jueves, 1 de mayo de 2025

Cruzamos el río lento,
como si el tiempo también flotara.
El sol filtraba las hojas
y entre juncos y rumores del viento
llegamos a la casa de Haroldo.
Ella apretó mi mano
como si supiera que pisábamos memoria.
Y en el muelle, casi sin hablar,
nos recibió el perfume del tiempo detenido.
Aquí vivió, le dije,
un hombre que amó este Delta
como se ama lo que nunca se puede poseer,
el agua, el viento, el paso de una garza,
la soledad que se convierte en poema.
Ella sonrió y sus ojos se detuvieron
en el álamo carolina.
Es el de la balada preguntó.
Y entonces supe que ella también sabía,
que había leído,
que venía conmigo no solo por el paseo,
si no por el temblor del alma.
Le conté que la casa fue su refugio,
que aquí escribió Sudeste,
que navegaba, volaba, enseñaba,
y que sus cuentos olían a barro,
a viento, a isla.
Entramos, la madera crujía como si aún respirara,
como si los pasos de Haroldo
no se hubieran ido nunca.
En las paredes, fotos, libros, mapas,
y en cada rincón, una historia 
detenida a la espera de alguien
que la mire con amor.
Ella tocó una vieja máquina de escribir
como si fuera una reliquia.
Yo la miré, y sentí que ese instante
nos ataba a algo inmenso.
No era solo el amor entre nosotros,
era el amor por la palabra,
por la dignidad,
por lo que no se rinde.
Le conté que lo secuestraron en el 76,
que fue el Batallón 601,
que nunca volvió.
Ella bajó la mirada.
Y en ese silencio,
algo en el aire se quebró con dulzura,
como una hoja cayendo en el río.
Pero está aquí dijo.
En cada letra que escribió,
en el murmullo del sauce,
en la mirada de los que no olvidan.
Salimos y nos sentamos en el muelle.
El río seguía su viaje,
como Haroldo, como nosotros,
como el amor que se piensa despacio,
que se dice con los gestos.
Tomamos mate, hablamos poco.
La tarde se iba,
pero nos dejaba algo profundo,
como si la casa nos hubiera confiado un secreto.
Y al despedirnos,
volvimos a cruzar el río,
cargando con nosotros
la historia de un hombre
y la promesa de seguir nombrándolo,
de la mano, por los brazos del Delta.

 
El amor nació entre hortensias.
No fue casual ni torpe,
fue como esas flores que, sin pedir permiso,
despiertan una mañana más grande, 
más llenas, más verdaderas.
A orillas del Capitancito,
donde el río se vuelve espejo y los botes apenas pasan,
levantamos una vida de ramas y silencios,
de tardes largas, de mates tibios en la galería,
de caricias sin prisa.
Las hortensias crecían desbordadas,
algunas blancas como los domingos tranquilos,
otras rosas como sus mejillas cuando el sol la tocaba,
y esas azules profundas,
que parecían pintar con nostalgia el aire del jardín.
Decían que el color cambiaba según la tierra,
pero nosotros sabíamos que el amor también lo hacía,
y que lo nuestro tenía algo de eso,
una raíz antigua y una flor que se renovaba.
Rodeados de ellas,
vivimos como quien custodia un secreto,
sin gritarlo, pero sin esconderlo.
El ruido estaba lejos,
y el mundo, de este lado del río,
era más simple, más nuestro.
A veces la escucho tararear una canción
mientras riega las plantas al atardecer,
y pienso que no necesito más certeza que esa.
El amor existe y florece.
Aquí, entre hortensias.

