miércoles, 30 de abril de 2025

Calla el río, su voz de correntada,
y el Carapachay, oscuro y tendido,
es un brazo de sombra que nos guarda
en su abrazo tibio, húmedo y dormido.
Los juncos se mueven como en secreto,
la luna los roza sin hacer ruido,
y vos, descalza sobre la cubierta,
sos la única luz que no se ha ido.
No hay palabras, no hacen falta,
sólo el crujido del bote de madera,
y tus manos buscándome en la penumbra
como si el deseo pudiera ser ceguera.
Te acerco despacio, como la marea,
y mi boca encuentra el hueco de tu cuello,
la noche respira con nuestra cadencia,
la selva nos mira con ojos de sueño.
Tu piel huele a río y a flor silvestre,
a camalote y calor de verano,
y en cada suspiro que sale de vos
se enciende mi cuerpo como un faro humano.
La cubierta de lona cruje bajo nuestra danza,
y el viento en las ramas se queda sin aire,
te tengo, me tenés, nos callamos los nombres,
y el Delta es un templo, y el deseo, su altar.

Donde el Carapachay
se encuentra con el Paraná,
ese abrazo de ríos que nunca se apuran,
asoma, solitaria,
la cúpula del campanario
de la vieja iglesia flotante.
Nos detenemos siempre allí.
Es un ritual sin palabras,
como si el bote supiera
que hay historias que no se pueden pasar de largo.
Ella se inclina sobre el borde,
mira fijo la cruz torcida,
y yo, como cada vez, le pregunto.
Cuántos isleños conocerán esto.
Y ella responde, con esa tristeza serena que lleva en los ojos,
Pocos.
Cristo Rey, le llamaban.
La iglesia venía río arriba desde Tigre,
flotando sobre una gran balsa,
con un sacerdote de sotana clara
que predicaba en las orillas
como si el agua también pudiera ser tierra santa.
Los niños la esperaban con flores,
las mujeres con tortas,
los hombres con silencios.
Y allí, entre los sauces y las libélulas,
se alzaba el altar,
temblando apenas con el oleaje.
Bautismos en el muelle,
misas entre mosquitos y remos,
una cruz levantada contra la bruma.
El evangelio flotaba.
Y flotó por años,
hasta que una sudestada traicionera
la empujó hacia el olvido.
Hoy solo queda el campanario,
quieto en un rincón del terreno de prefectura,
como un relicario de fe ajena
al que pocos miran,
al que nadie reza.
Pero nosotros sí.
Nosotros venimos,
miramos, preguntamos,
y ella responde lo mismo:
Pocos.
Y entonces pienso que,
aunque la iglesia ya no flote,
aunque la fe se oxide y el tiempo la tape de verdín,
algo sigue vivo en esta parada,
algo que no se aprende,
algo que se recuerda con el cuerpo.
Después, seguimos río arriba.
Ella se acomoda en la proa,
yo retomo el timón,
y el campanario se aleja
como una campana que no suena
pero nos deja sonando por dentro.

Doblando el brazo oscuro del Tuyuparé,
el aire cambió.
Un frío seco, sin viento,
se nos metió en la piel como una aguja muda.
Allí estaba,
la vieja casona de la isla El Silencio,
con sus ventanas cerradas
como ojos que ya no quieren mirar.
No dijimos nada.
No hizo falta.
El silencio nos tomó por dentro,
como si el agua supiera
lo que alguna vez se hizo en su nombre.
Ella se acercó al timón,
sin hablar, sin preguntar,
me apoyó la mano en el hombro
y yo la abracé.
No para calentarla,
sino para sostener lo que no se puede decir.
El bote se detuvo solo,
como si el motor también recordara,
como si el río bajara la cabeza.
Nos quedamos unos minutos allí,
mirando esa casa
que parece dormida
pero aún exhala horror.
Después arrancamos de nuevo,
despacio,
como saliendo de un cementerio sin tumbas,
con la memoria como una sombra larga
y el corazón latiendo bajo el abrigo.
Nos fuimos río abajo,
en busca del sol,
del sonido, del regreso.
Pero esa quietud,
ese frío,
esa historia que sangra en la madera,
vino con nosotros.

