viernes, 5 de septiembre de 2025

 Un mundo de umbrales y esquinas iluminadas con pequeñas lamparitas. Durante el día, esas mismas esquinas eran los locales del barrio que nos abastecían: la frutería y la verdulería, la carnicería, la panadería, la librería, la mercería, el quiosco y la fiambrería. 
Todo rodeaba unas manzanas donde, cuadra a cuadra, nos cruzábamos con las vecinas que por las mañanas salían a hacer las compras antes del almuerzo, después de que sus maridos se iban al trabajo y los hijos a la escuela.
Las veredas eran, más que de cemento, confesionarios de historias. Historias de hijos e hijas, de suegras y maridos, que hoy darían para más de una miniserie. 
Pero como todo en la vida, aquel mundo también se fue terminando, apagándose de a poco. La modernidad trajo primero los supermercados y, un día, la maravillosa Internet. Y con ella, el silencio.
Nadie volvió a encontrarse en las calles. Las compras comenzaron a hacerse en línea, los chicos cambiaron la pelota por el celular, y la violencia junto con los robos se adueñaron del barrio. Los locales bajaron las persianas y las dejaron cerradas para siempre. Los perros ya no entran ni salen a su antojo: tienen paseador. Los amigos dejaron de esperar en la esquina, junto al buzón; ahora mandan un WhatsApp con un chiste rápido. El barrio perdió el barrilete y se llenó de autos. Por las veredas solo circulan hojas secas, si hay viento.
Hoy, la inteligencia artificial parece ser la nueva maravilla, capaz de perfumar, en cualquier momento, con ese olor a barrio que tanto extrañamos. Y entre lágrimas nos sentamos a recordar lo felices que fuimos jugando a la rayuela en medio de la calle, cuando la modernidad todavía cabía en el almacén de la esquina, donde estaba el único teléfono del vecindario.

jueves, 4 de septiembre de 2025

 De vez en cuando se producía la magia de poder hacerlo, y allá íbamos. 
El bondi negro y rojo  que fue primero el 405 y después el 156,  nos dejaba en la estación Núñez, y desde allí el tren Mitre a Tigre. Desde ese instante ya todo era fiesta, porque sabíamos que lo que venía era distinto, especial, inolvidable.
En Tigre nos esperaba la lancha colectiva, cuarenta minutos navegando, mirando el río, abrirse y cerrarse entre las islas, hasta que sobre el Carapachay aparecía El Pájaro Loco. 
Esa casa con un nombre tan particular, tan simpático, que ya anunciaba lo que allí se vivía, alegría, amistad y un mundo propio. Apenas bajábamos de la lancha, comenzaba la magia de un fin de semana diferente.
La rutina era simple y hermosa, cañas de pescar listas, líneas que cruzaban el río, el sonido de una radio con casetes en el muelle, y amigos dispuestos a compartir todo. 
Y así empezaban esas conversaciones interminables que nos encontraban sentados hasta altas horas de la madrugada. Hablábamos de la vida, de sueños, de cosas serias y de pavadas, siempre con el río al lado, como un testigo silencioso.
Algunas noches eran frías, otras sofocantes; a veces los mosquitos nos volvían locos, otras veces el viento fresco nos obligaba a abrigarnos, pero nada importaba, porque lo esencial estaba ahí, la amistad, la música, el asado chisporroteando, las cañas esperando el pique y la luna caminando sobre el agua. 
Esa luna que parecía acercarse un poco más al Pájaro Loco y que nos regalaba escenas que todavía hoy puedo ver con solo cerrar los ojos.
En ese lugar se construyeron recuerdos que no se borran, cada viaje fue distinto, pero todos fueron parte de una misma historia, la de un grupo de amigos que encontró en una casa del Delta mucho más que un espacio de descanso. 
Encontramos un refugio, una manera de ser felices.
Hoy, cada vez que navego el Carapachay y paso frente al Pájaro Loco, no puedo evitar mirarlo y en esa mirada se mezclan la nostalgia, la alegría y la certeza de que esos momentos quedaron grabados para siempre. Porque no era solo una casa, era un pedazo de vida, un capítulo hermoso de nuestra historia, un lugar donde la amistad se volvía eterna.
El Pájaro Loco no era solo una casa en el Delta, era un corazón latiendo entre los árboles y el río. Pero también era Alberto y Rubén, que con generosidad infinita nos invitaban, nos recibían y compartían con nosotros ese refugio, y era también la anuencia del padre, Emilio, que con su confianza nos abría la puerta a algo mucho más grande que una casa, nos abría la puerta a su amistad.
Allí aprendimos que la felicidad se mide en charlas interminables, en una caña apoyada en el muelle, en una luna que se refleja sobre el agua y en el calor humano que hace de cualquier lugar un hogar.
Hoy, cada vez que paso por el Carapachay y miro el Pájaro Loco, siento que todavía nos espera. 
Porque más allá de las paredes y el río, lo que permanece es el recuerdo de quienes nos recibieron con el corazón abierto, y la certeza de que la amistad verdadera nunca se apaga, simplemente queda grabada para siempre en el alma.




