sábado, 4 de octubre de 2025


 El 20 de julio de 1925, un grupo de chicos de Villa Urquiza, liderados por Félix Zugasti, se reunió en una casa de la calle Colodrero para dar forma a un sueño, fundar un club propio. Inspirados por una proclama de la revista española Pinocho, bautizaron a la flamante institución con ese nombre entrañable, que pronto se volvió símbolo de barrio, amistad y pertenencia.
Los primeros tiempos fueron modestos; básquet, vóley y bochas animaban las tardes en aquellas instalaciones iniciales. 
El escudo, con la figura de Pinocho pateando una pelota, marcaba la identidad del club que nacía con un fuerte espíritu social, abierto a todos, pero con una condición pintoresca, saber contar el cuento de “Las aventuras de Pinocho”.
Con los años, el club creció, sumó deportes, actividades y sobre todo gente. Y aunque su historia lo ligó a muchas disciplinas, fue el futsal el que le dio trascendencia mundial. 
Desde su incorporación en 1999, Pinocho se transformó en potencia, 14 títulos de Primera División, récords impresionantes como un invicto de 111 partidos, tricampeonatos y una inolvidable nonacampeonato entre 2005 y 2011. Llegó a la Copa Libertadores en cuatro ocasiones y en 2007, la marca Umbro lo reconoció como el mejor equipo de futsal del mundo.
Esa tradición ganadora sigue viva, Pinocho es semillero de cracks que visten la camiseta de la Selección Argentina, como Fernando Wilhelm, Maximiliano Rescia y Alamiro Vaporaki, campeones mundiales en 2016, o los más jóvenes que en 2023 fueron protagonistas del título sudamericano Sub-17 en Paraguay.
Pero Pinocho es mucho más que sus estrellas deportivas.
Es también el recuerdo de los bailes de carnaval, que reunían a generaciones enteras en noches de alegría. 
Es la memoria de los recitales que hicieron vibrar su escenario: Alma y Vida, Pappo, Litto Nebbia y tantos otros que pasaron por allí cuando el rock argentino daba sus primeros pasos. Es el lugar donde se compartieron meriendas, abrazos, festejos y hasta desencuentros, como ese clásico barrial con 17 de Agosto que todavía divide pasiones entre Urquiza y Pueyrredón.
Hoy, además del futsal y el básquet, el club ofrece patín, vóley, natación, taekwondo, krav maga, ajedrez, gimnasia y muchas actividades más. 
Su estadio de futsal, que lleva el nombre de Don Ernesto Magriarella, y la estatua de Eduardo Olmedo recuerdan a quienes dejaron huella en esta historia.
Con casi un siglo de vida, Pinocho es la prueba de que un club puede ser grande no solo por sus trofeos, sino por su gente, por la capacidad de reinventarse, por el amor de sus socios y por el latido constante de un barrio que lo siente suyo.
Un lugar donde se cruzan el eco de los carnavales, la música de aquellos recitales, el grito de gol en la cancha y la esperanza de seguir creciendo.
Porque Pinocho es, y seguirá siendo, un club de barrio con corazón universal.

En el corazón de Saavedra, sobre Holmberg al 4070, se levanta un club que no solo es ladrillo y paredes, es memoria, identidad y futuro. 
Estudiantes del Norte nació un 16 de enero de 1934, primero bajo el nombre de Club Atlético Nacional de Saavedra, hasta que apenas dos semanas después adoptó la denominación que lo acompañaría hasta hoy. 
Desde el inicio, su propósito fue claro, darles a los chicos del barrio un espacio donde crecer, jugar, aprender y, sobre todo, sentirse contenidos.
Con el paso del tiempo, este club se convirtió en un segundo hogar para generaciones enteras.
Fue escenario de fútbol, básquet, encuentros sociales y culturales, carnavales, bailes y reuniones que marcaron la vida de muchos vecinos. 
En esas fiestas barriales, antes de que se techara el salón, se respiraba una alegría simple y compartida. 