 
El sol volvió sin pedir permiso,
como si el mundo no hubiera vibrado,
y el río Capitán, manso y dorado,
nos abría los brazos con hojas de luz.
Navego lento,
como si el tiempo pudiera estirarse,
como si cada curva fuera un secreto
que vale la pena aprender de nuevo.
Y ella,
tendida en la proa,
sin ropa, sin apuro,
deja que el sol le bese la piel
como si fuera su único amante.
Su espalda brilla,
sus piernas se abren apenas,
y una gota de agua recorre su omóplato
como si supiera lo que deseo.
Yo timoneo despacio,
para no interrumpir la música del cuerpo,
por seguir mirando
cómo se funden su cintura y la luz
y la brisa le acomoda el pelo como un susurro.
Cada recodo del río,
cada casa dormida entre las ramas,
cada reflejo en el agua quieta,
me la recuerda.
Pero no como se recuerda el pasado,
si no como se descubre lo nuevo,
una flor abierta,
una orilla virgen,
una mujer tendida en el centro del mundo
esperando que la noche, la vuelva deseo.

El cielo cayó de pronto,
sin aviso, sin tregua, sin miedo.
Rugió como fiera sobre el Carapachay,
y el agua creció como en aquel verano
que arrasó canoas, maderas y ranchos.
El viento silbó entre los ceibos
y dobló hasta el grito de los sauces,
y vos mojada, desnuda, temblando
parecías parida del mismo trueno.
No hubo adónde correr.
La isla ya era río,
el muelle flotaba como un recuerdo,
y en esa furia sin norte ni bordes
nos abrazamos como náufragos eternos.
Tus labios tenían gusto a lluvia,
a miedo, a lujuria, a relámpago,
y tu cuerpo, caliente y mojado,
se enredó al mío como un camalote encendido.
Nos amamos ahí, sin palabras,
bajo la lona tirante del galpón,
mientras el agua lamía los pilotes
y la tormenta tejía su canción.
No hubo pudor, ni pausa, ni abrigo,
sólo el chasquido del río en creciente,
tu espalda arqueada como una ola,
mis manos ancladas a tu vientre.
Y cuando todo se volvió silencio,
cuando el agua bajó su amenaza,
quedamos dormidos, exhaustos, abrazados,
con el rugido del mundo aún en la garganta.

 El sol bajaba en oblicuo,
lamía los surcos de tierra blanda,
donde el río se acurruca y calla
ante el orden sereno del nogal.
La lancha se amarró despacio,
y tus ojos brillaron como el agua
cuando el muelle de madera crujió
bajo nuestros pasos.
Era el reino de las pecanas,
árboles sabios, en hileras,
sus hojas temblaban con la brisa
como si supieran lo que pasaría.
Caminamos entre las sombras dulces,
escuchando cómo el suelo hablaba
del tiempo, del fruto,
del trabajo paciente de los días.
Y entre una rama y otra,
tu mano buscó la mía sin apuro,
como quien cosecha lo maduro
después de mucho mirar.
El sol nos empujaba a besarnos,
en silencio, entre cortezas vivas,
y el perfume verde del pecán
nos envolvía, suave, sin permiso.
Un mate compartido bajo un árbol,
una nuez abierta con los dedos,
y la risa, como viento ligero,
jugando entre los cañaverales.
La tarde siguió su curso de agua,
y volvimos en la lancha lenta,
con el Delta en el cuerpo y en la boca
un gusto a nuez y a promesa eterna.

