Y un día decidimos compartir los días, sin anuncios ni promesas solemnes. Compartir lo cotidiano, los comentarios más simples, las palabras que no buscan brillar. Así, casi sin darnos cuenta, nos volvimos compinches. Cómplices de recuerdos, de aventuras ya vividas que al volver a nombrarlas nos parecían divertidas, naturales, inevitables. Empezamos a quedarnos un poco más. A llegar al departamento sin apuro, a cenar algo sencillo o cebar unos mates como quien ya sabe que la noche no tiene prisa. La ropa fue perdiendo sentido de manera silenciosa. No por rebeldía ni por provocación, sino porque dejó de cumplir una función. Una prenda olvidada, otra que ya no volvía. Yo empecé a usar una de sus tangas porque me resultaba cómoda, porque había algo en ese gesto que no era juego sino reconocimiento. Ella dejaba la ropa con la que salía al mundo y se quedaba con lo mínimo, un hilo apenas visible que no ocultaba nada, que acompañaba el cuerpo sin imponerle forma.Así compartimos mates, cafés, algún whisky, y hasta cenas enteras desnudos, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era. Hay algo en esa desnudez que me conmueve hasta las lágrimas y no sé explicarlo del todo. Tal vez porque no habla solo de deseo, sino de una confianza profunda, de una entrega que no necesita justificación. Con ella entendí que hay vínculos que no nacen en la piel, sino en un plano más hondo, más espiritual, donde el cuerpo es apenas el lenguaje. Besarnos nunca fue simplemente el comienzo de algo romántico. Es otra cosa. Es como entrar en el otro sin invadirlo, como habitar un espacio compartido donde los límites se vuelven suaves. Eso pasa pocas veces en la vida. La mayoría de los encuentros se quedan en el instinto, en lo inmediato. Esto no. Esto exige presencia, atención, una desnudez que no se mide en piel sino en verdad. El baño se volvió un ritual. Bañarnos conversando, ducharnos acariciándonos sin apuro, transformar ese espacio en algo casi sagrado. Los besos no mandan: acompañan. El agua, el jabón, el shampoo, el toallón con el que nos secamos mientras nos mimamos, todo tiene el mismo valor. Sentarnos desnudos en el piso del baño y hablar de cualquier cosa, con la calma de quien no necesita demostrar nada. Entendimos que la ropa las medias, los zapatos, el pantalón, el vestido, la remera es para usar de la puerta para afuera. Adentro no hace falta. Y eso no es descuido, es aceptación. Querernos como somos, con cicatrices, con poco pelo, con kilos de más o de menos, con todo lo que somos sin correcciones. Somos libres. No como consigna, sino como práctica. Esto puede pasar en la Lucila, en algún rincón del Gran Buenos Aires, en el mar, en el pasto, en una ruta de noche sin molestar a nadie, en cualquier lugar donde el cuerpo y el espíritu coincidan. No hay hipocresía en eso. Hay coherencia. Sabemos que el paso por la vida es corto, demasiado corto como para negarnos lo que nos inquieta, lo que nos llama, lo que nos expande. Y todo esto no es solo lo que ya somos. Es también el deseo de lo que pensamos intentar. De lo que queremos profundizar, una y otra vez, sin miedo. Sabemos que esto no se agota, que recién empieza, que pide ir más hondo. Queremos explorar juntos cada pliegue, empujar con cuidado y coraje los límites, llegar a lugares insospechados no para rompernos, sino para sentirnos más vivos, más conscientes, más presentes. Queremos vivir así el resto de los días que nos queden. No desde la urgencia, sino desde la profundidad. Con sensualidad, con amor, con una atención plena que no se negocia. Porque entendimos algo simple y feroz a la vez: disfrutar no es un exceso, es casi una responsabilidad. Muchos no lo comprenden. No importa. Nosotros sí.
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