La hamaca paraguaya se balanceaba suavemente sobre el arroyo. La noche de verano era espesa, húmeda, cargada de deseo. Cuando me tomaste de la mano y me trajiste hacia vos, sentí que el mundo se apagaba alrededor. Tus labios buscaron los míos con una urgencia feroz, y en segundos ya estábamos devorándonos.
Tus manos me recorrieron con la impaciencia de quien quiere conocer cada rincón de un cuerpo.
Me desnudaste con movimientos bruscos y a la vez cuidadosos, mientras yo me aferraba a tu nuca, sintiendo cómo tu respiración se volvía cada vez más profunda. La tela de la hamaca crujía bajo nuestro peso, marcando el compás de nuestros cuerpos.
Bajaste por mi cuello, por mis pechos, mordiéndolos y lamiéndolos hasta arrancarme gemidos. Tus dedos se hundieron entre mis piernas, abriéndome de golpe, húmeda y temblorosa. No me diste tregua, tu lengua me recorrió lenta y luego voraz, haciéndome arquear la espalda, haciéndome gritar en medio de la noche.
No supe si era el agua o mi propio sudor lo que me corría por la piel, pero me sentía derretirme entera. Me penetraste con fuerza, sujetándome las caderas para que no escapara, haciéndome tuya en cada embestida. El vaivén de la hamaca se mezclaba con el ritmo brutal de tu cuerpo dentro del mío. Todo eran gemidos, jadeos, carne contra carne.
Perdí la noción del tiempo, éramos solo vos y yo, uno adentro del otro, uno devorando al otro. El orgasmo me sacudió como un rayo, intenso, interminable, y todavía me estremecía cuando sentí cómo explotabas dentro de mí, hundido hasta lo más profundo, mordiéndome el cuello para contener tu grito.
Cuando el primer rayo de sol cruzó el horizonte, estábamos exhaustos, sudados, abrazados en esa hamaca que se volvió nuestro altar. Desde ese instante, lo supimos: no era solo sexo, no era solo pasión. Era el comienzo de algo que veinte años después sigue vivo, ardiente y tan necesario como aquella primera noche en medio del Delta.
Hoy, dos décadas más tarde, el fuego no se apagó. Tus manos siguen siendo las mismas que me recorren con hambre, tu boca sigue siendo la que me enciende en segundos, tu cuerpo sigue encontrando el mío con la misma fuerza. Y yo, cada vez que me penetras, vuelvo a aquella hamaca, a aquella primera vez en la que me descubriste y nos descubrimos.
Veinte años después, seguimos perdiéndonos en los mismos gemidos, seguimos temblando juntos, seguimos buscándonos como si el tiempo no hubiera pasado. Y cuando vuelvo a sentirte dentro de mí, sé que ese encuentro nunca clausuró, que sigue vivo en cada caricia, en cada orgasmo, en cada noche en la que todavía nos devoramos sin piedad y con todo el amor del mundo.

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