jueves, 8 de enero de 2026

 Navegamos entre mates,
en un intercambio de palabras
único, irrepetible,
de esos que no se fuerzan
y nacen solos,
como si ya se conocieran.
Después de algunos temas livianos,
los riffs pusieron clima de rock
y los bailamos lento,
como cuando todo parecía eterno
y el tiempo todavía no sabía correr.
Pasaron los años,
y mejor que un whisky con hielo
y un café acompañando la conversación,
esa que nació cuando dejamos la ropa
apoyada en una silla y una pequeña ropa interior
nos cubría la nada con una simpatía desarmante.
Los dos del mismo color,
hablando de cosas perdidas,
esas que solo encuentra la memoria
cuando acomoda el lugar,
ese que está en el rincón del sótano
o en el galpón del fondo.
A veces lo abrimos sin pensar
y sale un perfume único,
antiguo y vivo, que nos gusta
porque nos reconoce.
Y entonces entendemos
que no todo se perdió,
que algunas historias
siguen respirando ahí,
entre mates, música, vasos sudados
y palabras que todavía
saben desnudarse despacio
igual que nosotros.

domingo, 4 de enero de 2026

El ventilador gira como un mantra inútil.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.

La calma vive en el Delta,
donde la luz aprende a quedarse
y el río canta bajito
para no despertar al amor.
Allí el agua crece sin miedo,
como crece la ternura,
despacio, sabiendo que todo vuelve
si se lo espera con el alma abierta.
En el muelle, el mate pasa de mano en mano
y también las miradas, esas que dicen más
que cualquier promesa.
Los gritos no llegan hasta acá,
se quedan lejos,
porque este rincón del mundo
eligió la suavidad.
El río nos abraza cuando viene
y cuando se va, nos deja la certeza
de que amar es eso,
estar, fluir, y volver siempre.
El delta brilla, no por el sol,
sino porque el amor
aprendió a vivir en él.

Vuelvo caminando a esas noches como quien abre una caja de luz. No había prisa, había amigos, había compañía y una ciudad que nos ofrecía rincones donde soñar sin pedir permiso. 
Entrábamos juntos, riendo bajo, sabiendo que algo iba a pasar aunque no supiéramos qué.
Esos lugares eran pequeños, casi secretos. 
Mesas apretadas, luces suaves, el murmullo que se detenía cuando empezaba una canción. 
Y ahí, en esa cercanía, todo parecía posible; cantábamos por dentro, nos mirábamos cómplices, convencidos de que el mundo estaba empezando de nuevo, también para nosotros.
Las noches eran inolvidables porque no buscaban serlo. 
Eran simplemente verdaderas. Compartíamos el asombro, el café, el whisky, las palabras dichas a media voz. 
Soñábamos en esos rincones, creyendo que el arte, el amor y la amistad podían cambiarlo todo.
Con el tiempo, esos sueños llenaron estadios. Las voces que escuchamos tan cerca crecieron, se hicieron multitud. 
Pero en mi memoria siguen siendo nuestras nacidas ahí, en la intimidad de un comienzo espléndido, cuando todo estaba por hacerse y nosotros éramos parte del primer latido.
Hoy recuerdo esas noches con una sonrisa tranquila. No como algo que se perdió, sino como algo que vive en mí. Porque hay comienzos que no terminan nunca, siguen iluminando el camino, aunque la música suene ahora en otros lugares.

