viernes, 13 de marzo de 2026

 Un día caminamos por la costa,
como si el mundo hubiese decidido
detenerse un momento para mirarnos pasar.
La noche sonreía en silencio,
y el río, paciente y eterno,
nos acompañaba paso a paso
como un viejo amigo
que conoce historias de amor
mucho antes que nosotros.
Las luces de la costanera
dibujaban caminos dorados sobre el agua,
y la brisa traía ese aroma
mezcla de río, de ciudad y de misterio
que solo existe cuando la noche empieza a abrazar al día.
Había bancos mirando al horizonte,
árboles que dejaban caer sus sombras
como si quisieran proteger el momento,
y faroles que parecían encenderse
solo para iluminarnos el camino.
Dicen que hay costaneras
que tienen una magia especial,
que cada municipio guarde la suya
como un pequeño tesoro secreto;
su luz particular, su silencio distinto,
su forma única de hacer latir la noche.
Pero mientras caminábamos
algo empezó a inquietar mis pensamientos.
Porque intentaba descubrir
de dónde nacía esa magia:
si del murmullo del río,
si del reflejo de las luces en el agua,
si de la calma que solo existe
cuando la ciudad se queda en silencio.
Y entonces apareció el dilema.
Porque cada vez que miraba el paisaje
terminaba mirándote a vos.
Y cada vez que quería describir la noche,
mis palabras hablaban de tu sonrisa.
Intenté escribir sobre el río,
pero recordé la forma en que caminabas.
Intenté escribir sobre las estrellas,
pero tus ojos brillaban más cerca.
Intenté escribir sobre la brisa,
pero era tu presencia
la que realmente me hacía respirar distinto.
Entonces entendí algo simple
y al mismo tiempo infinito.
Tal vez la magia no estaba
en la costa iluminada,
ni en el reflejo del agua,
ni en las sombras tranquilas de los árboles.
Tal vez la magia no era del lugar.
Tal vez la magia eras vos.
Porque desde que caminás a mi lado
las noches parecen más suaves,
los ríos más profundos,
las luces más cálidas
y el mundo un poco más hermoso.
Por eso cuando alguien me pregunte
qué tiene de especial aquella costanera
yo no hablaré del río ni de las farolas
ni del silencio de la noche.
Diré algo mucho más simple.
Que una vez caminé por allí
con alguien que tenía la capacidad
de convertir cualquier lugar del mundo
en el sitio más mágico que existe.
Y desde entonces comprendí
que hay paisajes hermosos,
hay noches inolvidables,
hay ciudades llenas de encanto…
pero nada, absolutamente nada,
se compara con la magia
de simplemente caminar a tu lado.


 El viento trae lentamente el otoño
como una carta escrita por el río.
No golpea la puerta del verano,
apenas la entreabre y entra despacio
entre las ramas cansadas de sol.
Las mañanas despiertan más frescas,
con ese silencio de agua dormida
y el aroma húmedo de las islas
que guardan en su sombra
los últimos rumores del verano.
El río se llena de hojas.
Hojas que vienen y van,
que giran sobre la corriente
como pequeños barcos dorados
sin rumbo ni orillas.
Las miro flotar
y pienso que se parecen a mis versos.
También ellos se van en un bote lento
empujado por la marea tranquila.
Se van río abajo
buscando una orilla secreta
donde tus manos los encuentren.
Y cuando regresan
vuelven cargados de besos.
Como la tarde
que cae lenta y espaciosa
detrás de los álamos.
La luz se estira sobre el agua
como un suspiro largo
y el muelle queda solo
escuchando la respiración del río.
La lancha colectiva pasa
cada vez más espaciada,
como si el tiempo mismo
se cansara de apurarse.
El motor se pierde en la distancia
y vuelve el silencio.
Entonces el poeta
se queda mirando el agua.
Besa hojas que el viento entrega.
Besa flores tardías
que todavía creen en el verano.
Besa abrazos
que viven en la memoria del muelle.
Y besa un nombre
que nunca pronuncia.
Porque en el Delta
cuando llega el otoño
el amor tiene una magia distinta.
Una magia que no se explica.
Sucede en la sombra de los juncos,
en el vuelo blanco de una garza,
en el reflejo del cielo
cuando el río se vuelve de oro al atardecer.
Sucede en unos pasos
que caminan entre los álamos
como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.
El poeta no dice su nombre.
No hace falta.
El río la conoce.
El viento la nombra en secreto.
Las hojas la saludan
cuando pasan flotando.
Y el otoño sigue cayendo
sobre las islas silenciosas.
El poeta escribe.
Escribe mientras el sol se esconde,
mientras el muelle queda solo,
mientras la noche se abre
como una ventana llena de estrellas.
Escribe para ella.
Sin decir su nombre.
Porque el amor en el Delta, en otoño,
tiene esa magia
que sólo sucede allí.
Y para comprenderla
hay que vivirla.
De lo contrario todo sería apenas
otro cuento más de la vida
con viñetas de telenovela.
Pero el río sabe la verdad.
Y las hojas que viajan sobre el agua
se la llevan en silencio.