Tomados de la mano,
cruzamos la mañana del Delta
como quien pisa un secreto.
Los durazneros nos abrían sus brazos
y el perfume flotaba espeso,
como si supiera de vos.
A unos metros del Espera,
el Angostura se estrecha y murmura,
y ahí estábamos,
con el agua al costado
y la piel temblando
de tanto mirarnos sin hablar.
Los ciruelos, en flor o en fruto,
caían como notas suaves al suelo,
y vos, tan cerca,
tan mía sin serlo,
eras un racimo de sol
apretado contra mi deseo.
El perfume de los duraznos,
maduro, dulce, abierto,
era el eco de tu cuerpo
cuando bailás de noche en la cabaña,
descalza, entre mis brazos,
con el río como música lenta
y la luna queriendo espiar.
Nada más existe cuando eso ocurre:
ni la lancha dormida,
ni el reloj en su rincón,
sólo la fruta que gotea su jugo
y tu espalda que se arquea
como rama al viento.
Y el Delta nos guarda,
bajo el cielo de abril,
como a dos pájaros de estación
que se rozan,
que se beben,
y vuelven a volar.

La tarde ardía sin pudor
sobre los caminos del Delta,
y nosotros,
tomados de la mano,
buscábamos sombra entre ciruelos cargados,
como si el deseo también diera fruta.
El calor pegaba en la piel
como una caricia lenta,
de esas que no piden permiso
y dejan marcas invisibles.
Probamos los frutos,
uno a uno,
jugosos, tibios,
como tu boca cuando la mía
se demora en el borde del suspiro.
A orillas del río,
el agua parecía quieta,
pero el cielo ya murmuraba en lo alto
y el viento olía a tormenta.
Vos reías,
con el jugo del ciruelo en los labios,
y yo no sabía si besarte
o esperar que el trueno nos diera el ritmo.
Las ramas nos tocaban la espalda
como cómplices del calor insoportable,
ese que abría los poros
y las ganas.
Y cuando el primer relámpago
cortó el horizonte,
nos quedamos quietos,
abrazados al borde del río,
sabiendo que la lluvia sería un alivio,
pero también otra forma
de desearte.


 Habíamos cruzado el río en la lancha,
hice el vaivén justo para que te apoyes en mí
como por accidente,
aunque ya sabíamos a dónde íbamos.
Tres Bocas nos recibió con su calma antigua,
esa que guarda historias de príncipes, de Perón,
y de un hotel perdido en el tiempo
que alguna vez fue promesa de tango y copas llenas.
Ahora hay vereditas, sauces que se inclinan,
y el murmullo suave del Santa Rosa naciendo
como una caricia nueva.
Caminamos sin apuro,
entre los senderos del barrio que huele a río y flores silvestres,
hasta que el zumbido leve de las abejas
nos anunció el paraíso dorado,
el colmenar de Marta,
la mujer que hizo de la miel su destino
y del amor por su tierra, una herencia viva.
Fe y Esperanza, decía el cartel con orgullo,
y vos, tan cerca, tan de mi lado,
probaste una cucharita de oro dulce
que te iluminó la boca
como si el sol te la hubiera besado.
Compramos un frasco para llevarnos a casa,
pero yo ya sabía que el verdadero regalo
era tu risa pegajosa,
tu mano tibia entre los ciruelos del recuerdo,
tu perfume mezclado con polen y verano.
El río crece, a veces desborda,
pero hay pasiones que ni la lluvia puede apagar.
Y así, entre colmenas, veredas flotantes
y un calor que todo lo abría,
nos amamos con los ojos,
sin decirlo,
sabiendo que la miel más verdadera
es la que se deja caer
de a poco, en la piel del alma.