Recuerdo, por ejemplo, aquellos carnavales de hace ya casi cincuenta años, cuando de muy joven tuve el privilegio de ser disc-jockey en esas noches inolvidables. 
Luces improvisadas, disfraces, música y la magia de un club que parecía latir al mismo ritmo que su gente.
Pero como toda institución popular, también atravesó momentos difíciles. 
Hubo un tiempo en que Estudiantes del Norte estuvo a punto de cerrar sus puertas, víctima de las crisis económicas y del desgaste inevitable de los años. 
Sin embargo, fue la comunidad la que no permitió que se apagara su llama. Vecinos, socios, exjugadores y familias enteras se unieron para rescatarlo, aportando trabajo, recursos y, sobre todo, compromiso.
Hoy, gracias a ese esfuerzo colectivo, Estudiantes del Norte sigue en pie y en plena actividad, cumpliendo con la misión que lo vio nacer: ser un espacio de encuentro, deporte y amistad. 
No es solo un club: es un símbolo de la resiliencia barrial, de la fuerza que tienen los lazos comunitarios y de la certeza de que, mientras exista un lugar como este, los chicos de Saavedra siempre tendrán un refugio donde soñar y crecer.
Estudiantes del Norte es pasado, presente y futuro. Una historia que sigue escribiéndose, con la tinta indeleble del barrio.

viernes, 3 de octubre de 2025

 Donde hoy se levantan edificios modernos, balcones con macetas y el trajín cotidiano de vecinos que entran y salen de un complejo habitacional, alguna vez existió un mundo hecho de humo, cacao y café. Fue en 1929 cuando Nestlé abrió en Saavedra su primera fábrica de chocolates en Argentina, apenas un año antes de establecerse formalmente en el país, el 5 de mayo de 1930.No era una fábrica cualquiera. Para quienes vivieron el barrio en aquellas décadas, la planta fue más que un edificio: fue un punto de referencia, un lugar donde el aire mismo parecía contar historias. El apellido de Henri Nestlé, aquel farmacéutico suizo que en el siglo XIX había creado la primera harina lacteada para salvar vidas infantiles, significa en alemán “nido”. Y, curiosamente, en Saavedra, esa palabra cobró vida: la fábrica se volvió un verdadero nido de aromas, de trabajo, de comunidad.Durante más de medio siglo, la planta dio empleo a cientos de vecinos y fue testigo de la fabricación de productos que marcaron a generaciones: el chocolate Milkybar, el Suflair, las monedas de chocolate que los chicos atesoraban como si fueran de oro, los caramelos que endulzaban la infancia, el café Dolca que se servía en cada sobremesa, la leche en polvo Nido y hasta los caldos que llegaban a tantas mesas humildes.Pero lo que más se recuerda no son los nombres de los productos, sino la vida que emanaba de la fábrica. El barrio entero olía. Sí, olía. A veces a chocolate tibio que parecía escaparse de las paredes, como una invitación secreta; otras veces a café recién tostado, tan intenso que llenaba las calles de un humo denso, pegajoso, casi imposible de ignorar.Cuando se prensaban los granos de café, ese humo oscuro salía disparado por las chimeneas y caía como un manto sobre las casas bajas del barrio. Las madres corrían desesperadas a descolgar la ropa tendida en los patios, porque bastaba un minuto para que las sábanas blancas se tiñeran de manchas negras de hollín. Había fastidio, claro, pero también una sonrisa resignada: todos sabían que ese mismo humo era parte del pulso de Saavedra, un sello de identidad. El barrio olía, sí, y ese olor se convirtió en memoria.Con el paso del tiempo, la fábrica se volvió paisaje, rutina, los obreros entraban y salían en turnos, los chicos jugaban en las veredas sabiendo que adentro se producían dulces que quizás algún día probarían, y el aroma se confundía con la vida misma.Pero todo nido, tarde o temprano, se vacía. En 1981, Nestlé cerró las puertas de la planta de Saavedra.El barrio se quedó en silencio, como si un gran corazón hubiera dejado de latir, donde antes había ruido de máquinas, olor a cacao y humo de café, quedaron paredes vacías, listas para transformarse. Años después, en ese mismo terreno, se levantó el complejo de viviendas Tronador, símbolo de una nueva etapa urbana, pero también de la memoria que no se borra.Hoy, entre las torres y los patios internos, queda en pie una sola chimenea, alta, solitaria, como un centinela del tiempo. Esa chimenea es mucho más que un vestigio arquitectónico: es un testigo de la historia barrial, un recordatorio de que allí, donde hoy viven familias que quizás desconocen la vieja historia, alguna vez se cocinó la identidad de Saavedra a fuerza de humo, cacao y café.
