viernes, 24 de mayo de 2024

 En el Delta de Tigre, donde el río murmura,
despierta el día con una luz dorada,
los veleros se deslizan en la frescura,
de aguas tranquilas, bajo el sol de alborada.
El viento susurra secretos entre juncos,
y acaricia las velas que se hinchan de alegría,
en cada ola, un poema sin rumbos,
navegando hacia horizontes de armonía.
Los sauces llorones se inclinan en reverencia,
al paso sereno del velero en su danza,
y en cada meandro, la naturaleza en esencia,
pinta un cuadro de paz y esperanza.
el cielo azul refleja su inmensidad,
en el espejo líquido que el río ofrece,
y los colores del día, en su serenidad,
tejen sueños que el alma agradece.
Las aves cantan sus melodías en vuelo,
un concierto de vida en la brisa ligera,
y el delta, con su magia y su anhelo,
se convierte en un paraíso en primavera.
Navegar a vela es un abrazo del tiempo,
donde cada instante se siente eterno,
el sol acaricia la piel con su aliento,
y el río cuenta historias en su lecho tierno.
En el vaivén del agua, los pensamientos se disuelven,
las preocupaciones se alejan, como hojas al viento,
y en la quietud del delta, los corazones resuelven,
que la belleza del momento es el mayor sentimiento.
El día transcurre en un lento compás,
de risas y silencios, de miradas y sueños,
y en el delta, cada rincón es un abrazo de paz,
un recordatorio de que vivir es un dulce empeño.
Al atardecer, cuando el sol se despide,
pintando el cielo de rojos y dorados,
el velero regresa, y el alma decide,
que en el Delta de Tigre, los días son sagrados.
Porque en sus ríos, en su calma infinita,
navegar a vela es un acto de amor,
una danza con la naturaleza que invita,
a vivir cada día con pasión y fervor.

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