viernes, 24 de julio de 2026

Saavedra, Cines y Pizzerías.

 En Saavedra
las noches tenían olor a pizza recién salida del horno
y a película de cine continuado.
Bastaba caminar unas cuadras
para cruzarse con medio barrio:
en la puerta de La Alborada,
las luces del Cumbre
a pocos metros,
y los muchachos de Los Picapiedras
haciendo esquina en Manzanares y Del Tejar
como si el mundo terminara ahí mismo.
Y quizás terminaba ahí nomás.
Porque en pocas cuadras
vivían cientos de historias.
Había un bar alemán
donde el aroma de las papas fritas
se escapaba hasta la vereda,
mezclándose en el aire
con la muzarela caliente de La Alborada,
con la salsa, con el humo de los taxis
y con la humedad de las madrugadas porteñas.
Más allá, una disquería donde los vinilos
giraban como pequeños planetas negros
y uno aprendía de música mirando tapas de discos
mientras sonaba un tango, Serrat o Sandro.
En el Mundo Musical
la música se hacía objeto sagrado:
vinilos, cassettes, posters,
puas de tocadiscos y sueños de pibes
que querían llevarse una canción a casa.
Y estaba también el negocio de fotografía,
ese rincón mágico donde las imágenes
dormían dentro de un rollo
hasta transformarse en papel brillante.
Uno dejaba el sobrecito amarillo
y volvía días después
para descubrir si la felicidad había salido movida.
Las noches del barrio
tenían cine, café y vereda.
En El Cafetal siempre había alguien 
en la vereda discutiendo de fútbol,
de política o de amores perdidos,
mientras la máquina de café respiraba vapor
como una locomotora cansada.
Y en la puerta del Cumbre,
o del Aesca,
la tarantela se mezclaba con el tango,
con las risas,
con los muchachos peinados a la gomina
y las chicas de polleras largas
que caminaban del brazo bajo las luces amarillas.
Todo estaba cerca.
Tan cerca
que el barrio parecía una sola casa grande.
Los cines encendían marquesinas,
las pizzerías llenaban de vida las esquinas
y las madrugadas se iban estirando
entre cafés, vermuts y conversaciones eternas.
Hoy muchas persianas cambiaron de nombre,
algunos negocios ya no están
y otros sobreviven apenas en la memoria.
Pero basta cerrar los ojos
para volver a escuchar
los platos chocando en la cocina de la pizzería,
el proyector lejano de algún cine de barrio,
el sonido áspero de una pua cayendo sobre un vinilo
y el murmullo de la gente caminando por Manzanares.
Porque hay barrios que nunca desaparecen del todo.
Siguen viviendo en el olor de una pizza,
en una canción antigua, en una foto amarillenta
o en un tango que todavía, de vez en cuando,
vuelve a sonar en la noche

El Aguila de San Isidro.

