera luz del amanecer, ya había tomado mi decisión. Me levanté despacio, sin despertarla, preparé el bolso en silencio, cada movimiento pesando como una sentencia, miré por última vez la habitación, la casa, el Delta que tanto me atraía… y a ella, dormida, hermosa, peligrosa. El río esperaba allá afuera, yo sabía que, si me quedaba un minuto más, corría el riesgo de perderme para siempre. Apenas despuntaba el sol, salí en silencio con un bote, dejando atrás la casa, el río y todo lo que habíamos compartido. Reme sin pensar cuanto tiempo me llevaría llegar a Tigre, pero lo logree a pleno sol, amarré el bote discretamente en un club que no recuerdo el nombre y regresé en auto a mi casa. Mientras manejaba, el motor rugía bajo mis manos y mi mente no dejaba de repasar cada gesto de ella, cada provocación, cada instante que había desbordado los límites. El Delta quedaba atrás, pero su sombra me acompañaba, intensa, peligrosa, imposible de olvidar. Cuando entré a mi casa, tiré el bolso en un rincón y me desplomé en el sillón. El silencio del lugar era brutal después del murmullo del Delta. Encendí la tele, pero no registré nada, preparé un mate, pero lo dejé enfriar. Esa noche dormí poco, con imágenes que se mezclaban: el río brillando a mediodía, el asado bajo las estrellas, la penumbra de mi cuarto y ella entrando sin decir palabra. Los días siguientes fueron de insomnio y rutina rota, salía a caminar por el barrio, iba a la ferretería sin comprar nada, volvía a casa y me quedaba mirando el techo. me preguntaba si ella habría hablado de lo que pasó, si él sospechaba algo, si esa historia quedaría sepultada como lo de Gesell o si en algún momento iba a resurgir, cada vez que sonaba el celular, el corazón me daba un salto, pero nunca era ella. Al tercer día, mientras intentaba arreglar una vieja licuadora en la mesa de la cocina, entendí lo que me faltaba y era volver a los fierros. Esa era mi vida, lo único que me anclaba a algo sólido, entonces llamé a Martín, un amigo de la adolescencia, compañero de picadas de barrio y horas interminables de taller improvisado en el garaje de su viejo. —Che, ¿te acordás del proyecto del taller que siempre soñamos? —le solté, sin vueltas. Hubo un silencio corto en la línea, y después su risa de siempre: —¿Y qué estamos esperando? Dos días después lo tenía en casa, con planos arrugados, cuadernos viejos con cálculos de costos y una energía que me arrastró de inmediato. Empezamos a buscar un galpón chico, algo que pudiéramos pagar entre los dos, no queríamos un local de concesionaria, sino un taller de barrio, especializado en lo que pocos sabían hacer: electrónica automotriz, diagnóstico por escáner, ajustes finos. Ahí está la plata, decía él, y yo asentía, porque era exactamente lo que pensaba. El primer fin de semana nos lo pasamos recorriendo depósitos, sacando cuentas, soñando en voz alta y terminamos alquilando un garaje para dos o tres autos como mucho con techo alto y portón grande para que entraran camionetas. Las paredes estaban descascaradas, el piso tenía manchas de aceite de años, pero para mí era como un templo. Pasamos días enteros limpiando, pintando, instalando herramientas, entre mate y mate, Martín me cargaba: —¿Y esa cara de trasnoche? Parece que te hubieras ido de joda al Delta. Yo sonreía sin responder, el Delta se había convertido en mi secreto, en un peso y un motor al mismo tiempo. Con cada máquina que conectábamos, con cada banco de trabajo que armábamos, sentía que el recuerdo de ella se acomodaba en algún rincón de la memoria, no desaparecía, pero ya no me frenaba, me empujaba.La tarde que encendimos por primera vez el compresor y escuchamos el aire silbar en las mangueras, supe que había tomado la decisión correcta, ese ruido, metálico y limpio, era mi nueva música. Miré a Martín y le dije:—Ahora sí, arrancamos. Él me palmó la espalda, el taller olía a pintura fresca y a fierro limpio, afuera el barrio seguía con su ritmo de siesta, pero adentro había un futuro en marcha. El Delta, ella, el marido, las cabañas y la propuesta imposible seguían allá atrás, como un sueño cargado de deseo y peligro. Yo, en cambio, estaba acá, con los pies firmes en el piso de cemento, el ruido del compresor de fondo y un motor esperando en el banco de trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba donde debía estar. Desperté temprano, antes del amanecer. Los truenos y relámpagos de un domingo pesado me habían desvelado, el aire estaba húmedo, cargado, como si la tormenta decidiera quedarse a observarme, el cielo estaba gris, cerrado, y cada respiración traía un olor a tierra mojada que me hacía sentir vivo y a la vez inquieto. Encendí la radio y dejé que las voces lejanas llenaran la casa; preparé mate y me senté frente a la ventana, viendo cómo las primeras gotas caían, golpeando el techo y el alféizar. El diario cayó bajo la puerta con un golpe seco, lo recogí, todavía con la pava silbando, y me dispuse a leerlo, apenas mojaba la yerba para un segundo mate, el timbre sonó. Viejo, metálico, insistente; refunfuñé, pero me levanté, siempre preferí abrir la puerta a dejar que la modernidad nos separara. Abrí, y la lluvia me sorprendió primero; luego, ella. La vi, empapada, respirando con rapidez, y no necesité preguntar nada, sus brazos me envolvieron, y por un instante el mundo desapareció, la llevé adentro, cerré la puerta tras nosotros, y el aroma a lluvia se mezcló con el de su cabello húmedo. —No sé qué me pasa sin vos —susurró—. No sé qué hacer, necesito que vuelvas. La miré, respirando profundo, sintiendo que mi corazón latía con una fuerza que hacía temblar mis manos.