Aquel mediodía de primavera
llegamos como se llega a los sueños, 
que alguna vez se dijeron en voz baja,
en lancha lenta, con el sol abriéndose paso entre los sauces
y el corazón apurado, como si ya supiera lo que venía.
La Real nos recibió con su aire antiguo
y una elegancia sencilla que parecía salida de otro tiempo.
Las paredes hablaban, se lo juro,
del murmullo de botellas,
del burbujeo de la sidra en la fábrica que allí nació
cuando todo esto era futuro.
Nos sentamos frente al río,
y entre nosotros se tendió una mesa tan íntima
como una promesa que no hace falta decir.
El mantel blanco, el aroma de la comida recién servida,
y tus ojos, que tenían un brillo más fuerte que el sol de mediodía.
Yo escuchaba tus palabras como si fueran música
que bajaba del monte o de algún sauce secreto.
Y vos reías con esa risa que siempre me desarma,
mientras un colibrí flotaba a la altura de nuestras ganas.
No sabíamos por qué, pero allí,
a pocos minutos del territorio
y a una eternidad de la ciudad,
el mundo parecía haber girado solo para nosotros.
Quizá el Delta tiene esas cosas,
rincones que se apartan del tiempo,
historias que brotan de la tierra mojada,
y lugares que, como vos, se sienten lejos
de todo lo que no importa.
Terminamos el almuerzo con un brindis,
no con sidra, pero sí con algo más valioso:
el sabor del momento compartido,
el temblor de la cercanía,
y la certeza suave de que cuando el amor florece
no hay Buenos Aires que quede cerca,
ni olvido que pueda alcanzarlo.

 

jueves, 24 de abril de 2025

 
La madera del muelle crujía bajo nuestros pies descalzos, resonando como un tambor lejano en la quietud de la noche estival. El aire, denso y cálido, parecía suspendido entre el canto de los grillos y el zumbido implacable de miles de mosquitos que, atraídos por la luz del farol, insistían en compartir nuestro juego.
Alberto, con la mano experta, cebaba mate tras mate, levantando la bombilla apenas iluminada para ofrecernos el primer sorbo. El amargo vapor se mezclaba con el aroma dulzón de la vegetación, envolviéndonos en un aroma de calma y complicidad.
Rubén, apoyado en la baranda, desplegaba las cartas con un gesto casi sobrador. Cada carta era excusa para una anécdota. Ven ese bote allá, decía señalando con la baraja. Es de doña Mercedes, la que vive en el fondo del arroyo. Ella me saludó esta tarde y me contó que su nieto volvió de la ciudad con un bebé de un mes.  Entre risas y comentarios oportunos, la historia de cada vecino desfilaba, el carpintero que reparaba los muelles, la pareja que inauguró la parrilla flotante, el pescador… Todos saludando desde sus embarcaderos, amables como viejos amigos, aunque apenas nos cruzáramos unas buenas al atardecer.
El truco avanzaba: ¡Truco!”, “—¡Retruco!”, “—¡Vale cuatro!”, gritábamos con el fervor de quienes saben que cada mano puede cambiar el destino de la apuesta. El mate se vaciaba y se cebaba de nuevo, mientras la baraja, húmeda de la brisa del río, se deslizaba entre los dedos como un tesoro prohibido.
Pasada la medianoche, sucedió lo inesperado: el último bote se alejó, los saludos se apagaron, y la orilla quedó desierta. El muelle quedó solo para nosotros, rodeado de sombras que crecían y decrecían con el movimiento de las hojas. El silencio fue tan intenso que dolía. un vacío sonoro que parecía engullir incluso el zumbido de los mosquitos. Solo persistían, en ese recinto suspendido, los ecos de nuestras voces exaltadas cada vez que una carta ganadora rompía la paz.
Y así, en ese punto, entre el murmullo del río y la noche sin testigos, sentimos la magia de estar vivos: el calor del verano, la presencia amiga de los compañeros, el conteo de la baraja, el canto de un truco eterno que, contra todo pronóstico, parecía nuestro único refugio. Cuando la última mano llegó a su fin, guardamos las cartas en silencio y nos quedamos unos instantes más, con el mate frío, dejando que el río y las estrellas se encargarán de acompañar el final de aquella noche inolvidable.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...