 Cuando tenía veinte años, los sábados domingos a la tarde tenían otro ritmo. 
No existía la ansiedad de llegar rápido a ningún lado ni los teléfonos ocupando cada silencio. 
Bastaba con llamar a alguna chica que uno venía viendo, arreglar un encuentro simple y tomar el colectivo hacia la costa de San Isidro, allá abajo, donde el río parecía respirar distinto.
El Paseo del Águila todavía conservaba algo salvaje. 
Entre el viejo Águila Club y el bar Malloys había un espacio abierto donde el verde se mezclaba con la barranca, los juncos y el olor húmedo del Río de la Plata. 
Uno llegaba caminando despacio por Alvear y ya desde arriba podía verse el agua marrón moviéndose tranquila, los veleros pequeños balanceándose y las parejas sentadas mirando el atardecer.
Había familias tomando mate sobre el pasto, chicos andando en bicicleta y pescadores silenciosos mirando el río como si esperaran algo más importante que un pez. 
Y nosotros, con veinte años y pocas certezas, nos sentábamos cerca de la costa a tomar algo mientras el sol empezaba a bajar detrás de los árboles.
A veces entrábamos a Malloy, otras veces nos quedábamos afuera, caminando. 
Lo importante no era el lugar sino esa sensación de libertad que daba la ribera. 
El viento fresco llegaba desde el agua y despeinaba todo: las conversaciones, los pensamientos, los miedos de juventud.
Recuerdo especialmente una tarde de otoño. 
El cielo estaba gris claro y el río parecía de metal. 
Ella llevaba un suéter enorme color crema y tenía las manos frías. Caminábamos despacio bordeando el agua mientras las hojas secas se acumulaban contra las piedras. 
Hablábamos de cualquier cosa: música, viajes imposibles, departamentos que jamás podríamos pagar, películas viejas. 
Pero en realidad lo que importaba era otra cosa, era sentir que el tiempo todavía sobraba.
En aquellos años, la costa de San Isidro tenía rincones donde uno podía perderse sin que nadie molestara. 
Había sectores más oscuros, senderos de tierra, bancos gastados mirando al río y árboles enormes que parecían guardar secretos de otras épocas. 
El lugar tenía algo de pequeño refugio para quienes buscaban escaparse un rato de la ciudad.
Con el tiempo todo empezó a cambiar. 
Algunos bares desaparecieron, otros crecieron demasiado. 
Llegaron proyectos inmobiliarios, discusiones políticas, planos, ordenanzas y nombres técnicos para hablar de algo que nosotros simplemente llamábamos la costa. 
Empezaron las peleas sobre qué debía hacerse con esos terrenos: si protegerlos, urbanizarlos, llenarlos de caminos nuevos o mantenerlos como estaban.
Y quizás todos tengan un poco de razón.
Porque ese lugar siempre fue especial. 
No solamente por el paisaje, sino porque ahí convivían muchas cosas al mismo tiempo: el río abierto, los árboles, la memoria de los vecinos, los amores de juventud y esa sensación de estar lejos de la ciudad sin haber salido nunca de ella.
Hoy, cuando vuelvo por ahí, todavía busco algo de aquellas tardes. A veces el viento trae el mismo olor al río y por un instante todo parece intacto. 
Entonces recuerdo mis veinte años, los domingos lentos, las charlas interminables y alguna chica apoyando la cabeza sobre mi hombro mientras el sol caía despacio sobre el agua.
Y entiendo que ciertos lugares no se quedan en la memoria por lo que fueron urbanísticamente ni por las discusiones que generan. Permanecen porque alguna vez nos hicieron felices.

Autocines.