Y así, como el apellido Nestlé evocaba un nido, Saavedra guarda todavía ese recuerdo en lo más íntimo de su memoria colectiva. Porque los barrios también huelen, sienten y recuerdan. Y el de Saavedra, durante más de cincuenta años, fue el barrio donde la vida tenía gusto a chocolate y aroma de café.


 El 67 es mucho más que un colectivo, es parte de la identidad urbana de Buenos Aires y, en especial, del barrio de Saavedra, donde sus unidades forman parte del paisaje cotidiano desde hace décadas.
Sus orígenes se remontan a los primeros años del siglo XX, cuando comenzaba a consolidarse el transporte automotor en la ciudad. 
En aquella época, la línea se distinguía por sus colectivos grises con una franja celeste, que marcaron la primera identidad visual del servicio.
En 1942, la Corporación de Transporte la expropió como parte de una reorganización general, y en 1948 pasó a depender del Ministerio de Transportes de la Nación. 
Sin embargo, el gran cambio llegaría en 1955, cuando los propios trabajadores se hicieron cargo de la línea, fue entonces cuando adoptaron los colores que la distinguen hasta hoy, un símbolo de pertenencia y esfuerzo colectivo.
Con el paso del tiempo, la 67 se fue adaptando a la evolución de la ciudad. 
En 2016, su recorrido se vio modificado con la inauguración del Metrobus  una obra que modernizó la movilidad en Belgrano, Colegiales y Palermo, agilizando el tránsito y reduciendo los tiempos de viaje de más de 16 líneas de colectivos, incluida la 67.
Hoy en día, la línea 67 conecta la localidad de Munro, en el partido de Vicente López, con el corazón de la Ciudad de Buenos Aires.
La línea 67 no solo transporta pasajeros, transporta historias. 
Para los vecinos de Saavedra, verla pasar es parte de la vida diaria, un lazo que conecta al barrio con otros puntos estratégicos de la ciudad y la provincia. Su paso constante por calles y avenidas lo convierte en un emblema del barrio, al mismo tiempo que sigue siendo un puente indispensable entre Buenos Aires y Vicente López.

 Un panadero, un heladero, un publicista, un martillero, un odontólogo y un carpintero. 
Oficios distintos, vidas distintas, pero un mismo sueño, el de un barrio mejor, esa fue la chispa que encendió en Saavedra, a principios de la década del 60, el fuego solidario de una comunidad que entendió que su progreso no podía depender de individualidades aisladas, sino de la unión organizada de sus vecinos.
En tiempos donde el crédito parecía ser patrimonio exclusivo de los grandes capitales y de instituciones lejanas a la vida cotidiana, surgió la idea de algo distinto, una caja de crédito de, por y para los vecinos. Así, en 1962, nombres que hoy son memoria viva del barrio  Illuminati, Ángel Piacentini, Domingo Alfonso Molina, José Addario, César Panno, Santiago Spinogatti, entre tantos otros dieron forma a la Cooperativa de Crédito, Vivienda y Consumo de Saavedra, nacida en el seno del Club Estrella, primero en un local prestado y luego en su propia sede.