El amor es un camalote.
No se planta ni se encierra,
nace al borde del agua mansa,
crece solo y acompañado,
y va y viene con el río,
como nosotros,
como esta vida a orillas del Pajarito.
Cada mañana lo vemos pasar,
desde nuestro muelle de madera tibia,
entre mates humeantes
y los primeros mimos del día.
A veces se enreda en los juncos,
otras se suelta y sigue,
como si también buscara respuestas
en los reflejos del cielo.
Lo miramos flotar,
verde y sereno,
con sus flores lilas abiertas al sol,
y entendemos:
el amor no pide nada,
se deja llevar.
Así somos vos y yo en esta isla mínima,
en esta casa que huele a madera,
a río y a frutas cortadas,
a jazmín de noche y brasero encendido.
Te abrazo sin apuro
mientras el viento peina tus cabellos,
y pienso que el amor es eso.
estar, quedarse, aunque todo corra.
A veces el camalote se detiene frente al muelle,
como si quisiera saludarnos,
como si escuchara nuestra risa
y quisiera sumarse.
Entonces vos me tomás la mano
y sin decir nada,
miramos juntos cómo se aleja.
El río nos enseña a no retener,
a amar sin atar, a confiar en las mareas.
Y si alguna vez el amor se va,
sabremos esperarlo,
porque aquí todo vuelve:
el agua, los pájaros,
los silencios que nos gustan,
y ese camalote,
que flota como un corazón sin miedo.

Fue una tarde de otoño, hace un año,
cuando los álamos ya empezaban a dorarse
y el río Luján bajaba tranquilo, como si cuidara cada reflejo,
cuando la vimos, una aparición, un suspiro de otro tiempo
entre tanta vegetación rebelde y cielo encendido.
Nuestra lancha avanzaba lentamente
y ella, con su mirada de domingo eterno,
descubrió primero el destello en las aguas
y un ventanal redondo,
como un ojo soñador espiando el mundo.
Allí dijo, pará ...
y mi mano buscó la suya como un acto reflejo del alma.
La Casa Masllorens se alzó ante nosotros,
no como una simple construcción,
sino como un milagro incrustado en la tierra húmeda del Delta,
una flor de piedra y vidrio que brotó entre sauces y ceibales,
con esa arquitectura que parecía flotar
entre los delirios de Gaudí y el susurro de los juncos.
Nos acercamos por una vereda apenas dibujada
mientras los pájaros parecían entonar una canción desconocida,
de esas que uno solo escucha cuando está enamorado.
El ventanal semicircular nos devolvía el reflejo
como si la casa también estuviera viéndonos.
Sus columnas danzaban al ritmo del aire,
y el jaulón al costado, oxidado y noble,
parecía guardar el aliento de mil historias encerradas.
Ella se detuvo en seco,
y sin decir palabra, apoyó su cabeza en mi hombro.
Entonces supe que aquella casa,
con sus formas imposibles y su alma barroca,
se nos había metido dentro,
como un tercer latido entre nosotros dos.
Qué será vivir aquí, murmuró.
Y no supe si hablaba de paredes o de amores,
si se refería al adobe o a mis abrazos,
pero le respondí con un beso leve,
como se responde a las preguntas que uno quiere que duren.
Nos sentamos bajo un sauce llorón,
los pies colgando sobre el agua quieta,
compartiendo un mate y los silencios dulces
de quienes ya no necesitan decirlo todo.
Ella señalaba detalles,
una baranda tallada, una reja curva,
un azulejo escondido que parecía guiñarle un ojo.
Yo solo la miraba a ella,
pensando que ninguna casa del mundo
podría competir con su manera de habitarme.
La Casa Masllorens nos envolvía.
Se hacía testigo de un amor sencillo y hondo,
hecho de miradas compartidas,
de caminos de tierra,
de promesas que no hacen ruido pero echan raíz.
Y cuando el sol bajó, dorando el río como un cuento,
nos prometimos volver a la casa.
Y al instante en que el mundo se detuvo un rato,
y dos almas encontraron cobijo
en una joya modernista
y un rincón del Delta donde el amor también sabe de arquitectura.

miércoles, 30 de abril de 2025

Era feriado,
pero lo verdadero era la noche.
Una noche extendida como un puente de madera,
que no cruzamos
porque ya estábamos del otro lado,
del lado del río, del amor
y de todo lo que no necesita explicación.
A pocos metros el Paraná dormía su corriente,
mientras el Carapachay cantaba bajito
como una canción que solo los enamorados entienden.
No teníamos más que lo necesario,
un termo que aún humeaba,
dos libros subrayados al azar,
una lista de música que se mezclaba con los grillos,
y tus piernas enredadas con las mías
en una coreografía de silencios aprendidos.
Leíamos poco, nos leíamos más.
Tus dedos pasaban páginas de mi cuerpo
como si supieras que ahí también se escribe
la poesía que no cabe en los libros.
Cada mate era una pausa,
una excusa para mirarte otra vez
y pensar, sin decirlo
que si el mundo se acababa en esa orilla,
iba a estar bien.
No había nadie más.
Solo el rumor del agua,
las brasas de algún recuerdo y vos.
Todo lo que importa cabía en esa cabaña sin nombre,
y en tus ojos, que cuando la luz bajaba,
seguían brillando como si fueran faros
para perderse sin miedo.