El Parakultural fue uno de esos lugares que no se explican: se recuerdan con el cuerpo. Estuve ahí, en esos años finales de los 80, cuando Buenos Aires todavía estaba saliendo de la dictadura y necesitaba, con urgencia, espacios donde respirar sin pedir permiso.
Funcionaba como un centro cultural subterráneo, casi clandestino, entre 1986 y 1990. Pero más que un lugar era un estado de ánimo. Entrar al Parakultural era aceptar que todo podía pasar: teatro, música, poesía, cuerpos mezclados, risas incómodas, provocación y libertad, Nada estaba del todo terminado, y eso era lo mejor.
Fundado por Omar Viola y Horacio Gabin, su nombre ya decía mucho: para-cultural, en contra de lo hegemónico, a favor de lo disidente. 
Ahí se ensayaban nuevas formas de decir, de moverse, de burlarse de una sociedad todavía rígida. El humor era ácido, el mal gusto se volvía vanguardia, y la parodia social era una forma de resistencia.
Vi pasar a Las Gambas al Ajillo, a Batato Barea, a Las Poetizas. Escuché rock, punk, post-punk. Los Redondos, Sumo, Flema, Los Fabulosos Cadillacs aparecían como parte de un mismo pulso subterráneo. Punks, artistas, curiosos y noctámbulos compartíamos el mismo espacio sin jerarquías. 
Todo era mezcla, tribu, experimento. Con el tiempo, el Parakultural también mutó y se volvió milonga, dejando otra huella inesperada: el tango convivía con ese espíritu libre que nunca se fue del todo. Muchos de quienes pasaron por ahí saltaron después a los medios masivos en los 90, pero en ese momento nadie pensaba en carreras ni en fama. Se trataba de estar, de probar, de romper.
Hoy lo recuerdo como un semillero irrepetible. Un lugar donde la libertad creativa no era un discurso sino una práctica diaria. El Parakultural no fue solo un centro cultural, fue una respuesta visceral a años de silencio. Y haber estado ahí es algo que todavía vibra cuando lo pienso.

Ayer.
Cuando el tiempo todavía estaba tibio
y Buenos Aires respiraba despacio.
No fui solo.
De mi brazo venía una mujer
hermosa y antigua.
Se llamaba Historia
y caminaba como quien sabe
que todo ya ocurrió
y, aun así, sigue doliendo.
Ayer sus dedos tocaron los muros
y las piedras recordaron.
San Ignacio nos miró en silencio,
con siglos colgados del campanario,
y yo sentí que rezaban
los que ya no están.
En la Sala de Representantes
el aire se volvió promesa.
Juramentos flotaban como polvo dorado
y hombres sin nombre pasaban despacio,
con la patria temblando en la voz.
Historia me apretó el brazo,
ella sabe cuándo el pasado pesa.
Ayer bajamos.
Los túneles nos tragaron
como una boca antigua.
Allí Historia era sombra y fuego,
contrabando de ideas,
miedo escondido,
pasos que no querían ser oídos.
Las paredes sudaban siglos
y yo entendí
que la memoria no es limpia ni cómoda.
De pronto, un golpe.
Otro,1966.
Historia cerró los ojos
y no me soltó.
Los bastones aún caen
cuando nadie mira.
Ayer salimos a la luz.
Los patios respiraban.
La ciudad seguía viva, ajena,
pero algo en mí
se había quedado allí abajo.
Antes de irse,
Historia me miró.
Sonrió con tristeza antigua
y me besó la frente
con labios de tiempo.
Ayer caminé la Manzana de las Luces.
Hoy la sigo caminando por dentro.

 Ni siquiera el viento se detuvo al verte pasar:
fue apenas una ráfaga leve,
un suspiro tibio, casi brisa,
como si el mundo respirara 
más hondo para no interrumpirte.
En ese instante
cuando tu andar dejó huella sin tocar el suelo
te vi llegar elegante,
abriendo un surco invisible
en la tierra blanda de la memoria,
dejando la marca exacta de tu presencia
donde antes no había nombre.
No hubo silencio, hubo un beso.
Y eso bastó, desde ese momento 
la noche giró sobre sí misma
como una moneda lanzada al destino,
y nunca volvió a ser la misma.
Vos lo supiste, yo lo supe.
Hay encuentros que cambian la forma de la oscuridad.
La luna esa que solo sale en mi barrio,
cuando llueve en la ciudad,
nos acompañó siempre,
aunque la lluvia cayera en otro barrio
y acá, sin embargo, brillarán las estrellas,
como si también ellas hubieran sido testigos.
Porque desde entonces,
cada vez que el cielo duda,
tu recuerdo le enseña a iluminarse.