El día de su inauguración quedó grabado en la memoria colectiva. No fue solo el corte de cintas de una nueva institución, fue una verdadera fiesta popular, con un gran show en la puerta de la sede, con vecinos, comerciantes, profesionales y familias celebrando lo que significaba tener, por primera vez, una entidad financiera propia, administrada con honestidad y transparencia por gente del mismo barrio. 
Ese día no solo se abrió una caja de crédito, se inauguró un símbolo de pertenencia y confianza.
Lo que siguió después fue la prueba más clara de que el cooperativismo, lejos de ser una teoría, podía ser una práctica transformadora. 
La Cooperativa Saavedra llegó a tener más de 6.000 asociados y se convirtió en el motor de innumerables proyectos colectivos: acompañó a comerciantes y profesionales, apoyó a las escuelas, colaboró con los clubes y centros culturales, impulsó obras públicas como la instalación de cloacas, y hasta participó en la recuperación de empresas de transporte como las líneas 21 y 71. Todo esto, mientras en paralelo alimentaba la vida cultural con su sala Spilimbergo, que fue escenario de conciertos, teatro, conferencias y cine, gracias también al empuje de su activa comisión de damas.
No era solo una caja de préstamos: era un corazón latiendo al ritmo del barrio. De allí nació la frase que todavía resuena con orgullo: Saavedra engrandeciendo a Saavedra.
Ese esfuerzo fue reconocido en 1970, cuando la entidad recibió el prestigioso premio Pinos de Oro del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Pero más allá de los galardones, lo esencial fue siempre el espíritu que la animaba: el compromiso vecinal, la transparencia, la solidaridad como norte. Como decía Santiago Spinogatti, el vecino tenía su banco, su propio banco administrado por los vecinos. No entendíamos mucho de números, pero sí sabíamos lo que significaba la conducta y la solidaridad.
A pesar de los embates de las dictaduras que intentaron sofocar la fuerza del cooperativismo, la Cooperativa Saavedra resistió y dejó un legado que hoy sigue vivo. En su antiguo edificio funciona actualmente una filial del Banco Credicoop, heredero directo de aquella gesta barrial y de tantas otras cajas de crédito que en todo el país demostraron que la unión solidaria es una herramienta económica tan eficiente como profundamente humana.
Hoy, al recordar a aquellos pioneros, no hablamos solo de nombres y oficios. Hablamos de un barrio entero que entendió que el verdadero poder está en la comunidad, en la capacidad de organizarse, en la voluntad de poner el hombro unos por otros. El panadero, el heladero, el publicista, el martillero, el odontólogo, el carpintero y todos los que se sumaron después dejaron una enseñanza que sigue vigente, cuando un barrio se une, no hay proyecto imposible.
En tiempos donde tantas veces se nos quiere convencer de que cada uno debe salvarse solo, la historia de la Cooperativa de Saavedra nos recuerda que la verdadera grandeza surge de la solidaridad, del esfuerzo compartido y del orgullo de decir: Lo hicimos entre todos.



 En el año 1954, en medio de un escenario económico complejo que atravesaba nuestro país, un grupo de comerciantes del barrio, conocidos entre sí y en muchos casos amigos de larga data, decidió comenzar a reunirse. La motivación principal era clara: la necesidad de afrontar juntos las dificultades del momento y encontrar, en la unión y el intercambio de ideas, soluciones que individualmente hubieran sido mucho más difíciles de alcanzar.
Al principio se trataba de encuentros informales, donde se compartían problemas cotidianos y se proponían posibles respuestas. Pronto se hizo evidente que la conversación y el trabajo colectivo eran un camino fértil: las experiencias de uno podían servir a otro, los conocimientos se complementaban, y la fuerza del grupo daba impulso a proyectos que de manera aislada hubieran resultado imposibles. Así, paso a paso, las reuniones fueron tomando forma hasta cristalizar en la conformación de una comisión que, con gran esfuerzo, tramitó su personería jurídica.
