viernes, 13 de marzo de 2026

Siempre supe
que algún día el viento
me llevaría hasta allí,
justo allí
donde nos encontramos por primera vez.
Donde, atrevidamente,
me besaste y dejaste en mí
una marca para siempre.
No recuerdo
qué pasaba alrededor.
Tal vez los bondis
marcando su paso pesado,
tal vez el semáforo
titilando en verde
como si también dudara.
Pero el silencio
pudo más que la brisa de la noche.
Y yo, solo me dediqué a escucharte,
a mirarte, a observarte
como si el mundo entero
se hubiera detenido.
La noche se llevó las estrellas,
ocultó la luna, apagó el cielo.
Y sin embargo, solo vos brillaste
por la avenida, esa de veredas anchas
y locales cerrados por seguridad y por sueño.
Fue entonces,
cuando te vi llegar de lejos,
que supe que todo lo demás
era solo cuestión de empezar a caminarlo.
Y sin decirlo, lo hicimos.
 Aquella tarde el sol se rindió lentamente
sobre el borde del río,
y la tarde, cansada de tanta luz,
se acostó a descansar sobre las aguas quietas del delta.
Entonces la luna,
que parecía demorarse a propósito
como una mujer que sabe
que su belleza se vuelve más intensa
cuando se hace esperar, apareció.
Y salió más hermosa que nunca.
Su luz cayó sobre el río
como una caricia larga,
como una mano tibia
recorriendo despacio la piel de la noche.
El delta se encendió en silencio,
las islas respiraron calma,
y el agua empezó a brillar
como brillan tus ojos
cuando decís buen día.
Y en ese momento pensé en vos.
Pensé en tu mañana
despertándose despacio entre mates,
en tus manos estirándose hacia el cielo
mientras el sueño todavía
se queda abrazado a tu cuerpo.
Pensé en tu pelo desordenado por la madrugada,
en tu voz todavía tibia,
en tu forma de empezar el día
como si el mundo pudiera ser bueno
solo por existir.
Y entonces mi día se ilumina.
Porque saber de vos
es como ver salir la luna
después de una tarde interminable.
Por suerte allá no llueve
como suele llover en algunos rincones
de esta bendita tierra
donde a veces los gritos crecen
como tormentas inútiles
y los insultos caen
como lluvia amarga.
Allá no, allá existe la paz.
Existe el silencio bueno.
Existe la palabra que se escucha.
Y sobre todo, existís vos.
Vos,
que sos como ese refugio secreto
donde el mundo se vuelve más lento
y el tiempo parece quedarse dormido
sobre tu pecho.
Y cuando me pierdo en tus brazos
el universo deja de girar.
Descanso ahí,
arrullado en tu calor,
después de esos minutos de locura infinita
donde el deseo rompe todos los límites,
donde las manos ya no preguntan
y los cuerpos hablan un idioma antiguo
que nadie nos enseñó
pero que sabemos perfectamente.
Porque cuando estamos solos
lo imposible deja de ser imposible.
La piel aprende caminos nuevos.
El aire se vuelve más denso.
La respiración se mezcla.
Y el mundo entero parece detenerse
solo para mirarnos.
Como si la noche misma
quisiera aprender de nosotros
la forma exacta del amor.
Y afuera, tal vez,
llueve sobre Buenos Aires.
Llueve sobre las calles cansadas,
sobre los balcones,
sobre los techos de chapa
y los bares que todavía guardan historias.
Pero aquí,
en este pequeño universo
donde tu respiración roza la mía,
la lluvia no hace ruido.
Porque el río escucha.
La luna nos mira.
Y el delta,
silencioso y cómplice,
guarda el secreto
de dos cuerpos
que aprendieron a encontrarse
como se encuentran la noche y la marea.
Lentamente.
Inevitablemente.
Y con una ternura tan profunda
que hasta el cielo
parece quedarse en silencio
para no interrumpirnos.


  El cielo amaga una y otra vez,
y desde el último piso
el viento revolotea la ropa
como si jugara con la mañana.
Sobre el río los veleros regresan,
y en la calle el sol quiebra la luz temprana
con un otoño que empieza a llegar,
despacio… muy despacio.
Como llegaste vos.
Paso a paso,
sin romper nada de lo que encuentra tu camino,
enarbolando la bandera de la paz
y no la de la guerra;
la del diálogo
y no la de los gritos desaforados.
