martes, 8 de julio de 2025

 De fondo, suavemente, sonaba una guitarra. 
Los besos iban subiendo de tono 
mientras la luz comenzaba a descender, tenue, cómplice. 
Santana acariciaba las cuerdas como nadie, 
y Europa se expandía por toda la casa, 
llenando cada rincón de esa melancolía 
extraordinaria que estremece.
Las prendas fueron cayendo una a una, 
lentamente, casi con timidez, 
hasta quedar tu cuerpo desnudo, 
bañado por la penumbra y la música. 
Mis labios viajaron desde el empeine hasta la nuca, 
trazando un mapa ardiente 
de besos que susurraban con vos.
Fueron largos minutos 
en los que Samba Pa Ti siguió envolviéndonos, 
marcando el ritmo pausado de caricias y suspiros. 
Europa regresaba, repetida, 
como un oleaje que no se cansa de besar la orilla, 
mientras la noche se deslizaba sin prisa, sin reloj.
Así pasaron los minutos hasta el instante supremo, 
el amanecer irrumpiendo con suavidad, 
cuando, con el último aliento, 
el saxo de Gato Barbieri selló el clímax del tema, 
cerrando con Santana el epílogo 
perfecto de esa madrugada.
Fue poesía intensa, casi salvaje. 
Sensual en cada nota y en cada gemido, 
como si la música misma 
hubiera querido escribir su propio poema sobre tu piel.

Niebla en el Delta.
Todo parece suspenderse,
los sauces, el murmullo del agua,
los pájaros que callan
como si temieran romper el hechizo.
Miro por la ventana
con el mate humeando entre mis manos,
y el mundo se vuelve un cuadro tenue,
donde los contornos se difuminan
y solo quedan las ganas
de abrazar este instante suave
que se posa sobre el río.
Pienso en vos,
en cómo sería este silencio compartido,
tu cabeza en mi hombro,
tu risa leve rompiendo la bruma,
tus dedos buscándome bajo la manta
mientras afuera la niebla se adueña,
de cada orilla, cada tronco, cada flor.
Y así, mate tras mate,
dejo que el Delta se pierda en el gris
mientras te invento a mi lado,
y la soledad se vuelve dulce,
casi compañera,
como la niebla misma,
que entra despacio,
y me acaricia el alma.

La niebla se instaló en Buenos Aires
como un velo pálido que cubre todo,
las calles, los autos, las voces,
los sueños que se pierden en avenidas
donde apenas se distinguen las luces titilando,
como faroles tímidos que dudan en existir.
Esta mañana, amor,
la ciudad se volvió un susurro blanco,
un laberinto de bruma donde cada esquina
invita a perdernos sin miedo,
a caminar juntos, de la mano,
sintiendo cómo el mundo desaparece
bajo esta caricia fría y silenciosa.
El río parece un fantasma inmóvil,
los barcos son sombras inmensas
que se adivinan apenas,
y Buenos Aires toda con calles, plazas, y balcones
adopta un aire de Londres prestado,
como si la distancia se hubiera achicado
para regalarnos un instante único,
distinto, irrepetible.
Te miro mientras la niebla se cuela
en tu cabello, en tus pestañas,
dibujando gotitas que titilan como diminutas estrellas.
Hay algo en tus ojos que se enciende más fuerte
cuando el resto del mundo se borra.
Quizá porque en esta ciudad difusa,
solo vos brillás nítida, sólo tu sonrisa tiene color,
sólo tu abrazo tiene la certeza
de un faro que no se deja apagar.
Tomemos un café, amor,
mientras allá afuera la visibilidad se pierde
en cien metros de misterio.
Dejemos que los autos toquen bocina,
que los vuelos se desvíen,
que la ciudad entera suspire bajo este manto blanco.
Acá, en la tibieza de tus manos,
mi Buenos Aires tiene la claridad suficiente,
un rincón donde refugiarme,
donde la niebla no entra,
y donde tu voz suave, cercana
me nombra y me salva
de perderme para siempre
en la bruma infinita del olvido.