—No —dije despacio—. Sos vos la que tiene que dejar todo y quedarte conmigo.El silencio que siguió fue absoluto, solo la lluvia, el silbido de la pava y nuestra respiración compartida llenaban la cocina; sus manos húmedas buscaron las mías; nuestros dedos se entrelazaron, y en ese gesto simple, en ese roce mínimo, todo lo que habíamos sentido durante años explotó como un relámpago. Se levantó y quedó frente a mí, la ropa pegada al cuerpo, brillando con el agua que todavía resbalaba de su piel, la atraje suavemente hacia mí, y por fin pude sentir el calor de su cuerpo, la cercanía que había sido imposible durante tanto tiempo, el mundo se redujo a ese instante: los dos, la lluvia, el murmullo de la ciudad dormida. Pasaron horas que parecían no medirse por relojes ni calendarios, mates olvidados, caricias, miradas que decían todo lo que no podía decirse en palabras; afuera, la tormenta golpeaba los vidrios y el techo; adentro, el tiempo se había detenido. Los recuerdos, el deseo, la nostalgia, todo convergía en un solo presente que parecía eterno.Pero la noche llegó, y con ella, la realidad, se apartó lentamente y se colocó junto a la puerta, la mirada baja, cargada de tristeza y decisión.—Tengo que irme —susurró—. No puedo dejar mi vida atrás.Me levanté y la abracé por última vez.—Lo sé —dije—. Pero siempre… siempre vamos a estar unidos de alguna manera.Apoyó la cabeza un instante contra mi pecho, respirando profundo, como intentando retener ese momento, como si quisiera que el tiempo se detuviera, luego se apartó lentamente, dejando que cada gesto quedara grabado en mi memoria. la curva de su espalda, el brillo de sus ojos, la sonrisa que nunca se permitía del todo. —Adiós —dijo, y salió.
El golpe de la puerta resonó y luego se apagó, me quedé solo en la casa, con el eco de sus pasos todavía flotando en el aire, y el murmullo lejano de la lluvia que empezaba a ceder. Caminé hasta la cocina, encendí la radio y puse la pava al fuego, el silbido del agua que comenzaba a calentar parecía marcar el tiempo, lento y pesado, minuto a minuto, mientras la noche caía afuera.
Tomé mate, mirando la ventana, viendo cómo la oscuridad se extendía sobre la calle y el río invisible del Delta que aún habitaba mis recuerdos, pensando solo en ella, en su risa, en su piel mojada, en el abrazo que me dejó marcado para siempre.
Una lágrima rodó por mi mejilla y cayó en el mate, pequeña, silenciosa, casi como una confesión. 
La noche avanzaba, inexorable, y yo permanecía allí, atrapado entre la rutina y la memoria, con la certeza de que algo muy fuerte nos había unido durante años y que, aunque ella ya no estaba, su sombra seguiría acompañándome siempre, minuto a minuto.
Desde aquel día no dejo de recordarla. Pasan los días, los meses, y todo sigue igual… o peor.
Una tarde, después de más de tres meses sin verla, estaba debajo de un auto ajustando unas piezas cuando escuché mi nombre. Esa voz… su voz.
Me deslicé con el carrito hacia afuera, asomando primero la cabeza. Ella estaba allí, mirándome desde arriba, y nuestros ojos se encontraron como si el tiempo no hubiera pasado. Pero había algo distinto: entre los dos, brillando como un secreto imposible de ocultar, estaba su hermosa pancita, redonda, perfecta, gestando una vida.
Mi rostro habló antes que mis labios. Me incorporé de golpe, la abracé con torpeza, y ella, con un murmullo apenas audible, me dijo:
—Vine para que conozcas cómo va creciendo tu hijo.
Y en ese instante se desvaneció en mis brazos.
Quise atenderla, pero la verdad es que era yo quien necesitaba que me atendieran. Mi socio, al escuchar mi grito, corrió hacia nosotros. Después todo se volvió confuso: apenas recuerdo un mareo, un vacío. Cuando volví en mí, la ambulancia ya estaba allí, y nos estaban asistiendo a los dos.
Por suerte, en pocos minutos todo volvió a la normalidad. Cerramos el taller; entendimos que no era el lugar para ese reencuentro. El sol de la tarde caía fuerte sobre el asfalto y nos obligaba a buscar refugio.
En cambio, en casa estaríamos mejor, más cómodos… y, sobre todo, podríamos conversar. Conversar de nosotros, de ese hijo que llevaba en su vientre, y de todo lo que no habíamos sabido —o querido— enfrentar juntos.
El sol de la tarde caía fuerte sobre el asfalto, cegador, como recordándome, que nada debía resolverse allí, bajo esas chapas y ese ruido de fierros. En casa, pensé, estaríamos mejor, más cómodos, y podríamos hablar de lo que realmente importaba.
Cuando llegamos, ella se recostó en el sillón. Yo la miraba en silencio, sin saber si tocarle la mano o pedirle perdón primero. Entonces lo hice todo junto: me senté a su lado, le acaricié los dedos con torpeza, y las lágrimas se me escaparon sin aviso.