Así, entre pasos lentos,
comenzaste a construir
un hermoso nido de sensaciones:
caricias, alegrías,
pequeños instantes que fueron armando el día.
Detrás de una sonrisa,
de un beso,
de una flor de perfume suave y fino.
Lejos de las discusiones
que a diario llenan el mundo
y a veces opacan el sol.
Porque el sol
solo hay que recibirlo
sin enojos,
solo con sonrisas.
Y entonces
el día y nosotros
encontramos el resto del camino,
aun frente a la adversidad
más grande que se pueda imaginar.
Porque el amor verdadero
no levanta la voz,
no empuja, no hiere.
El amor verdadero
camina despacio,
como el otoño que llega,
y cambia el mundo
sin violencia.


Un coñac, un café
y una larga noche donde todo estaba por descubrirse.
El invierno entraba por la rendija de la ventana
como un huésped antiguo,
y el río acunaba la luna
sobre los álamos de la costa enfrentada.
Noche de delta.
Un suspiro dicho a la luna,
un murmullo ofrecido a las estrellas,
y tu cuerpo descansando suave
entre mis brazos.
La soledad del silencio
y el secreto de tu voz
contando pausadamente la vida,
como si cada palabra
fuera una brasa encendida.
Para qué más.
El coñac entibia la sangre,
el café ya está a punto,
y una prenda cae distraída
como una hoja en otoño.
Nos olvidamos del frío.
Entre los leños
cruje algo más que el fuego.
En tus ojos diviso el tiempo,
y en el tiempo la vida
que se abre despacio
como el amanecer sobre el río.
Amanece.
Y entre la niebla del delta
tu piel guarda todavía la noche,
mientras la luz descubre
lo que el deseo escribió en silencio.
Poesía, romance,
y ese misterio suave
de seguir despertando
siempre a tu lado
a orillas del río.
Caminábamos por la avenida Corrientes, esa calle que dicen que nunca duerme. 
Era sábado por la noche y la ciudad estaba en su punto más vivo: las luces de los teatros encendidas, las marquesinas brillando como si cada una prometiera una historia distinta, los cafés llenos, las pizzerías rebalsando de gente y el murmullo constante de miles de pasos que iban y venían.
El aire tenía ese olor mezcla de Buenos Aires nocturna: café recién hecho, pizza al horno, humo de parrilla que escapaba desde algún restaurante cercano. 
Los taxis pasaban uno tras otro, las bocinas sonaban impacientes y las conversaciones se cruzaban en todos los tonos posibles. Era un bullicio casi enloquecedor, el ruido propio de una ciudad que respira fuerte cuando llega el fin de semana.
Vos caminabas a mi lado, escuchándome mientras yo, casi sin darme cuenta, empezaba a hablarte del bandoneón.
Te decía que es un instrumento extraño, casi misterioso. Que cuando lo tocás con la mano derecha encontrás una escala, pero cuando lo abrís aparece otra distinta. Que lo mismo ocurre con la izquierda. Que en realidad el bandoneón es como si escondiera cuatro caminos musicales diferentes dentro de una misma caja de madera y metal.
Mientras te lo contaba, intentaba explicarte algo que a veces ni los músicos logran poner en palabras: que el bandoneón no se toca solamente con los dedos. Se toca también con el pecho, con la respiración, con la fuerza de los brazos que abren y cierran el fuelle como si el instrumento estuviera vivo.
Seguíamos caminando entre la multitud cuando, de pronto, pasó algo inesperado.
Entre el ruido de la avenida apareció un sonido distinto.
Al principio fue apenas un susurro entre el tránsito y las voces. Pero bastaron unas pocas notas para que algo cambiara. Era un bandoneón.
Nos detuvimos casi al mismo tiempo, como si ese sonido hubiera logrado frenar por un instante el ritmo apurado de la ciudad.
A unos metros, apoyado contra la pared de un viejo edificio, un hombre tocaba. El fuelle se abría y se cerraba lentamente, como si respirara. Cada movimiento parecía sacar del instrumento una emoción distinta: nostalgia, tristeza, esperanza, memoria.
Y en ese momento ocurrió algo curioso.
La avenida Corrientes seguía siendo la misma: los autos, las luces, la gente, el ruido, pero para nosotros todo eso quedó en segundo plano. Durante unos minutos el mundo se redujo a esas notas que salían del bandoneón.
