viernes, 3 de abril de 2026

 Pánico a la tormenta,
como si el cielo fuera a caer sobre la piel
y no a lavarla.
Pánico al deseo, esa chispa mínima
que insiste en arder aunque la tapen con años,
aunque la nombren pecado,
aunque la escondan bajo la mesa
como un secreto que respira.
Pánico al sexo, al cuerpo dicho en voz alta,
a las manos que buscan sin permiso de la culpa,
a la humedad de lo vivo
que desarma cualquier catecismo.
Pánico a la vida, y entonces sobrevivir:
cerrar ventanas, bajar persianas,
archivar latidos.
Encerrarse en un mundo que ya fue,
donde todo estaba escondido:
el cuerpo doblado, el deseo en silencio,
la sexualidad como una palabra prohibida
y el amor… el amor apenas insinuado
en cartas que nunca decían todo.
Encerrarse es no querer vivir,
es repetir la escena antigua
como una fotonovela gastada,
donde el beso se corta antes de existir,
donde la piel nunca se nombra.
La radio murmura compañía,
pero no alcanza: no abraza, no incendia,
no desordena.
Vestirse de largo para ocultar las rodillas,
como si la carne fuera delito,
como si mostrarse fuera caer.
Pero algo cruje una grieta mínima
en la costumbre.
Y entonces la poesía:
no pide permiso, no baja la voz,
no se arrodilla ante el miedo.
Rompe el dobladillo del silencio,
rompe la tela vieja del pudor heredado,
rompe la idea de que vivir
es esconderse.
Y deja al cuerpo en su sitio:
ardiendo, deseando, temblando sin culpa.
Porque no es la tormenta lo que asusta,
es descubrir que siempre hubo cielo
y nunca se miró.