 Nos miramos en el reflejo quieto
de la laguna Idahome,
como si el agua supiera más que nosotros
sobre el paso del tiempo
y los sueños que la tierra moja, pero no entierra.
Caminamos entre sauces,
y vos, con esa costumbre tuya de detenerte en los detalles,
señalaste el riel oxidado que aún asoma
como una cicatriz de hierro.
Por acá me dijiste, que corría un trencito de carga.
Y de pronto el paisaje se llenó de fantasmas dulces:
vagoncitos llevando tierra,
palas que cavaban futuro,
y hombres que creían que una laguna podía nacer de la voluntad.
allí se instaló la primera calibradora de manzanas,
y hubo quien soñó con fabricar cerveza
en medio del Delta,
como si el sabor del fruto y el agua del río
fueran suficientes para brindar por la vida.
Vos te inclinaste a tocar el agua.
Tus dedos hicieron ondas que viajaron más lejos
que cualquier tren,
y yo supe sin necesidad de palabras
que todo eso,
los rieles, las manzanas,
la cerveza que no fue,
y el cielo detenido en el espejo de la laguna,
existía hoy solo porque vos estabas ahí.
El sol empezaba a caer como una bendición dorada.
No había ruido más fuerte que el de nuestros pasos blandos
y algún zorzal distraído.
Nos besamos sin urgencia,
como si supiéramos que los proyectos fallidos,
como las fábricas que no fueron,
pueden dar lugar a un milagro más bello:
el de encontrarse en el lugar justo
donde la historia se volvió paisaje,
y el amor, una forma nueva
de hacer que el tiempo
se detenga.


Arde el cielo como un lienzo mojado,
con pinceles de fuego y perfume de río,
y vos, recostada en la tabla varada,
sos todo lo que arde, lo suave, lo mío.
La pista, vacía de botes y gritos,
es ahora un espejo donde cae el silencio,
y el agua quietísima guarda secretos
como un pecho después del deseo más lento.
Tu piel, salpicada de sombras violetas,
es un mapa de rutas que piden mis dedos,
y yo, que no rezo, repito tu nombre
como una plegaria que moja mi aliento.
Me inclino ante vos
te inclinas despacio, buscas mi cintura,
y el río se curva copiando tus formas,
la brisa nos lame, los juncos nos cubren,
y el sol, rendido, se esconde en la sombra.
Un chajá grita lejos, ajeno al hechizo,
y tu boca se enreda sin tiempo en mi cuello,
tu lengua navega, tu cuerpo resbala,
y el Delta respira al ritmo de un sueño.
Entre cañas y risas perdemos la ropa,
como quien se entrega sin nombre ni hora,
y el agua, testigo de todas las cosas,
nos lleva en sus brazos hasta que el sol se apaga.

Calla el río, su voz de correntada,
y el Carapachay, oscuro y tendido,
es un brazo de sombra que nos guarda
en su abrazo tibio, húmedo y dormido.
Los juncos se mueven como en secreto,
la luna los roza sin hacer ruido,
y vos, descalza sobre la cubierta,
sos la única luz que no se ha ido.
No hay palabras, no hacen falta,
sólo el crujido del bote de madera,
y tus manos buscándome en la penumbra
como si el deseo pudiera ser ceguera.
Te acerco despacio, como la marea,
y mi boca encuentra el hueco de tu cuello,
la noche respira con nuestra cadencia,
la selva nos mira con ojos de sueño.
Tu piel huele a río y a flor silvestre,
a camalote y calor de verano,
y en cada suspiro que sale de vos
se enciende mi cuerpo como un faro humano.
La cubierta de lona cruje bajo nuestra danza,
y el viento en las ramas se queda sin aire,
te tengo, me tenés, nos callamos los nombres,
y el Delta es un templo, y el deseo, su altar.