Te escucho,
me escuchás,
y en ese gesto sencillo
vamos armando la metáfora más grande:
la vida.
Amar es decir sin gritar,
es comprender sin herir,
es compartir la palabra
como quien ofrece abrigo.
Los gritos alejan,
los insultos no construyen nada.
En cambio, el diálogo enriquece,
ensancha el alma,
acerca los cuerpos.
Amar es dialogar,
dialogar cada día,
elegirte palabra a palabra,
amarte un poco más
en cada conversación.
Porque el diálogo siempre es mutuo,
como el amor verdadero,
uno habla, el otro escucha,
y entre ambos
nace algo que vale la pena cuidar.

Primer día del año
y Buenos Aires se despereza
con vos al sol, mate tibio,
piel brillando al lado del agua
como una promesa que no necesita apuro.
Yo te miro sin verte,
porque también se escribe con los ojos cerrados.
El éter nos envuelve, esa electricidad lenta
que empieza en la nuca y baja sin pedir permiso.
Descansás y el mundo afloja.
El silencio se vuelve piel,
el deseo aprende a respirar
sin gritos, sin prisa.
Arriba del Obelisco
una estrella cae en diagonal,
como un tango bien dicho,
arrastrado, sensual,
marcando el ritmo exacto
entre tu cintura y mi espera.
Buenos Aires nos gira alrededor,
cómplice, con sus veredas calientes
y su luna mirona.
Yo te acompaño, vos me dejás quedarme,
y eso ya es un gesto íntimo.
Este instante no se repite.
Es una caricia que sucede una vez,
una caída lenta, un roce eterno.
Primer día del año,
y el amor cuando es verdadero
se dice así, cerca, porteño,
y ardiendo despacio.

Bernardo abrió la noche
con la flauta de una milonga,
la llevó despacio
hasta volverla vals,
como quien cambia el pulso del corazón
sin avisar.
Lito lo siguió, un solo largo, intenso,
más largo que el tiempo,
más hondo que cualquier recuerdo.
Duró más que John Lee Hooker
en una madrugada sin fin,
y nadie quiso que terminara.
González no se quedó atrás.
hizo estallar una criolla entre sus manos,
fuego puro, madera viva,
y el escenario ardió sin quemarse.
El Luna gritó sus nombres,
los aplaudió de pie, fueron ellos.
Salieron y volvieron.
Una, dos, tres, seis veces.
Podríamos haber pasado
toda la noche escuchándolos.
Las luces se encendieron
pero nadie se movió.
Salieron una vez más
y les gritamos la última.
Trece minutos eternos.
La piel erizada.
Las lágrimas marcando surcos
en rostros que no querían disimular.
Y en un chau, simple, honesto,
se fueron.
La noche quedó ahí, ardiendo en silencio,
guardada, para siempre en mi memoria.

Tu sonrisa no entra en el tango,
pero el tango aprendió por mirarla,
se le aflojó la pena a la noche
y el bandoneón dejó de sangrar.
No es sonrisa de foto ni fiesta,
es de esquina, de mate y verdad,
de esas luces que alumbran despacio
cuando el mundo se empieza a apagar.
Buenos Aires se queda escuchando
cada vez que la dejás salir,
porque sabe que en esa curvita
hay un barrio que quiere vivir.
Yo venía con años torcidos,
con el alma cansada de errar,
y tu boca, sin decir promesas,
me enseñó que valía esperar.
Si algún día el dolor vuelve a invitarme
a sentarme en su mesa de hiel,
que me alcancen tu risa en la sombra:
con eso me alcanza… mujer.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...