martes, 2 de septiembre de 2025

 Cuando comencé a subir la escalera, el perfume inundó mi olfato. No fue necesario verla todavía; en décimas de segundo supe que me esperaba, y no me esperaba de cualquier manera, me aguardaba con esa ansiedad que late en el cuerpo antes de un encuentro que se sabe inevitable.
La reconocí en cada detalle, ese andar que habla sin palabras, ese modo en que deja rendida la ropa sobre el piso, como si cada prenda caída fuera un anticipo, un signo secreto de lo que vendrá, había en el aire una tensión cálida, un lenguaje invisible que anunciaba la intensidad de la noche.
El viejo reloj de péndulo del pasillo marcaba las veintidós. Teníamos, entonces, largas horas para perdernos el uno en el otro, hasta que la primera claridad se filtrara por el ventiluz del escritorio. Y allí, cuando el sol del nuevo día nos descubriera exhaustos y desnudos, ella se vestiría con calma, encendería la hornalla, llenaría la pava y, entre mates y silencios sonrientes, sellaríamos otra noche de entrega con un abrazo prolongado.
Pero todo eso era todavía promesa, lo cierto era que me esperaba. La encontré detrás de la puerta, más que insinuante, su  mirada, fija, no pedía permiso, ordenaba. 
Me acerqué, la descubrí lentamente, y el roce de mi mano sobre su piel tibia encendió un estremecimiento que recorrió ambos cuerpos sus labios buscaron los míos con una urgencia delicada, una mezcla de hambre y ternura y el beso fue creciendo, abriéndose paso hacia lo inevitable, los cuerpos encontrándose, fundiéndose.
Ella me guió con una paciencia ardiente, como si quisiera enseñarme cada rincón de sí misma, la suavidad de su cuello, el pulso acelerado en su pecho, la respiración cortada que se hacía jadeo cuando mis labios bajaban por su vientre, su piel era un mapa húmedo que se dejaba recorrer sin apuro, y cada caricia era un territorio conquistado a la noche.
El reloj seguía marcando el tiempo, pero para nosotros no corría. Todo era presente, intensidad, deseo que crecía y se desbordaba. Nuestros movimientos eran primero torpes, urgentes, y luego cada vez más acompasados, como si la pasión hubiera encontrado un ritmo secreto que solo nosotros dos podíamos escuchar.
Nos hicimos uno, entre suspiros, gemidos apagados contra la almohada, y manos que se aferraban buscando no soltar, fuimos atravesando las horas, una y otra vez, en distintas formas, con distintos gestos, pero siempre con esa misma sensación de descubrimiento, la de estar viviendo la única noche posible, aunque supiéramos que habría muchas más.
Cuando la luz del día se filtró por el ventiluz, ella se incorporó con calma. Se vistió despacio, como quien sabe que aún está siendo mirada y deseada, puso la pava sobre el fuego, y el silbido del agua hirviendo nos trajo de regreso al mundo. Tomamos mate entre risas, agotados, pero plenos, y al final, antes de que el cansancio nos venciera, nos abrazamos fuerte, como quien agradece sin palabras la intensidad de lo vivido.
Desde entonces, cada vez que el reloj marca las diez y el perfume vuelve a inundar la escalera, sé que me espera y que la noche, otra vez, será nuestra.

