lunes, 23 de junio de 2025

A escasos metros del Paraná,
Los Nogales susurran con el viento
una calma que solo el Delta conoce,
esa que habla en el idioma del silencio,
con saludos lejanos de alguna lancha
y el canto pausado de las aves del lugar.
Todo se transforma en único
cuando estás vos,
con esos ojos que saben mirar profundo
y ese pelo corto, castaño,
que brilla al sol
mientras caminamos los bordes del río
como antes lo hacíamos
en las calles de Buenos Aires,
tratando de encontrarnos
sin buscarnos.
Hoy ya no hace falta huir del ruido,
porque acá entre ceibos, sauces y sombra de nogal
cada paso tuyo me alcanza.
Los Nogales son testigos
del amor que se fue haciendo casa,
del mate compartido en la galería,
de tu risa entre la bruma de la mañana,
y del sabor dulce de tus labios
que cada amanecer
le da nombre al día.
El agua nos rodea, sí,
pero es tu abrazo el que me ancla.
Y así, en Los Nogales,
todo es poesía, todo es música,
y todo, amor.

Cien hectáreas de amor sembró Ortúzar
al sur de Villanueva,
y entre sauces y ceibales
le levantó un nombre a su ternura,
La Ñata como le decía a ella,
su compañera, su dulce río.
Así nació este rincón del Tigre
donde el agua conversa con las veredas
y los vecinos saludan
como si el mundo entero
fuese una gran familia de río y tierra.
El Luján lo acaricia en las tardes
cuando el sol se acuesta en su reflejo,
y el perfume a frutas, barro y viento
viste de historia cada estación.
En sus calles vibra el arte.
alguna vez, bajo estas mismas estrellas,
Xul Solar soñó otros mundos,
quizá inspirado por el murmullo del delta
y la mística tranquila
que aún se respira entre paredes y pastizales.
Hoy, La Ñata es un poema abierto,
un barrio sin igual
donde el amor se parece a la brisa,
y cada encuentro tiene
la tibieza del primer mate compartido.
Y si alguna vez andas perdido,
basta seguir el canto de los pájaros
o el aroma del pan casero
para encontrarte con ella.
la que dio nombre a este lugar,
la que aún habita en sus rincones
como un susurro enamorado
que el agua no olvida.

Desliza el bote, callado,
por las venas verdes del Delta.
El Banco nos guarda su lengua secreta
entre juncos, ceibales y agua que reza.
Ella espera a la sombra de un sauce,
con un mate y los labios despiertos.
La canoa se arrima al murmullo
que en su cuerpo encuentre su puerto.
Nos saludan los pájaros lentos,
una garza vigila desde el barro.
El sol va cayendo en su hombro desnudo,
y el río se torna un abrazo.
El Banco susurra su curso
y en su cauce se enciende el deseo,
sus manos recorren la seda del aire,
mis dedos descubren el fuego.
No hay relojes, no hay orillas,
solo el vaivén del cuerpo y del río.
Ella ríe y se inclina en mi pecho,
la tarde se vuelve un suspiro.
Su falda, rendida al viento,
se mezcla con lirios y besos.
Un pez salta cerca, curioso,
como si el Paraná escuchara nuestro juego.
Pero allá, más allá de las lenguas de barro,
donde el Banco se entrega al gigante,
nuestro amor, silvestre y mojado,
se disuelve en el Paraná palpitante.
Y así, en la unión de aguas y piel,
entre sauces, latidos y cielo,
nos amamos sin nombre ni dueño,
como el Delta, sin tiempo, sin miedo.
Los fines de semana se estiran
como el sauce cansado del viento,
y la isla, con sus brazos vacíos,
se acurruca en la orilla del silencio.
El río se aquieta,
como si supiera que nadie lo espera,
que no hay remos ni risas,
ni abrazos flotando en las balsas.
Llora la isla su llanto de bruma,
y cada gota que cae de los álamos
es una palabra no dicha,
una caricia que no llegó.
En las tardes que se apagan tan pronto,
el mate se enfría entre suspiros,
y el fuego apenas logra
ahuyentar el temblor del alma.
El invierno no es cruel,
solo es honesto,
dice la verdad de lo que falta,
y deja al corazón
mirándose en el río.
Y sin embargo,
en este rincón del Delta,
donde todo parece callar,
una voz leve me susurra
que volverá la primavera,
que alguna lancha traerá
lo que hoy parece tan lejos.
Mientras tanto, la isla me abraza
como puede. . . .

