domingo, 4 de enero de 2026

La magia vive en sus manos,
no hace ruido, no pide atención,
con ellas une y desnuda,
cose y descose el corazón.
Alarga los días pequeños,
achica dolores sin voz,
agranda lo simple del mundo
con la destreza del amor.
La magia está en esa práctica
de vivir sin alzar la razón,
de conocerse despacio
y dejar que te conozcan mejor.
No grita verdades que aturden
ni rompe oídos ni fe,
habla justo, mide el silencio,
dice exacto lo que hay que decir.
Cuando el sol se retira cansado
y las estrellas se animan a entrar,
la luna le guiña un secreto
en el primer soplo de claridad.
Entonces ella brilla sin esfuerzo,
como quien sabe quién es,
y en la noche descansa del día
entre el sueño, la vida y la piel.
Mujer de mil noches vividas,
de mil horas sabidas de a pie,
de una vida magnífica y honda
que no se prohíbe el placer.
Celebra el milagro pequeño
de cada segundo que fue,
de cada día que abraza
sin miedo a volver a creer.
Y si el mundo pregunta en silencio
qué palabra la puede nombrar,
no hacen falta discursos ni aplausos,
ella es una gran mujer.

Debajo de ese vestido
no hubo nunca errores,
solo años.
Vida aprendida despacio,
experiencia escrita en la piel
como se escriben las cosas verdaderas:
sin pedir permiso.
El vestido insistía en marcar
lo que el mundo suele juzgar,
pero nosotros aprendimos pronto
a no mirar ahí.
Debajo no había formas,
había historia, había presencia,
había un ritmo sereno, que sabía quedarse.
Debajo de ese vestido
la vida pasaba sobre la mesa
en platos servidos con cuidado,
sabores lentos, la tentación justa
de probar lo que no se repite.
Y había vinos guardados,
de esos que solo se abren
cuando lo que viene, merece ser recordado.
El vestido cayó sin ruido,
como caen las excusas,
quedó rendido sobre el respaldo de una silla,
mientras las manos aprendían otro lenguaje,
uno donde no existen juicios ni apuros.
Debajo del vestido ya no hubo cuerpo,
hubo caricias borrando fronteras,
piel encontrando refugio,
silencios llenos de sentido.
Todo lo que sobraba
se fue con ellas.
La luna caminó despacio
sobre las sábanas,
el reloj siguió su marcha
sin importarnos,
y el tiempo, por una vez,
se olvidó de nosotros.
Ahora estás abrazada y desde lejos
miramos ese vestido arrugado
que ya no dice nada.
Porque lo importante
ya pasó, ya quedó en nosotros,
y no necesita volver. 
Llueve solo en la avenida,
después del piso veinte
y antes de la luna.
Luna del lobo, llena, redonda,
casi perfecta.
En su brillo
encuentro el reflejo de tus ojos,
esa forma tuya de mirar
a través del vidrio como si la ciudad
fuera apenas un rumor lejano.
La lluvia golpea el ventanal
con cadencia de poema,
suena a Neruda dicho en voz baja,
con Chopin de fondo,
en re sostenido,
afinando la noche sin apuro.
Una noche más
girando alrededor de la luna,
esa circunvalación lenta
que dibuja tu cintura
cuando te acercás,
cuando el mundo se vuelve
semicírculo y nos limpia el alma
del smog sucio de este Buenos Aires
que respira cansado
el segundo día del año.
Hace calor, un calor que no discute,
que se queda.
Tus manos siguen trabajando
a la luz cansada del sol tardío,
bajo un ventilador viejo
que gira y gira,
como un tango obstinado
acariciando tu cuerpo
mientras yo aprendo,
a quedarme en silencio.

Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.

El poema se enriquece
cuando el hielo empieza 
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

Respira Buenos Aires un domingo ladeado,
con olor a verano y baldosa caliente.
El sol, malevo manso,
se esconde entre nubes como quien no quiere lío,
y tu voz me vuelve desde la almohada
igual que un bandoneón llorando bajito.
Los pájaros se toman el día franco,
el calor los deja sin ganas de cantar,
y las calles, cansadas de apuro,
se entregan al tránsito lento,
marcando un compás de espera
que parece dos por cuatro.
La ciudad se afloja la corbata.
El Obelisco se despereza de historia
y yo voy por Corrientes sin reloj,
pisando recuerdos,
dejando que tu nombre me salga solo
entre librerías cerradas y teatros dormidos.
En el piso veintitrés llueve,
mientras en el sótano un jazz cansado
se mezcla con el humo de un bar que resiste,
y el corazón, en falta,
improvisa su propio tango.
Bailamos un rock perdido en la avenida,
sin público ni aplausos,
antes de que el verano endurezca el hormigón
y algún trasnochado pretenda
volver a tapar con asfalto
las huellas del tiempo.
Porque quererte es eso,
una ciudad en penumbras,
un tango sin final cerrado,
un abrazo que se queda
cuando Buenos Aires, cansada,
apaga las luces y sigue respirando.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Un libro,
una bufanda
y un café.
Así pasaba la noche
en La Paz.
Las discusiones siempre
en voz relativamente baja,
como si el respeto
fuera parte del mobiliario.
Un mozo cómplice,
de esos que no apuran
y entienden el silencio.
Un niño vendiendo claveles,
la flor roja viajando de mesa en mesa
como una pregunta sin apuro.
Juancito y Horacio.
Los recuerdo siempre.
Alguna vez compartimos
un café con leche en La Giralda
para que coman algo,
porque el mundo también cabe
en un gesto chico.
Todo pasaba en pocas cuadras.
Corrientes era un universo
concentrado,
y La Paz, su refugio nocturno.
Leonardo,
con un libro bajo el brazo,
nos decía:
lean esto,
y era garantía.
Nunca fallaba.
Y el viejo Pascual,
sacando de debajo del mostrador
el último llegado del día,
como quien revela un secreto.
A cambio,
un café compartido
con unas gotas sagradas,
ritual mínimo,
herencia invisible.
Corrientes, una flor,
un encuentro,
una corrida bajo la lluvia,
y un recuerdo
que no se va.