 Había un tiempo en que las noches de Buenos Aires podían vivirse dentro de un automóvil. 
No hacía falta entrar a una sala elegante ni acomodarse en una butaca numerada. Bastaba con manejar hasta la General Paz, atravesar el ingreso custodiado por la estructura de un enorme Falcon rojo y dejarse llevar por esa extraña mezcla de cine, ruta y libertad que ofrecía el Autocine Buenos Aires.
Desde lejos ya podía verse la pantalla gigante levantándose sobre el descampado como un faro blanco en medio de la oscuridad. 
Los autos ingresaban lentamente, acomodándose en filas perfectas sobre el playón, mientras las familias bajaban apenas las ventanillas para dejar entrar el aire tibio de las noches de verano. 
Los chicos correteaban entre los vehículos hasta que comenzaban los noticiarios previos y alguien, desde adelante, pedía silencio tocando bocina. 
Otros niños ni siquiera aparecían, iban escondidos en los baúles para entrar sin pagar o para colarse en películas prohibidas para su edad.
Todo tenía algo de sueño americano, pero hecho a la manera argentina. 
Había olor a combustible, a pasto húmedo y a hamburguesas recién preparadas en el Toc-Toc Snack Bar, que prometía superproducciones en sándwiches y bebidas de película. 
Las parejas jóvenes buscaban los sectores más alejados y oscuros, donde los vidrios terminaban empañándose mucho antes del final de la función. 
A veces bastaba un juego de luces altas y bajas para que apareciera una mesera caminando entre los autos, llevando gaseosas, cafés o papas fritas como si estuviera atravesando una pequeña ciudad nocturna construida alrededor del cine.
La magia empezaba realmente cuando la película tomaba la pantalla y el sonido llegaba a través de la radio AM del auto. 
Pero el lugar tenía una particularidad imposible de olvidar, muy cerca estaban los cuarteles del Ejército y las transmisiones se mezclaban. 
En medio de una escena romántica o una persecución policial podían filtrarse voces militares, órdenes incomprensibles o conversaciones del Batallón 601. 
Era una interferencia extraña, casi absurda, que terminaba formando parte de la experiencia del autocine y de aquellos años oscuros de la Argentina.
Y no era el único, también estaba el Autocine Panamericano, en Olivos, enorme y moderno, capaz de recibir cientos de autos cada noche. 
Desde la autopista podían verse las luces de la pantalla brillando en medio de la oscuridad, como una ciudad paralela construida para soñadores nocturnos. 
Muchas familias del norte del Gran Buenos Aires hacían allí el ritual del fin de semana: cargar nafta, comprar algo para comer y pasar horas mirando películas sin bajar del auto.
Más al sur, cerca de la vieja Ciudad Deportiva de Boca, funcionaba el Autocine de la Ribera. 
Allí el aire era distinto; llegaba mezclado con olor a río, a puerto y a gasolina de los barcos. Las noches tenían un tono más salvaje y melancólico, con el agua oscura moviéndose detrás de los terrenos ganados al Río de la Plata. Las parejas estacionaban mirando la pantalla gigante mientras a lo lejos brillaban las luces del puerto y de la ciudad. 
Parecía un cine levantado en el borde mismo de Buenos Aires, donde terminaba la tierra y empezaba el río.
Cada autocine tenía su personalidad. 
Buenos Aires, con su Falcon rojo y la cercanía inquietante de los cuarteles. 
Panamericano, amplio y familiar, símbolo del progreso de una clase media que todavía soñaba en grande.
 El de la Ribera, más nostálgico, más cercano al agua y al viento del sur.
Pero todos compartían algo: la sensación de libertad.
Las noches allí parecían suspendidas en otro tiempo. La ciudad se apagaba detrás y cada auto se convertía en un pequeño mundo privado. 
Adentro sucedían historias mínimas: adolescentes enamorándose, matrimonios intentando salvar costumbres, amigos riéndose hasta tarde, padres compartiendo películas con hijos dormidos en el asiento trasero.
Después llegaron otros tiempos, las salas cerraron, las ciudades crecieron y los autocines desaparecieron poco a poco, devorados por nuevas construcciones, autopistas y supermercados. 
El Autocine Buenos Aires quedó abandonado durante años, convertido en un paisaje de hierros oxidados y vegetación salvaje, como si la naturaleza hubiera decidido borrar lentamente aquel sueño de neón y motores.
Sin embargo, quienes vivieron aquellas noches todavía las recuerdan con una claridad extraña.
Porque los autocines no eran solamente lugares donde se proyectaban películas. 
Eran escenarios donde la vida también ocurría.
Y quizás por eso todavía sobreviven en la memoria de Buenos Aires, en una radio antigua buscando una frecuencia perdida, en el vidrio empañado de un Falcon detenido bajo las estrellas, o en la nostalgia de una ciudad que alguna vez supo mirar cine a cielo abierto mientras el mundo parecía, por unas horas, un lugar mucho más simple.

Caminando Belleza.

 Caminar la costa del río
es aprender despacio
la manera en que el agua conversa con la tierra.
Hay una brisa única allí,
una respiración húmeda y serena
que no viene de ningún otro sitio.
Pasa rozando la piel
como una mano antigua
que conoce todos los secretos del paisaje.
Muchos lo comparan con el mar,
con su inmensidad majestuosa,
su furia abierta y eterna.
Y entonces desprecian al río
¿Por qué creen que la grandeza
solo existe donde el horizonte parece infinito.
Pero el río tiene otro encanto.
No necesita imponerse.
Tiene el swing de lo cercano,
la belleza que puede caminarse,
la profundidad que se deja tocar
a la altura de la mano.
El río no grita, se desliza.
Y uno aprende a recorrerlo
paso a paso,
sintiendo tu cintura junto a la mía
mientras la tarde se va apagando despacio
y la luna empieza a crecer
sobre el agua oscura.
Entonces el sol se esconde
como un farol cansado detrás de los árboles,
y el río cambia de voz.
Se vuelve más sabio.
Porque el río es la sabiduría del agua:
corriente que conoce la paciencia,
La crecida, el barro, el silencio y la espera.
Por eso no cualquiera lo entiende.
Muchos apenas lo miran,
como un bello paisaje,
una postal quieta para contemplar de lejos.
Pero domar al río no es vencerlo.
Es caminar con él.
Aprender sus cambios de humor,
sus corrientes escondidas,
la manera en que engaña el reflejo de la luna,
la forma en que el viento mueve las mareas
aunque nadie lo note.
Domar al río
es aceptar que nunca será del todo tuyo
y aun así elegir volver cada día.
Porque quienes verdaderamente lo conocen
no intentan conquistarlo.
Simplemente dejan que el río
les enseñè a vivir.
Y entonces comprenden
que hay amores parecidos al agua:
profundos, imprevisibles, silenciosos,
capaces de acompañarnos
el resto de la vida sin dejar jamás
de moverse.