Lo primero fue asociar a los comerciantes y, con entusiasmo, comenzar a darle vida comunitaria al barrio. Junto al mástil de la plazoleta de Tronador se organizaron los primeros festejos de las fechas patrias, izando la bandera con orgullo y compartiendo el sentimiento nacional. También se impulsó la costumbre de dejar en cada local una franja recordatoria con mensajes de felicitación para cada fecha importante: el Día de la Madre, el Día del Niño o las fiestas de fin de año. Estos gestos sencillos fortalecieron los lazos entre comerciantes y vecinos, consolidando la idea de que la institución era parte esencial de la vida cotidiana.
Es fundamental destacar que en aquellos años los comercios de barrio tenían un papel central en la vida comunitaria. No existían supermercados ni grandes cadenas; las compras se realizaban en los negocios cercanos y el pago era siempre en efectivo, ya que aún no se hablaba de tarjetas de crédito ni de transferencias bancarias. Los comerciantes eran, entonces, verdaderos referentes: hombres y mujeres cuyos apellidos estaban íntimamente ligados a la historia del barrio y que brindaban, además de productos y servicios, un sentido de cercanía y pertenencia a cada vecino.
Cabe recordar que vecinos y comerciantes muy conocidos, como Galavani de la farmacia, Stella de la sastrería, Gómez de la ferretería, Spienza y muchos otros, fueron los pioneros de estas reuniones. 
Ellos sentaron la piedra valiosa de una institución que con el tiempo se transformó en clave para el progreso del barrio, dejando una huella imborrable en la historia comunitaria.
En paralelo, en otro sector del barrio comenzaba a gestarse un movimiento con fuerte impronta social: el cooperativismo. Vecinos visionarios se reunían con la idea de promover créditos, ayudas mutuas y formas de organización comunitaria que favorecieran la modernización del entorno barrial. Con el tiempo, tanto la comisión de comerciantes como el grupo cooperativista fueron consolidando su presencia, obteniendo resultados notables que beneficiaron a toda la comunidad.
Con el correr de los años, y gracias a la apertura de la Cooperativa de Créditos del barrio, la Comisión logró dar un paso relevante. Con el aval de salir como garantes, algunos comerciantes consiguieron un crédito que, con la ayuda de la Cooperativa, permitió comprar el primer piso de la esquina de Av. Del Tejar y Tronador. 
Allí adquirieron dos oficinas que, al unirse, se transformaron en un pequeño salón de reuniones con una secretaría y un baño, en una de las esquinas más céntricas del barrio.
Llegar a conseguir esa sede fue un logro que costó muchísimo, pero gracias al esfuerzo conjunto y al aporte de todos los comerciantes mes a mes, se pudo ir pagando el crédito otorgado. No fue fácil, pero se consiguió, y hasta el día de hoy se recuerda con gratitud el gesto de aquellos comerciantes que salieron de garantes de ese crédito inolvidable y significativo para la vida de la institución. 
Sería injusto nombrar a todos y arriesgarse a olvidar a alguno, por lo que solo se mencionan algunos referentes a modo de ejemplo; entre ellos estuvieron Giménez, Fumo, Méndez, Santos, Trípodi, Casenave, Marrero y muchísimos más. Lo importante es dejar en claro que cada uno de esos comerciantes fue protagonista y merece el mismo reconocimiento, porque juntos hicieron posible un sueño que parecía inalcanzable.
Con el correr del tiempo, la unión de los comerciantes se instaló con fuerza en el barrio. 
La Comisión estuvo presente en todas las fiestas patrias, organizando desfiles con bandas de distintas fuerzas, y con una conducción ordenada integrada por presidente, vicepresidente, secretario, prosecretario, tesorero, protesorero y vocales titulares y suplentes. 
Además, cada fin de año, junto con la presentación de la memoria y balance, se celebraba una gran cena a la que concurrían entre 300 y 500 personas. Allí no faltaban los sorteos y premios donados por los propios comerciantes y fabricantes de la zona.