 Fuego en tus ojos,
un incendio callado que me llama,
que me envuelve con solo mirarme
y deja mi piel temblando
como hoja al borde del abismo.
Fuego en tu mirada,
que atraviesa el aire
y quema la distancia,
que acaricia con brasas invisibles
y me desnuda el alma
antes de rozarme.
Fuego en tus labios,
ese umbral ardiente donde se funden
mis temores y mis ganas.
Tus labios saben a pecado dulce,
a promesa infinita,
a delirio que solo entiende
el lenguaje secreto del deseo.
Fuego en tus besos,
que prenden luces en mi vientre,
que estallan como chispas suaves
y se enredan en mi voz,
dejándome sin palabras,
sin mundo, sin más tiempo
que el exacto instante
en que me perteneces.
Fuego en tu cuerpo,
ese territorio encendido
que recorro con urgencia y asombro,
descubriendo paisajes nuevos
en cada curva, en cada gemido,
en cada latido que se abre para mí.
Fuego en tu cama,
donde somos llama viva,
donde tu piel y la mía hablan sin miedo,
y nos buscamos, nos bebemos,
nos quemamos dulcemente
hasta arder completos
en un mismo fuego.
Fuego, eso sos,
un incendio hermoso que no quiero apagar,
una hoguera donde mi corazón
arde feliz, sin remedio,
sabiendo que solo en tu abrazo
el fuego se vuelve hogar.

 Hay algo en tus ojos
que no pertenece del todo a este mundo;
un fulgor secreto, casi infantil,
una forma de mirar que enciende las hojas
y hace danzar el agua del arroyo,
como si el sol mismo se hubiera refugiado allí
para brillar desde adentro tuyo.
Tus ojos guardan otoños enteros,
las lluvias que se quedaron sin caer,
y la promesa de un verano que se alarga
solo para verte sonreír.
A veces me pierdo en ellos
como quien se hunde en un remanso profundo,
sin miedo a no volver,
feliz de ahogarme en su ternura.
Y luego están tus manos,
esos dedos tan suaves que hablan sin voz,
que tiemblan apenas cuando me rozan,
que buscan el borde tibio del mate
mientras el vapor sube a enredarse en tu cabello.
Dedos que podrían ser la flor más delicada,
o la brasa más intensa,
según cómo me toquen.
Tus pies, tan pequeños,
tan sencillos y, sin embargo, tan perfectos,
se mojan en la orilla del muelle
como si saludaran al agua.
Amo mirarlos bailar sobre la madera caliente,
ver cómo se estiran o se abrazan,
cómo parecen acariciar la vida misma
cada vez que dan un paso hacia mí.
Y tu cabello, esa cascada de luz o de sombras,
según le susurré el día.
Hoy, con el sol cayendo lento,
tu pelo se tiñe de miel oscura,
y el viento juguetea entre los hilos finos,
tejiendo secretos que después vendrán
a contarme en mis sueños.
Pero lo que más me desarma
es esa sonrisa tuya, única,
que no solo ilumina tu rostro
sino que se derrama sobre el agua,
y el arroyo entero parece despertar,
saltan pequeños peces,
las hojas aplauden en los sauces,
y hasta el silencio se vuelve música.
Te sentás en el muelle con el mate entre las manos,
las piernas colgando, rozando el aire,
y yo me siento a tu lado sin decir nada,
porque nada hay que explicar
cuando la felicidad se muestra tan simple,
tus ojos que me buscan,
tus dedos que juegan con los míos,
tus pies mojados salpicando luz,
tu cabello bailando en el ocaso,
y esa sonrisa que convierte la tarde entera
en el milagro más dulce que el amor me pudo regalar.
Remábamos el Carapachay,
camino al Paraná,
el agua amarronada murmuraba secretos
bajo el bote, que avanzaba lento,
como si también quisiera detenerse
a mirarla.
Ella iba delante,
con el cuerpo tendido al sol,
dejando que su piel cobriza
brillará, sin pudor, a la vista de todos,
y sobre todo a la mía.
El sol jugaba con su cintura,
dibujando sombras suaves
en cada curva, mientras yo remaba despacio
para alargar la tarde, 
para quedarme con esa postal
grabada en la sangre.
De vez en cuando
se giraba y me sonreía,
y el Paraná parecía reírse con ella,
ondeando apenas sus aguas
para hacernos cosquillas.
El tiempo se volvía líquido,
espeso y dulce como el río,
y yo solo quería seguir remando,
seguir mirándola, seguir viviendo
en ese instante perfecto
donde el sol, el agua y su cuerpo 
desnudo de temores eran toda la poesía
que yo necesitaba, aquella tarde de martes.