Tus manos acarician el día
como si el tiempo fuera una tela dócil,
un terciopelo tibio donde descansa la luz
y aprende a pronunciar tu nombre.
Tus labios esa frontera suave
abren la mañana como una fruta madura,
y cada palabra tuya
enciende el aire con un fuego lento,
casi secreto,
como si el mundo recién empezara
cada vez que hablás.
Por las noches, en cambio,
sos refugio;
una casa encendida en medio del viento,
un rincón donde el cuerpo se vuelve lenguaje
y el silencio respira más hondo.
Tus ojos,
color del tiempo detenido entre dos latidos,
son faros en este camino extenso
que recorremos despacio,
como quien no quiere llegar
para no interrumpir la magia.
Y entonces aparece el paisaje:
el río, la caminata sin destino,
la orilla donde el deseo se vuelve brisa
y roza la piel apenas,
como una promesa que no necesita apurarse.
Hay en tus besos
un sabor antiguo y nuevo a la vez,
una forma de quedarse
sin decirlo, una manera de incendiar lo cotidiano
sin hacer ruido.
Y cuando la noche cae
y el mundo se deshace en sombras,
tu cercanía se vuelve otra cosa:
más honda, más íntima,
un temblor que recorre la piel
como si cada centímetro recordara
por qué existe.
No hace falta nombrarlo todo.
Algunas cosas viven mejor en la insinuación:
la pausa entre dos respiraciones,
el roce que no termina,
la cercanía que enciende sin consumirse.
El resto es apenas una poesía tibia,
un intento torpe de decir lo indecible,
porque esta historia
no habla de vos solamente,
ni siquiera de nosotros,
sino de todo el tiempo perdido
antes de encontrarte.
Y aun así, en cada verso queda algo:
una huella leve,
un eco de tu forma de habitar el mundo,
y ese modo tuyo de convertir lo simple
en eternidad.
 Son delgados, infinitamente delgados y frágiles,
como hilos de un tiempo que apenas se atreve a tocarse.
Alguna vez tomaron el color de la vida,
y entonces fueron fuego,
rojos encendidos, naranjas temblorosos,
un borde de luz latiendo en la penumbra.
No castaños, no quietos,
sino vivos en el aire que rodea tu rostro,
dibujando un perfil apenas enredado
donde el amor respira despacio,
como si cada curva supiera
que está siendo mirada.
Y cae el sudor, no como lluvia,
sino como un susurro que se desliza,
mojando todo lo que existe alrededor,
volviendo duro al mundo, haciéndolo dócil,casi tuyo.
Hermosa mujer de noches finas,
de hilo tenue y copas compartidas,
donde el whisky arde lento
y la crema suaviza el instante,
y en ese leve gusto a vainilla
se deshace el tiempo,
se vuelve tibio y se deja llevar.
Y una suave tela tapa tenuemente,
un velador encendido apenas,
dejando que la luz roce las sombras
mientras posás esas elevaciones
entre mis labios y la noche,
como si el mundo se detuviera
a contemplar ese instante.
La noche se vuelve única, irrepetible,
se estira en largos minutos
que parecen eternos,
donde todo lo que existe
respira más lento, late más hondo,
 y permanece erguido.
Todo se vuelve más intenso cuando estás,
más cercano al lugar donde quedarse
aunque sea por unos instantes,
aunque el destino insista en el movimiento.
Y viajás, no en distancia,
sino en esa forma única de elevarte
sin despegar los pies del deseo,
en ese vuelo irrepetible
que no necesita alas,
porque se escribe en la piel,
en la ropa olvidada,
en el gesto mínimo que delata
lo que no se dice.
Y al describirte, algo se marca,
como una huella suave en la tela del mundo,
la certeza de que hay cuerpos
que no se olvidan, instantes que no se repiten,
y un modo de arder que sólo existe,
cuando dos silencios deciden rozarse.
 Gotas, truenos,
y el cielo que habla en relámpagos,
abriéndose en luces breves
como si escribiera tu nombre
sobre la noche.
Hay un zumbido en el aire,
ese susto dulce de la tormenta,
y al mismo tiempo
la alegría inevitable
de saberla llegar.
Porque la lluvia también es espera cumplida.
Tu temor y tu risa
se mezclan en algún rincón
que no alcanzo a ver, pero siento.
Como siento la distancia
pesando entre los dos,
nombrando mi no llegada
con una insistencia callada.
Y sin embargo, mañana será de fiesta,
lo dice la tierra mojada,
lo dicen los charcos
guardando pedazos de cielo.
Hoy dejáselo al agua,
dejáselo al cielo abierto
que descarga todo lo que tiene,
como si también supiera cuánto hacía falta.
No te escondas de la lluvia,
dejá que te encuentre, que te roce lento,
que te enfríe apenas la piel
para que después imagines mis manos.
Y mientras tanto,
el sonido de la chapa nos acompaña,
constante, íntimo,
como un idioma compartido:
a mí, acá…y a vos, allá…
dos refugios distintos,
una misma tormenta.
Entre trueno y trueno
hay silencios que te buscan,
espacios donde te nombro
sin voz, donde te acerco
aunque no estés.
Cierro los ojos
y te dibujo en la penumbra,
con la lluvia deslizándose
por tu cuello, bajando despacio,
como si supiera el camino
que yo todavía no puedo recorrer.
El ventilador gira, terco,
peleando con la humedad,
pero hay otra brisa
que insiste más hondo:
nubes cargadas de mí,
cruzando la noche para alcanzarte.
Que te lleven besos,
uno por cada gota que golpea tu techo.
Que te envuelvan despacio,
como abrazos largos,
de esos que no se apuran
y se quedan un poco más de lo necesario.
Que te cuiden el descanso,
que te rocen el sueño, que se queden cerca
hasta que yo llegue.
Porque voy a llegar.
Y cuando pase la tormenta,
cuando el cielo se calme
y la tierra respire hondo,
vamos a reírnos del miedo,
de la distancia, de esta noche interminable.
Pero ahora, en este instante exacto
en que el mundo cae en lluvia,
dejame estar así, hecho tormenta,
hecho sonido, hecho cielo sobre vos.
Porque incluso lejos, incluso sin tocarte,
hay algo que no sabe de distancias:
este amor que insiste, que cae,
que vuelve siempre, como la lluvia.


martes, 31 de marzo de 2026

Diciembre de 1941: la Academia:

Diciembre de 1941: la Academia, después de tanto buscarse, encontró su casa.
En la calle Las Heras 3092, el edificio se alzó como quien guarda secretos. 
La puerta principal, firme, abierta al mundo, dejaba entrar la luz y las primeras miradas, pero no todo ocurría ahí.
Sobre Coronel Díaz, otra entrada respiraba distinto: por ella llegaban los pasos apurados, las manos que sabían, los nombres que no quedaban escritos pero sostenían todo y, por Melo 3082, el ir y venir era más humano, más frágil: la maestranza, los pacientes, las historias que no siempre encontraban palabras.
El edificio tenía profundidad, un subsuelo donde la luz era escasa y la ciencia parecía latir en silencio. Allí, entre cables y máquinas, la electromedicina intentaba escuchar lo invisible del cuerpo. 
Cerca, los depósitos guardaban no solo herramientas, sino el cansancio de los obreros, el eco de Obras Públicas, las huellas de quienes también cruzaban la calle para cuidar la penitenciaría de enfrente y la escuela vecina.
Esa escuela, pegada a la Academia como un susurro distinto, donada para enseñar, se llenaba de voces pequeñas, de tizas, de futuro. Mientras tanto, del otro lado, la ciencia buscaba respuestas en cuerpos cansados. Dos mundos, apenas separados, respirando el mismo aire.
En la planta baja, el movimiento nunca descansaba: pasillos que aprendían nombres, puertas que se abrían con esperanza, miradas que preguntaban sin decir. Más arriba, en los pisos, el silencio se volvía denso. Allí se pensaba, se dudaba, se insistía. Los laboratorios eran como faros encendidos en medio de la incertidumbre.
Y así, con el tiempo, el edificio dejó de ser solo paredes, se volvió memoria, de los que entraban con miedo, de los que trabajaban sin ser vistos, de los que buscaban entender lo que duele.
La Academia no solo se instaló en una dirección; se quedó, también, en todo lo que allí empezó a latir.

domingo, 29 de marzo de 2026


 Mandinga, qué yeite el del viento
que te parió en una ráfaga
y te dejó caer en mi vereda
esa tarde fulera de invierno.
El sol, medio gil, ni calentaba,
y el chiflido se metía por la hendija
como un canto desafinado
rompiendo los tímpanos del silencio.
Vos caíste de remate,
como quien no quiere la cosa,
y ahí nomás se me armó el quilombo adentro,
empecé a pensarte sin permiso,
a buscarte en cada vuelta de bombilla,
en cada excusa pa quedarme un rato más.
Y fue bravo después,
quedarme sin tus caprichos,
sin ese enredo de despelotes,
mezclado entre pudor
y besos medios torcidos.
Hasta que un día,
te borraste a los gritos,
como fierro engripado que no arranca,
tirando insultos para todos lados,
pegando el portazo.
Dolió, claro que dolió,
pero uno es bicho de barrio,
y en el rioba siempre hay alguno
que te sacude el hombro,
te arrima un abrazo sin vueltas,
te convida una copa
y te seca las lágrimas
aunque ya no sepan por quién.
Y el tiempo, viejo sabio,
hizo su laburo en silencio,
fue aflojando los nudos,
barriendo los recuerdos
como viento manso después de la tormenta.
El olvido, por suerte, llegó ligero,
sin hacer ruido, sin pedir permiso,
me dejó la memoria limpia
pa volver a empezar.
Hoy, sin querer,
desde el último piso
vi la lluvia caer sobre la ciudad,
y apenas te recordé pero ya no dolía.
Era apenas un eco,
un nombre que se pierde en la llovizna,
y una sonrisa mansa
por todo lo vivido
y todo lo que, al fin,
supo irse a tiempo.