Tendría que haber estado con vos… —murmuré, apenas audible.
Ella me miró, cansada, pero serena, y con una ternura que me desarmó, me llevó la mano hacia su vientre. Sentí ese calor nuevo, esa vida latiendo, y un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.
La besé en la frente, con miedo y con amor. Y mientras lo hacía, la culpa me atravesaba como un hierro candente. La amaba, la había amado siempre, y, sin embargo, la había dejado sola en el camino más importante de su vida.
En esa mezcla de dulzura y reproche hacia mí mismo, entendí que ya no había vuelta atrás: éramos tres. Y tenía que encontrar la manera de estar presente, aunque las palabras nunca alcanzaran para curar lo que no supe dar a tiempo. Ella apoyó mi mano en su vientre y me miró fijo, como buscando fuerzas en mis ojos. Después bajó la mirada, respiró hondo y, en un susurro que parecía dolerle, dijo:
—Las cosas no están bien con mi marido… Él quiere irse a Europa. Dice que el niño debería nacer allá, que allá tendremos otra vida y quiere hacerlo cuanto antes.
Sentí un nudo en la garganta, la acariciaba sin soltar su mano, pero por dentro la culpa y el miedo me devoraban, había llegado tarde, y ahora la posibilidad de perderla otra vez —a ella y a ese hijo que apenas comenzaba a latir bajo su piel— me estremecía.
 —¿Y vos? —me animé a preguntar, con un hilo de voz. 
Ella me miró de nuevo, y en sus ojos había cansancio, tristeza y algo más… un destello de amor que seguía vivo a pesar de todo.
—Yo no quiero irme —dijo—. No así. No con él.
Su confesión me atravesó como un rayo, quise besarla, abrazarla, gritarle que no se fuera, que yo estaría allí, qué juntos podíamos empezar de nuevo, pero al mismo tiempo la culpa me ahogaba: ¿qué derecho tenía yo a pedírselo,
El silencio llenó la habitación, un silencio cargado de todo lo que no nos habíamos dicho en meses y allí, con su mano en la mía y nuestro hijo creciendo en medio, supe que cada palabra y cada decisión a partir de ese instante podían cambiarlo todo.
Desde aquel día no dejo de recordarla, pasan los días, los meses, y todo sigue igual… o quizá peor. Pasaron dos meses más, grises, interminables. Hasta que una mañana, en el taller, entre facturas y repuestos, recibí un sobre anónimo. Dentro había un mensaje escrito a máquina:
“¿Está seguro de ser el padre de ese niño que se gesta en el Delta? ¿O es parte de una jugada de despecho, de un negocio, de una trampa? ¿Está seguro? ¿Es su hijo?”
El papel temblaba en mis manos, la duda entró como un veneno lento, y durante días enteros me carcomió por dentro, ya no dormía, ya no comía, hasta que entendí que no podía seguir así: tenía que enfrentarla, mirarla a los ojos y arrancar la verdad, aunque me destruyera.
Un viernes al mediodía cerré el taller y viajé al Delta, llegué a su casa con el corazón desbocado. Allí estaban ella y su marido, como una postal de familia acomodada. Apenas me vieron, el aire se tensó.
—Necesito saber la verdad —dije, sosteniendo el papel en la mano.
El marido me miró con furia, como un animal acorralado. Ella bajó la vista, y el silencio pesó más que los gritos que vendrían después.
—¿Es mío ese hijo? —pregunté, casi implorando.
El marido estalló, los insultos llovieron, los gritos retumbaron contra las paredes de madera. Ella intentó hablar, pero cada palabra suya parecía avivar más la pelea. En un instante nos vimos empujándonos, forcejeando, como dos hombres, disputando no solo una verdad sino el sentido de una vida entera.
Todo terminó muy mal: golpes, portazos, lágrimas. Yo me fui con el rostro ardido y el alma hecha trizas. Nada había quedado claro. Solo el eco de mi propia voz preguntando sin respuesta:
¿Es mi hijo?
Espera un minuto, dijo:
Me quedé inmóvil, todavía jadeando. Él se pasó una mano por la cara, buscó fuerzas, y habló como si soltara una verdad que llevaba mucho tiempo escondida.
—Yo quería que ese hijo fuera tu hijo como habíamos conversado, era lo que tenía sentido para nosotros, para nuestra vida acá en el Delta. Pero ella… —se detuvo, mirándola de reojo— tuvo un desliz, una noche con un desconocido y ahora… ahora la paternidad está en duda.
El golpe fue seco, directo, sentí como si me arrancaran el aire de los pulmones. 
Ella bajaba la cabeza, no lo negaba, no decía nada.
El marido siguió, con voz cansada: —Yo estoy dispuesto a separarme, a dejarla ir. 
No me importa ya. Solo espero que ella se vaya del Delta, que decida de una vez. Pero no quiere… no quiere irse de acá, ni dejar esta vida. 
El silencio posterior fue insoportable. Mis ojos iban de él a ella, buscándola, esperando un gesto, una palabra que me salvara de ese abismo. 
Pero ella seguía callada, atrapada en sus propios miedos, enredada entre su capricho y su indecisión.
En ese instante entendí que no había triunfo posible para mí, solo dolor. 
El amor estaba, sí, pero atado con nudos de dudas, engaños y medias verdades y en el centro de todo, la vida inocente de un hijo que quizá fuera mío… o quizá no.
Me quedé parado, con la carta en un bolsillo y la certeza de que el Delta, con su calma aparente y sus aguas turbias, había sepultado lo poco que quedaba de nosotros.

