viernes, 29 de agosto de 2025

 Sentir el roce de tu piel
es un viaje de ida sin retorno,
un abismo de deseo
donde el tiempo deja de existir.
Tus manos recorren mi cuerpo
con la sabiduría de quien conoce
cada rincón oculto,
cada sendero que despierta el fuego.
Tus labios, húmedos y urgentes,
se entregan al arte del beso profundo,
ese que no termina,
ese que arranca suspiros
y me arrastra a la frontera del delirio.
Las horas de pasión lavan la rutina,
borran los cansancios del día
y encienden una noche sin final.
El roce de tu piel contra la mía
es un lenguaje secreto,
una confesión que no necesita palabras,
solo gemidos que se enredan en el aire
como notas de una melodía prohibida.
La luz tenue del viejo velador
apenas ilumina la penumbra,
dejando sombras que insinúan
más de lo que revelan.
Pero al tacto, tu cuerpo
habla en su propio idioma:
en cada curva, en cada temblor,
en cada estremecimiento
que responda al mío con ansia.
Te abrazo en la desnudez,
y es como abrazar la eternidad,
tu calor me envuelve,
tu olor me embriaga,
y el deseo nos devora lentamente.
Tu boca desciende,
tus manos me exploran,
y mi piel se abre como un libro
que solo vos sabes leer.
Los minutos se vuelven eternos
cuando tus gemidos me guían,
cuando tu cuerpo se arquea
buscando fundirse en el mío.
Entonces ya no hay razón,
solo instinto,
solo placer que crece sin freno,
solo dos cuerpos entrelazados
en un ritual sagrado de sudor y piel.
Entregarme así es perderme,
es encontrarme en cada embestida,
en cada suspiro desgarrado,
en cada mirada que brilla húmeda
antes del clímax.
Y cuando llegamos juntos al borde,
cuando la explosión nos rompe
y el universo se reduce
a un grito ahogado entre tus labios,
entiendo que este instante
es el verdadero sentido de la vida.
Abrazarte después,
en el silencio tibio de la madrugada,
es tener en mis brazos
la más perfecta de las poesías,
la que se escribe con cuerpos,
la que se canta con jadeos,
la que se recuerda en la piel
aun cuando amanezca.

jueves, 28 de agosto de 2025

 Es jueves,
la tarde bosteza gris en el cielo
y una llovizna tímida se ensaya
detrás de las nubes que aún no se atreven.
ella descansa,
distendida como un suspiro largo,
con la calma dibujada en la comisura
de un sueño que no me pertenece.
Yo,
desde lejos,
desarmo el silencio con palabras suaves,
tejiendo versos que le rozan el cabello
como una brisa dulce,
escribiéndole en poesía
lo que mis manos no alcanzan,
lo que mi voz murmura al viento
para que la encuentre.
Mientras tanto,
la lluvia se demora,
y el jueves, cómplice,
nos regala este instante
donde todo cabe, la espera, el deseo,
y el leve temor de saber
que la miro sin que despierte.


 A metros del canal Emilio Mitre,
donde el mundo parece detenerse
y la ciudad se olvida de sí misma,
la mañana nos encuentra,
sin decir palabra,
escuchando el primer susurro del día.
El muelle cruje bajo nuestros pies descalzos,
como si la madera también despertará,
los álamos se sacuden,
el viento juega entre sus hojas
y se lleva el aroma dulce del río
 mezclado con tierra húmeda.
Vos me abrazás desde atrás,
sin apuro, como si el frío de la brisa
fuera la excusa para quedarte más cerca.
Tu pecho en mi espalda,
tu respiración tibia en mi cuello,
y ese silencio compartido
que dice más que cualquier palabra.
Nos quedamos así,
fundidos en un abrazo largo,
como si el tiempo nos perteneciera.
Del otro lado del arroyo,
una garza se eleva
y el reflejo del sol recién nacido
pinta de oro los sauces y los juncos.
Adentro, por la ventana entreabierta,
se cuela la luz tenue
y el sonido del arroyo
se mezcla con el canto de algún zorzal perdido.
Todo late a su propio ritmo,
el del agua, el del monte,
el de nuestros cuerpos quietos
pero llenos de vida.
El mate espera en la mesa,
la radio aún no suena,
y el mundo parece estar en pausa
solo para vernos amarnos,
sin urgencias, sin máscaras,
como si el Delta fuera cómplice
de este amor que se pronuncia sin voz.
Cada mañana acá, entre camalotes y abrazos,
siento que lo esencial
no está en los relojes
ni en los titulares, sino en este instante
donde el arroyo marca el pulso
de un día que comienza,
pero que ya es perfecto
porque estamos juntos.