martes, 24 de febrero de 2026

El pasillo era un río angosto de baldosas tibias que conducía al corazón de la casa. En él crecían dos parras antiguas, enredadas como brazos que se buscan; y al fondo, la tercera chinche. Blanca y moscatel, ofrecían sus racimos dorados como pequeños soles colgando del verano. 
Bajo esa sombra verde, el limonero respiraba en silencio, dejando en el aire un perfume fresco que se mezclaba con el jabón de la ropa recién lavada y el polvo suave de la siesta.
Allí vivían los abuelos, custodios de un tiempo sin apuro. 
Sus voces eran el murmullo de fondo de cada tarde, y sus manos sabían de uvas, de pan y de historias repetidas con la paciencia de quien no teme al reloj.
Atrás, como si el mundo se abriera en otro paisaje, los canarios bordaban el aire con trinos dorados y un zorzal madrugador, siempre a las cinco, rompía la noche con su canto limpio, anunciando el día antes que el sol.
Las palomas levantaban vuelo desde el palomar frente al galpón, un edificio pequeño y noble que guardaba tesoros: el tanque de kerosene, las bicicletas apoyadas contra la pared, el olor a madera y metal. 
En el patio quedaban las huellas del juego, un triciclo que giraba solo después de la carrera, como si la infancia no supiera detenerse; una pelota de cuero gastada en mil partidos, otra de goma que rebotaba contra la pared hasta que alguien gritaba último tiro; la chata de madera con rulemanes, ruidosa y valiente, bajando por la vereda de tierra como un sueño sin frenos.
Al fondo estaba la pileta donde se lavaba la ropa, espejo de cielo en los días claros. La escalera de madera crujía cuando alguien subía a tender las sábanas que flameaban como banderas blancas de un país sencillo y feliz. Cada rincón tenía una respiración propia. Cada objeto guardaba una risa.
Era una casa con dos casas, un pasaje que contenía un mundo. Padres, tíos, abuelos: generaciones entrelazadas como las parras del pasillo. 
La puerta al patio principal siempre abierta, porque la confianza era más fuerte que cualquier cerradura. La calle primero de tierra, después asfaltada no logró borrar las marcas de las rodadas ni el polvo que nos pintaba las rodillas. El asfalto cambió el color del suelo, pero no el alma del barrio.
El patio era de todos. Los vecinos se saludaban como parientes verdaderos. Se compartía el mate, la mesa, la sombra, la preocupación y la fiesta. No había rejas. No había llaves en la puerta de calle. Había una certeza: nadie era extraño.
Hoy las puertas se cierran con doble vuelta y las miradas se esquivan. La calle parece más ancha y, sin embargo, más solitaria. Pero en la memoria ese territorio donde nada se pierde. el zorzal sigue cantando a las cinco, las palomas levantan vuelo en una nube blanca, el triciclo gira sin caer y las parras vuelven a cubrir el pasillo con su sombra generosa.
Aquel pasaje no fue solo un lugar.
Fue una manera de estar en el mundo.
Una historia que aún late.
Una vida que ya no existe como entonces, pero que permanece intacta, suspendida en la luz dorada de aquellos días sin rejas, sin llaves y sin miedo, donde la felicidad cabía entera en un patio compartido.