viernes, 12 de septiembre de 2025

 Ese vínculo que creció día tras día,
paso a paso, como una flor que se abre lenta
hasta alcanzar su máxima belleza,
así nació lo nuestro; hermoso, luminoso, inevitable.
Te espero con ansias, con el deseo intacto
de verte llegar, de sentir tu presencia,
de saber si cumpliste mi pedido,
si en tu andar te acordaste de mí.
Cada día más me sorprendo aguardándote.
Y cuando apareces a lo lejos,
tu sonido me estremece; único, particular,
como una melodía escrita solo para mí.
Entonces sonrío, porque sé que llegaste.
Y en ese instante la espera se justifica,
el tiempo se detiene, y el territorio respira.
No sos un amor de carne y hueso,
pero lo que despiertas en mí es puro romance,
un encuentro fiel, necesario, vital.
Por eso te nombro, querida y esperada:
vos, la lancha almacén.


martes, 9 de septiembre de 2025

La Enlace

 Nació de un sueño en el patio de una casa antigua, de esas donde todas las habitaciones se abrían hacia un centro común y en el fondo,  la cocina y el baño, eran testigos de la vida diaria. 
Allí no había maderas ni astilleros, sino el inconfundible aroma, a papel de imprenta, a tinta fresca y a trabajo constante, y, en medio de ese escenario cotidiano, Emilio fue imaginando y dando forma a una embarcación distinta. No llevaba ruedas, sino un corazón de motor Ford Falcon, dispuesto no a rodar por caminos de tierra, sino a latir sobre los ríos del Delta.
La bautizó Enlace, y aquel nombre no era casual, había sido también el de la primera imprenta familiar, el signo de unión entre tintas, papeles, cartones y colores brillantes y ahora, sobre el agua, se convertía en un puente aún más profundo, el enlace entre la familia y los amigos, entre el taller y el descanso, entre la ciudad y el río, entre los sueños y la vida misma.
De un naranja encendido y con un tapizado impecable realizado por Lito, la Enlace parecía una llamarada flotando bajo el sol. 
Descansaba en el muelle del Pájaro Loco, atada a sus postes, y allí lucía como una joya, pero apenas se soltaba, se transformaba, ya no era madera ni hierro, era pura vida deslizándose entre juncales y riachos escondidos.
El primer capitán fue Emilio, quien la había soñado y construido con sus propias manos. Más tarde, el timón pasó a sus hijos, Rubén y Alberto, que heredaron no solo la lancha, sino también la pasión de guiarla por los rincones más hermosos del Delta. Juntos la llevaron a recorrer espejos de agua donde el río conversa con el sol y a perderse en senderos líquidos que parecían no tener fin.
La Enlace no fue solo una embarcación, fue compañía en tardes enteras de navegación, fue risas compartidas al quedarnos alguna vez sin nafta en medio del río, fue silencio y contemplación cuando el agua reflejaba un cielo de oro al atardecer. Fue, sobre todo, un lazo, con los amigos, con la naturaleza, con los trabajos de la imprenta y con los afectos que daban sentido a cada jornada.
Hoy, al evocarla, la memoria no la deja descansar; basta cerrar los ojos para verla pasar todavía, encendida en su naranja brillante, con el eco de su motor Falcón
marcando el pulso del viaje.
En cada brazada del río parece esconderse un pedazo de infancia, una conversación suspendida, una mirada cómplice desde la proa.
Verla surcar el agua era más que contemplar una lancha, era contemplar la historia de una época, el espíritu de una familia y el reflejo de un tiempo que, aunque lejano, sigue vivo en nosotros.
Porque hay barcos que se olvidan y barcos que se vuelven eternos. La Enlace pertenece a los segundos, no importa cuánto cambien los días: seguirá navegando, luminosa e inalcanzable, en la memoria y en el corazón de quienes la vieron pasar… y de quienes tuvimos el privilegio de navegar en ella.
 La toca en el cabello, también llamada tubi o vuelta, era más que una técnica para alisar el pelo sin calor, era casi un ritual. 
Las abuelas de hoy, que en ese entonces eran muy jóvenes y llenas de sueños, se hacían la toca con paciencia infinita, enrollaban el cabello húmedo alrededor de la cabeza, sujetándolo con pinzas o una red, hasta formar un círculo perfecto. 
Así, al día siguiente, se soltaban la melena lacia, brillante, como si hubiesen pasado por una peluquería, pero sin gastar un centavo.
Nosotros, adolescentes de esos años, sabíamos que la toca era un signo de cuidado, de coquetería y también de espera, esperar que se secara, esperar que quedara bien. 
La vida parecía estar hecha de esas esperas, el sábado a la tarde, cuando nos juntábamos a caminar por la avenida Cabildo, mirando vidrieras como si fueran escaparates de un futuro posible; o más tarde, a eso de las diez de la noche, cuando salíamos rumbo a los bailes de división, organizados para juntar dinero con vistas al viaje a Bariloche.
Bariloche, ese viaje soñado que era, al mismo tiempo, un destino y una promesa, cada baile, cada rifa, cada pequeño sacrificio económico tenía sentido porque, al final del camino, nos esperaba esa aventura compartida que quedaría grabada como una postal imborrable.
Hoy, cuando uno mira hacia atrás, esas escenas se revisten de una ternura especial, porque no eran solo caminatas, bailes o tocas en el pelo, eran gestos cotidianos que iban tejiendo una identidad común, un modo de crecer en compañía, de hacerse adultos entre risas, música y pequeñas complicidades.
Las abuelas de hoy, que entonces eran muchachas de mirada traviesa, siguen recordando cómo se preparaban con esmero para la salida del sábado. el pelo alisado con la toca, un vestido sencillo pero cuidado, los zapatos lustrados.
Los varones, a su manera, también se arreglaban. una camisa planchada, un poco de perfume barato, y el corazón latiendo fuerte por si había ocasión de bailar con esa chica que los desvelaba.
Los bailes no eran solo entretenimiento, eran, sobre todo, excusas para encontrarse, para mirarse a los ojos, para cruzar palabras que en otro contexto no nos animábamos a decir. 
Había en esas noches una ilusión colectiva, cada pareja que se formaba, cada grupo de amigos que se armaba alrededor de una mesa, era una pieza más de esa juventud compartida que hoy, décadas después, recordamos con una mezcla de alegría y nostalgia.
Y es que el tiempo pasó, los cabellos alisados por la toca ahora son canas que asoman con dignidad, los que corríamos de un lado a otro, hoy caminamos más despacio, acompañados de nietos curiosos que nos preguntan cómo era todo en nuestra época. Y nosotros les contamos, a veces con orgullo, a veces con un dejo de melancolía, que antes no existían los celulares, que para vernos había que encontrarse en persona, que las conversaciones se daban cara a cara, mirando a los ojos, y que en esa mirada estaba la verdad del momento.
Hoy, los amigos de entonces no se llaman por teléfono tantas veces como quisiéramos, pero cuando nos encontramos, aunque pasen meses o años, el tiempo se encoge, basta una mirada, un chiste compartido, una anécdota repetida mil veces para sentir que seguimos siendo aquellos jóvenes que caminaban por Cabildo o que bailaban hasta la madrugada para juntar plata para Bariloche.
Son postales de otra época, sí, pero siguen vivas, no como recuerdos lejanos, sino como parte de lo que somos. Porque aquellas tardes, aquellas noches y aquellos viajes fueron más que momentos felices, fueron la trama que nos unió y que hoy, como abuelos y abuelas, sigue vibrando en cada risa, en cada abrazo, en cada memoria que compartimos con quienes vinieron después.