 Escribo lo que pasa o lo que me pasa,
lo que veo o lo que invento;
lo que sueño o lo que apenas toco
cuando la vida me roza con el viento.
No sé si escribo verdades o reflejos,
si mis palabras caminan solas
o si son mis dedos quienes las arrastran
en un intento torpe de nombrarlas,
Te interpelo, lector,
no para que respondas,
sino para que sientas
esa misma pregunta quemándote la boca.
Pero así somos.
hechos de pensamientos que tropiezan,
de sueños que se olvidan,
de realidades que se disfrazan.
Más allá de la forma,
más allá de la coma o del punto,
hay algo que busca decir sin saber qué dice,
como si cada palabra tejiera un mapa
sin rumbo fijo, pero con deseo.
No escribo por claridad, escribo por necesidad.
Por locura, por ternura.
Por esa grieta mínima entre el ser y el parecer.
Escribo poesía, simplemente.
Confusa, hilada, desbordada, rebuscada, sí,
como la vida misma.


 El sol aún dormía en nuestra piel,
pegado como un secreto tibio,
y el ardor del día se fundía con la luna,
lentamente, como lo hacían nuestras miradas.
En los médanos, la arena raspaba suave
nuestra intimidad temblorosa,
y una brisa apenas murmuraba
historias viejas por la peatonal dormida,
ya sin luces ni bullicios, solo nosotros,
el mar y el deseo.
Eran noches de pueblo chico,
de la ciudad costera, donde el amor se tejía
entre puestos de artesanos y faroles apagados,
y se desataba en rincones sin testigos.
En el muelle de madera, crujía la vida entera,
cada paso vibraba como nuestros cuerpos
al borde de la marea.
Te besé con arena entre los dedos,
y tus manos, saladas, buscaron abrigo
debajo de mi ropa vencida.
Allí, en ese pedazo de mundo
que olía a pino y a crepúsculo,
se nos escapó la inocencia
envuelta en carcajadas y jadeos.
Locos recuerdos, de una noche de verano,
cuando el tiempo no pesaba
y el amor se sacudía como un medio mundo
lleno de ilusiones y piel de fuego.


 La inspiración no grita, susurra.
Nace en el rincón donde el ojo se detiene
y ve lo que otros solo miran.
Allí donde una lágrima se asoma,
y no huye, sino que se queda,
palpitando en el borde del alma.
Es en el temblor de un suspiro,
donde se oye un lenguaje
que no necesita palabras,
un idioma hecho de piel,
de tiempo suspendido
y de silencios que duelen.
No habita en montones de palabras,
ni en el ruido de los discursos vacíos;
vive en las justas, las precisas,
las que pesan aunque sean pocas.
Allí, en ese instante, mínimo invisible
comienza a germinar, una semilla de fuego
que no quema, pero ilumina.
Crece en la sombra, se fortalece en la duda,
bebe de la noche, y cuando menos se espera,
explota, no con un estruendo, sino con una luz
que algunos ven como un relámpago
en pleno pecho, y otros dejan pasar
como quien no entiende el lenguaje de los relámpagos.
Porque la inspiración no se enseña,
se siente, no se busca, te encuentra.
Y cuando lo hace,te atraviesa,
te transforma, y luego desaparece.


 La luna se reclinaba lentamente sobre las aguas del Carapachay, extendiendo un velo plateado que iluminaba el muelle como si fuera un altar secreto. Nuestros cuerpos, aún húmedos y manchados por el barro del río, subieron entre tropiezos, arrastrando consigo el perfume salvaje de la naturaleza y la urgencia contenida del deseo.
El barro era un amante más,  se pegaba a la piel, resbalaba entre nuestros dedos, marcaba huellas que no queríamos borrar. Entre risas y jadeos, lo sentíamos como un tatuaje vivo que nos unía al delta y a su misterio.
Tus pezones, duros y ansiosos, se erguían contra mi pecho, reclamando caricias como faros en la penumbra. Cada roce era un latido nuevo, un llamado que mi cuerpo no podía ignorar. Mis labios, enredados en el calor húmedo de tu vulva, se perdían en un lenguaje sin palabras, en un diálogo profundo donde la respiración se mezclaba con el río y el silencio se volvía música.
Allí, entre la oscuridad y la humedad de la noche, dejamos de ser dos. El barro nos envolvía, tus pezones me marcaban, tu vulva me abría las puertas de un universo donde la pasión no conocía límites. Fuimos uno solo, respirando el mismo aire, bebiendo la misma llama, entregados al abrazo más penetrante que el delta había presenciado.
Y así, con la luna como testigo y el río como cómplice, comprendimos que aquel rincón era más que un refugio: era nuestro templo secreto, único en el mundo, donde el barro, tus pezones y tu vulva se volvían protagonistas de una historia escrita con deseo, ternura y amor.


