jueves, 11 de diciembre de 2025

                                        No fue sudor
fue la entrega completa,
el cuerpo y el alma encendidas
sobre una sábana donde el mundo dejó de existir.
Tu cabello, húmedo
como recién salido de la lluvia,
caía sobre vos
mientras tu cuerpo respiraba
esa danza nueva,
esa pulsación que descubría el universo
del mismo modo en que yo
te descubrí a vos.
El instante pudo ser eterno:
no había tiempo,
no había fuera,
solo el milagro de ser uno,
de reconocerse en el otro
como un fuego compartido.
Faltó apenas
el columpio de la luna,
el coro leve de las estrellas,
y esa luz tenue de tu sonrisa
que enmarcó la escena
como el comienzo perfecto
de un viaje sin regreso.


Es la entrega silenciosa,
la manera en que tus brazos me reciben
como si abrazaran un recuerdo,
como si el tiempo, por un instante,
se detuviera a mirarnos.
Tu cuerpo llega al mío
con la suavidad de una mariposa porteña,
esa que vuela sin hacer ruido
pero que deja en el aire
el perfume tibio de lo inevitable.
Y te quedás,
como quien encuentra cobijo
en un latido que también busca hogar.
Cuando la luna se esconde
y la noche apaga su farol más alto,
los grillos afinan el último tango,
esa melodía que solo escuchan
los que aman a contraluz.
Entonces aparece la primera estrella,
y lleva tu nombre escrito
con la tinta húmeda del deseo.
Tu vestido largo, secreto,
hecho de sombras y caricias
se mueve como un bandoneón que suspira
al compás de nuestros cuerpos,
que se buscan, se acercan, se reconocen
en un abrazo que es casi un milagro.
Y así, entre tango, luna y destino,
tu amor se vuelve la música
que me sigue incluso cuando callo.
 Fue el destino,
sí, ese duende caprichoso
que juega a las escondidas con la vida,
el que nos juntó entre frutillas congeladas,
cuando el cielo se abrazó con el horizonte
y el sol, atrevido,
se animó a besar a la luna
como si fuera la primera vez.
Ahí estábamos,
vos y yo,
adentro de un cuento que podría haber escrito Cortázar
entre cigarrillos, relojes desobedientes
y gatos que cruzan las veredas de Boedo
con más sabiduría que los poetas.
Y de fondo sonaba el Nano,
sí, Serrat,
con una de esas canciones que uno no espera
pero que se clavan justo donde duele
para recordarnos
que nunca más tenemos que caminar solos
por este Buenos Aires enloquecido,
que a veces te abraza
y a veces te empuja,
pero siempre te hace volver.
Así nacimos,
tan de repente,
tan de madrugada,
cuando un tango-rock 
mitad bandoneón, mitad guitarra,
nos tomó de la mano
y nos dijo sin decirlo
que a partir de ahora
la ciudad sería distinta,
que cada esquina tendría mi perfume,
que cada farol nos guiñaría un ojo
como celebrando
que el amor, aunque loco,
se animó a elegirnos.
Y desde entonces,
cada noche es poema,
cada madrugada es promesa,
y cada paso es un latido compartido
en esta Buenos Aires que nos mira,
medio cómplice, medio burlona,
pero siempre testigo
de esta poesía loca de amor
que escribimos sin querer,
y que ya no tiene final.