jueves, 26 de marzo de 2026

 Una gota de sudor resbala como historia mínima,
una cana asoma, sabia, cargada de amor y de memoria,
una alegría estalla sin permiso,
un grito corta el aire,
una traición filosa, deja cicatriz en la sombra.
Son los caminos de la vida,
esa trama que pisamos cada día sin mapa,
donde a veces llueve con furia
y otras el sol cae dorado sobre las veredas cansadas.
Avenida que se inunda,
colectivos que avanzan como barcos urbanos,
el murmullo del Metrobus latiendo,
y de pronto milagro simple,
una sonrisa porque llega el bondi.
Así es Buenos Aires:
una mezcla indomable,
un caos con ritmo,
una melange de cosas difíciles de explicar
pero fáciles de entender
cuando se la camina.
Cuadras de Callao al Obelisco por Corrientes,
luces que nunca duermen,
una pizza compartida que salva la noche,
un café que abriga el alma,
un turista perdido que se encuentra
mezclado con un porteño que nunca se fue.
Un tango que duele en el pecho,
un rock que rompe la nostalgia,
una flor vendida en la esquina
como si el amor fuera urgente.
Vos.
Un beso, un abrazo que detiene el mundo
aunque sea por un segundo.
Pero también está lo terrible:
la soledad que grita entre multitudes,
la mirada que se pierde en la nada,
las historias que no se cuentan
porque pesan demasiado.
Y sin embargo, la ciudad sigue,
late, respira, insiste.
Porque mañana será otro día,
otro intento, otra herida, otra risa,
otra caminata bajo el mismo cielo incierto.
Y ahí vamos, con todo encima:
el amor, el cansancio, la esperanza, el miedo,
con el alma desordenada
pero obstinadamente viva.
Porque vivir como esta ciudad
es un acto feroz, romántico,
sagrado y a veces, terrible.
  La magia está en sus ojos,
en ese decir sin palabras

miércoles, 25 de marzo de 2026

Capítulo II : La inauguración del edificio: voluntad, urgencia y consagración (1941–1942)