Era de tarde, y el sol se filtraba
por la vidriera, como una caricia antigua
sobre mármol y pana.
Las sillas Thonet susurraban historias
en sus patas gastadas,
y la boiserie, cómplice,
guardaba secretos de trajes y faldas.
Un café humeaba en su taza,
la cucharita temblaba en su danza,
y entre papeles, togas y palabras,
se colaban murmullos de óperas pasadas.
Arañas de luz, colgadas del cielo,
parecían sostener el tiempo detenido,
como si el telón del Colón, al frente,
se extendiera hasta cada rincón del recinto.
Allí la ciudad bajaba su voz,
y hasta los jueces dejaban el juicio,
para perderse en un gesto,
en un sorbo, en el rito sagrado del inicio.
A la noche, todo brillaba distinto,
la pana roja, el dorado, el suspiro.
Ella llegaba envuelta en perfume
y en eco de algún aria escondido.
Tomaba asiento sin prisa,
su cartera al respaldo,
sus ojos de escenario,
sus labios de aplauso pausado.
Y yo, como un actor sin libreto,
esperaba mi parte en silencio,
mientras la lámpara marcaba
el ritmo lento del recuerdo.
Hoy paso por Libertad y Lavalle,
y el aire, por un instante, me engaña,
huelo el café, escucho la risa,
veo su sombra en la ventana.
Porque hay lugares que nunca envejecen,
aunque no sean tan viejos en años,
se llenan de escenas, de voces, de pausas,
y de amores que siguen esperando.

 
Si cruzas la avenida de Mayo despacio,
con la tarde arrastrando nostalgias al paso,
hay un umbral que no cambia la cara,
aunque el mundo de afuera se vista de estragos.
Es el Tortoni, hermano, el de siempre,
el de mozos con traje y mirada de tiempo,
el que guarda en su mármol la tinta y el eco
de mil noches gastadas en vino y en cuentos.
Ahí adentro no rige la prisa,
ni el silbido filoso del dólar o el juez.
Ahí, la bohemia se sienta en tu mesa
y te pide otro negro con leche, otra vez.
Está el piano dormido en su esquina,
con el alma cansada de tanto llorar.
Y hay un duende enredado en la lámpara
que a veces, si escucha un verso, se echa a bailar.
Las paredes chorrean recuerdos
de un Borges jovato, de un Gardel cantor,
de Macedonio armando teorías
entre un vaso de agua y un poco de sol.
Y qué me decís de los tiempos del tango,
cuando un fuelle lloraba detrás del telón,
y en la trastienda se armaba la historia
de un amor perdido que no regresó.
Hay fantasmas que pagan la cuenta,
hay fantasmas que aún piden vino y papel.
Hay poetas que escriben dormidos
y al morir se despiden del mozo también.
Y sigue de pie, como un viejo testigo,
de repúblicas muertas y glorias de ayer,
de patriadas que alzaron las copas
y de tipos que hablaban de amor sin saber.
Hoy entrás y el perfume es el mismo,
café con tostadas, madera, humedad.
Y aunque el siglo haya cambiado su traje,
el Tortoni mantiene su propia verdad.
Porque un bar no es un bar si no tiene memoria,
si no suena a tertulia, si no canta un dolor,
si no tiene una historia en cada ceniza,
si no sangra un poema detrás del reloj.
Y el Tortoni, mi amigo, lo sabe,
lo aprendió entre tangos y noches de piel.
Por eso resiste, por eso aún se abre,
por eso aún respira con voz de Gardel.
Así que sentate, pedí lo de siempre,
mirá cómo cae la noche
y brindá por los que ya no vienen,
pero siguen tomando café.

En la esquina donde el tiempo
se recuesta a bostezar,
vive el alma de un boliche
que no quiere envejecer.
Sanabria lo vio nacer
con mirada de arrabal,
y en los muros, la ciudad
dejó historias para beber.
Metodio puso la barra,
Carolina el corazón,
y el perfume de las glicinas
le dio tango al callejón.
Un farol, como testigo,
tiembla en cada confesión,
mientras suena un bandoneón
que no está, pero está vivo.
Mesas largas de billar
donde el eco da lecciones,
y unos tacos con candado
guardan duelos y pasiones.
Hay murales de emociones,
retratos, viejas canciones,
y en la barra, las razones
que no explican los campeones.
Vino fino, picadita,
charla lenta y sin apuro,
el ayer pide una cita
y el presente, un trago oscuro.
Coppola pasó de apuro,
y Francescoli, seguro,
firmó al lado de un maduro
que lo aplaudió con orgullo.
Qué milagro de baldosa,
Qué reliquia de ciudad,
En García, la verdad
te la sirven sin excusa.
No hay mentira que se use
ni futuro que se apure,
porque allí todo perdura
aunque el mundo se rehúse.
Y aunque cambien las señales,
y se callen los botines,
el café, entre sus vitrales
de glicinas y jardines,
sigue siendo ese lugar
que no está en los anaqueles,
pero late en los burdeles,
en los tangos y en Devoto.