Niebla en el Delta.

 La mañana amanece cerrada sobre el Delta,
como si el río hubiera decidido
guardar el mundo detrás de la niebla.
No se ve más allá
de unos pocos remos de distancia,
y entonces los ojos ya no alcanzan,
son los sonidos
los que empiezan a guiar la vida.
Primero, a lo lejos,
el rumor cansino de la lancha colectiva,
abriéndose paso entre la bruma
como quien conoce de memoria
cada recodo del agua.
Después, la lancha almacén,
con su motor más pesado,
trayendo pan, verduras, diarios,
y conversaciones que viajan
de muelle en muelle.
Y uno aprende a no equivocarse.
A reconocer cada embarcación
por la manera en que el motor respira,
por el golpe del agua contra el casco,
por la pausa breve antes de doblar el arroyo.
Entonces sé que el vecino de enfrente se acerca
con su pequeña lancha, mate en mano,
atravesando despacio la neblina
como si flotara dentro de un sueño.
Y en medio de ese silencio húmedo,
entre el frío y el otoño, te escribo en poesías.
Te recuerdo en besos que todavía viven tibios
sobre la memoria de mi boca,
y cuento los minutos
para volver a encontrarte.
Allá, donde el río se deja llevar
y se transforma en camino hacia tu casa.
Porque en el Delta las distancias no se miden en cuadras
ni en relojes, sino en agua, en esperas,
en motores que se acercan lentamente
entre la niebla.
Y sé que cuando llegue,
habrá mates humeando, una manta sobre las piernas,
las manos buscando otras manos
para espantar el frío.
Entonces volveremos a compartir la niebla,
el otoño, la humedad pegada a las ventanas,
las ramas mojadas inclinándose sobre el arroyo,
y esa manera tan nuestra de conversar la vida
mientras el río sigue pasando.
Porque hay amores que no necesitan cielos despejados.
Les alcanza con una lancha avanzando despacio,
un mate caliente entre los dedos
y dos personas esperándose del otro lado de la niebla.

Mañanas de Barrio.

Las mañanas del barrio
tienen ese qué sé yo
que no aprende ningún mapa.
El olor a tostadas
se escapa por las ventanas
mientras la vereda todavía bosteza
y la neblina espesa
se va rompiendo paso a paso,
como si alguien, desde arriba,
intentara descubrir el sol
despacito, sin apuro.
El bondi pasa a unas cuadras de casa,
con el mismo ruido cansado
de todas las mañanas,
y los vecinos van y vienen
con bolsas, con panes, con silencios,
arrastrando la rutina como quien lleva 
un pequeño destino entre las manos.
Así es el barrio, Saavedra hacia un lado
Coghlan, hacia el otro,
calles donde todavía sobreviven
los árboles viejos y ninguna
bicicleta apoyada en una pared.
 ya no es el mismo.
Donde había una casa
aparecieron departamentos altos
que tapan la tarde.
Donde las puertas estaban abiertas
y el saludo era costumbre,
hoy crecieron rejas, porteros eléctricos
y nombres que nadie conoce.
Antes uno sabía quién vivía en cada cuadra,
quién regaba las plantas,
quién escuchaba tangos los domingos,
qué perro ladraba de madrugada
y qué almacén fiaba hasta fin de mes.
Ahora las luces se encienden
detrás de balcones cerrados y a veces
uno vive a metros de otro
sin cruzarse jamás la mirada.
Y sin embargo, cuando llueve,
llueve en todas las cuadras igual.
El agua corre por los cordones
como cuando éramos chicos
y el barrio parecía infinito.
Y cuando sale el sol,
todo vuelve a iluminarse:
las veredas húmedas, los árboles cansados,
las persianas antiguas, las paredes con recuerdos.
Entonces el barrio respira otra vez,
aunque ya no sepa quién vive a dos cuadras de casa
como lo sabía antes.
Porque hay lugares que cambian de rostro
pero no de alma.
Y en cada mañana,
entre tostadas, neblina y colectivos,
todavía queda algo de aquel barrio abierto,
de aquella costumbre simple
de sentirse acompañado
sin necesidad de tocar ninguna puerta

De Cumpleaños.