 La laguna escondida, celosa de nuestros secretos, 
nos recibía en silencio.
El bote, anclado entre juncos altos, parecía flotar inmóvil,
pero cada ola diminuta, cada soplo del viento en la proa,
acompañaba el movimiento de tu cuerpo sobre mí.
El delta era un mundo aparte,
los camalotes viajaban lentamente,
los sauces inclinaban sus ramas hasta tocar el agua,
y los pájaros, curiosos y discretos, nos espiaban desde la espesura.
Todo parecía detenido en un soplo ardiente de verano,
¡Como si la naturaleza entera aguardara nuestro estallido.
Y allí estabas vos, desnuda, con tus pechos
sacudiéndose con cada subida y bajada,
mientras tus caderas marcaban un ritmo lento, húmedo, perfecto.
La piel brillaba bajo el sol que se filtraba entre los árboles,
mezclándose con las gotas de sudor que corrían por tu vientre.
La madera tibia de la cubierta crujía bajo nuestros cuerpos,
y cada embestida tuya hacía vibrar no solo la barca,
si no también las aguas quietas de la laguna.
Tu vulva ardiente me envolvía una y otra vez,
¡Como si el río entero me penetrara de regreso a través de vos.
El perfume del barro mojado,
el murmullo de los juncos rozándose entre sí,
el eco lejano de un motor que se apagaba a lo lejos
todo conspiraba para que ese instante fuera eterno.
Tus gemidos se mezclaban con el canto de las aves,
y yo me perdía en tus pechos que me golpeaban el pecho, 
la boca, el rostro, en tu lengua que buscaba mi cuello,
en tus uñas que dejaban huellas como raíces en mi espalda.
El crucerito quedaba convertido en un altar flotante,
allí donde tu cuerpo me cabalgaba con furia y dulzura,
allí donde la laguna nos tragaba en su silencio,
allí donde el delta nos convertía en mito,
en amantes que dejaban grabado su amor
en cada rincón secreto, húmedo y salvaje del agua.



 Recorrer la casa fue un ritual secreto,
un viaje de piel contra piel,
del sillón que crujía bajo nuestros cuerpos
a la habitación donde las sábanas
se enredaron con nuestros gemidos.
Tus manos eran incendio,
mis labios, un deseo insaciable,
y cada rincón del cuarto
se volvió el escenario de tu entrega.
En la ducha, el agua tibia nos desnudó de nuevo,
resbalando como dedos invisibles
que se mezclaban con los míos,
mientras tu espalda arqueada
pedía más, pedía todo,
y yo respondía con hambre
de tu carne húmeda y ardiente.
La cocina, inesperada testigo,
recibió el clímax de nuestra locura,
sobre la fría mesada te hice altar,
y tu cuerpo, cálido y tembloroso,
se abrió como un universo para mí.
La frialdad del mármol cedió
ante el calor de tu piel,
mientras mis besos bajaban,
explorando cada pliegue,
cada rincón que me ofrecías
con la dulzura de un gemido.
No hubo paredes suficientes
para contener nuestra furia de amantes,
no hubo reloj capaz de detener
la marea que nos arrastraba.
Recorrer la casa fue recorrer tu cuerpo,
una y otra vez, sin descanso,
hasta que exhaustos y abrazados,
supimos que el amor y el deseo
pueden arder en un mismo fuego,
inmenso, sin límites, eterno.