 En la entraña de Corrientes,
donde el humo huele a cuentos,
un gato negro, siempre atento
vigila siglos de inventos.
Victoriano, andaluz,
cruzó el mapa por amor,
con el alma en un baúl
y el aroma del sabor.
Desde Úbeda hasta el Plata
trajo el sol de las especias,
el recuerdo que no mata
y la historia que no cesa.
Montó un reino entre infusiones,
tés de Ceilán, clavo y canela,
y en sus noches orientales
una cena fue leyenda.
Gato negro en el menú,
con cascabel y figura,
como amuleto y tributo
de una cena con ternura.
Madrid le dejó su huella
en un café de otro tiempo,
y al poner nombre a su estrella
honró su viejo epicentro.
Roble, mármol y nobleza,
pisos que crujen historia,
de un linaje con firmeza
que aún respira memoria.
Un café no es solo un trago,
es ritual, charla, poema,
y este gato negro y mago
te lo sirve en cada mesa.
Hoy el nieto cuenta y cuida
lo que el abuelo sembró:
una esquina que es abrigo,
donde el alma se quedó.

 En San Telmo hay una esquina
donde el tiempo se detiene,
y el bandoneón ilumina
lo que la noche retiene.
Desde el 67 canta
una historia en compás lento,
donde el alma se levanta
cuando empieza el movimiento.
Bar Sur, templo de las nostalgias,
copas llenas de recuerdos,
miradas que en las distancias
se encuentran en los entreveros.
Hay un perfume en el aire
que no viene del licor,
es la pena hecha donaire,
es la gloria del dolor.
En sus mesas, los fantasmas
de Gardel y de Troilo,
murmuran viejas palabras
como en un pacto sin ruido.
Milongueros de otras eras
aún giran, leves, eternos,
en cada vuelta sincera
de un abrazo verdadero.
No es un bar, es un santuario,
es un pulso en la ciudad,
un rincón donde el calendario
pierde toda autoridad.
Y aunque el mundo dé mil vueltas
y otros ritmos lo seduzcan,
hay un Sur que nunca suelta
las raíces que lo embriagan.

Mirá, Bepi, esto no es un bar nomás,
es un templo de tiza y de humo,
donde el tiempo se sienta a charlar
y el silencio se parte en el aire.
Acá nací sin partera ni cura,
entre mesas de paño gastado,
con la yapa de alguna ternura
que algún viejo cantor me ha dejado.
En el noventa y cuatro, la historia
tiró un taco y largó la partida,
y la Avenida, aún moza en su gloria,
nos cedió esta esquina querida.
Treinta y seis eran las mesas sagradas,
y un subsuelo que hablaba en secreto,
donde el eco de bolas cruzadas
dibujaba el compás de un soneto.
Federico, pasó por acá sin hacer barullo,
pero el aire quedó castellano
y los versos flotando en los pocillos.
Los franceses, con toda su pinta,
levantaron el rancho elegante,
y en sus muros quedó la distinta
dignidad de un pasado vibrante.
No sabes lo que fue el despelote
cuando dijeron, Lo venden, muchachos.
Y el rumor de una pizza sin molde
nos dejó con la angustia en los tacos.
Pero el barrio, vos viste, no olvida.
Resurgimos del polvo, del drama.
y otra vez el billar en la vida
y otra vez la pasión en la llama.
Y aunque el mármol se raje en la esquina,
y algún foco no alumbre el salón,
cada tiza que gira en la mina
sigue hablando del viejo rincón.
Hoy se juega, se canta, se sueña.
Se es una milonga bajita en la mesa.
Y en el fondo, mi voz, que reseña
una historia que aún no cesa.
Así que entra, no te me achiques.
Pedite un cortado bien negro,
y entendé que hay lugares que, 
te devuelven al alma alegría.

domingo, 22 de junio de 2025

Nació pulpería entre calles de tierra,
antes que el tiempo vistiera de traje
a la ciudad que aún soñaba
con barcos, inmigrantes y coraje.
Vendió ultramarinos, curó la sed
de viajeros, poetas y buscavidas.
Fue guarida de prostíbulos y almacenes,
y testigo mudo de mil heridas.
Vio pasar la fiebre amarilla,
y un femicidio que heló el aliento.
En sus muros quedó el eco
de un grito roto por el viento.
El cine argentino le hizo altar,
la cámara supo lo que el alma ya sabía,
que en sus mesas vive la historia,
y en su madera, la melodía.
San Telmo le debe su sombra,
su rincón más porteño y sagrado.
Más de ciento cincuenta años
lo mantienen desafiante, parado.
Bajo el arco elevado de su barra,
los mosaicos susurran lo que fue.
La registradora antigua calla secretos
de un siglo que no se fue.
Chapas enlozadas, publicidades de ayer,
una colección de tiempo detenido.
Parece un café, pero es altar
de lo perdido y lo vivido.
Hoy es símbolo, emblema, refugio,
memoria con aroma a pocillo.
El Federal no es solo un bar
es Buenos Aires, en un zaguán sencillo
de una ciudad que fue creciendo sin memoria,
y yo trato de rescatarla en letras desordenadas.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...