miércoles, 30 de abril de 2025

Era feriado,
pero lo verdadero era la noche.
Una noche extendida como un puente de madera,
que no cruzamos
porque ya estábamos del otro lado,
del lado del río, del amor
y de todo lo que no necesita explicación.
A pocos metros el Paraná dormía su corriente,
mientras el Carapachay cantaba bajito
como una canción que solo los enamorados entienden.
No teníamos más que lo necesario,
un termo que aún humeaba,
dos libros subrayados al azar,
una lista de música que se mezclaba con los grillos,
y tus piernas enredadas con las mías
en una coreografía de silencios aprendidos.
Leíamos poco, nos leíamos más.
Tus dedos pasaban páginas de mi cuerpo
como si supieras que ahí también se escribe
la poesía que no cabe en los libros.
Cada mate era una pausa,
una excusa para mirarte otra vez
y pensar, sin decirlo
que si el mundo se acababa en esa orilla,
iba a estar bien.
No había nadie más.
Solo el rumor del agua,
las brasas de algún recuerdo y vos.
Todo lo que importa cabía en esa cabaña sin nombre,
y en tus ojos, que cuando la luz bajaba,
seguían brillando como si fueran faros
para perderse sin miedo.



 Nos miramos en el reflejo quieto
de la laguna Idahome,
como si el agua supiera más que nosotros
sobre el paso del tiempo
y los sueños que la tierra moja, pero no entierra.
Caminamos entre sauces,
y vos, con esa costumbre tuya de detenerte en los detalles,
señalaste el riel oxidado que aún asoma
como una cicatriz de hierro.
Por acá me dijiste, que corría un trencito de carga.
Y de pronto el paisaje se llenó de fantasmas dulces:
vagoncitos llevando tierra,
palas que cavaban futuro,
y hombres que creían que una laguna podía nacer de la voluntad.
allí se instaló la primera calibradora de manzanas,
y hubo quien soñó con fabricar cerveza
en medio del Delta,
como si el sabor del fruto y el agua del río
fueran suficientes para brindar por la vida.
Vos te inclinaste a tocar el agua.
Tus dedos hicieron ondas que viajaron más lejos
que cualquier tren,
y yo supe sin necesidad de palabras
que todo eso,
los rieles, las manzanas,
la cerveza que no fue,
y el cielo detenido en el espejo de la laguna,
existía hoy solo porque vos estabas ahí.
El sol empezaba a caer como una bendición dorada.
No había ruido más fuerte que el de nuestros pasos blandos
y algún zorzal distraído.
Nos besamos sin urgencia,
como si supiéramos que los proyectos fallidos,
como las fábricas que no fueron,
pueden dar lugar a un milagro más bello:
el de encontrarse en el lugar justo
donde la historia se volvió paisaje,
y el amor, una forma nueva
de hacer que el tiempo
se detenga.


Arde el cielo como un lienzo mojado,
con pinceles de fuego y perfume de río,
y vos, recostada en la tabla varada,
sos todo lo que arde, lo suave, lo mío.
La pista, vacía de botes y gritos,
es ahora un espejo donde cae el silencio,
y el agua quietísima guarda secretos
como un pecho después del deseo más lento.
Tu piel, salpicada de sombras violetas,
es un mapa de rutas que piden mis dedos,
y yo, que no rezo, repito tu nombre
como una plegaria que moja mi aliento.
Me inclino ante vos
te inclinas despacio, buscas mi cintura,
y el río se curva copiando tus formas,
la brisa nos lame, los juncos nos cubren,
y el sol, rendido, se esconde en la sombra.
Un chajá grita lejos, ajeno al hechizo,
y tu boca se enreda sin tiempo en mi cuello,
tu lengua navega, tu cuerpo resbala,
y el Delta respira al ritmo de un sueño.
Entre cañas y risas perdemos la ropa,
como quien se entrega sin nombre ni hora,
y el agua, testigo de todas las cosas,
nos lleva en sus brazos hasta que el sol se apaga.

Calla el río, su voz de correntada,
y el Carapachay, oscuro y tendido,
es un brazo de sombra que nos guarda
en su abrazo tibio, húmedo y dormido.
Los juncos se mueven como en secreto,
la luna los roza sin hacer ruido,
y vos, descalza sobre la cubierta,
sos la única luz que no se ha ido.
No hay palabras, no hacen falta,
sólo el crujido del bote de madera,
y tus manos buscándome en la penumbra
como si el deseo pudiera ser ceguera.
Te acerco despacio, como la marea,
y mi boca encuentra el hueco de tu cuello,
la noche respira con nuestra cadencia,
la selva nos mira con ojos de sueño.
Tu piel huele a río y a flor silvestre,
a camalote y calor de verano,
y en cada suspiro que sale de vos
se enciende mi cuerpo como un faro humano.
La cubierta de lona cruje bajo nuestra danza,
y el viento en las ramas se queda sin aire,
te tengo, me tenés, nos callamos los nombres,
y el Delta es un templo, y el deseo, su altar.