 En Obelisco cumple años,
 la piedra vertical de la memoria,
ese cuchillo blanco clavado
en el corazón de la avenida,
donde Avenida Corrientes y Avenida 9 de Julio
se abrazan cada noche
entre bocinas, tango y nostalgias.
Ahí está, mirando pasar generaciones enteras
como quien escucha un bandoneón interminable.
Lo vio todo, vio obreros silbando madrugadas,
milongueros con gomina y sueños,
parejas besándose bajo lluvias de invierno,
festejos de campeonatos,
marchas, lágrimas, abrazos,
y taxis amarillos cruzando la ciudad
como notas apuradas de un tango de madrugada.
Porque el Obelisco no es piedra solamente.
Es garganta porteña, es un farol inmenso
donde Buenos Aires se mira a sí misma
cuando necesita recordar quién es.
En sus pies nació el grito de los campeones,
la tristeza de derrotas inevitables,
los besos después del teatro,
las corridas bajo tormentas de verano,
y el humo de cafés donde todavía parece sonar
algún disco viejo de Carlos Gardel.
Desde Corrientes sube el perfume antiguo de las librerías,
de las pizzas compartidas a la salida del teatro,
de las marquesinas encendidas
que parecen no querer dormirse nunca.
Y el Obelisco escucha el rumor del subte,
el taconeo de una mujer sobre la vereda mojada,
el vendedor ambulante ofreciendo banderitas,
el murmullo de turistas
y el silbido lejano de un tango escapándose
desde algún bar perdido.
Tal vez por eso emociona tanto.
Porque mientras todo cambia, él permanece ahí,
quieto y orgulloso, como un compadrito elegante
mirando la ciudad con melancolía de bandoneón.
Hoy cumple 90 años el gran centinela porteño.
Y Buenos Aires lo festeja
como se festejan las cosas que ya son parte del alma,
con música, con recuerdos, con tango.
Porque si alguna vez la ciudad tuviera voz propia,
seguramente saldría desde esa esquina enorme
de Corrientes y Nueve de Julio,
mezclada con humo de café y luces de neón.
Cantando despacio, con tristeza hermosa,
un tango infinito para su viejo Obelisco. 

Sábado.

 Hoy, sábado, Buenos Aires amaneció con ese frío húmedo
que sube desde el río y se queda flotando entre los edificios
como un fantasma educado.
Todavía no eran las diez
y ya había vecinos apurados comprando facturas,
en la 9 de Julio, mujeres caminando 
con las manos escondidas en los bolsillos
y cafeterías llenándose lentamente
de gente que buscaba más calor que café.
Es el sábado previo al veinticinco de mayo.
La ciudad lo sabe, por Corrientes, el viento baja filoso,
haciendo flamear algunas banderas celestes y blancas
colgadas antes de tiempo en balcones antiguos,
mientras los kiosqueros acomodan diarios
con titulares demasiado grandes para una mañana tan gris.
En Cabildo las palomas parecen discutir asuntos importantes
entre turistas congelados y taxis que pasan
dejando detrás un ruido tibio de motor cansado.
Hay olor a café recién molido, a pan caliente,
a subte húmedo, a bufandas guardadas 
desde el invierno pasado.
Y también está esa melancolía inexplicable
que aparece solamente los sábados fríos en Buenos Aires,
cuando la ciudad parece caminar más despacio
como si recordara algo.
Un hombre lee sentado junto a la ventana empañada de un bar.
Una pareja cruza la avenida en silencio.
Alguien tararea un tango casi dormido
mientras acomoda sillas sobre la vereda.
Entonces sucede eso tan porteño,
tan imposible de explicar,
la tristeza empieza a parecer belleza.
Tal vez porque en esta ciudad
hasta el frío tiene memoria.
Y hoy, justamente hoy,
Buenos Aires respira lenta, 
blanca de invierno prematuro,
esperando el feriado patrio
como quien espera una visita antigua
que siempre promete volver y nunca llega del todo.
Mientras tanto, el sábado sigue ahí,
temblando detrás de los vidrios empañados,
en una mesa con dos pocillos vacíos,
en el humo que sale de las alcantarillas,
en la voz de un mozo diciendo buen día,
con una nostalgia que podría haber escrito
García Márquez una mañana cualquiera. 