La vida institucional se enriquecía con actividades que marcaron una época: la carroza para el Día de la Primavera, el Tren de la Alegría para el Día del Niño, los sorteos para el Día de la Madre, campeonatos de fútbol, y los inolvidables corsos de carnaval organizados por la Comisión de Comerciantes. Todo ello dejó una huella imborrable en la memoria del barrio.
Hoy solo queda el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que con compromiso, esfuerzo y pasión dejaron todo por su barrio. De aquellas cenas multitudinarias, de los campeonatos, de los corsos y del tren de la alegría que llenaban de sonrisas a chicos y grandes. Sería imposible nombrarlos a todos, pero este artículo pretende recordarlos colectivamente: desde el alumbrado de la primera farola hasta la última luz encendida en un carnaval, en cada gesto, en cada aporte y en cada idea está presente el recuerdo de esa institución increíble y querida, que marcó para siempre la vida de nuestro barrio.

 La Estación Luis María Saavedra, del ramal Retiro Mitre, fue inaugurada en 1891 sobre terrenos donados por don Luis María Saavedra, con la condición de que llevara el nombre de su sexto hijo, fallecido en la infancia. Desde entonces, se convirtió en un símbolo del barrio y en una referencia para generaciones de vecinos.
Durante décadas no solo cumplió su función ferroviaria. Además de ser un centro de maniobras de carga, donde se despachaban vacunos y cereales y de contar con un depósito de locomotoras que funcionó hasta 1992, la estación fue parte de la vida social de Saavedra.
A un costado del predio ferroviario había un gran terreno abierto, donde el barrio se reunía en kermeses, juegos y celebraciones comunitarias. 
Allí llegaban también circos y parques de diversiones, que llenaban de luces y música las noches del barrio. Ese espacio fue testigo de risas, encuentros y la magia de los espectáculos itinerantes, hasta que con el tiempo se perdió: hoy lo ocupa un supermercado, y lo que antes fue lugar de fiesta y comunidad quedó guardado en la memoria colectiva.
La estación misma atravesó momentos de esplendor y de silencio. Tras la decadencia de los años noventa y el cierre de los servicios de carga, llegó la oportunidad del renacer: en 2017 fue reabierta con andenes elevados, accesos para personas con discapacidad, molinetes con SUBE, nuevos refugios e iluminación LED. También se restauró el edificio histórico, respetando su valor patrimonial.
Hoy, la Estación Luis María Saavedra sigue funcionando como parte del ramal Mitre, pero para muchos vecinos su mayor riqueza no está solo en los trenes que pasan, sino en las historias que guarda: los circos que desplegaban su magia, los parques que traían alegría y los encuentros que hicieron del lugar mucho más que una simple estación.

viernes, 26 de septiembre de 2025

La Pelota Pulpo nació en 1936 en el barrio de Saavedra,  gracias a Gerildo Lanfranconi, un ex operario de Pirelli experto en caucho. 
Su apodo “Pulpo”, ganado por su fuerza, dio nombre a la pelota, que se distinguió por su diseño a rayas rojas y blancas, su dureza y su rebote impredecible.
Junto a su hermano Arístides, fundó la empresa G. Lanfranconi SRL, que además fabricaba ventosas, pelotas de tenis y otros productos. En su época de auge llegaron a producir 5.000 pelotas diarias, y dominarla en el juego era un desafío que entrenaba a generaciones enteras de chicos en los barrios.
Tras la muerte de los fundadores, la empresa pasó a Juan Carlos, hijo de Gerildo. Pero la crisis de los 90 golpeó fuerte, y en 1994 dejó la producción.
La familia Cena tomó el relevo y mantuvo viva la marca. Hoy, Luis Cena y su hijo Nicolás continúan fabricando la Pulpo en Villa Lynch, aunque en menor escala, preservando la esencia original.