viernes, 5 de septiembre de 2025

 Entre el río Carapachay y el Caraguatá se escondía uno de los secretos más preciados de nuestros sábados, un corredor natural, un pasillo angosto y exuberante que parecía inventado por la selva. La excursión de la linda caminata, era más que un simple trayecto, un rito, una travesía que repetíamos una y otra vez como quien regresa a un lugar sagrado.
Aquel pasillo estaba formado por la espesura de la vegetación, los sauces llorones inclinaban sus ramas hasta casi rozarnos la cabeza, los juncos crecían como muros desordenados y las enredaderas se colgaban de árbol en árbol, formando arcos improvisados que parecían portales hacia un mundo oculto, por el medio, serpenteaba un arroyo pequeño, una zanja, decíamos en broma, pero que a nuestros ojos tenía la solemnidad de un río místico.
Ese arroyo era como un hilo conductor que nos llevaba, paso a paso, desde el Carapachay hasta el Caraguatá, atravesando un terreno que parecía inventado para el asombro.
Íbamos como podíamos, algunos en zapatillas viejas y húmedas, otros descalzos, desafiando las espinas y el barro, el vestuario variaba según el clima y el humor, shorts en verano, camperas y hasta bufandas en los días más fríos, no importaba demasiado la incomodidad, lo esencial era estar ahí, caminar juntos, reírnos y sentirnos dueños de una aventura que parecía infinita.
Conversábamos de todo y de nada, a veces sobre chicas, otras sobre música, política o sueños que nunca se cumplían, muchas veces simplemente nos gastábamos chanzas, como si el tiempo fuera eterno y no hubiera nada más serio que hacernos reír. Alguien sacaba un cigarrillo, otro improvisaba una historia fantástica y todos la seguíamos como si fuese cierta, el humo se mezclaba con el olor húmedo del monte, y en ese aire espeso quedaban suspendidas nuestras voces jóvenes.
La caminata tenía algo de libro de aventuras, yo solía pensar en Robinson Crusoe o en La isla del tesoro. El Delta, con su vegetación cerrada y sus sonidos misteriosos, nos envolvía como un escenario preparado para nosotros: el croar de las ranas al caer la tarde, el zumbido constante de los mosquitos, los pájaros que se cruzaban de rama en rama como centinelas invisibles, todo parecía formar parte de un cuento que, sin embargo, era real.
El grupo variaba, siempre estábamos con Alberto y Rubén, infaltables compañeros de andanzas, a veces se sumaba algún otro amigo, atraído por las historias que contábamos después. Cruzar aquel pasadizo era como pasar una prueba: había barro hasta los tobillos, ramas que se enredaban en la ropa, algún susto cuando un bicho se nos cruzaba de golpe. Pero lo hacíamos con la convicción de que, del otro lado, nos esperaba el premio, la libertad de sentir que éramos exploradores en un mundo secreto.
El punto de encuentro, casi siempre, era la famosa casa el Pájaro Loco. Esa casa, mezcla de refugio y leyenda, era la base desde donde partíamos hacia el corazón del Delta. 
Entrar y salir de allí era como firmar un pacto tácito lo que sucedía en esas travesías quedaba guardado entre nosotros y la selva.
Hoy, con el paso de los años, miro hacia atrás y recuerdo todo aquello con un sabor agridulce, la nostalgia me invade como un río lento, por un lado, la alegría inmensa de haber vivido esas aventuras, y por otro, cierta inquietud. 
Pienso en los riesgos que corrimos, en las locuras que hicimos sin medir consecuencias, algunas me provocan un estremecimiento, como si recién ahora, a la distancia, entendiera que nos la jugábamos más de la cuenta, a veces hasta me da vergüenza recordarlas, pero es una vergüenza tibia, mezclada con satisfacción.
Porque lo cierto es que lo hicimos, lo vivimos. 
En su momento, cuando debíamos hacerlo, sin pedir permiso y sin esperar a que llegara un tiempo más seguro. Y hoy, al recordarlo, siento que aquellas caminatas eran mucho más que un pasatiempo de juventud, eran una manera de afirmarnos, de gritarle al mundo que estábamos vivos, que teníamos derecho a equivocarnos y a soñar.
Entre el Carapachay y el Caraguatá quedó guardada una parte de nosotros, en ese pasillo selvático, en ese arroyo que parecía insignificante y en esa casa del Pájaro Loco, todavía respira un pedazo de nuestra juventud y cuando cierro los ojos, puedo vernos otra vez, descalzos, embarrados, riendo a carcajadas, cruzando ese corredor como si fuese la entrada a un mundo mágico que, de algún modo, sigue existiendo en mi memoria.