domingo, 31 de agosto de 2025

 La tormenta había terminado casi con un suspiro, con la última gota de lluvia resbalando por la tela, ella cerró el paraguas antes de cruzar la avenida. El semáforo le daba paso, y al fondo, en medio del caos de autos y colectivos, un rayo de sol tibio rompía la tarde anunciando su despedida.
Él también cruzaba y entre el tumulto de cuerpos y pasos apurados,  se miraron. Fue un instante breve, pero tan intenso que ninguno de los dos pudo seguir caminando igual, ella aceleró hasta la vereda, él dudó, pero al segundo volvió sobre sus pasos para seguirla.
Cuando ella puso los dos pies sobre la acera, giró la cabeza, quería comprobar si lo había imaginado, si aquel hombre se había perdido en la multitud, pero estaba allí, a su lado, demasiado cerca como para fingir casualidad. 
Sin decir palabra, le tomó la mano, ella no se resistió y caminaron juntos, como si los uniera un acuerdo antiguo, secreto.
Avanzaron por la avenida iluminada de ocaso, minutos después, bajo un cartel de cine ya desgastado por el tiempo, se detuvieron. Él la miró fijo, como si buscara permiso en su respiración agitada, y se inclinó. 
El beso fue torpe primero, urgente después, hasta que ambos se reconocieron en esa mezcla de labios húmedos y ternura contenida.
La ciudad desapareció, la gente, el ruido, el tránsito, todo quedó lejos, solo quedaron ellos dos, enredados en un deseo súbito que los arrastró hasta una esquina olvidada, donde las persianas bajas y los portales cerrados les ofrecieron refugio. 
Allí, entre sombras húmedas, él apoyó su espalda contra la pared y la atrajo hacia sí, ella dejó caer el paraguas, y con manos temblorosas buscó su cuello, su pecho, su cintura.
Él deslizó los dedos por su cabello mojado, bajando luego por la curva de su espalda hasta sentir el calor de sus caderas. se besaban como si quisieran devorarse, como si el tiempo se hubiera acortado y solo quedara esa oportunidad. 
Ella, con una mezcla de timidez y osadía, se pegó contra él, sintiendo el cuerpo erguido y fuerte que la reclamaba.
Los labios se multiplicaron en el cuello, en los hombros, en la piel recién descubierta cuando la blusa cedió a los botones apresurados, el roce de sus manos, la respiración entrecortada, el temblor de las piernas, todo fue creciendo como una tormenta distinta, que no se derramaba en agua, sino en deseo.
Cuando finalmente se perdieron en la penumbra de aquel pasillo, dejaron que el mundo se apagara afuera. 
Allí, entre caricias ansiosas y silencios cómplices, se entregaron, fue un encuentro breve, urgente, húmedo todavía por la lluvia, pero tan intenso que se grabó en la memoria de ambos como el verdadero inicio de todo.
Hoy, pasados los años, aún caminan por la misma avenida van de la mano a hacer las compras, se detienen en los mismos lugares, sonríen ante el mismo cine que ya no proyecta películas, sino que anuncia reuniones religiosa y cada vez que lo miran, no pueden evitar recordar aquella primera tarde, cuando se cruzaron en medio de la avenida y descubrieron, entre beso y deseo, que la vida entera podía empezar en un instante.