Te dije en voz baja que ese instrumento era un verdadero enigma. Que exige al músico pensar con la cabeza, con los dedos y con el cuerpo al mismo tiempo. Que no es como el piano, donde cada tecla siempre responde igual. En el bandoneón, cada botón cambia según el fuelle se abra o se cierre, como si el instrumento tuviera secretos que solo revela a quien lo conoce de verdad.
Vos escuchabas en silencio mientras la melodía seguía flotando en el aire de la noche porteña.
Había algo profundo en ese sonido, algo que parecía venir de muy lejos: de los barcos que llegaron al puerto hace más de un siglo, de los barrios antiguos, de las historias de gente que dejó su tierra y encontró en el tango una manera de decir lo que sentía.
El bandoneón tiene esa magia. No es solo un instrumento. Es casi una voz.
Y cuando suena en una noche como esa, en medio de la avenida Corrientes llena de vida, uno entiende por qué el tango no es solo música: es memoria, es emoción, es parte del alma de esta ciudad.
Nos quedamos allí un rato más, sin hablar demasiado. No hacía falta.
El bandoneón seguía contando su historia, y nosotros simplemente la escuchábamos mientras la noche de Buenos Aires continuaba girando a nuestro alrededor.




 El Obelisco de Buenos Aires nos vio pasar apenas, de refilón, como si ya estuviera acostumbrado a presenciar historias que empiezan y se desvanecen entre la multitud. Era una de esas noches en que la ciudad parece respirar más despacio, y el aroma a pizza recién horneada subía desde los hornos abiertos hacia la avenida como un recuerdo caliente de barrio.
La vereda esta mitad tomadas por peatones y mitad por artistas callejeros. 
Algunos pintaban, otros cantaban, otros simplemente se animaban a existir ahí, desafiando la prisa de los que pasan. 
Entre ellos, el arte puro, el comercial, el improvisado, el de gorra extendida y mirada humilde. 
Y detrás de las marquesinas iluminadas se abrían los pasillos del Paseo La Plaza, como un pequeño laberinto donde el teatro, la música y la risa encuentran refugio en medio del ruido de la ciudad.
Ella caminaba a mi lado.
A veces me miraba y sonreía, como si supiera algo que yo todavía estaba aprendiendo a entender. 
Su sonrisa tenía esa forma suave que tienen algunas noches de Buenos Aires: algo entre promesa y despedida.
Yo mezclaba su sonrisa con una poesía improvisada que iba naciendo en mi cabeza. 
No la decía en voz alta; la guardaba como se guardan las cosas frágiles. 
Mientras tanto, entre el murmullo de la gente, los colectivos lejanos y las conversaciones que flotaban en el aire, yo escuchaba un tango. 
Nadie lo tocaba realmente. Pero estaba ahí, caminando con nosotros por las cuadras.
Tal vez sólo yo lo oía.
En Avenida Callao la noche parecía más tranquila. Los edificios altos, con sus balcones antiguos y sus fachadas gastadas por el tiempo, guardaban historias que ya nadie cuenta del todo. 
Buenos Aires tiene ese gesto elegante de las ciudades que envejecen sin perder la memoria.
Sin discursos, sin actos, sin políticos ocupando las esquinas, la avenida recuperaba algo de su verdadera naturaleza: la de ser simplemente un camino donde pasan vidas.
Al llegar a la esquina de Avenida Rivadavia nos detuvimos un momento. Estábamos esperando mesa en La Americana. 
La espera tenía ese sabor simple de las noches largas: hablar poco, mirar mucho.
Frente a nosotros, iluminada con una dignidad casi melancólica, estaba la Confitería del Molino.
El edificio parecía despertar de un sueño antiguo. 
Sus vitrales y molduras brillaban como si el tiempo hubiese decidido detenerse justo ahí. Pero las puertas seguían cerradas, como tantas promesas en esta ciudad.
Y sin embargo, cuando pasé por la vereda, tuve la extraña sensación de escuchar una voz.
La voz de mi abuelo.
Como si desde algún sótano invisible estuviera preparando caramelos, removiendo azúcar en una olla de cobre, trabajando en silencio mientras la ciudad cambiaba allá arriba. Hay recuerdos que Buenos Aires guarda mejor que nosotros.
Porque Buenos Aires es así.