 Un mundo de umbrales y esquinas iluminadas con pequeñas lamparitas. Durante el día, esas mismas esquinas eran los locales del barrio que nos abastecían: la frutería y la verdulería, la carnicería, la panadería, la librería, la mercería, el quiosco y la fiambrería. 
Todo rodeaba unas manzanas donde, cuadra a cuadra, nos cruzábamos con las vecinas que por las mañanas salían a hacer las compras antes del almuerzo, después de que sus maridos se iban al trabajo y los hijos a la escuela.
Las veredas eran, más que de cemento, confesionarios de historias. Historias de hijos e hijas, de suegras y maridos, que hoy darían para más de una miniserie. 
Pero como todo en la vida, aquel mundo también se fue terminando, apagándose de a poco. La modernidad trajo primero los supermercados y, un día, la maravillosa Internet. Y con ella, el silencio.
Nadie volvió a encontrarse en las calles. Las compras comenzaron a hacerse en línea, los chicos cambiaron la pelota por el celular, y la violencia junto con los robos se adueñaron del barrio. Los locales bajaron las persianas y las dejaron cerradas para siempre. Los perros ya no entran ni salen a su antojo: tienen paseador. Los amigos dejaron de esperar en la esquina, junto al buzón; ahora mandan un WhatsApp con un chiste rápido. El barrio perdió el barrilete y se llenó de autos. Por las veredas solo circulan hojas secas, si hay viento.
Hoy, la inteligencia artificial parece ser la nueva maravilla, capaz de perfumar, en cualquier momento, con ese olor a barrio que tanto extrañamos. Y entre lágrimas nos sentamos a recordar lo felices que fuimos jugando a la rayuela en medio de la calle, cuando la modernidad todavía cabía en el almacén de la esquina, donde estaba el único teléfono del vecindario.

jueves, 4 de septiembre de 2025

 De vez en cuando se producía la magia de poder hacerlo, y allá íbamos. 
El bondi negro y rojo  que fue primero el 405 y después el 156,  nos dejaba en la estación Núñez, y desde allí el tren Mitre a Tigre. Desde ese instante ya todo era fiesta, porque sabíamos que lo que venía era distinto, especial, inolvidable.
En Tigre nos esperaba la lancha colectiva, cuarenta minutos navegando, mirando el río, abrirse y cerrarse entre las islas, hasta que sobre el Carapachay aparecía El Pájaro Loco. 
Esa casa con un nombre tan particular, tan simpático, que ya anunciaba lo que allí se vivía, alegría, amistad y un mundo propio. Apenas bajábamos de la lancha, comenzaba la magia de un fin de semana diferente.
La rutina era simple y hermosa, cañas de pescar listas, líneas que cruzaban el río, el sonido de una radio con casetes en el muelle, y amigos dispuestos a compartir todo. 
Y así empezaban esas conversaciones interminables que nos encontraban sentados hasta altas horas de la madrugada. Hablábamos de la vida, de sueños, de cosas serias y de pavadas, siempre con el río al lado, como un testigo silencioso.
Algunas noches eran frías, otras sofocantes; a veces los mosquitos nos volvían locos, otras veces el viento fresco nos obligaba a abrigarnos, pero nada importaba, porque lo esencial estaba ahí, la amistad, la música, el asado chisporroteando, las cañas esperando el pique y la luna caminando sobre el agua. 
Esa luna que parecía acercarse un poco más al Pájaro Loco y que nos regalaba escenas que todavía hoy puedo ver con solo cerrar los ojos.
En ese lugar se construyeron recuerdos que no se borran, cada viaje fue distinto, pero todos fueron parte de una misma historia, la de un grupo de amigos que encontró en una casa del Delta mucho más que un espacio de descanso. 
Encontramos un refugio, una manera de ser felices.
Hoy, cada vez que navego el Carapachay y paso frente al Pájaro Loco, no puedo evitar mirarlo y en esa mirada se mezclan la nostalgia, la alegría y la certeza de que esos momentos quedaron grabados para siempre. Porque no era solo una casa, era un pedazo de vida, un capítulo hermoso de nuestra historia, un lugar donde la amistad se volvía eterna.
El Pájaro Loco no era solo una casa en el Delta, era un corazón latiendo entre los árboles y el río. Pero también era Alberto y Rubén, que con generosidad infinita nos invitaban, nos recibían y compartían con nosotros ese refugio, y era también la anuencia del padre, Emilio, que con su confianza nos abría la puerta a algo mucho más grande que una casa, nos abría la puerta a su amistad.
Allí aprendimos que la felicidad se mide en charlas interminables, en una caña apoyada en el muelle, en una luna que se refleja sobre el agua y en el calor humano que hace de cualquier lugar un hogar.
Hoy, cada vez que paso por el Carapachay y miro el Pájaro Loco, siento que todavía nos espera. 
Porque más allá de las paredes y el río, lo que permanece es el recuerdo de quienes nos recibieron con el corazón abierto, y la certeza de que la amistad verdadera nunca se apaga, simplemente queda grabada para siempre en el alma.