viernes, 13 de febrero de 2026

 Quiero recorrer tu cuerpo
como se recorre un territorio sagrado, sin prisa,
con hambre y con respeto,
dejando que mis sentidos aprendan
cada curva, cada umbral.
Ser el guardián de tu piel,
el que vela tus sombras
y enciende tus luces.
Entrar en tus secretos
no como invasión,
sino como destino.
Borrar con mi boca
las huellas del miedo,
explorar tus rincones
hasta que el deseo diga basta
y aun así seguir.
Derramar en vos mi marea,
confundir mi aliento con el tuyo,
habitar ese espacio donde tu voz palpita
y mi nombre se vuelve necesario.
Prometo cuidarte en el fuego,
mimarte en la calma,
hacerte sentir completa,
plena como la luna cuando no se esconde.
Prometo ocupar tu pensamiento
con dulzura y delirio,
recorrer tu conciencia
hasta que no sepas
dónde terminás vos
y dónde empiezo yo.
Viviré para darte mi ternura,
para contagiarte mi locura lenta,
para internarme en la espesura
de ese misterio que custodiás
y quedarme allí.
Y lo digo, si no cumplo mi promesa,
si no te honro, si no te cuido,
que el deseo mismo me juzgue,
porque amarte así es mi única verdad.


 A orillas de tu cama te aparezco,
la luna sostiene tu deseo en los cristales
y un estruendo me nombra en tu piel.
Tus ojos me desnudan antes que mis manos,
tu sonrisa esconde incendios
y mi boca aprende el mapa de tu cuerpo
entre suspiros que no piden permiso.
La noche se curva bajo nosotros,
caderas que dialogan sin palabras,
calor, ritmo, vértigo compartido;
otro estruendo rompe el silencio.
Sudor, gemidos, miradas que se aferran,
dos cuerpos buscando caer en el mismo abismo
hasta que el placer nos desborda
y el mundo se apaga un instante.
Luego, el descanso tibio del abrazo,
tu rostro en mi pecho,
un descanso apenas…
y otra vez, inevitablemente,
a orillas de tu cama.
Un beso tuyo no es apenas roce,
es incendio lento que aprende mi nombre,
es la marea tibia que invade mi boca
y la convierte en templo de tu ser.
Cuando tus labios buscan los míos
el mundo se repliega,
late en silencio,
como si temiera interrumpir
el lenguaje húmedo y profundo
que inventamos al tocarnos.
Tu aliento cae sobre mí
como vino derramado en la piel,
dulce y embriagante.
Mis manos recorren tu geografía,
mientras tu boca me reclama
con esa urgencia suave
que solo el amor conoce.
Es un beso largo,
largo como la noche que nos desea,
donde tu boca y la mía
se encuentran, se provocan,
se reconocen sin prisa
y sin culpa.
Tu pecho contra el mío,
tu suspiro rompiéndose en mi garganta,
y esa explosion  que nace bajo la piel
cuando el deseo deja de ser idea
y se vuelve fuego compartido.
Beso apasionado,
ritual ardiente de dos cuerpos
que se saben elegidos.
En él me pierdo,
en él me entrego,
porque besar tu boca
es tocar el centro mismo
de lo que significa amarte.