 Donde se parte el río
y comienzan los abrazos,
la noche se desdibuja en el tiempo
como un recuerdo que se afloja
y deja caer sus sombras al suelo.
Los relojes se detienen,
obedientes a ese instante
en que el mundo deja de girar
solo para mirarnos.
Ahí aparecés vos,
deslizándote suave,
casi transparente,
como una brisa que no avanza
sino que entra,
se vuelve centro,
se vuelve alma.
Y entonces pierdo el sentido,
porque el sentido ya no importa
cuando la luz nace de tus pasos.
Y volamos juntos,
sí, volamos,
hacia un mundo desconocido
pero increíble,
tan nuestro como un sueño compartido
que apenas confesamos en voz baja,
como si temiéramos despertarlo.
A veces, solo a veces
nos animamos a imaginarlo;
otras, simplemente sucede,
simplemente somos nosotros
rompiendo la gravedad,
buscando un lugar donde el río se abre
y la noche aprende a brillar
de nuevo.
Ahí, en ese territorio sin mapas,
latimos al mismo tiempo.
Eso es lo profundo.
Eso es lo que vuelve eterno
lo que apenas nació.
 Donde se parte el río
y comienzan los abrazos,
la noche se desdibuja en el tiempo
como un recuerdo que se afloja
y deja caer sus sombras al suelo.
Los relojes se detienen,
obedientes a ese instante
en que el mundo deja de girar
solo para mirarnos.D
Ahí aparecés vos,
deslizándote suave,
casi transparente,
como una brisa que no avanza
sino que entra,
se vuelve centro,
se vuelve alma.
Y entonces pierdo el sentido,
porque el sentido ya no importa
cuando la luz nace de tus pasos.
Y volamos juntos,
sí, volamos,
hacia un mundo desconocido
pero increíble,
tan nuestro como un sueño compartido
que apenas confesamos en voz baja,
como si temiéramos despertarlo.
A veces, solo a veces
nos animamos a imaginarlo;
otras, simplemente sucede,
simplemente somos nosotros
rompiendo la gravedad,
buscando un lugar donde el río se abre
y la noche aprende a brillar
de nuevo.
Ahí, en ese territorio sin mapas,
latimos al mismo tiempo.
Eso es lo profundo.
Eso es lo que vuelve eterno
lo que apenas nació.
 Tu vestido, largo y febril,
baila antes que vos,
como si el bandoneón lo llamara
desde algún rincón empolvado del alma.
Y tu andar, tu andar,
esa caminata lenta, precisa,
que hace que la vereda entera
suspire al verte llegar.
Porque vos no caminás:
marcás el compás, cortás el aire,
haces que la noche se acomode
en cada movimiento tuyo.
La sensualidad te sigue
como un perro fiel,
pero solo vos sabés
domarla sin perder la elegancia.
Las luces amarillas de la calle
se reflejan en tu figura
como si supieran que debajo del vestido
vive un secreto desnudo,
respirando bajito,
esperando el momento justo
para hacerse tango en mi piel.
Y entonces, entre el murmullo de la ciudad
y el lamento del bandoneón,
la noche se abre como un telón antiguo.
Vos avanzás, yo te miro,
y todo se distribuye
color, sombra, perfume, deseo
justo donde debe ir.
Así, sin aviso,
el camino a las nubes se vuelve corto,
apenas un paso,
apenas un abrazo que se estira
en un sueño posible,
dibujado en clave de sol
sobre el pentagrama gastado de la vida.
Y ahí quedamos,
vos con tu vestido que oculta y revela,
yo atrapado en tu noche,
y Buenos Aires entero
detenido en un segundo
que no se anima a terminar.
Porque esto que pasa entre los dos
no es solo poesía,
es un tango que se escribe solo,
al ritmo exacto de tu andar.


 Tango que pariste Buenos Aires
en una tarde gris de milongas y mareas,
tango de la Mireya y Boquitas pintadas,
tango de ayer, de hoy,
de Piazzolla y de Pichuco,
que todavía laten en los adoquines mojados.
Sos poesía que camina,
música que respira,
paso marcado al dos por cuatro
como un corazón que jamás se resigna.
Sos el Buenos Aires que se nos escapa,
el que perdió de a poco la esquina,
el barrio,el umbral de la casa baja,
la luz del farol en la vereda.
Pero seguís ahí, testarudo, eterno,
como un abrazo que no se suelta,
como un amor que vuelve,
como un amigo que nunca se olvida.
Tango de siempre,
del amor y del desamor,
del recuerdo y del olvido,
de los que se fueron y de los que siguen bailando
aunque ya no tengan con quién.
Tango,
vos que naciste entre dolor y fiesta,
entre cuchillos y caricias,
entre el barro y el cielo,
hoy te celebramos
porque sos memoria viva,
alma de esta ciudad
y latido de un pueblo entero.


sábado, 29 de noviembre de 2025

 La lluvia de la tarde desciende sobre Buenos Aires  
como un tacto que reconoce tu piel,  
gota por gota despertando la luz  
que duerme en cada espacio de tu cuerpo.  
El silencio se abre cuando te recuestas,  
y en la siesta tibia, tu respiración  
se vuelve un brillo suave,  
una claridad que nace del deseo  
como un sol íntimo encendiéndose por dentro.  
Los truenos dispersos te trazan en sombras,  
dibujan tu silueta lenta y profunda,  
esa forma viva y luminosa  
que la noche busca con sed,  
que el día sueña con recordar.  
Pétalo ardiente de la vida,  
mujer que danza entre hilos y colores,  
tu cuerpo es un espacio de calma,  
una luz que se abre paso  
donde mis manos imaginadas  
ya aprendieron tu contorno.  
Viajeras tus caderas,  
viajera tu espalda que respira sueños,  
viajera la tibieza que dejas en el aire  
cuando te abandonas al descanso  
y tu piel florece, tibia y abierta,  
como si la tarde entera te deseara.  
Tu corazón descansa y brilla,  
late como una lámpara viva  
que acurruca la vida en su pulso,  
mientras la lluvia, enamorada,  
te roza con un color dorado.  
Y mientras duermes,  
tu cuerpo mece mis sueños de poesía,  
sobrevolando Buenos Aires  
con la belleza de tu calma desnuda,  
bajo el último paraguas que parió un poema.


