sábado, 7 de febrero de 2026

La bombita que alumbraba Valderrama

 Hoy la ciudad se ilumina sola. La noche cae y, casi sin que nadie lo note, las luces se encienden una tras otra, obedeciendo a sensores, antenas diminutas y sistemas automáticos que miden la oscuridad con precisión matemática. 
No hay manos que intervengan ni miradas atentas esperando que la calle se vuelva visible. 
Todo funciona, todo responde, todo sucede sin que nadie tenga que hacerse cargo.
Pero no siempre fue así.
Hubo un tiempo en que la luz no llegaba sola. Había que llamarla. Había que ir a buscarla. 
En Valderrama, a mitad de cuadra, colgaba una bombita que iluminaba el pasaje y que, sin saberlo, también iluminaba la vida del barrio. 
No era gran cosa: una lámpara modesta, suspendida en lo alto, pero bastaba para que la noche fuera menos noche y para que las veredas volvieran a ser nuestras.
Para que esa bombita se encendiera, alguien tenía que cruzar la calle y bajar una vieja llave de baquelita, oscura, marcada por el uso. 
Antes de eso, incluso, había sido un interruptor todavía más rústico, de un material áspero, parecido a la cerámica, que ofrecía resistencia al girarlo, como si la luz no quisiera entregarse sin antes pedir un pequeño esfuerzo. 
Encenderla era un gesto simple, pero tenía algo de ceremonia: al hacerlo, la cuadra recuperaba su forma, su ritmo, su tranquilidad.
Si nadie lo hacía, aparecía el hombre de SEGBA. Nadie lo llamaba, nadie lo esperaba con ansiedad, pero todos sabíamos que pasaría. Llegaba en bicicleta, siempre más o menos a la misma hora, cuando el día empezaba a retirarse. Encendía las luminarias una por una y seguía su camino. 
Al amanecer volvía para apagarlas, devolviéndole a la calle su luz natural. Era parte del paisaje, como los árboles o el empedrado. Nunca supe su nombre, pero su presencia daba una seguridad difícil de explicar.
A veces la bombita se quemaba. Entonces la cuadra quedaba distinta. Más larga, más silenciosa, más ajena. Podíamos esperar varios días a que vinieran a cambiarla, pero muchas veces no lo hacíamos. 
Los vecinos nos organizábamos sin necesidad de reuniones ni acuerdos formales. Alguien decía que había que comprar una nueva, otro juntaba monedas, y así, casi sin darnos cuenta, la solución aparecía. Comprar una bombita era una excusa para hacer algo juntos.
Cambiarla, en cambio, era toda una odisea. Primero había que conseguir escaleras. La más importante era una enorme escalera de madera, alta y pesada, que pertenecía al pintor alemán que vivía justo enfrente de casa, en diagonal a la calle Plaza. Esa escalera parecía haber estado siempre ahí, como si fuera parte del barrio. Sobre ella apoyábamos otra, cruzada, buscando una estabilidad que hoy parecería impensada. Nadie hablaba de riesgos, pero todos mirábamos atentos.
Al principio subía Alfredo, vecino de la cuadra y padre de Walter. Subía despacio, con una calma que tranquilizaba a los de abajo. Nosotros mirábamos en silencio, siguiendo cada movimiento, como si el equilibrio de la noche dependiera de ese ascenso. Cuando lograba cambiar la lámpara y bajaba sano y salvo, la cuadra respiraba aliviada.
Con el paso del tiempo, me tocó subir a mí. Subía con cuidado, sosteniendo la bombita dentro de una bolsita para que no se golpeara. Era una lámpara especial, distinta a las comunes, con un culote más grande, que comprábamos en el local de Boya, ese comercio de esquina, sobre la avenida y Manzanares, que todavía hoy sigue en pie, como un testigo discreto de otros tiempos. Mientras subía, sentía el peso de las miradas y también una responsabilidad silenciosa: no se trataba solo de cambiar una luz, sino de cuidar algo que era de todos.
Recuerdo especialmente los sábados por la tarde. Los vecinos solían juntarnos antes de que empezaran los partidos de fútbol en la cuadra. Porque sí, en esos años jugábamos a la pelota en la calle, sin miedo y sin horarios. La calle era nuestra cancha y también nuestro refugio. Entre una charla y otra, aprovechábamos para cambiar la bombita. Después, cuando la luz se encendía, la noche quedaba lista para recibirnos.
Esa luz no era solo electricidad. Iluminaba las conversaciones apoyadas en los umbrales, las risas que se escapaban de las casas, los juegos que parecían no terminar nunca. Daba una sensación de cuidado, de pertenencia. Nos hacía sentir que alguien estaba atento, aunque ese alguien fuéramos nosotros mismos.
Hoy las luces se encienden solas y funcionan mejor que nunca. Sin embargo, algo de aquella experiencia se perdió en el camino. Ya no hay llaves que bajar ni escaleras que juntar. Nadie espera que la noche llegue para hacer algo en común. Todo está resuelto de antemano.
Aun así, cada vez que una calle se ilumina, no puedo evitar pensar en aquella bombita de Valderrama. En el gesto simple de encenderla. En las manos que la cambiaron. En las miradas que acompañaron desde abajo. Porque esa bombita no solo vencía a la oscuridad: sostenía al barrio, lo mantenía unido, le daba forma a la memoria.
Y mientras alguien recuerde eso, aunque sea en silencio, esa luz no se apaga.

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