Donde el Carapachay
se encuentra con el Paraná,
ese abrazo de ríos que nunca se apuran,
asoma, solitaria,
la cúpula del campanario
de la vieja iglesia flotante.
Nos detenemos siempre allí.
Es un ritual sin palabras,
como si el bote supiera
que hay historias que no se pueden pasar de largo.
Ella se inclina sobre el borde,
mira fijo la cruz torcida,
y yo, como cada vez, le pregunto.
Cuántos isleños conocerán esto.
Y ella responde, con esa tristeza serena que lleva en los ojos,
Pocos.
Cristo Rey, le llamaban.
La iglesia venía río arriba desde Tigre,
flotando sobre una gran balsa,
con un sacerdote de sotana clara
que predicaba en las orillas
como si el agua también pudiera ser tierra santa.
Los niños la esperaban con flores,
las mujeres con tortas,
los hombres con silencios.
Y allí, entre los sauces y las libélulas,
se alzaba el altar,
temblando apenas con el oleaje.
Bautismos en el muelle,
misas entre mosquitos y remos,
una cruz levantada contra la bruma.
El evangelio flotaba.
Y flotó por años,
hasta que una sudestada traicionera
la empujó hacia el olvido.
Hoy solo queda el campanario,
quieto en un rincón del terreno de prefectura,
como un relicario de fe ajena
al que pocos miran,
al que nadie reza.
Pero nosotros sí.
Nosotros venimos,
miramos, preguntamos,
y ella responde lo mismo:
Pocos.
Y entonces pienso que,
aunque la iglesia ya no flote,
aunque la fe se oxide y el tiempo la tape de verdín,
algo sigue vivo en esta parada,
algo que no se aprende,
algo que se recuerda con el cuerpo.
Después, seguimos río arriba.
Ella se acomoda en la proa,
yo retomo el timón,
y el campanario se aleja
como una campana que no suena
pero nos deja sonando por dentro.

Doblando el brazo oscuro del Tuyuparé,
el aire cambió.
Un frío seco, sin viento,
se nos metió en la piel como una aguja muda.
Allí estaba,
la vieja casona de la isla El Silencio,
con sus ventanas cerradas
como ojos que ya no quieren mirar.
No dijimos nada.
No hizo falta.
El silencio nos tomó por dentro,
como si el agua supiera
lo que alguna vez se hizo en su nombre.
Ella se acercó al timón,
sin hablar, sin preguntar,
me apoyó la mano en el hombro
y yo la abracé.
No para calentarla,
sino para sostener lo que no se puede decir.
El bote se detuvo solo,
como si el motor también recordara,
como si el río bajara la cabeza.
Nos quedamos unos minutos allí,
mirando esa casa
que parece dormida
pero aún exhala horror.
Después arrancamos de nuevo,
despacio,
como saliendo de un cementerio sin tumbas,
con la memoria como una sombra larga
y el corazón latiendo bajo el abrigo.
Nos fuimos río abajo,
en busca del sol,
del sonido, del regreso.
Pero esa quietud,
ese frío,
esa historia que sangra en la madera,
vino con nosotros.

 
El sol volvió sin pedir permiso,
como si el mundo no hubiera vibrado,
y el río Capitán, manso y dorado,
nos abría los brazos con hojas de luz.
Navego lento,
como si el tiempo pudiera estirarse,
como si cada curva fuera un secreto
que vale la pena aprender de nuevo.
Y ella,
tendida en la proa,
sin ropa, sin apuro,
deja que el sol le bese la piel
como si fuera su único amante.
Su espalda brilla,
sus piernas se abren apenas,
y una gota de agua recorre su omóplato
como si supiera lo que deseo.
Yo timoneo despacio,
para no interrumpir la música del cuerpo,
por seguir mirando
cómo se funden su cintura y la luz
y la brisa le acomoda el pelo como un susurro.
Cada recodo del río,
cada casa dormida entre las ramas,
cada reflejo en el agua quieta,
me la recuerda.
Pero no como se recuerda el pasado,
si no como se descubre lo nuevo,
una flor abierta,
una orilla virgen,
una mujer tendida en el centro del mundo
esperando que la noche, la vuelva deseo.