Un poco tango.
Un poco nostalgia.
Un poco de luces que titilan sobre las avenidas… y, a pocos metros, un niño que busca algo para comer en un tacho de basura.
Una mujer que pide monedas para comprarse una porción de pizza.
La belleza y la herida caminando juntas por la misma vereda.
Mis pasos se mezclaban con los tuyos. Las sombras de nuestros cuerpos se alargaban bajo las farolas amarillas. 
Yo caminaba tomándome de tus silencios, y vos me sostenías de la cintura con esa naturalidad que tienen los gestos cuando todavía no saben que algún día serán recuerdo.
Desde una disquería abierta escapaban acordes de guitarra. Era Pappo, rugiendo desde un viejo parlante como si la noche también tuviera motor.
Las motos pasaban.
Los taxis se llevaban historias hacia otros barrios.
Algún bar cerraba sus persianas.
La noche corría por Buenos Aires como un río invisible.
Y nosotros caminábamos dentro de ese río.
Después vino la vuelta a casa, esa parte silenciosa de todas las noches. 
Las calles empezaban a vaciarse. La ciudad se iba acomodando lentamente, como alguien que busca la posición justa para dormir.
Desde lejos, el río respiraba en la oscuridad.
Buenos Aires, cansada de tantas historias, se recostaba poco a poco sobre el agua del Río de la Plata.
Y mientras la madrugada se acercaba sin hacer ruido, pensé que tal vez la ciudad no dormía realmente.
Tal vez simplemente soñaba con nosotros caminando otra vez por sus veredas.


 Los aviones pasaban dejando en el cielo una línea invisible que separaba las partidas de las llegadas. 
Rugían sobre nuestras cabezas como grandes pájaros metálicos, anunciando destinos, despedidas y regresos. 
Pero esa noche no hablábamos de viajes ni de aeropuertos. Nuestro tema estaba más cerca, casi al alcance de la mano, del otro lado de la avenida, donde la vereda nos acercaba al río.
Allí flotaba en el aire un perfume inconfundible: el aroma del choripán y la bondiola asándose lentamente. No era el fuego antiguo de leña que alguna vez encendía las parrillas; ahora todo ardía bajo la llama ordenada del gas de garrafa. 
Una ordenanza municipal, nacida de algún escritorio prudente, había decretado que los leños podían ser peligrosos. 
Tal vez fuera cierto. Tal vez el progreso también consistiera en domesticar el fuego. Pero el aroma seguía siendo el mismo, obstinado, atravesando la noche como una promesa simple y terrenal.
Caminábamos despacio, sin prisa, como si la noche nos perteneciera. Íbamos a visitar a Colón.
Ese viejo marino que un día alguien decidió desmontar, casi como si la historia pudiera desarmarse a martillazos. 
Dicen que fue una señora quien ya no quiso verlo más y ordenó que lo bajaran, que lo separaran en pedazos y lo dispersaran sin pensar demasiado en el orgullo de los genoveses ni en las viejas travesías del navegante. Pero el tiempo, que suele ser más paciente que las decisiones humanas, terminó devolviéndole su lugar.
Ahora Colón estaba otra vez allí: alto, esbelto, mirando el río. Como corresponde a un marino que pasó la vida persiguiendo horizontes.
Entre el agua oscura y la pista de aterrizaje caminábamos abrazados.
Era una de esas noches en que el fresco empieza a insinuarse con suavidad, apenas lo suficiente para obligar a buscar el calor del otro. Vos me abrigabas con un gesto simple, natural, y yo te tomaba de la mano como si ese gesto fuera la forma más antigua y más cierta de sostener el mundo.
Hablábamos de la vida.
De esas cosas que parecen pequeñas cuando se dicen en voz alta pero que en realidad sostienen la existencia: recuerdos, sueños, anécdotas, proyectos, los tropiezos que nos trajeron hasta ese momento preciso en que el río respiraba a nuestro lado.
Más adelante la vereda se ensanchaba, como si la ciudad hubiera decidido hacer una pausa allí. 
El aire corría libre, mezclando perfumes: el del río ancho y oscuro, el de las parrillas cercanas, el de tu piel que el viento acariciaba antes de alcanzarme.
Había algo en ese instante que parecía suspendido fuera del tiempo.