La concreción del edificio de la Academia Nacional de Medicina no fue únicamente el resultado de un proyecto arquitectónico largamente anhelado, sino también la expresión de una firme voluntad institucional por consolidar un espacio propio acorde al prestigio alcanzado por la medicina argentina. Sin embargo, lejos de tratarse de un proceso lineal, su culminación estuvo marcada por urgencias, esfuerzos extraordinarios y una notable movilización de recursos humanos y materiales.
Hacia diciembre de 1941, momento en que la Academia se instaló formalmente en su nueva sede, el edificio distaba de estar terminado. 
A pesar de que su estructura principal se encontraba en pie, múltiples detalles esenciales permanecían inconclusos. 
Estas carencias no solo afectaban el funcionamiento cotidiano, sino que también impedían la realización de un acto inaugural que estuviera a la altura del significado simbólico de la obra.
El Aula Magna, concebida como el corazón de la actividad académica, era quizás el ejemplo más evidente de estas insuficiencias. Carecía aún de las butacas en plateas y palcos, lo que la volvía inapropiada para albergar un evento de gran convocatoria. 
A ello se sumaban la ausencia de pasamanos en las escaleras y otros detalles de terminación que, si bien podían parecer menores, resultaban indispensables en términos de seguridad, estética y protocolo.
En ese contexto, la figura del doctor Mariano Castex adquirió un papel central. Como presidente de la Academia, comprendía que la inauguración del edificio no debía postergarse indefinidamente. Existía, además, un motivo personal e institucional de peso: su mandato se aproximaba a su fin, y deseaba entregar la presidencia con la sede oficialmente inaugurada, como símbolo de una gestión cumplida y de una etapa consolidada.
Con ese objetivo en mente, se fijó una meta ambiciosa: realizar la inauguración en abril de 1942. El plazo era breve y las tareas pendientes, numerosas. Sin embargo, lejos de desalentarse, se puso en marcha un operativo intensivo que involucró al Ministerio de Obras Públicas y a diversos sectores vinculados a la obra.
El ritmo de trabajo se incrementó de manera notable. Se extendieron las jornadas laborales más allá de los horarios habituales, se incorporaron los días sábados y domingos, y se sumó el esfuerzo del personal de maestranza y administrativo de la propia Academia. 
Este despliegue colectivo revela no solo la urgencia de los tiempos, sino también el compromiso compartido con la concreción del proyecto.
Mientras los trabajos avanzaban en el edificio, se desarrollaba en paralelo la organización del acto inaugural. 
La magnitud del evento exigía una planificación cuidadosa, tanto en términos logísticos como protocolares. 
Se decidió convocar a un amplio espectro de invitados que reflejara la relevancia institucional de la Academia: autoridades gubernamentales, representantes del cuerpo diplomático, médicos de países vecinos y diversas personalidades del ámbito científico y social.
En total, se cursaron alrededor de 500 invitaciones, una cifra significativa para la época. 
Este dato no solo da cuenta de la dimensión del acto, sino también de la red de vínculos que la institución había logrado tejer. 
La distribución de dichas invitaciones implicó una tarea logística considerable. En este punto, resulta especialmente valioso el testimonio familiar que recuerda cómo mi padre participó activamente en esta labor, trasladando personalmente las invitaciones hasta la sede del correo ubicada en Plaza Italia.El 
recorrido, realizado en el tranvía de la línea 35, constituye una imagen elocuente de la vida cotidiana de la época y aporta un matiz humano a la narración. 
En ese gesto sencillo el traslado de sobres cuidadosamente preparados, se sintetiza también el esfuerzo silencioso de quienes, desde roles menos visibles, contribuyeron al éxito del acontecimiento.
Finalmente, el 16 de abril de 1942 fue la fecha elegida para la inauguración. La jornada fue concebida como una secuencia de actos que combinaban lo religioso, lo institucional y lo social, en consonancia con las prácticas protocolares de la época.
Por la mañana, se celebró una misa en la Iglesia del Salvador, oficiada por el reverendo padre José Antonio Laburu, miembro de la Academia, en presencia del nuncio apostólico. Durante la ceremonia se realizó también un responso en memoria de los académicos fallecidos, gesto que otorgó al inicio de la jornada un tono de recogimiento y continuidad histórica. No se trataba solo de inaugurar un edificio, sino de inscribirlo en una tradición que reconocía a quienes habían contribuido a la construcción del saber médico en el país.
Al mediodía, la actividad se trasladó a los salones del Jockey Club, donde se ofreció un almuerzo en honor al presidente saliente, doctor Mariano Castex, y a las delegaciones extranjeras. Este encuentro constituyó un espacio de sociabilidad y reconocimiento, en el que se reforzaron vínculos institucionales y se destacó el carácter internacional de la medicina argentina.
El momento culminante tuvo lugar por la tarde, a las 19 horas, en el propio edificio de la Academia. Luego de la entonación del Himno Nacional, el cardenal Santiago Luis Copello procedió a la bendición del edificio, acto que simbolizó su consagración oficial. La ceremonia fue transmitida por Radio del Estado, lo que permitió amplificar su alcance y proyectarla más allá de los límites físicos del recinto.
La repercusión del evento fue inmediata. Los principales diarios de la época dieron cuenta de la inauguración, destacando tanto la importancia del edificio como la relevancia de la institución. Asimismo, la revista Vida Médica, en su número 14 de mayo de 1942, dedicó un extenso homenaje a la Academia Nacional de Medicina. 
En sus páginas se incluyeron fotografías de los doctores Mariano Castex y Eliseo Segura, así como del frente del edificio, acompañadas por los discursos pronunciados por el Ministro de Obras Públicas y por las autoridades académicas entrantes y salientes.
La inauguración del edificio no fue, por lo tanto, un hecho aislado, sino la culminación de un proceso que combinó esfuerzo material, voluntad política e identidad institucional. Representó, en definitiva, la consolidación de un espacio que no solo albergaba actividades académicas, sino que también simbolizaba el lugar de la medicina argentina en el concierto nacional e internacional.
A la distancia, aquel 16 de abril de 1942 puede leerse como un punto de inflexión. El edificio, finalmente terminado y consagrado, dejó de ser un proyecto en construcción para convertirse en un escenario activo de producción, transmisión y legitimación del conocimiento médico. Y en ese tránsito, quedaron inscriptas no solo las decisiones de sus dirigentes, sino también las huellas de todos aquellos que, con su trabajo cotidiano, hicieron posible su realización.