 La noche en Escobar tenía un aire espeso, cargado de misterio. El Paraná brillaba con reflejos de luna mientras las sombras de los buques inmensos pasaban a nuestro lado como bestias dormidas, nuestro bote, frágil como una media nuez, parecía insignificante frente a esa inmensidad.Sentí tu mano aferrarse a la mía, sudorosa, temblorosa, tus labios dibujaban una sonrisa confundida, mezcla de miedo y valentía, tus ojos, iluminados por el reflejo del agua, revelaban esa tensión deliciosa de quien se sabe vulnerable y, al mismo tiempo, viva.
El cruce fue un baile peligroso, el agua golpeaba, el motor vibraba como un corazón desesperado, y nosotros, diminutos, nos enfrentábamos al río como si la vida entera dependiera de llegar a la orilla, yo miraba tu rostro, esa expresión difusa de pánico contenido, y solo pensaba en protegerte, en ser tu refugio.Cuando al fin tocamos tierra firme, tu cuerpo se lanzó contra el mío, el abrazo fue feroz, un derrumbe de todo lo contenido, las lágrimas corrían calientes por tus mejillas y yo las bebí con un beso lento, profundo, que borraba el miedo y encendía otro fuego.Tus labios temblaban, y en ese temblor encontré deseo, tus manos, primero inseguras, comenzaron a deslizarse por mi espalda, apretándome contra vos, sentí tu pecho erguirse contra el mío, tus pezones endurecidos bajo la tela mojada, mi boca buscó la tuya y la encontré hambrienta, como si el cruce hubiera despertado un instinto nuevo, salvaje.Allí, en la arena húmeda, la pasión nos devoró, te recosté suavemente y mi boca comenzó un recorrido ansioso, tu cuello, tu clavícula, la sal de tu piel mezclada con el río. Tus gemidos, apenas contenidos, me guiaban, mis manos deslizaban tu ropa lentamente, descubriendo la tibieza húmeda de tu cuerpo.El aire se llenó de jadeos y del murmullo cómplice del Paraná. Cuando mis labios encontraron tus pechos, tu espalda se arqueó como buscando entregarse por completo, mis dientes jugaron con tus pezones mientras tus dedos se enredaban en mi cabello, pidiéndome más.Descendí, lento pero seguro, hasta hundirme en tu vientre palpitante, el aroma de tu sexo era un perfume salvaje que me enloquecía, te abriste para mí, generosa, vulnerable y poderosa a la vez. Mi boca recorrió tus pliegues húmedos y tu gemido se confundió con el rumor del río, te bebí como quien bebe agua en medio del desierto, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba bajo mis caricias.Tus caderas comenzaron a danzar contra mi boca, tu respiración entrecortada se volvió un grito ahogado, tus manos me apretaban contra vos, exigiendo más, hasta que te desbordaste como una ola que rompe contra la orilla, estremecida, hermosa, dueña de la noche.Pero no nos detuvimos ahí, me buscaste con furia, me desnudaste con manos ansiosas y me recibiste entre tus muslos ardientes. Al entrar en vos, el tiempo se detuvo. El Paraná quedó atrás, solo existía tu cuerpo envolviendo el mío, húmedo, ardiente, reclamando cada embestida como un triunfo.La arena se volvió cómplice, el viento nos acariciaba, y el río, testigo eterno, nos miraba en silencio, cada movimiento era un recordatorio de que habíamos desafiado la muerte en el cruce y ahora celebrábamos la vida con un amor animal, desenfrenado.Tu boca gritó mi nombre al mismo tiempo que el mío se perdía en tu pie.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.

 Tus labios, frescos como el río,
se derriten en mi boca.
El cansancio del día desaparece
cuando te recorro lento,
palmo a palmo,
bebiendo tu piel como vino secreto.
Desnudos bajo la luna del Delta,
tu cuerpo es la isla donde me pierdo,
tus curvas son cauces ardientes
que guían mis manos y mi deseo.
El agua murmura a nuestro ritmo,
mi boca escribe en vos
palabras húmedas de placer.
Sos la poesía que se gime,
la canción prohibida de mis noches.
En la marea de tu vientre
encerrado sin querer huida
sos la mujer del Delta,
mi amante,
mi río desbordado de erotismo.