Los aviones seguían pasando, marcando destinos lejanos. El río seguía avanzando con su paciencia milenaria. Y nosotros, entre esas dos fuerzas, el viaje y el agua, caminábamos despacio, como si cada paso fuera una manera de escribir la noche.
Era una noche más, podría decir cualquiera.
Pero no lo era.
Porque en esas caminatas simples, sin grandes ceremonias ni promesas solemnes, algo empezaba a revelarse. 
Mientras redescubríamos Buenos Aires, sus orillas, sus historias, sus monumentos reconstruidos, también nos descubríamos nosotros mismos.
Entre poemas improvisados, relatos que nacían de la memoria y pequeñas anécdotas que parecían insignificantes, la noche se iba llenando de sentido.
Y allí, a la orilla de un río al que la ciudad decidió un día darle la espalda, nosotros habíamos encontrado otra forma de mirarlo.
Tal vez porque los ríos saben algo que las ciudades olvidan:
que todo fluye, que todo cambia, y que hay momentos raros, luminosos, en que dos personas caminando juntas pueden sentir, por un instante, que el mundo entero respira al mismo ritmo que sus pasos.


 Llovió…
y el cielo, bandoneón herido,
apretó sus nubes contra el pecho
dejando caer sus notas de agua
sobre las veredas cansadas de la ciudad.
Llovió,
y cada gota fue un suspiro
que el río guardó en silencio,
mientras el viento ese viejo malevo
arrastraba recuerdos por las esquinas.
Llovió…
y en los charcos dormidos
se reflejaron las luces de la noche
como faroles temblando
en el corazón mojado de Buenos Aires.
Pero después del llanto del cielo
salió el sol,
como un abrazo tibio
para los que todavía creemos
que el amor puede salvar el día.
Entonces sonó el saxo para mí,
lloró el piano para vos,
y la orquesta entera se levantó
como un tango infinito
que caminaba despacio por la avenida.
Llovió…
pero marzo abrió sus alas
como un patio lleno de glicinas,
y la ciudad respiró profundo
el perfume húmedo de los sueños.
Y ahí estábamos nosotros,
dos locos felices
pedaleando la vida en bicicleta
por las calles de Buenos Aires.
Las ruedas giraban como el tiempo,
los semáforos guiñaban sus ojos de colores,
y la brisa del río nos contaba secretos
que solo entienden los enamorados.
Pasamos por plazas dormidas,
por bares donde la nostalgia
se queda fumando en la ventana,
y por balcones donde la luna
empieza a colgar sus pañuelos de plata.
Llovió…
pero ya no importaba.
Porque en cada esquina
tu risa era un farol encendido,
y en cada pedalada
mi corazón marcaba el compás del tango.
Esperamos la noche
como esperan los puertos a los barcos,
como espera la guitarra
la caricia de una mano.
Y cuando la luna finalmente salió
redonda y silenciosa
sobre el río oscuro,
nos detuvimos.
La ciudad respiraba despacio,
el viento se quedó callado,
y el mundo entero parecía escuchar
el latido de ese momento.
Entonces nos besamos.
Y en ese beso
la lluvia, el sol, la música y la ciudad
se hicieron uno solo.
Porque hay lluvias que borran tristezas,
y hay besos
que vuelven eterno
un simple instante de amor
en Buenos Aires.


El sol se escondió cansado
detrás de la vieja avenida,
y en el último piso del barrio
la lluvia seguía cayendo.
La vereda guardaba en silencio
cicatrices de años perdidos,
debajo de alguna alfombra
de sueños que no han vuelto vivos.
Un tango en re sostenido
se alzó desde algún bandoneón,
y el barrio quedó enmudecido
escuchando su confesión.
El tránsito quedó dormido
y la luna empezó a mirar
cómo sonreeian los balcones
viendo la noche llegar.
Entonces tomé tu mano
como quien vuelve a creer
y caminamos despacio
sin saber qué iba a llover.
De los balcones caían
hojas secas del viejo otoño,
como cartas olvidadas
que nunca dijeron tu nombre.
Y cuando la lluvia volvió
a lavar la triste avenida,
las alcantarillas lloraron
todo el dolor de la vida.
Porque en cada gota que cae
late un recuerdo de él.
Esa sombra que en tù tango
todavía camina en la vereda.