Este ícono argentino también fue homenajeado en el arte: una muestra en 2013 (Alma de Pulpo) y un documental en 2017 reafirmaron su lugar en la cultura popular.
La Pelota Pulpo es mucho más que un juguete, es un pedazo de memoria colectiva. En cada callejón, baldío o potrero, esa pelota desafiante enseñó a gambetear no solo a rivales, sino también a la vida.
Su permanencia, aun con los vaivenes económicos, demuestra que ciertos objetos no son reemplazables porque están cargados de identidad. 
La Pulpo es argentina como el asado, el mate o la camiseta albiceleste, y sigue recordándonos que jugar también es un modo de construir cultura.

 Hubo un tiempo en que la primavera no solo llegaba con flores y perfumes nuevos, sino también con música, color y alegría en el corazón de Buenos Aires. Eran los desfiles de la Avenida Santa Fe, que desde 1952 supieron transformar la ciudad en una pasarela abierta, donde carrozas, modelos y vecinos celebraban la estación más esperada del año.
El tramo entre Riobamba y Plaza San Martín se convertía, cada septiembre, en un escenario de fiesta popular. La elección de la reina de la primavera, las carrozas engalanadas y el bullicio de comerciantes y vecinos dibujaban un paisaje urbano lleno de vitalidad, donde la moda y la cultura se encontraban con el espíritu barrial.
Pero como tantas otras expresiones de alegría colectiva, aquella tradición fue silenciada durante los años oscuros de la última dictadura militar. El color se apagó, las calles quedaron mudas, y la primavera quedó reducida a una estación en el calendario.
Hoy, al mirar hacia atrás, los desfiles de la Avenida Santa Fe aparecen teñidos de nostalgia. Eran mucho más que un espectáculo: eran la expresión de una comunidad que encontraba en la calle un punto de encuentro, un motivo para festejar juntos.
Tal vez la enseñanza que nos dejan sea simple pero profunda: las tradiciones no se decretan ni se imponen, nacen de la gente, de la unión, del deseo compartido de celebrar. Y cuando se apagan, lo que queda es la memoria, un eco dulce y melancólico que nos recuerda que hubo días en que Buenos Aires supo florecer en medio del asfalto.

Al mirar hacia atrás y recordar mis años en la Escuela Félix de Azara, siento que no solo hablo de un período escolar, sino de un verdadero capítulo de mi vida, mi paso por estas aulas dejó huellas profundas, porque aquí aprendí no solo a sumar, leer o escribir, sino a descubrirme en relación con los demás, a convivir, a respetar y a crecer como persona.
La historia de la escuela es también la historia de nuestro barrio y, en parte, la de cada uno de nosotros desde aquel 25 de febrero de 1925, cuando abrió sus puertas en un modesto edificio de madera en Coghlan, hasta convertirse en la institución moderna y amplia que conocemos hoy, su recorrido ha sido siempre de compromiso y esfuerzo colectivo. 
Me emociona pensar que los sueños de aquellas primeras familias, que pedían un espacio para educar a sus hijos siguen latiendo en las risas de los chicos y chicas que hoy pueblan sus patios y aulas.
Por esas aulas pasé yo, pero también pasaron mi padre y mi tío, cuando la entrada aún estaba sobre la calle Estomba y las clases se daban en aulas de madera. 
Esa continuidad familiar me hace sentir parte de una historia aún más grande, unida por generaciones que encontraron en esta escuela un espacio de aprendizaje, de afecto y de comunidad.
Mi experiencia personal se enlaza con esa larga tradición, fui testigo de una comunidad que nunca dejó de sostener a su escuela. 
Lo vi en la cooperadora, en las familias que acompañaban cada proyecto, en los docentes que iban mucho más allá de sus horas de clase. Siempre sentí que pertenecía a algo más grande que yo: una institución que abría puertas, que me ofrecía conocimientos y que, al mismo tiempo, me transmitía valores de solidaridad, esfuerzo y compromiso con los demás.
