holgado y suave como la tarde,
sutilmente se esconde el cuerpo
de una bella mujer.
La brisa lo sabe,
el viento lo acaricia
y juega con la tela clara
como si guardara un secreto.
Entre mis manos descansa la espera,
hasta que ella, mariposa de verano,
se eleva en la noche tibia
y el mundo se vuelve silencio.
Su piel brilla bajo la luna,
y en ese instante suspendido
solo existe el latido compartido,
la respiración que se encuentra,
la magia que no necesita nombre.
No es tema de poema,
ni promesa escrita en papel:
es ella,
con su vestido color manteca
ondulando en la penumbra,
y yo,
perdido en la claridad de su vuelo.

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