El querido Hospitalito de L. M. Saavedra, un legado de solidaridad vecinal
En la esquina de Plaza y Jaramillo funcionó durante décadas el entrañable hospitalito del barrio de L. M. Saavedra. Para quienes lo conocimos, no fue solo un centro de salud: fue un símbolo profundo de solidaridad, compromiso y amor por el prójimo. Una obra nacida desde abajo, construida con esfuerzo colectivo y sostenida por la convicción de que nadie debía quedar solo frente a la enfermedad.La historia comienza en 1937, cuando el doctor Natalio Goldstein, un hombre de enorme vocación y sensibilidad social, abrió su consultorio en Saavedra. Muy pronto advirtió una realidad dolorosa: había muchos enfermos pobres que no tenían dónde atenderse. Fue entonces cuando empezó a germinar una idea sencilla y a la vez inmensa: crear un centro de salud vecinal, accesible, humano, pensado para todos.
La casa donde funcionaba el consultorio era alquilada, y la posibilidad de comprarla parecía lejana.
Costaba tres millones de pesos, una cifra enorme para la época. Pero cuando un barrio se propone algo de verdad, los imposibles se vuelven desafíos.
Con la ayuda de la Cooperativa, la Unión Vecinal y los clubes del barrio, se organizaron kermesses en los terrenos lindantes a la estación, el mismo predio donde hoy se levanta el supermercado Coto. En apenas cuatro meses, gracias al trabajo incansable y desinteresado de los vecinos, se reunió el dinero necesario para edificar.
Los comerciantes también dijeron presente: donaron ladrillos, ventanas, materiales. Cada aporte, por pequeño que pareciera, llevaba implícito el mismo mensaje: esto es nuestro. No había especulación ni beneficio personal, solo la certeza de estar construyendo algo que iba a trascender a todos.
El 16 de marzo de 1941, ante una multitud de vecinos y autoridades municipales y nacionales que colmaron los jardines y dependencias de la casa, se realizó la bendición inaugural del Hospital Vecinal de Saavedra, con domicilio en Plaza Este 3715. Fue un día inolvidable. No solo se inauguraba un edificio: se consagraba un sueño colectivo.
El prestigio profesional del doctor Goldstein, sumado a la fuerza de una comunidad comprometida, impulsó el crecimiento y el engrandecimiento de la institución. Aquella iniciativa humilde fue transformándose con el tiempo en la Asociación Policlínico de Saavedra General San Martín, un verdadero orgullo de la medicina y de la función social. Su edificio renovado fue inaugurado en 1969, coronando años de trabajo silencioso y constante.
Llegó a contar con 7.000 socios, y solo en su primer año de vida atendió a 15.000 pacientes, cifras que hablan no solo de crecimiento, sino de confianza, de necesidad y de reconocimiento.
En lo personal, guardo recuerdos muy vivos de aquellos años. Recuerdo a mi padre, como tantos otros vecinos, atendiendo uno de los puestos de la kermesse. Al terminar cada jornada caminábamos juntos hasta la cooperativa para depositar la recaudación en el buzón nocturno. Era un ritual sencillo, casi íntimo, cargado de sentido. No había recompensas materiales, pero sí un orgullo inmenso: sabíamos que estábamos aportando a algo que era de todos.
Más tarde, el hospitalito también brindó atención a los afiliados del PAMI, manteniendo durante años una atención médica de calidad. Lamentablemente, como tantos otros espacios que supieron ser pilares de nuestras comunidades, terminó siendo abandonado. Cómo pasó de ser un hospitalito del barrio a una empresa privada sigue siendo una incógnita. La realidad, muchas veces, es más dura de lo que uno quisiera entender.
Sin embargo, haber sido parte aunque fuera desde un lugar pequeño de esa historia colectiva, es algo que me llena de orgullo. Es un recuerdo que llevo conmigo, grabado en la memoria y en el corazón.
Estas son las historias que vale la pena rescatar. Historias de un barrio hermoso, de vecinos comprometidos, de gestos silenciosos pero poderosos. De un tiempo en el que, hombro a hombro, supimos hacer cosas grandes sin esperar nada a cambio.
Un barrio que dejó huella, aunque hoy muchos lo ignoren o ya no lo recuerden.
Mientras alguien lo cuente, el hospitalito seguirá vivo.
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