Cada rincón guarda un recuerdo,el patio donde jugué y soñé, la biblioteca que me abrió mundos nuevos, las aulas donde descubrí el poder de la palabra y de la ciencia. 
Recuerdo también a las maestras y maestros que me marcaron con su paciencia, con su exigencia justa, con su mirada alentadora cuando flaqueaban mis fuerzas, ellos son parte esencial de lo que soy hoy , porque en su tarea diaria supe reconocer no solo la enseñanza, sino el cariño y la entrega.
El nombre de Félix de Azara, aquel explorador y naturalista que dedicó más de dos décadas a estudiar estas tierras, también cobra un significado especial. Porque, al igual que él, aquí aprendí a mirar con atención, a observar lo que me rodea, a valorar la riqueza de nuestro entorno y a ser curioso frente a lo desconocido. En cierto modo, ser alumno de esta escuela fue también aprender a ser un explorador de la vida.
Hoy, a cien años de su fundación, no puedo dejar de sentir orgullo y gratitud. Orgullo porque pertenezco a una institución que creció junto al barrio, que se adaptó a cada época, que supo transformarse sin perder su esencia. 
Gratitud porque me brindó herramientas para ser quien soy, ya que me dio amistades que todavía conservo, y porque me enseñó que la educación es mucho más que aprender contenidos: es aprender a ser parte de una comunidad.
Sé que mi paso fue uno entre tantos, pero también sé que cada alumno y alumna deja una marca en la historia de la escuela. Yo guardo en el corazón la certeza de haber sido acompañado, formado y querido en este espacio. Y por eso, cuando pienso en la Escuela Félix de Azara, pienso en un hogar educativo que nos trasciende a todos, que nos une y que sigue siendo faro para las nuevas generaciones.
Gracias, querida Escuela N.° 22 DE 15, por todo lo que me diste. Gracias por ser testigo de mis primeros pasos, por acompañar mi crecimiento y por enseñarme que el conocimiento tiene sentido cuando se comparte y se pone al servicio de la vida. A un siglo de tu nacimiento, celebro tu historia, tu presente y tu futuro, con la emoción de quien siempre llevará tu nombre grabado en el alma.

La Sirena ya no está, pero yo la sigo viendo, como si las paredes todavía respiraran el humo de los cigarrillos, el murmullo de las discusiones, el chocar de los vasos llenos de vermut. 
Era más que un bar; era una especie de templo laico donde la vida se tejía entre charlas políticas, risas cómplices y silencios que también decían lo suyo.
En los comienzos de los 80, cuando el país despertaba de su propia sombra, yo empecé a escribir mis  poesías en esas mesas. Entre botellas de Cinzano y servilletas manchadas de tinta, descubrí que las palabras podían ser refugio y también trinchera. 
Allí aprendí que la poesía no nace en soledad, sino entre amigos que discuten, sueñan, se equivocan y vuelven a empezar.
Recuerdo los domingos como un rito sagrado, almuerzo sencillo, vermut con hielo, discusiones de política que duraban horas y que a veces terminaban en abrazos, a veces en promesas de seguir luchando. Todo parecía posible en esa esquina, porque el barrio tenía corazón y La Sirena lo hacía latir.
Hoy, en ese lugar que fue testigo de nuestras vidas, se levantan góndolas frías de un supermercado. 
Donde había canciones, hay ofertas; donde hubo abrazos, hay pasillos y, sin embargo, no pudieron borrarla del todo, porque La Sirena habita en la memoria, en cada poema que nació allí, en cada brindis compartido, en cada amigo que quedó en el camino.
No es nostalgia solamente, es agradecimiento, porque en ese bar empecé a ser yo, ya que allí comprendí que la poesía podía nacer de un vaso de vermut, de una charla de política, de un amigo que te tiende la mano. La Sirena se fue, pero nos dejó a nosotros con la tarea de mantenerla viva en la palabra.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...