Navegar el delta es recorrer sus entrañas,
dejar que el agua nos diga el secreto antiguo
que murmura en cada curva del río.
En cada tramo, un instante único,
irrepetible como la huella del remo
rompiendo el espejo marrón y dorado.
La magia vive en el agua,
en las casas elevadas que parecen flotar en el tiempo,
en las hortensias que estallan en colores suaves,
en los sauces que inclinan su nostalgia verde
para peinar la corriente.
Y en cada ave que acompaña el viaje,
descubrimos el ritmo del río
como quien aprende el pulso de un corazón nuevo.
El delta guarda su misterio
y sólo lo revela al que se atreve a andarlo despacio,
al que acepta perderse sin destino final,
dejando que el cauce decida el rumbo
y el silencio complete las palabras.
Así te descubrí.
A vos, envuelta en el sudor tibio de una noche
donde sólo nosotros
y el ritmo lento y pausado de un ventilador
fueron testigos de nuestro vuelo.
Volamos.
Como vuela la mariposa del delta,
ligera y obstinada,
avanzando metro a metro
sin saber más que la belleza del instante.
Y mientras el río quedaba detrás,
como quedan las dudas cuando el amor se afirma,
entendí que la verdadera magia
no estaba sólo en el agua ni en los sauces,
sino en ese secreto compartido,
en ese navegar sin mapas
donde cada caricia era un puerto
y cada beso,
una isla recién descubierta.

Debajo de ese vestido color manteca,
holgado y suave como la tarde,
sutilmente se esconde el cuerpo
de una bella mujer.
La brisa lo sabe,
el viento lo acaricia
y juega con la tela clara
como si guardara un secreto.
Entre mis manos descansa la espera,
hasta que ella, mariposa de verano,
se eleva en la noche tibia
y el mundo se vuelve silencio.
Su piel brilla bajo la luna,
y en ese instante suspendido
solo existe el latido compartido,
la respiración que se encuentra,
la magia que no necesita nombre.
No es tema de poema,
ni promesa escrita en papel:
es ella,
con su vestido color manteca
ondulando en la penumbra,
y yo,
perdido en la claridad de su vuelo.

domingo, 8 de febrero de 2026

Nosotros

 