Era tan romántica
que me alcanzó una Tab,
yo solo tomaba Bidu,
pero acepté la gaseosa
como quien acepta un secreto.
Compré un cuarto de galletitas merengadas,
el panadero las puso en un paquete de papel
que pronto se llenó con el aroma fresco
de esa lata recién abierta.
Nos sentamos juntos en el cordón de la vereda,
las piernas apenas se rozaban,
y durante un largo rato
no dijimos una palabra.
El canto de los gorriones
llenaba todo el aire,
como si ellos mismos supieran
que no hacía falta nada más
que ese silencio compartido.
Después seguimos con nuestro juego,
un viejo desafío al tinenti,
donde el perder era excusa
para dejarnos mirar un poco más.
Ella no dejaba de mirarme,
yo tampoco podía apartar la vista.
Pasaron los meses.
Me mudé.
Nunca más volví al barrio.
A veces pienso en aquella tarde,
en el sabor dulce de las merengadas,
en las botellas de vidrio pesado,
en el canto de los gorriones
y en sus ojos mirándome
como si el tiempo entero
fuera un suspiro guardado
solo para nosotros.

El sonido de tu voz arregla el día,
acomoda las horas rotas, enciende las sombras,
y descansa la noche como un suspiro profundo
que roza mi piel aunque estés lejos.
Tu voz acompaña los momentos más difíciles
como un abrazo secreto que se cuela por mi pecho,
acaricia mis pensamientos más oscuros
y los convierte en suaves pliegues de luz.
Tierniza mis días más tristes,
los llena de un calor dulce que se derrama lento,
como miel tibia sobre mi cuello,
dejando un temblor que me pide cerrarte los ojos
y perderme allí, donde solo existimos nosotros.
A la noche, cuando el sol ya se ha rendido
y la luna pasea sin prisa, desnuda y blanca,
tu voz se desliza suave sobre las horas de descanso.
Se mete en mis sábanas, recorre mi cuerpo
como dedos invisibles que despiertan mi piel,
y entonces la vida cambia de colores:
del dorado que muere con el sol,
al azul profundo que late con las estrellas.
Tu voz me llama, me busca, me toma,
y sin tocarme logra incendiar mi sangre.
El tiempo se dobla, el mundo se aquieta,
y solamente quedamos vos y yo, danzando en un hilo de aliento,
bebiendo el uno del otro, en un silencio cargado
de promesas y deseo.
Cuando el sol se va, mi amor,
tu voz se convierte en mi noche,
oscura, intensa, infinita,
capaz de devorarme entera y al mismo tiempo
dejarme florecer en cada rincón
donde tu nombre se pronuncia.
Es siempre una incertidumbre placentera,
como quien aguarda un bondi en la madrugada.
Pero ella siempre llega,
minutos más, minutos menos,
y allí está, su sonido se escucha a lo lejos.
Conocemos bien el rugir de sus motores,
la hélice que empuja el agua,
y divisamos su marcha hacia nuestro muelle,
camino a territorios con vecinos conocidos,
con turistas curiosos,
pero todos compartiendo la armonía
y el deseo de llegar,
paseando entre las aguas del delta.
Inefable, siempre presente,
nuestra lancha colectiva,
amiga de jornadas enteras,
con su capitán, amigo también,
guía de este viaje que es tan nuestro
como el murmullo del río.


 El silencio estaba lleno de promesas;
solo se oía el murmullo del agua acariciando la madera,
y el latido secreto de dos corazones
que se descubrían en miradas largas y sonrisas tímidas.
Tomé tu mano, y allí, en ese gesto simple,
cabía todo el universo; la certeza de que el amor
es un delta inmenso donde confluyen todos los sueños.
Entre sauces que inclinaban su verde melena para vernos pasar,
nos juramos sin palabras que volveríamos siempre,
a remar juntos este río al amanecer,
a perdernos en sus curvas dulces,
a saborear despacio el milagro de amarnos
bajo el cielo infinito del Tigre.

viernes, 4 de julio de 2025

Todo ocurrió a orillas del Capitán,
donde la noche nos envolvió en su complicidad.
Bailamos en el muelle hasta que las estrellas
parecieron inclinarse a mirarnos,
y allí, entre risas y susurros que ardían,
tus manos exploraron mi piel
como si buscaran secretos antiguos.
Nos besamos con hambre,
con la urgencia de dos cuerpos que sabían
que el deseo podía devorarlos.
Caímos sobre la madera tibia, temblando,
y nuestros labios se extraviaron
en paisajes húmedos y temblorosos.
Mis dedos dibujaron tu geografía entre gemidos,
mientras tu boca inventaba caminos nuevos sobre mí,
despertando incendios donde antes solo habitaba el sosiego.
Al amanecer, abrazados y exhaustos,
prometimos en silencio vivir el delta
hasta el último suspiro,
hundirnos en sus aguas
como nos habíamos hundido el uno en el otro,
sin pudor, sin límites, eternamente sedientos.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...