 Solo ahí, al lado del río,  
donde la orilla encantada respira historias antiguas,  
donde el agua conoce las crecientes, las sequías,  
y guarda en su memoria el pulso secreto del mundo,  
solo ahí el abrazo se vuelve eternidad.
Porque en ese borde vivo del agua  
la piel se ilumina con una luz distinta,  
una luz que nace del roce,  
que se apoya suave sobre los hombros  
y despierta un deseo manso,  
un deseo que no quema, abraza,  
un deseo que no apura, sostiene.
Allí el tiempo deja de correr  
y se vuelve un círculo lento alrededor del cuerpo,  
un susurro cálido que roza el cuello  
como si el viento reconociera la forma del abrazo  
y quisiera sumarse a él,  
como una caricia leve que no se nombra  
pero se siente.
En ese rincón del río  
el abrazo cambia de color,  
se vuelve dorado, profundo, húmedo,  
adquiere un aroma suave  
como a piel recién despierta  
y a hojas que se rozan en la orilla.  
Tiene un perfume que solo existe  
cuando dos almas se encuentran sin ruido  
y se reconocen con la delicadeza  
de quien toca algo sagrado.
Ahí el abrazo respira libre,  
abre el pecho como una flor que confía,  
canta sin voz en la garganta,  
sonríe sin necesidad de gesto,  
y a veces, sí, lagrimea,  
pero son lágrimas dulces,  
esas que no duelen, aligeran,  
esas que no caen por tristeza,  
sino por exceso de belleza.
En esa orilla encantada  
el abrazo tiene un latido propio,  
tiene la fuerza lenta del río  
y la suavidad del reflejo sobre el agua.  
Es un abrazo que escucha,  
que entiende,  
que cobija lo que callamos  
y sostiene lo que apenas podemos decir.
Y así, en ese rincón del mundo,  
cuando la tarde se dobla en luz dorada  
y el agua murmura un canto antiguo,  
el abrazo se hace más grande que la palabra,  
más hondo que el silencio,  
más verdadero que cualquier promesa.
Porque solo ahí,  
con el rumor del río latiendo alrededor,  
el abrazo vence al tiempo,  
vence al miedo,  
vence a la sombra.
Solo ahí  
el abrazo es amor en su forma más pura,  
y tú y yo, en ese instante,  
somos dos cuerpos luminosos  
que se reconocen y se eligen de nuevo.

viernes, 28 de noviembre de 2025

 No existe el segundo ni el minuto: solo existe lo que nos queda por vivir. Y ese tiempo, ese territorio que todavía no tocamos, está hecho de instantes infinitos, de emociones que nos atravesarán de formas que quizá hoy ni imaginamos. Habrá días en los que la risa nos estalle sin aviso, otros en los que una sola palabra baste para sostenernos, y momentos en los que un silencio compartido tenga más peso que cualquier discurso.
Quedará por delante un mapa de estados emocionales —los conocidos, los nuevos, los que nos desordenan, los que nos acomodan— y ninguno de ellos será en soledad. Porque cada uno será vivido, sentido y respirado de a dos.
Eso sí: con una sola condición. Vos conmigo y yo con vos. Juntos, siempre juntos.
Quiero caminar lo que viene a tu lado, sentir cómo el tiempo se vuelve más suave cuando te tengo cerca, cómo la vida adquiere otra temperatura cuando tu piel roza la mía. Quiero que cada instante —desde el más simple hasta el más intenso— nos encuentre enredados, cómplices, descubriéndonos una y otra vez.
Porque lo que queda por vivir se vuelve distinto cuando tus manos buscan las mías, cuando tus suspiros mezclan el aire, cuando tu presencia vuelve cualquier momento un lugar donde quiero quedarme.
Y si el tiempo es solo eso: instantes… entonces quiero que los nuestros estén llenos de vos, de mí, de lo que creamos juntos.
Piel con piel, alma con alma.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Quedate Ahi.

 Se siente en la piel
cuando los labios rozan el aire
antes de encontrarse,
como si el mundo contuviera el aliento
sólo para escuchar ese silencio.
Se siente en el cuerpo
cuando un abrazo aprieta de verdad,
cuando sostiene sin miedo,
cuando devuelve calor
y no la sombra tibia de un gesto vacío.
Es ahí,
en el leve temblor de las manos
que buscan otras manos,
en la caricia que llega lenta
como quien sabe
que la ternura también seduce.
Es ahí,
cuando escuchar es un acto
y no un trámite,
cuando dos respiraciones
hacen una pausa idéntica
sin haberse puesto de acuerdo.
Ahí empieza todo:
la magia que no se explica,
el deseo que no pide permiso,
la piel que reconoce
antes que la razón comprenda.
No des más vueltas.
El tiempo no espera.
La vida no avisa.
Quédate donde el abrazo habla,
donde la caricia responde,
donde tus manos encajan
como si siempre hubieran sabido el camino.
Quédate ahí.
Justo ahí.
Donde empieza el fuego.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...