martes, 2 de septiembre de 2025

 Cuando comencé a subir la escalera, el perfume inundó mi olfato. No fue necesario verla todavía; en décimas de segundo supe que me esperaba, y no me esperaba de cualquier manera, me aguardaba con esa ansiedad que late en el cuerpo antes de un encuentro que se sabe inevitable.
La reconocí en cada detalle, ese andar que habla sin palabras, ese modo en que deja rendida la ropa sobre el piso, como si cada prenda caída fuera un anticipo, un signo secreto de lo que vendrá, había en el aire una tensión cálida, un lenguaje invisible que anunciaba la intensidad de la noche.
El viejo reloj de péndulo del pasillo marcaba las veintidós. Teníamos, entonces, largas horas para perdernos el uno en el otro, hasta que la primera claridad se filtrara por el ventiluz del escritorio. Y allí, cuando el sol del nuevo día nos descubriera exhaustos y desnudos, ella se vestiría con calma, encendería la hornalla, llenaría la pava y, entre mates y silencios sonrientes, sellaríamos otra noche de entrega con un abrazo prolongado.
Pero todo eso era todavía promesa, lo cierto era que me esperaba. La encontré detrás de la puerta, más que insinuante, su  mirada, fija, no pedía permiso, ordenaba. 
Me acerqué, la descubrí lentamente, y el roce de mi mano sobre su piel tibia encendió un estremecimiento que recorrió ambos cuerpos sus labios buscaron los míos con una urgencia delicada, una mezcla de hambre y ternura y el beso fue creciendo, abriéndose paso hacia lo inevitable, los cuerpos encontrándose, fundiéndose.
Ella me guió con una paciencia ardiente, como si quisiera enseñarme cada rincón de sí misma, la suavidad de su cuello, el pulso acelerado en su pecho, la respiración cortada que se hacía jadeo cuando mis labios bajaban por su vientre, su piel era un mapa húmedo que se dejaba recorrer sin apuro, y cada caricia era un territorio conquistado a la noche.
El reloj seguía marcando el tiempo, pero para nosotros no corría. Todo era presente, intensidad, deseo que crecía y se desbordaba. Nuestros movimientos eran primero torpes, urgentes, y luego cada vez más acompasados, como si la pasión hubiera encontrado un ritmo secreto que solo nosotros dos podíamos escuchar.
Nos hicimos uno, entre suspiros, gemidos apagados contra la almohada, y manos que se aferraban buscando no soltar, fuimos atravesando las horas, una y otra vez, en distintas formas, con distintos gestos, pero siempre con esa misma sensación de descubrimiento, la de estar viviendo la única noche posible, aunque supiéramos que habría muchas más.
Cuando la luz del día se filtró por el ventiluz, ella se incorporó con calma. Se vistió despacio, como quien sabe que aún está siendo mirada y deseada, puso la pava sobre el fuego, y el silbido del agua hirviendo nos trajo de regreso al mundo. Tomamos mate entre risas, agotados, pero plenos, y al final, antes de que el cansancio nos venciera, nos abrazamos fuerte, como quien agradece sin palabras la intensidad de lo vivido.
Desde entonces, cada vez que el reloj marca las diez y el perfume vuelve a inundar la escalera, sé que me espera y que la noche, otra vez, será nuestra.

domingo, 31 de agosto de 2025

 La tormenta había terminado casi con un suspiro, con la última gota de lluvia resbalando por la tela, ella cerró el paraguas antes de cruzar la avenida. El semáforo le daba paso, y al fondo, en medio del caos de autos y colectivos, un rayo de sol tibio rompía la tarde anunciando su despedida.
Él también cruzaba y entre el tumulto de cuerpos y pasos apurados,  se miraron. Fue un instante breve, pero tan intenso que ninguno de los dos pudo seguir caminando igual, ella aceleró hasta la vereda, él dudó, pero al segundo volvió sobre sus pasos para seguirla.
Cuando ella puso los dos pies sobre la acera, giró la cabeza, quería comprobar si lo había imaginado, si aquel hombre se había perdido en la multitud, pero estaba allí, a su lado, demasiado cerca como para fingir casualidad. 
Sin decir palabra, le tomó la mano, ella no se resistió y caminaron juntos, como si los uniera un acuerdo antiguo, secreto.
Avanzaron por la avenida iluminada de ocaso, minutos después, bajo un cartel de cine ya desgastado por el tiempo, se detuvieron. Él la miró fijo, como si buscara permiso en su respiración agitada, y se inclinó. 
El beso fue torpe primero, urgente después, hasta que ambos se reconocieron en esa mezcla de labios húmedos y ternura contenida.
La ciudad desapareció, la gente, el ruido, el tránsito, todo quedó lejos, solo quedaron ellos dos, enredados en un deseo súbito que los arrastró hasta una esquina olvidada, donde las persianas bajas y los portales cerrados les ofrecieron refugio. 
Allí, entre sombras húmedas, él apoyó su espalda contra la pared y la atrajo hacia sí, ella dejó caer el paraguas, y con manos temblorosas buscó su cuello, su pecho, su cintura.
Él deslizó los dedos por su cabello mojado, bajando luego por la curva de su espalda hasta sentir el calor de sus caderas. se besaban como si quisieran devorarse, como si el tiempo se hubiera acortado y solo quedara esa oportunidad. 
Ella, con una mezcla de timidez y osadía, se pegó contra él, sintiendo el cuerpo erguido y fuerte que la reclamaba.
Los labios se multiplicaron en el cuello, en los hombros, en la piel recién descubierta cuando la blusa cedió a los botones apresurados, el roce de sus manos, la respiración entrecortada, el temblor de las piernas, todo fue creciendo como una tormenta distinta, que no se derramaba en agua, sino en deseo.
Cuando finalmente se perdieron en la penumbra de aquel pasillo, dejaron que el mundo se apagara afuera. 
Allí, entre caricias ansiosas y silencios cómplices, se entregaron, fue un encuentro breve, urgente, húmedo todavía por la lluvia, pero tan intenso que se grabó en la memoria de ambos como el verdadero inicio de todo.
Hoy, pasados los años, aún caminan por la misma avenida van de la mano a hacer las compras, se detienen en los mismos lugares, sonríen ante el mismo cine que ya no proyecta películas, sino que anuncia reuniones religiosa y cada vez que lo miran, no pueden evitar recordar aquella primera tarde, cuando se cruzaron en medio de la avenida y descubrieron, entre beso y deseo, que la vida entera podía empezar en un instante.


