El pasillo era un río angosto de baldosas tibias que conducía al corazón de la casa. En él crecían dos parras antiguas, enredadas como brazos que se buscan; y al fondo, la tercera chinche. Blanca y moscatel, ofrecían sus racimos dorados como pequeños soles colgando del verano.
Bajo esa sombra verde, el limonero respiraba en silencio, dejando en el aire un perfume fresco que se mezclaba con el jabón de la ropa recién lavada y el polvo suave de la siesta.
Allí vivían los abuelos, custodios de un tiempo sin apuro.
Sus voces eran el murmullo de fondo de cada tarde, y sus manos sabían de uvas, de pan y de historias repetidas con la paciencia de quien no teme al reloj.
Atrás, como si el mundo se abriera en otro paisaje, los canarios bordaban el aire con trinos dorados y un zorzal madrugador, siempre a las cinco, rompía la noche con su canto limpio, anunciando el día antes que el sol.
Las palomas levantaban vuelo desde el palomar frente al galpón, un edificio pequeño y noble que guardaba tesoros: el tanque de kerosene, las bicicletas apoyadas contra la pared, el olor a madera y metal.
En el patio quedaban las huellas del juego, un triciclo que giraba solo después de la carrera, como si la infancia no supiera detenerse; una pelota de cuero gastada en mil partidos, otra de goma que rebotaba contra la pared hasta que alguien gritaba último tiro; la chata de madera con rulemanes, ruidosa y valiente, bajando por la vereda de tierra como un sueño sin frenos.
Al fondo estaba la pileta donde se lavaba la ropa, espejo de cielo en los días claros. La escalera de madera crujía cuando alguien subía a tender las sábanas que flameaban como banderas blancas de un país sencillo y feliz. Cada rincón tenía una respiración propia. Cada objeto guardaba una risa.
Era una casa con dos casas, un pasaje que contenía un mundo. Padres, tíos, abuelos: generaciones entrelazadas como las parras del pasillo.
La puerta al patio principal siempre abierta, porque la confianza era más fuerte que cualquier cerradura. La calle primero de tierra, después asfaltada no logró borrar las marcas de las rodadas ni el polvo que nos pintaba las rodillas. El asfalto cambió el color del suelo, pero no el alma del barrio.
El patio era de todos. Los vecinos se saludaban como parientes verdaderos. Se compartía el mate, la mesa, la sombra, la preocupación y la fiesta. No había rejas. No había llaves en la puerta de calle. Había una certeza: nadie era extraño.
Hoy las puertas se cierran con doble vuelta y las miradas se esquivan. La calle parece más ancha y, sin embargo, más solitaria. Pero en la memoria ese territorio donde nada se pierde. el zorzal sigue cantando a las cinco, las palomas levantan vuelo en una nube blanca, el triciclo gira sin caer y las parras vuelven a cubrir el pasillo con su sombra generosa.
Aquel pasaje no fue solo un lugar.
Fue una manera de estar en el mundo.
Una historia que aún late.
Una vida que ya no existe como entonces, pero que permanece intacta, suspendida en la luz dorada de aquellos días sin rejas, sin llaves y sin miedo, donde la felicidad cabía entera en un patio compartido.

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