Y un día decidimos compartir los días, sin anuncios ni promesas solemnes. Compartir lo cotidiano, los comentarios más simples, las palabras que no buscan brillar. Así, casi sin darnos cuenta, nos volvimos compinches. Cómplices de recuerdos, de aventuras ya vividas que al volver a nombrarlas nos parecían divertidas, naturales, inevitables. Empezamos a quedarnos un poco más. A llegar al departamento sin apuro, a cenar algo sencillo o cebar unos mates como quien ya sabe que la noche no tiene prisa. La ropa fue perdiendo sentido de manera silenciosa. No por rebeldía ni por provocación, sino porque dejó de cumplir una función. Una prenda olvidada, otra que ya no volvía. Yo empecé a usar una de sus tangas porque me resultaba cómoda, ya que había algo en ese gesto que no era juego, sino reconocimiento. Ella dejaba la ropa con la que salía al mundo y se quedaba con lo mínimo, un hilo apenas visible que no ocultaba nada, que acompañaba el cuerpo sin imponerle forma. Así compartimos mates, cafés, algún whisky y hasta cenas enteras desnudos, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era. Hay algo en esa desnudez que me conmueve hasta las lágrimas y no sé explicarlo del todo. Tal vez porque no habla solo de deseo, sino de una confianza profunda, de una entrega que no necesita justificación. Con ella entendí que hay vínculos que no nacen en la piel, sino en un plano más hondo, más espiritual, donde el cuerpo es apenas el lenguaje. Besarnos nunca fue simplemente el comienzo de algo romántico. Es otra cosa. Es como entrar en el otro sin invadirlo, como habitar un espacio compartido donde los límites se vuelven suaves. Eso pasa pocas veces en la vida. La mayoría de los encuentros se quedan en el instinto, en lo inmediato. Esto no. Esto exige presencia, atención, una desnudez que no se mide en piel sino en verdad. El baño se volvió un ritual. Bañarnos conversando, ducharnos acariciándonos sin apuro, transformar ese espacio en algo casi sagrado. Los besos no mandan: acompañan. El agua, el jabón, el shampoo, el toallón con el que nos secamos mientras nos mimamos, todo tiene el mismo valor. Sentarnos desnudos en el piso del baño y hablar de cualquier cosa, con la calma de quien no necesita demostrar nada. Entendimos que la ropa, las medias, los zapatos, el pantalón, el vestido, la remera son para usar de la puerta para afuera. Adentro no hace falta. Y eso no es descuido, es aceptación. Querernos como somos, con cicatrices, con poco pelo, con kilos de más o de menos, con todo lo que somos sin correcciones. Somos libres. No como consigna, sino como práctica. Esto puede pasar en La Lucila, en algún rincón del Gran Buenos Aires, en el mar, en el pasto, en una ruta de noche sin molestar a nadie, en cualquier lugar donde el cuerpo y el espíritu coincidan. No hay hipocresía en eso. Hay coherencia. Sabemos que el paso por la vida es corto, demasiado corto como para negarnos lo que nos inquieta, lo que nos llama, lo que nos expande. Y todo esto no es solo lo que ya somos. Es también el deseo de lo que pensamos intentar. De lo que queremos profundizar, una y otra vez, sin miedo. Sabemos que esto no se agota, que recién empieza, que pide ir más hondo. Queremos explorar juntos cada pliegue, empujar con cuidado y coraje los límites, llegar a lugares insospechados no para rompernos, sino para sentirnos más vivos, más conscientes, más presentes. Queremos vivir así el resto de los días que nos queden. No desde la urgencia, sino desde la profundidad. Con sensualidad, con amor, con una atención plena que no se negocia. Porque entendimos algo simple y feroz a la vez: disfrutar no es un exceso, es casi una responsabilidad. Muchos no lo comprenden. No importa. Nosotros sí.