 Amarse sin tocarse es negar al sol su fuego.
Una mirada enciende,
pero es la piel la que pide la boca,
tu respiración, la que llama a la mía,
tu cuerpo el altar donde mi cuerpo se arrodilla.
Por eso mi deseo no se esconde,
necesito perderme en tu abrazo,
probar la dulzura de tu boca,
sentir cómo tu piel se abre como un secreto
que sólo mis manos pueden descifrar.
El amor no se conforma con palabras,
pide el roce, el gemido, la entrega.
Amar es hundirse en el cuerpo como en un río,
dejar que el agua nos arrastre,
y naufragar sin miedo,
porque tu abrazo es mi orilla.
Cuando entro en vos,
no es solamente el sexo el que habla,
es el amor que se hace carne,
El amor sin sexo es un sueño inconcluso,
una carta sin firma,
un fuego que no arde.
El amor verdadero pide desnudarse,
mezclar respiraciones,
y quedarse exhaustos y felices,
como dos cuerpos que han tocado el infinito.



 La mañana de domingo nos sorprendió con lluvia,
el Paraná se abrió como un espejo gris
donde el cielo se deshacía en gotas.
Tu mano buscó la mía,
y en ese gesto supe que el viaje sería más que un cruce,
sería un rito secreto entre vos y yo.
La pequeña embarcación se mecía suave,
el agua golpeaba como un tambor lento,
y cada gota que resbalaba por tu piel
me encendía más que el mismo sol ausente.
Te miraba, tu pelo húmedo pegado a la frente,
tus labios entreabiertos recibiendo la lluvia,
y mi deseo se mezclaba con la bruma del río.
Te acerqué, como si temiera perderte en la corriente,
y tu cuerpo tibio contra el mío fue la hoguera necesaria.
Tus pezones se endurecieron bajo la tela mojada,
tu risa tembló al sentir mis dedos recorrer tu cintura,
y el Paraná fue testigo del temblor
que no venía del frío sino del ardor.
La lluvia nos cubría como un velo,
nadie más existía, solo nosotros dos,
dos viajeros entregados al delirio del instante.
Mis labios se perdieron en tu cuello,
saboreando la sal de tu traspiración y el agua,
tu gemido se confundió con el rumor del río.
Amor, deseo, sexo, todo se mezcló allí,
en la pequeña embarcación que parecía flotar
no sobre agua, sino sobre nuestra fiebre compartida.
Cada caricia era un viaje,
cada beso, una orilla alcanzada,
cada penetración un estallido
que multiplicaba la lluvia dentro de nosotros.
Cuando al fin la tormenta se fue apagando,
no sabíamos si era el cielo el que había llorado,
o si éramos nosotros los que habíamos desbordado
el cauce inmenso del Paraná.
Y mientras el domingo seguía su curso,
yo supe que ese viaje había sido eterno,
un río, una lluvia, tu cuerpo y el mío
fundidos en el amor más carnal y más sagrado.


 Llueve, y el Delta se convierte en un mundo mágico, diferente, sin igual.
El interior de la casa se encoge para abrigarnos;
los leños en la cocina crujen lentamente,
y la pava siempre lista para el mate acompaña
a la humeante cafetera.
Desde la cama vemos el río,
ese río que durante toda la mañana fue,
y ahora regresa en su vaivén eterno.
Entre mates y besos, las horas se deslizaron suaves,
y nuestras caricias se hicieron más profundas,
más intensas, más necesarias.
Solamente te levantaste un instante
para abrirle la puerta a ella,
que quiso salir al mundo de lluvia,
y en ese breve momento tu cuerpo se enfrió.
Pero apenas volviste, nos encontramos otra vez,
y el calor encendido de nuestro abrazo
destapó la cama para llevarnos
a un largo paraíso compartido.
El sonido de la lluvia sobre el techo de chapa
se confundía con nuestros latidos,
marcando el ritmo secreto del domingo:
tu piel buscándome,
mi deseo fundiéndose en el tuyo,
una vez más, juntos,
uno dentro del otro,
mientras afuera el río y la tormenta
eran testigos silenciosos del amor.
Y así seguimos,
perdidos y hallados a la vez,
en el mágico Delta,
donde la lluvia, el río y nuestros cuerpos
se hicieron uno solo.


