Es la entrega silenciosa,
la manera en que tus brazos me reciben
como si abrazaran un recuerdo,
como si el tiempo, por un instante,
se detuviera a mirarnos.
Tu cuerpo llega al mío
con la suavidad de una mariposa porteña,
esa que vuela sin hacer ruido
pero que deja en el aire
el perfume tibio de lo inevitable.
Y te quedás,
como quien encuentra cobijo
en un latido que también busca hogar.
Cuando la luna se esconde
y la noche apaga su farol más alto,
los grillos afinan el último tango,
esa melodía que solo escuchan
los que aman a contraluz.
Entonces aparece la primera estrella,
y lleva tu nombre escrito
con la tinta húmeda del deseo.
Tu vestido largo, secreto,
hecho de sombras y caricias
se mueve como un bandoneón que suspira
al compás de nuestros cuerpos,
que se buscan, se acercan, se reconocen
en un abrazo que es casi un milagro.
Y así, entre tango, luna y destino,
tu amor se vuelve la música
que me sigue incluso cuando callo.

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