 La noche en Escobar tenía un aire espeso, cargado de misterio. El Paraná brillaba con reflejos de luna mientras las sombras de los buques inmensos pasaban a nuestro lado como bestias dormidas, nuestro bote, frágil como una media nuez, parecía insignificante frente a esa inmensidad.Sentí tu mano aferrarse a la mía, sudorosa, temblorosa, tus labios dibujaban una sonrisa confundida, mezcla de miedo y valentía, tus ojos, iluminados por el reflejo del agua, revelaban esa tensión deliciosa de quien se sabe vulnerable y, al mismo tiempo, viva.
El cruce fue un baile peligroso, el agua golpeaba, el motor vibraba como un corazón desesperado, y nosotros, diminutos, nos enfrentábamos al río como si la vida entera dependiera de llegar a la orilla, yo miraba tu rostro, esa expresión difusa de pánico contenido, y solo pensaba en protegerte, en ser tu refugio.Cuando al fin tocamos tierra firme, tu cuerpo se lanzó contra el mío, el abrazo fue feroz, un derrumbe de todo lo contenido, las lágrimas corrían calientes por tus mejillas y yo las bebí con un beso lento, profundo, que borraba el miedo y encendía otro fuego.Tus labios temblaban, y en ese temblor encontré deseo, tus manos, primero inseguras, comenzaron a deslizarse por mi espalda, apretándome contra vos, sentí tu pecho erguirse contra el mío, tus pezones endurecidos bajo la tela mojada, mi boca buscó la tuya y la encontré hambrienta, como si el cruce hubiera despertado un instinto nuevo, salvaje.Allí, en la arena húmeda, la pasión nos devoró, te recosté suavemente y mi boca comenzó un recorrido ansioso, tu cuello, tu clavícula, la sal de tu piel mezclada con el río. Tus gemidos, apenas contenidos, me guiaban, mis manos deslizaban tu ropa lentamente, descubriendo la tibieza húmeda de tu cuerpo.El aire se llenó de jadeos y del murmullo cómplice del Paraná. Cuando mis labios encontraron tus pechos, tu espalda se arqueó como buscando entregarse por completo, mis dientes jugaron con tus pezones mientras tus dedos se enredaban en mi cabello, pidiéndome más.Descendí, lento pero seguro, hasta hundirme en tu vientre palpitante, el aroma de tu sexo era un perfume salvaje que me enloquecía, te abriste para mí, generosa, vulnerable y poderosa a la vez. Mi boca recorrió tus pliegues húmedos y tu gemido se confundió con el rumor del río, te bebí como quien bebe agua en medio del desierto, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba bajo mis caricias.Tus caderas comenzaron a danzar contra mi boca, tu respiración entrecortada se volvió un grito ahogado, tus manos me apretaban contra vos, exigiendo más, hasta que te desbordaste como una ola que rompe contra la orilla, estremecida, hermosa, dueña de la noche.Pero no nos detuvimos ahí, me buscaste con furia, me desnudaste con manos ansiosas y me recibiste entre tus muslos ardientes. Al entrar en vos, el tiempo se detuvo. El Paraná quedó atrás, solo existía tu cuerpo envolviendo el mío, húmedo, ardiente, reclamando cada embestida como un triunfo.La arena se volvió cómplice, el viento nos acariciaba, y el río, testigo eterno, nos miraba en silencio, cada movimiento era un recordatorio de que habíamos desafiado la muerte en el cruce y ahora celebrábamos la vida con un amor animal, desenfrenado.Tu boca gritó mi nombre al mismo tiempo que el mío se perdía en tu pie.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.

 Tus labios, frescos como el río,
se derriten en mi boca.
El cansancio del día desaparece
cuando te recorro lento,
palmo a palmo,
bebiendo tu piel como vino secreto.
Desnudos bajo la luna del Delta,
tu cuerpo es la isla donde me pierdo,
tus curvas son cauces ardientes
que guían mis manos y mi deseo.
El agua murmura a nuestro ritmo,
mi boca escribe en vos
palabras húmedas de placer.
Sos la poesía que se gime,
la canción prohibida de mis noches.
En la marea de tu vientre
encerrado sin querer huida
sos la mujer del Delta,
mi amante,
mi río desbordado de erotismo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...