Llueve.
Buenos Aires exhala el aire gastado
de un año que se deshace
minuto a minuto,
igual que vos cuando te fuiste:
pecadoestruendo,
pero dejando un hueco que ardía.
Y llegaron, entonces,
los que manejan la palabra
como un bisturí de luz,
a curar las marcas
de haber sido nombrado
como no era,
a desatar nudos viejos,
a correrme de un lugar
que nunca me correspondió.
se abrió una calma honda,
de esas que abrazan el alma
con dedos tibios.
Minutos interminables
donde la cabeza se pierde
y el cuerpo encuentra
lo que el espíritu pedía a gritos.
Al borde del año,
en el último recodo de la vida,
algo se movió:
un aire nuevo, eléctrico,
una ráfaga que barrió sombras.
Corrientes se recostó
sobre la Nueve de Julio,
como si Buenos Aires
quisiera descansar también.
Las nubes bajaron
y una lluvia fina, testaruda,
limpió el smog del descuido,
la palabra rota,
la furia tonta,
los silencios que lastiman.
Y en esa esquina donde quedaban
un tango obstinado
y un rock que buscaba su acorde,
la ciudad encendió de golpe
su latido hermoso.
Porque al final,
entre tanto ruido y tanta despedida,
la noche se abrió como quien perdona,
y en el centro del corazón,
sin aviso,
nació una alegría simple,
pero verdadera:
esa que te recuerda
que todavía hay música,
que todavía hay luz,
que todavía hay un lugar
donde quedarse.

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