Ella lo condujo a un rincón escondido, donde las palmas se alzaban como columnas que sostenían el cielo. Bajo su sombra compartieron historias y risas, mientras el tiempo parecía doblarse para extender cada instante. Esa noche, a la orilla del río, ella le propuso lo impensable: partir juntos. ¿Adónde?, preguntó él, aunque sabía que no importaba. Donde nos lleve el río, respondió ella, y su sonrisa contenía todas las promesas que el mundo podía ofrecer. Al amanecer, con el canto de los pájaros como despedida, subieron a un viejo bote de madera que parecía esperarlos. Con el río como guía, dejaron atrás Las Palmas, llevándose en sus almas la esencia del paraje. El agua reflejaba sus rostros, iluminados por un nuevo amanecer. No sabían a dónde los llevaría la corriente, pero la incertidumbre era un alivio cuando estaban juntos. Ella cantaba canciones antiguas, y él remaba al ritmo de su voz. Ambos aprendieron a leer en los susurros del río y en las señales del cielo. Con el tiempo, el mundo cambió a su alrededor, pero su amor permaneció inmutable. Cada puerto que tocaban era un capítulo nuevo; cada río que navegaban, un hilo más en la trama de su historia.
Nunca regresaron a Las Palmas, pero el paraje vivía en ellos, en cada mirada, en cada risa compartida, como un recuerdo de la primera vez que el destino los unió.
Nunca regresaron a Las Palmas, pero el paraje vivía en ellos, en cada mirada, en cada risa compartida, como un recuerdo de la primera vez que el destino los unió.

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