Capítulo I : La casa de la calle Parera

En el corazón del barrio de Recoleta, allí donde la ciudad adopta un aire silencioso y distinguido, la calle Parera se extiende breve pero cargada de memoria. Apenas dos cuadras separan la calle Guido de la Avenida Alvear, y sin embargo, en ese corto trayecto se condensa una parte significativa de la historia cultural y científica de Buenos Aires.
A comienzos del siglo XX, en el número 119, se alzaba un palacete de líneas elegantes que había pertenecido a la familia Mihanovich. La residencia, concebida originalmente como vivienda de una de las familias más acomodadas de la ciudad, fue alquilada por la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, que encontró allí su primera sede estable. El alquiler, fijado en 1.500 pesos mensuales, selló el destino del edificio como escenario de una intensa vida académica.
La casa no solo impresionaba por su ubicación, sino también por su diseño. De sólida construcción, contaba con subsuelo, entrepiso y dos plantas superiores. 
Una amplia escalera principal articulaba los espacios, mientras los salones vidriados dejaban entrar la luz natural, otorgando al conjunto una claridad que, para la época, resultaba tan moderna como refinada. Aquellos ambientes, pensados en otro tiempo para recepciones sociales, fueron adaptados con precisión a las necesidades del debate científico.
El salón principal constituía el corazón de la vida institucional. 
Con treinta y cinco butacas dispuestas en orden, reunía a los académicos en sesiones donde la palabra tenía un peso específico.
Frente a ellas, una plataforma elevada, a modo de escenario, organizaba la escena y confería solemnidad a cada intervención. Allí se discutían ideas, se exponían trabajos y se construía, lentamente, un pensamiento médico propio.
Nada en la casa había sido dejado al azar. El mobiliario, adquirido en la prestigiosa casa Maple & Co., respondía a los estándares más altos de la época. Cada pieza había sido elegida bajo la supervisión de los propios académicos, quienes no solo definieron el uso de los espacios, sino también su estética. De este modo, el edificio se convirtió en una síntesis de elegancia europea y funcionalidad científica.
En el primer piso se encontraba una vasta colección de diarios y revistas especializadas. Aquella hemeroteca constituía una herramienta fundamental para el trabajo cotidiano, reflejando el esfuerzo por mantener a la institución conectada con los avances internacionales. Años más tarde, ese mismo material sería cuidadosamente embalado para su traslado a la nueva sede, en una tarea que exigió paciencia y dedicación.
Esa mudanza, realizada en diciembre de 1941, marcó el final de una etapa. 
Todo fue trasladado a la sede de la Avenida Las Heras, donde la Academia consolidaría su presencia definitiva. Junto con muebles y documentos, también se trasladó una valiosa biblioteca donada por el doctor Pedro Arata. Esa colección, testimonio del compromiso con el conocimiento, aún hoy se conserva en la sala de reuniones de la Comisión de Biblioteca de la institución.
Pero la historia de la casa no se agota en sus salones ni en sus libros. 
También está hecha de presencias silenciosas. 
El matrimonio formado por Savino Fernández y Regina Fernández, antiguos empleados de la familia Mihanovich, pasó a desempeñarse como encargado del edificio cuando la Academia se instaló allí. 
Su labor cotidiana, discreta pero indispensable, acompañó cada jornada de trabajo. Savino, en particular, continuó en funciones incluso después del traslado, permaneciendo como portero en la nueva sede hasta su jubilación.
Mientras avanzaba, no sin demoras, la construcción del edificio en la avenida Las Heras, la casa de la calle Parera mantuvo su vitalidad. 
En sus ambientes se instaló el Instituto de Investigaciones Aplicadas a la Patología Humana, creado por el académico Mariano Castex. Bajo su dirección, el instituto impulsó una nueva etapa en la investigación médica, orientada hacia un enfoque más experimental y aplicado.
El fondo del palacete ofrecía un contraste sereno con la actividad intelectual de sus interiores. Allí se extendía un jardín cuidado, espacio de descanso y contemplación. 
No era un detalle menor: en una ciudad en expansión, ese rincón verde reforzaba el carácter doméstico del edificio. 
A ello se sumaba otro signo de modernidad poco frecuente en la época: un lujoso ascensor, que hablaba del nivel de confort y de la sofisticación de la residencia original.
Con el traslado definitivo, la casa de la calle Parera quedó atrás como sede institucional, pero no como memoria. 
En sus habitaciones había transcurrido una etapa fundacional, un tiempo en el que la medicina argentina consolidaba sus bases entre discusiones, lecturas y esfuerzos compartidos.
Hoy, la calle permanece. Silenciosa, elegante, casi ajena al ritmo acelerado de la ciudad. Sin embargo, en el número 119, aunque transformado por el paso del tiempo, todavía parece latir la huella de aquellos años. Como si, entre sus muros, persistiera el eco de las voces que alguna vez dieron forma a una vocación científica y a una tradición que aún perdura en Buenos Aires.