sábado, 7 de febrero de 2026

La bombita que alumbraba Valderrama

 Hoy la ciudad se ilumina sola. La noche cae y, casi sin que nadie lo note, las luces se encienden una tras otra, obedeciendo a sensores, antenas diminutas y sistemas automáticos que miden la oscuridad con precisión matemática. 
No hay manos que intervengan ni miradas atentas esperando que la calle se vuelva visible. 
Todo funciona, todo responde, todo sucede sin que nadie tenga que hacerse cargo.
Pero no siempre fue así.
Hubo un tiempo en que la luz no llegaba sola. Había que llamarla. Había que ir a buscarla. 
En Valderrama, a mitad de cuadra, colgaba una bombita que iluminaba el pasaje y que, sin saberlo, también iluminaba la vida del barrio. 
No era gran cosa: una lámpara modesta, suspendida en lo alto, pero bastaba para que la noche fuera menos noche y para que las veredas volvieran a ser nuestras.
Para que esa bombita se encendiera, alguien tenía que cruzar la calle y bajar una vieja llave de baquelita, oscura, marcada por el uso. 
Antes de eso, incluso, había sido un interruptor todavía más rústico, de un material áspero, parecido a la cerámica, que ofrecía resistencia al girarlo, como si la luz no quisiera entregarse sin antes pedir un pequeño esfuerzo. 
Encenderla era un gesto simple, pero tenía algo de ceremonia: al hacerlo, la cuadra recuperaba su forma, su ritmo, su tranquilidad.
Si nadie lo hacía, aparecía el hombre de SEGBA. Nadie lo llamaba, nadie lo esperaba con ansiedad, pero todos sabíamos que pasaría. Llegaba en bicicleta, siempre más o menos a la misma hora, cuando el día empezaba a retirarse. Encendía las luminarias una por una y seguía su camino. 
Al amanecer volvía para apagarlas, devolviéndole a la calle su luz natural. Era parte del paisaje, como los árboles o el empedrado. Nunca supe su nombre, pero su presencia daba una seguridad difícil de explicar.
A veces la bombita se quemaba. Entonces la cuadra quedaba distinta. Más larga, más silenciosa, más ajena. Podíamos esperar varios días a que vinieran a cambiarla, pero muchas veces no lo hacíamos. 
Los vecinos nos organizábamos sin necesidad de reuniones ni acuerdos formales. Alguien decía que había que comprar una nueva, otro juntaba monedas, y así, casi sin darnos cuenta, la solución aparecía. Comprar una bombita era una excusa para hacer algo juntos.
Cambiarla, en cambio, era toda una odisea. Primero había que conseguir escaleras. La más importante era una enorme escalera de madera, alta y pesada, que pertenecía al pintor alemán que vivía justo enfrente de casa, en diagonal a la calle Plaza. Esa escalera parecía haber estado siempre ahí, como si fuera parte del barrio. Sobre ella apoyábamos otra, cruzada, buscando una estabilidad que hoy parecería impensada. Nadie hablaba de riesgos, pero todos mirábamos atentos.
Al principio subía Alfredo, vecino de la cuadra y padre de Walter. Subía despacio, con una calma que tranquilizaba a los de abajo. Nosotros mirábamos en silencio, siguiendo cada movimiento, como si el equilibrio de la noche dependiera de ese ascenso. Cuando lograba cambiar la lámpara y bajaba sano y salvo, la cuadra respiraba aliviada.
Con el paso del tiempo, me tocó subir a mí. Subía con cuidado, sosteniendo la bombita dentro de una bolsita para que no se golpeara. Era una lámpara especial, distinta a las comunes, con un culote más grande, que comprábamos en el local de Boya, ese comercio de esquina, sobre la avenida y Manzanares, que todavía hoy sigue en pie, como un testigo discreto de otros tiempos. Mientras subía, sentía el peso de las miradas y también una responsabilidad silenciosa: no se trataba solo de cambiar una luz, sino de cuidar algo que era de todos.
Recuerdo especialmente los sábados por la tarde. Los vecinos solían juntarnos antes de que empezaran los partidos de fútbol en la cuadra. Porque sí, en esos años jugábamos a la pelota en la calle, sin miedo y sin horarios. La calle era nuestra cancha y también nuestro refugio. Entre una charla y otra, aprovechábamos para cambiar la bombita. Después, cuando la luz se encendía, la noche quedaba lista para recibirnos.
Esa luz no era solo electricidad. Iluminaba las conversaciones apoyadas en los umbrales, las risas que se escapaban de las casas, los juegos que parecían no terminar nunca. Daba una sensación de cuidado, de pertenencia. Nos hacía sentir que alguien estaba atento, aunque ese alguien fuéramos nosotros mismos.
Hoy las luces se encienden solas y funcionan mejor que nunca. Sin embargo, algo de aquella experiencia se perdió en el camino. Ya no hay llaves que bajar ni escaleras que juntar. Nadie espera que la noche llegue para hacer algo en común. Todo está resuelto de antemano.
Aun así, cada vez que una calle se ilumina, no puedo evitar pensar en aquella bombita de Valderrama. En el gesto simple de encenderla. En las manos que la cambiaron. En las miradas que acompañaron desde abajo. Porque esa bombita no solo vencía a la oscuridad: sostenía al barrio, lo mantenía unido, le daba forma a la memoria.
Y mientras alguien recuerde eso, aunque sea en silencio, esa luz no se apaga.
 El querido Hospitalito de L. M. Saavedra, un legado de solidaridad vecinal
En la esquina de Plaza y Jaramillo funcionó durante décadas el entrañable hospitalito del barrio de L. M. Saavedra. Para quienes lo conocimos, no fue solo un centro de salud: fue un símbolo profundo de solidaridad, compromiso y amor por el prójimo. Una obra nacida desde abajo, construida con esfuerzo colectivo y sostenida por la convicción de que nadie debía quedar solo frente a la enfermedad.
La historia comienza en 1937, cuando el doctor Natalio Goldstein, un hombre de enorme vocación y sensibilidad social, abrió su consultorio en Saavedra. Muy pronto advirtió una realidad dolorosa: había muchos enfermos pobres que no tenían dónde atenderse. Fue entonces cuando empezó a germinar una idea sencilla y a la vez inmensa: crear un centro de salud vecinal, accesible, humano, pensado para todos.
La casa donde funcionaba el consultorio era alquilada, y la posibilidad de comprarla parecía lejana.
Costaba tres millones de pesos, una cifra enorme para la época. Pero cuando un barrio se propone algo de verdad, los imposibles se vuelven desafíos.
Con la ayuda de la Cooperativa, la Unión Vecinal y los clubes del barrio, se organizaron kermesses en los terrenos lindantes a la estación, el mismo predio donde hoy se levanta el supermercado Coto. En apenas cuatro meses, gracias al trabajo incansable y desinteresado de los vecinos, se reunió el dinero necesario para edificar.
Los comerciantes también dijeron presente: donaron ladrillos, ventanas, materiales. Cada aporte, por pequeño que pareciera, llevaba implícito el mismo mensaje: esto es nuestro. No había especulación ni beneficio personal, solo la certeza de estar construyendo algo que iba a trascender a todos.
El 16 de marzo de 1941, ante una multitud de vecinos y autoridades municipales y nacionales que colmaron los jardines y dependencias de la casa, se realizó la bendición inaugural del Hospital Vecinal de Saavedra, con domicilio en Plaza Este 3715. Fue un día inolvidable. No solo se inauguraba un edificio: se consagraba un sueño colectivo.
El prestigio profesional del doctor Goldstein, sumado a la fuerza de una comunidad comprometida, impulsó el crecimiento y el engrandecimiento de la institución. Aquella iniciativa humilde fue transformándose con el tiempo en la Asociación Policlínico de Saavedra General San Martín, un verdadero orgullo de la medicina y de la función social. Su edificio renovado fue inaugurado en 1969, coronando años de trabajo silencioso y constante.
Llegó a contar con 7.000 socios, y solo en su primer año de vida atendió a 15.000 pacientes, cifras que hablan no solo de crecimiento, sino de confianza, de necesidad y de reconocimiento.