El cielo cayó de pronto,
sin aviso, sin tregua, sin miedo.
Rugió como fiera sobre el Carapachay,
y el agua creció como en aquel verano
que arrasó canoas, maderas y ranchos.
El viento silbó entre los ceibos
y dobló hasta el grito de los sauces,
y vos mojada, desnuda, temblando
parecías parida del mismo trueno.
No hubo adónde correr.
La isla ya era río,
el muelle flotaba como un recuerdo,
y en esa furia sin norte ni bordes
nos abrazamos como náufragos eternos.
Tus labios tenían gusto a lluvia,
a miedo, a lujuria, a relámpago,
y tu cuerpo, caliente y mojado,
se enredó al mío como un camalote encendido.
Nos amamos ahí, sin palabras,
bajo la lona tirante del galpón,
mientras el agua lamía los pilotes
y la tormenta tejía su canción.
No hubo pudor, ni pausa, ni abrigo,
sólo el chasquido del río en creciente,
tu espalda arqueada como una ola,
mis manos ancladas a tu vientre.
Y cuando todo se volvió silencio,
cuando el agua bajó su amenaza,
quedamos dormidos, exhaustos, abrazados,
con el rugido del mundo aún en la garganta.

 El sol bajaba en oblicuo,
lamía los surcos de tierra blanda,
donde el río se acurruca y calla
ante el orden sereno del nogal.
La lancha se amarró despacio,
y tus ojos brillaron como el agua
cuando el muelle de madera crujió
bajo nuestros pasos.
Era el reino de las pecanas,
árboles sabios, en hileras,
sus hojas temblaban con la brisa
como si supieran lo que pasaría.
Caminamos entre las sombras dulces,
escuchando cómo el suelo hablaba
del tiempo, del fruto,
del trabajo paciente de los días.
Y entre una rama y otra,
tu mano buscó la mía sin apuro,
como quien cosecha lo maduro
después de mucho mirar.
El sol nos empujaba a besarnos,
en silencio, entre cortezas vivas,
y el perfume verde del pecán
nos envolvía, suave, sin permiso.
Un mate compartido bajo un árbol,
una nuez abierta con los dedos,
y la risa, como viento ligero,
jugando entre los cañaverales.
La tarde siguió su curso de agua,
y volvimos en la lancha lenta,
con el Delta en el cuerpo y en la boca
un gusto a nuez y a promesa eterna.

Tomados de la mano,
cruzamos la mañana del Delta
como quien pisa un secreto.
Los durazneros nos abrían sus brazos
y el perfume flotaba espeso,
como si supiera de vos.
A unos metros del Espera,
el Angostura se estrecha y murmura,
y ahí estábamos,
con el agua al costado
y la piel temblando
de tanto mirarnos sin hablar.
Los ciruelos, en flor o en fruto,
caían como notas suaves al suelo,
y vos, tan cerca,
tan mía sin serlo,
eras un racimo de sol
apretado contra mi deseo.
El perfume de los duraznos,
maduro, dulce, abierto,
era el eco de tu cuerpo
cuando bailás de noche en la cabaña,
descalza, entre mis brazos,
con el río como música lenta
y la luna queriendo espiar.
Nada más existe cuando eso ocurre:
ni la lancha dormida,
ni el reloj en su rincón,
sólo la fruta que gotea su jugo
y tu espalda que se arquea
como rama al viento.
Y el Delta nos guarda,
bajo el cielo de abril,
como a dos pájaros de estación
que se rozan,
que se beben,
y vuelven a volar.

La tarde ardía sin pudor
sobre los caminos del Delta,
y nosotros,
tomados de la mano,
buscábamos sombra entre ciruelos cargados,
como si el deseo también diera fruta.
El calor pegaba en la piel
como una caricia lenta,
de esas que no piden permiso
y dejan marcas invisibles.
Probamos los frutos,
uno a uno,
jugosos, tibios,
como tu boca cuando la mía
se demora en el borde del suspiro.
A orillas del río,
el agua parecía quieta,
pero el cielo ya murmuraba en lo alto
y el viento olía a tormenta.
Vos reías,
con el jugo del ciruelo en los labios,
y yo no sabía si besarte
o esperar que el trueno nos diera el ritmo.
Las ramas nos tocaban la espalda
como cómplices del calor insoportable,
ese que abría los poros
y las ganas.
Y cuando el primer relámpago
cortó el horizonte,
nos quedamos quietos,
abrazados al borde del río,
sabiendo que la lluvia sería un alivio,
pero también otra forma
de desearte.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...