jueves, 19 de marzo de 2026

 En el Raggio a lo largo de los años, alumnos, padres y profesores, trabajando de manera conjunta, lograron alcanzar un objetivo que parecía lejano, un viaje a Europa para los futuros egresados. 
El primer viaje, realizado en 1962 como experiencia piloto, marcó el inicio de una tradición que se extendería desde 1966 hasta mediados de la década de los 70, cuando la difícil situación económica del país hizo imposible su continuidad debido a los altos costos.
No se trataba de simples viajes de fin de curso. Eran verdaderas experiencias de extensión cultural, cuidadosamente planificadas y sostenidas por un profundo compromiso colectivo. 
Participaban aquellos alumnos que se destacaban tanto por su rendimiento académico como por su conducta, acompañados por dos o tres docentes.
La preparación no era menor; implicaba años de trabajo. 
Se fomentaban valores como la responsabilidad, el compañerismo y la solidaridad. 
También se buscaba formar a los estudiantes en conocimientos generales sobre las costumbres, la cultura y las formas de vida de los países a visitar, facilitando así una mejor adaptación. Paralelamente, se organizaban actividades para recaudar fondos y gestionar todo lo necesario para concretar el viaje.
Todo esto se regía por normas establecidas mediante una resolución de la Dirección para los Viajes de Estudio y Extensión Cultural, a las que debían ajustarse los grupos participantes.
En aquel viaje piloto participaron los alumnos Ricardo Andresik, Miguel Ángel Fasson y José E. Gregui, bajo la dirección del regente Eduardo Madero. 
La preparación llevó dos años, y la experiencia que “nunca costó poco, resultó profundamente fructífera.
Durante un crudo invierno europeo recorrieron ciudades de Italia como Génova, Pisa, Roma, Asís, Florencia, Venecia, Verona, Milán y Turín; de Francia, Marsella y París; de España, Barcelona, Madrid, Toledo, El Escorial, el Valle de los Caídos, Córdoba y Sevilla; y de Portugal, Vila Real de Santo António y Lisboa. Visitaron museos, catedrales, sitios históricos, centros culturales e incluso plantas industriales.
Sin duda, el mayor logro no era el itinerario en sí, sino el cambio que se producía en los jóvenes: una transformación visible, entre el asombro y el compromiso, que se traducía en madurez y un profundo sentido de agradecimiento.
El contacto directo con Su Santidad el Papa o con centros industriales de gran desarrollo como Heidelberg, Olivetti o Pegaso dejó huellas imborrables en la formación de muchos alumnos.
Mucho trabajaron también para el crecimiento del VER docentes como Betty Turletti, Luis Ferroni, Hugo Bagge Bengtsson, Ricardo Turconi, Héctor Fiorito y Victoria Passerini.
Años después, cuando ingresé a la escuela en primer año. Vendíamos rifas, incluso en cuotas, mientras los alumnos de sexto venían a pedirnos, casi con súplica, que los ayudáramos a vender para poder viajar. 
Con el tiempo, escuchar sus vivencias, ver filmaciones y fotografías, y conversar con docentes como Luis Ferroni o el arquitecto Huertas, me permitió comprender la magnitud de esas experiencias.
Aunque no me tocó vivirlo, siempre sentí el deseo de haber sido parte. 
Hoy, al recordarlo, nace la necesidad de rendir un homenaje emotivo a aquellos profesores y alumnos que lo hicieron posible.
Evidentemente, era otro país, otra Argentina, donde las posibilidades parecían distintas, pero donde, sobre todo, había un enorme espíritu de esfuerzo compartido.



Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...