En lo personal, guardo recuerdos muy vivos de aquellos años. Recuerdo a mi padre, como tantos otros vecinos, atendiendo uno de los puestos de la kermesse. Al terminar cada jornada caminábamos juntos hasta la cooperativa para depositar la recaudación en el buzón nocturno. Era un ritual sencillo, casi íntimo, cargado de sentido. No había recompensas materiales, pero sí un orgullo inmenso: sabíamos que estábamos aportando a algo que era de todos.
Más tarde, el hospitalito también brindó atención a los afiliados del PAMI, manteniendo durante años una atención médica de calidad. Lamentablemente, como tantos otros espacios que supieron ser pilares de nuestras comunidades, terminó siendo abandonado. Cómo pasó de ser un hospitalito del barrio a una empresa privada sigue siendo una incógnita. La realidad, muchas veces, es más dura de lo que uno quisiera entender.
Sin embargo, haber sido parte aunque fuera desde un lugar pequeño de esa historia colectiva, es algo que me llena de orgullo. Es un recuerdo que llevo conmigo, grabado en la memoria y en el corazón.
Estas son las historias que vale la pena rescatar. Historias de un barrio hermoso, de vecinos comprometidos, de gestos silenciosos pero poderosos. De un tiempo en el que, hombro a hombro, supimos hacer cosas grandes sin esperar nada a cambio.
Un barrio que dejó huella, aunque hoy muchos lo ignoren o ya no lo recuerden.
Mientras alguien lo cuente, el hospitalito seguirá vivo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...