Porque hay noches
que no necesitan explicarse.
Basta un libro,
una bufanda,
un café caliente
y la certeza
de haber estado ahí
cuando la ciudad
todavía se dejaba vivir.
 No fue casualidad,
todo estaba dispuesto
para que esa noche, en esa vereda,
te viera, me vieras
y con un beso selláramos
el camino que hoy transitamos.
Sin desvelos,
sin vueltas turbias
ni recuerdos castradores.
La noche se fue fundiendo
en un abrazo de almas,
sin diminutivos,
sin sombras del pasado
capaces de quebrar las horas.
Éramos, sin saberlo,
el botón justo
para el ojal perdido,
el encaje exacto
después de tanto desorden.
Y así, en medio del camino,
entre sonrisas,
el tiempo se hace corto.
Las risas se vuelven música,
el deseo aprende a sonar distinto,
transformado por el tiempo,
bañado de felicidad.

 La mejor canción, sin dudas,
es la que se escucha acompañado,
la que marca un tiempo sin final
y nunca confunde tu nombre.
Es la que no usa apelativos hirientes,
la que susurra y no grita,
la que no irrumpe
con el brusco corte del enojo.
La mejor canción
es una conversación interminable,
un decirse sin palabras,
un quedarse aun en silencio.
No es nada de eso y, a la vez,
no necesita explicarse.
Lo mejor de todo
es mirarte a los ojos
y saber que estás,
aunque no hables.
Y transitar la luna,
transpirados de noche,
abrazados al tiempo,
porque en el fondo
el camino es juntos:
sin terceros,
en primera persona.


 Donde el viento se atreve a pronunciar tu nombre
y lo repite, lento,
como si lo saboreara en las alturas,
ahí llegamos.
La brisa se vuelve tibia,
casi humana,
y nos desviste sin manos,
con paciencia antigua.
Danzamos suspendidos,
gaviotas en espiral sobre el deseo,
rozándonos apenas
para incendiarlo todo.
El cielo cae y se hace sábana,
nos cubre, nos encierra,
nos invita.
La mesa, el piso, la funda,
todo conspira
para que el mundo se reduzca
al espacio exacto entre tu piel y la mía.
Nos confundimos.
Primero los nombres,
luego las formas,
después el aliento.
Tu respiración entra en mí
como una marea lenta,
mi cuerpo aprende su ritmo
y responde sin preguntas.
Ya no sé dónde termino
ni dónde comienzas,
solo sé que algo late
con una sola cadencia.
El sol se apaga a medias,
la semioscuridad nos vuelve audaces,
las nubes observan sin juicio
y las estrellas cómplices
marcan el compás
del corazón desbocado.
No hace falta mirarnos.
Sabemos.
El cuerpo entiende lo que la boca calla,
las manos dicen lo que el lenguaje no alcanza,
y en ese saber antiguo
nos abrimos, nos entregamos,
nos habitamos.
Es otro mundo,
otro lugar sin relojes,
otro instante donde el deseo
no pide permiso.
Y cuando todo se aquieta,
cuando el pulso vuelve a ser humano
y la noche nos devuelve los límites,
regresamos.
Pero algo queda.
Una huella tibia en la memoria,
un temblor secreto en la piel,
la certeza de haber sido
aunque sea por un instante
profundamente uno.


 El sol salió a pasear
y se encontró con tu sonrisa.
Los niños jugaron
y, por un instante,
la risa olvidó las rejas
y los candados.
Por unos minutos fuimos libres.
Pensamos en abrazarnos,
en saludarnos sin miedo,
en jugar.
La libertad dejó de ser un anhelo
y se volvió
lo más natural del universo.
La inseguridad
fue una palabra
que quedó en desuso.
Todo parecía simple,
posible, humano.
Pero desperté
y estabas a mi lado.
El resto es la vida,
esa que nos castiga a diario,
esa que insiste en recordarnos
que afuera todo está dado vuelta.
Salvo cuando estamos juntos.
Entonces olvidamos.
Olvidamos el ruido,
el miedo, la intemperie.
Hasta soñamos normalidad
como si fuera costumbre
y no milagro.
Y aun así, la poesía resiste.
Resiste en mí
porque existes vos,
porque tu presencia
le da sentido al caos,
porque cuando te nombro
el mundo se ordena
aunque sea un poco.
La poesía resiste
y resiste en mí por vos,
como un acto de amor,
como una forma secreta
de seguir creyendo,
que a pesar de todo,
es posible.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...