 La hamaca paraguaya se balanceaba suavemente sobre el arroyo. La noche de verano era espesa, húmeda, cargada de deseo. Cuando me tomaste de la mano y me trajiste hacia vos, sentí que el mundo se apagaba alrededor. Tus labios buscaron los míos con una urgencia feroz, y en segundos ya estábamos devorándonos.
Tus manos me recorrieron con la impaciencia de quien quiere conocer cada rincón de un cuerpo. 
Me desnudaste con movimientos bruscos y a la vez cuidadosos, mientras yo me aferraba a tu nuca, sintiendo cómo tu respiración se volvía cada vez más profunda. La tela de la hamaca crujía bajo nuestro peso, marcando el compás de nuestros cuerpos.
Bajaste por mi cuello, por mis pechos, mordiéndolos y lamiéndolos hasta arrancarme gemidos. Tus dedos se hundieron entre mis piernas, abriéndome de golpe, húmeda y temblorosa. No me diste tregua, tu lengua me recorrió lenta y luego voraz, haciéndome arquear la espalda, haciéndome gritar en medio de la noche.
No supe si era el agua o mi propio sudor lo que me corría por la piel, pero me sentía derretirme entera. Me penetraste con fuerza, sujetándome las caderas para que no escapara, haciéndome tuya en cada embestida. El vaivén de la hamaca se mezclaba con el ritmo brutal de tu cuerpo dentro del mío. Todo eran gemidos, jadeos, carne contra carne.
Perdí la noción del tiempo, éramos solo vos y yo, uno adentro del otro, uno devorando al otro. El orgasmo me sacudió como un rayo, intenso, interminable, y todavía me estremecía cuando sentí cómo explotabas dentro de mí, hundido hasta lo más profundo, mordiéndome el cuello para contener tu grito.
Cuando el primer rayo de sol cruzó el horizonte, estábamos exhaustos, sudados, abrazados en esa hamaca que se volvió nuestro altar. Desde ese instante, lo supimos: no era solo sexo, no era solo pasión. Era el comienzo de algo que veinte años después sigue vivo, ardiente y tan necesario como aquella primera noche en medio del Delta.
Hoy, dos décadas más tarde, el fuego no se apagó. Tus manos siguen siendo las mismas que me recorren con hambre, tu boca sigue siendo la que me enciende en segundos, tu cuerpo sigue encontrando el mío con la misma fuerza. Y yo, cada vez que me penetras, vuelvo a aquella hamaca, a aquella primera vez en la que me descubriste y nos descubrimos.
Veinte años después, seguimos perdiéndonos en los mismos gemidos, seguimos temblando juntos, seguimos buscándonos como si el tiempo no hubiera pasado. Y cuando vuelvo a sentirte dentro de mí, sé que ese encuentro nunca clausuró, que sigue vivo en cada caricia, en cada orgasmo, en cada noche en la que todavía nos devoramos sin piedad y con todo el amor del mundo.


 El paseo por el Delta fue una caricia para los sentidos, el río Carapachay se abría ante nosotros, sinuoso y tranquilo, mientras el Paraná nos abrazaba con su inmensidad, el murmullo del agua se mezclaba con el canto de los pájaros y el rumor del viento entre los sauces, como si la naturaleza toda acompañara nuestro viaje secreto.
Te miraba, y la luz del sol se reflejaba en tu rostro, tus ojos brillaban con una intensidad que desarmaba cualquier palabra, y tu sonrisa tenía la magia de despejar el día entero, como si el mundo se resumiera en ese instante compartido. 
Nos acercamos, primero en un roce leve, casi tímido, hasta que nuestros brazos se encontraron y ya no hubo distancia, tu piel contra la mía fue encendiendo poco a poco un fuego silencioso, que viajaba con nosotros en cada curva del río.
Ambos sabíamos lo que aguardaba al final del recorrido. El deseo estaba escrito en nuestras miradas, en la manera en que tus dedos se entrelazaban con los míos, en cómo el silencio se volvía cómplice de un lenguaje más profundo que las palabras.
La cabaña nos esperaba, escondida entre los árboles, como un refugio íntimo preparado para nuestra entrega. Al entrar, el murmullo del agua quedó atrás, y en su lugar reinó el latido acelerado de nuestros cuerpos. Tus labios encontraron los míos en un beso primero suave, después urgente, mientras mis manos descubrían el contorno de tu piel. Cada caricia era una promesa, cada suspiro, una confesión callada.
Nos dejamos llevar por la corriente de un deseo que ya no podía contenerse, la ropa cayó como hojas al viento, y allí, bajo la luz que aún filtraba el atardecer, nos entregamos a un juego de besos, roces y caricias que encendían cada rincón de nuestro ser, tu respiración se confundía con la mía, y nuestros cuerpos se agitaban en un vaivén tan intenso como el mismo río que habíamos surcado.
La noche se hizo cómplice, las estrellas brillaban y, adentro, el resplandor de nuestra pasión iluminaba la penumbra. 
Nos amamos sin barreras, explorando cada rincón de nuestra piel, enredados en un abrazo que parecía eterno, entre gemidos y suspiros, el tiempo se detuvo, y solo existíamos vos y yo, unidos en un solo cuerpo, en un mismo latido.
Cuando los primeros rayos del sol atravesaron la ventana, aún permanecíamos fundidos, exhaustos y plenos, como si el amanecer nos encontrara en un único y último suspiro. El Delta quedaba atrás como testigo mudo de una noche de amor ardiente, libre, infinita.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...