Donde el Carapachay
se encuentra con el Paraná,
ese abrazo de ríos que nunca se apuran,
asoma, solitaria,
la cúpula del campanario
de la vieja iglesia flotante.
Nos detenemos siempre allí.
Es un ritual sin palabras,
como si el bote supiera
que hay historias que no se pueden pasar de largo.
Ella se inclina sobre el borde,
mira fijo la cruz torcida,
y yo, como cada vez, le pregunto.
Cuántos isleños conocerán esto.
Y ella responde, con esa tristeza serena que lleva en los ojos,
Pocos.
Cristo Rey, le llamaban.
La iglesia venía río arriba desde Tigre,
flotando sobre una gran balsa,
con un sacerdote de sotana clara
que predicaba en las orillas
como si el agua también pudiera ser tierra santa.
Los niños la esperaban con flores,
las mujeres con tortas,
los hombres con silencios.
Y allí, entre los sauces y las libélulas,
se alzaba el altar,
temblando apenas con el oleaje.
Bautismos en el muelle,
misas entre mosquitos y remos,
una cruz levantada contra la bruma.
El evangelio flotaba.
Y flotó por años,
hasta que una sudestada traicionera
la empujó hacia el olvido.
Hoy solo queda el campanario,
quieto en un rincón del terreno de prefectura,
como un relicario de fe ajena
al que pocos miran,
al que nadie reza.
Pero nosotros sí.
Nosotros venimos,
miramos, preguntamos,
y ella responde lo mismo:
Pocos.
Y entonces pienso que,
aunque la iglesia ya no flote,
aunque la fe se oxide y el tiempo la tape de verdín,
algo sigue vivo en esta parada,
algo que no se aprende,
algo que se recuerda con el cuerpo.
Después, seguimos río arriba.
Ella se acomoda en la proa,
yo retomo el timón,
y el campanario se aleja
como una campana que no suena
pero nos deja sonando por dentro.

Doblando el brazo oscuro del Tuyuparé,
el aire cambió.
Un frío seco, sin viento,
se nos metió en la piel como una aguja muda.
Allí estaba,
la vieja casona de la isla El Silencio,
con sus ventanas cerradas
como ojos que ya no quieren mirar.
No dijimos nada.
No hizo falta.
El silencio nos tomó por dentro,
como si el agua supiera
lo que alguna vez se hizo en su nombre.
Ella se acercó al timón,
sin hablar, sin preguntar,
me apoyó la mano en el hombro
y yo la abracé.
No para calentarla,
sino para sostener lo que no se puede decir.
El bote se detuvo solo,
como si el motor también recordara,
como si el río bajara la cabeza.
Nos quedamos unos minutos allí,
mirando esa casa
que parece dormida
pero aún exhala horror.
Después arrancamos de nuevo,
despacio,
como saliendo de un cementerio sin tumbas,
con la memoria como una sombra larga
y el corazón latiendo bajo el abrigo.
Nos fuimos río abajo,
en busca del sol,
del sonido, del regreso.
Pero esa quietud,
ese frío,
esa historia que sangra en la madera,
vino con nosotros.

 
El sol volvió sin pedir permiso,
como si el mundo no hubiera vibrado,
y el río Capitán, manso y dorado,
nos abría los brazos con hojas de luz.
Navego lento,
como si el tiempo pudiera estirarse,
como si cada curva fuera un secreto
que vale la pena aprender de nuevo.
Y ella,
tendida en la proa,
sin ropa, sin apuro,
deja que el sol le bese la piel
como si fuera su único amante.
Su espalda brilla,
sus piernas se abren apenas,
y una gota de agua recorre su omóplato
como si supiera lo que deseo.
Yo timoneo despacio,
para no interrumpir la música del cuerpo,
por seguir mirando
cómo se funden su cintura y la luz
y la brisa le acomoda el pelo como un susurro.
Cada recodo del río,
cada casa dormida entre las ramas,
cada reflejo en el agua quieta,
me la recuerda.
Pero no como se recuerda el pasado,
si no como se descubre lo nuevo,
una flor abierta,
una orilla virgen,
una mujer tendida en el centro del mundo
esperando que la noche, la vuelva deseo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...