 Si volviera
Arturo Jauretche
con su saco gastado
y ese modo de mirar Buenos Aires


como quien lee un libro abierto 
en los cordones de la vereda,
no hablaría primero en conferencias
ni en universidades.
Se sentaría en un café cualquiera,
de esos donde el pocillo es corto
y la charla larga, y escucharía.
Escucharía la radio
donde todos opinan del país
como si fuera un partido de domingo.
Escucharía a los doctores
que explican la Argentina
como si fuera un error estadístico.
Y después,
con esa ironía de barrio
que parecía sonrisa
pero era bisturí, diría despacio:
Mire compañero…
las zonceras no se murieron.
Se multiplicaron.
Porque ya no vienen
solo en libros finos
ni en discursos solemnes.
Ahora vienen en pantallas,
en frases de moda,
en expertos que hablan de la patria
como si fuera un balance contable.
Y entonces recordaría
su viejo mapa del engaño:
Manual de zonceras argentinas
abierto otra vez
como un manual de supervivencia nacional.
Las mismas trampas
con distinto maquillaje.
La vieja idea
de que lo nuestro vale menos.
La vergüenza de ser
lo que somos.
Diría también que el país no se pierde
solo cuando lo venden, sino cuando lo explican
sin haberlo caminado.
Porque la Argentina no está en los informes
ni en las embajadas
ni en los congresos de economistas.
Está en el colectivero
que sabe más de inflación
que veinte consultoras juntas.
Está en la jubilada que hace milagros
con la misma plata
con la que otros hacen teorías.
Y entonces recordaría
a esos que describió hace tanto
en otro espejo incómodo:
El medio pelo en la sociedad argentina
Ese país que quiere parecer lo que no es,
que pide permiso para existir
y después se ofende cuando lo ignoran.
Jauretche miraría alrededor
y vería algo más triste todavía:
no el error, sino la costumbre del error.
La resignación elegante.
La inteligencia usada
para justificar la derrota.
Y tal vez escribiría otra vez
contra esos profetas
que anuncian la desgracia
como si fuera ciencia exacta:
Los profetas del odio
Pero esta vez no serían solo escritores.
Serían panelistas.
Consultores.
Especialistas en explicar
por qué siempre debemos perder.
Diría, quizá,
que el problema no es equivocarse.
El problema
es pensar con cabeza prestada.
Y que una nación
no se destruye de golpe.
Se desgasta.
En pequeños desprecios.
En imitaciones torpes.
En el orgullo
de repetir frases extranjeras
sin entender la propia calle.
Entonces miraría el Río de la Plata
gris como siempre
y hermoso como siempre
y diría algo simple:
Este país no necesita salvadores.
Necesita memoria.
Necesita coraje
para pensar desde acá
y no desde los manuales.
Y antes de levantarse del café
anotaría en un cuaderno
la última zoncera del siglo:
creer que la Argentina
es imposible.
Porque si algo sabía
Arturo Jauretche
es que este país
siempre fue improbable.
Pero también sabía
algo que todavía  aprender:
que la patria no es una idea elegante.
Es una pelea diaria
contra el desprecio
y contra el olvido.
Y mientras pagara el café
seguro murmuraría
con una mezcla de tristeza y humor:
El problema, muchachos,
no es que falten Jauretches.
El problema es que todavía sobran
zonceras.

 Mina linda…
vos que le ponés sonrisa al laburo
cuando el día viene cruzado,
vos que alumbrás la mañana
como farol de esquina en barrio viejo.
Te miro y se me hace tango el silencio.
Porque tenés ese no sé qué
de mujer brava y dulce,
de esas que caminan firme
pero te desarman con una risa.
Y mirá que esta ciudad es dura,
pero cuando andás cerca
hasta el empedrado parece cantar.
Yo te imagino conmigo
cuando la noche baja despacito
sobre Buenos Aires.
Caminando por Corrientes
mientras los bares guardan historias
y algún bandoneón se queja en la vereda.
Iríamos sin apuro,
como dos cómplices del destino,
charlando pavadas,
robándole minutos a la madrugada.
Y en una de esas esquinas
de esas que saben de amores bravos
te diría, bajito:
que sos la mujer
que me desarma la rutina,
la que me cambia el paso,
la que le pone música
a mis días grises.
Que si el destino es un tango
medio torcido y sentimental,
yo lo quiero bailar con vos,
mina querida,
por todas las noches del arrabal
y por todos los días que vengan.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...