viernes, 29 de agosto de 2025

 Navegar tu locura
es perderme en un mar de llamas suaves,
es descubrir, sin mapa ni brújula,
la geografía sagrada de tu piel.
Cada rincón me llama,
cada curva es un secreto,
y yo, viajero insaciable,
recorro tu territorio de fuego y ternura.
Tus sentidos, al roce de mis pasos,
despiertan como campos en primavera:
flores invisibles se abren,
susurran perfumes de deseo,
y la vida estalla en colores
que solo existen entre tu piel y la mía.
Allí el sexo no es solo carne,
es un idioma profundo,
un pulso compartido,
un instante en que los cuerpos hablan
más allá de las palabras.
Allí el amor se vuelve río,
corriendo salvaje entre nuestras venas,
uniendo respiraciones,
fundiendo silencios,
haciendo eterno el segundo
en que tu mirada se incendia en la mía.
Y allí, en el centro mismo del vértigo,
la vida florece,
vida que late, que ruge,
vida que se entrega sin miedo,
vida que somos vos y yo
cuando nos encontramos enteros
en ese abrazo donde todo arde
y todo nace de nuevo.
 Tus labios me devoran con hambre, me besas como si quisieras arrancarme el alma. Nuestras lenguas se enredan húmedas, chocan, se muerden, se reconocen. La respiración se corta, el deseo nos atropella y ya no existe nada más que el calor creciente en nuestros cuerpos.
Arranco tu ropa sin paciencia. La seda resbala por tu piel y deja al descubierto tu desnudez temblorosa, lista, ansiosa. Mis manos recorren cada curva, aprietan tus senos, juguetean con tus pezones hasta endurecerlos bajo mis dedos. Te escucho gemir, morderte los labios, estremecerte al sentir cómo mi boca se apodera de tu pecho y lo devora, lamiendo, succionando, arrancándote jadeos cada vez más fuertes.
Tu cuerpo arde. Mis manos descienden lentamente hasta tu entrepierna húmeda. El calor que emana de vos me enloquece. Te abro de par en par, deslizo mis dedos por tus labios mojados y mi lengua se hunde en tu sexo con ansia, lamiendo profundo, saboreando cada gota de tu excitación.
Tu clítoris late bajo mi boca, lo succiono con fuerza, lo acaricio con mi lengua, mientras mis dedos penetran en vos, entrando y saliendo rápido, mojados, llenándote, hasta hacerte gritar sin pudor. Tus caderas se mueven desesperadas contra mi rostro, tus manos me hunden más, como si quisieras que me perdiera para siempre en tu humedad.
De repente, tu cuerpo se arquea, tus músculos se tensan, y un gemido desgarrado anuncia tu primer orgasmo, explosivo, líquido, caliente. Siento tu flujo desbordarse en mi boca y lo bebo sin detenerme, mientras tu cuerpo tiembla convulsionando de placer.
Pero no te dejo descansar. Te levanto, te tomo de la cintura y te penetró de golpe, con toda mi dureza, arrancándote un grito que se mezcla con un gemido salvaje. Entro hasta el fondo, una y otra vez, cada embestida más fuerte que la anterior, chocando contra tu carne mojada con un sonido obsceno que llena la habitación.
Tus uñas se clavan en mi espalda, me arañas, me suplicas que no pare. Te penetró con furia, con hambre, mientras tus piernas me aprisionan como si quisieras devorarme entero. Cambiamos de posición: te pongo de rodillas, tu espalda arqueada, tus nalgas ofrecidas. Te tomo por detrás, duro, profundo, sujetándote del cabello, marcando mi ritmo salvaje. La visión de tu cuerpo temblando, tu culo chocando contra mí, me lleva al borde de la locura.
El clímax se acerca. Tus gemidos se vuelven gritos, jadeos ahogados, palabras sueltas sin sentido. Siento cómo tu sexo late y me aprieta, tus músculos se contraen en oleadas de placer. No aguanto más: te tomo fuerte, te penetro hasta el fondo y explotamos juntos en un orgasmo brutal, desgarrador, que nos deja exhaustos, sudados, temblorosos.
Caemos rendidos entre las sábanas empapadas, nuestros cuerpos aún palpitando, entrelazados en el calor del deseo satisfecho. Te abrazo, beso tu cuello, y sonrío al saber que esta noche aún no termina.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...