Besos.

 Se quedó sola la esquina,
y el frío entró hasta el buzón.
La vieja lámpara encendida
miró la niebla traer una canción.
Temblaban lentos los balcones
bajo la lluvia del arrabal,
mientras la noche, entre silencios,
deshojaba su último otoño en el umbral.
Tus besos llegaron despacio,
con esa pasión de tango y ronca voz,
dejando atrás la sombra helada
que dormía triste alrededor.
Sobre el piso viejo de madera,
crujió un dos por cuatro sentimental,
y cerca del tibio radiador
la radio dejó llorando un bandoneón de cristal.
La luna bajó por la ventana
a peinar de plata tu perfil,
y un perfume de café recién servido
hizo más lento el tiempo de partir.
Tus manos buscaron mi cintura
como quien vuelve al mismo puerto,
mientras afuera el viento del invierno
golpeaba las persianas del desierto.
Y así comenzó la noche,
con un tango, un beso y un café,
despidiendo al otoño lentamente
para quedarse abrazados hasta amanecer. 

Ciento cuarenta y nueve.

 Había un cielo celeste rodando por Buenos Aires.
No era nube, ni bandera,
ni verano reflejado en los vidrios.
Era el viejo 149, aquel colectivo inolvidable
que unía Constitución con Villa Cerini
como quien cose recuerdos
de punta a punta de la ciudad.
Sus coches parecían navegar las avenidas
con la calma de un tiempo distinto.
Un tiempo donde los viajes no eran apuro,
sino parte misma de la vida.
Y en Holmberg y Manuela Pedraza
comenzaban tantas historias.
Ahí esperaba el mundo.
Ahí estaba la infancia parada en una esquina,
mirando a lo lejos
hasta descubrir la silueta del colectivo
doblando despacio.
Entonces aparecía él; el 149.
Con su ruido querido, con su olor a cuero, 
gasoil y ventanas abiertas,
con los asientos gastados
por miles de pasajeros
que llevaban sueños simples en los bolsillos.
Qué largo parecía el viaje
y qué corto quedó en la memoria.
En verano, el destino era el Club Pinocho.
La pileta brillando bajo el sol,
las lonas de colores,
las ojotas calientes sobre el cemento,
las risas de chicos corriendo mojados,
el sonido de las pelotas
y las madres llamando desde lejos.
El 149 llevaba veranos enteros arriba.
Toallones, gaseosas,sandwiches  envueltos en servilletas,
y esa felicidad pequeña
que no necesitaba demasiado para existir.
Otras veces, el viaje era junto a los padres.
Pasear por Triunvirato
como quien recorre una avenida infinita de maravillas.
Las luces de los negocios, las vidrieras encendidas,
el perfume mezclado de café y pizzería
subiendo desde las veredas.
Y allá estaba el Cine 25 de Mayo,
majestuoso y querido,
esperando detrás de sus carteles luminosos.
Entrar ahí era entrar en otro mundo.
La penumbra elegante,
las butacas rojas,
los murmullos antes que empezara la película,
y los ojos de los chicos
abriéndose enormes frente a la pantalla.
Cuántas historias nacieron también ahí,
entre aventuras de matiné
y la mano cálida de los padres acompañando.
Y después estaba la kermese.
La inolvidable kermese de la estación Urquiza.
Año tras año, el terreno se llenaba de luces,
banderines de colores
y canciones que parecían no terminar nunca.
Qué mágico era aquello.
Los puestos de juegos, las rifas,
las ruedas girando, el olor a choripán 
mezclado con algodón de azúcar,
los chicos corriendo con premios baratos
que parecían tesoros inmensos.
La estación entera respiraba fiesta.
Y cuando llegaba carnaval,
Triunvirato explotaba de alegría.
Serpentinas cruzando el aire,
espuma volando entre carcajadas,
murgas haciendo temblar la noche
con bombos y lentejuelas.
Buenos Aires todavía sabía bailar en la calle.
Después del corso,
la familia seguía la celebración en Gambrinus.
Ah, Gambrinus, qué nombre lleno de memoria.
Las mesas, las picadas rebosando de salame, 
jamón y queso, las aceitunas brillando bajo la luz amarilla,
los sifones sobre el mantel,
las cervezas heladas y las conversaciones interminables.
Ahí estaban los padres, los abuelos.
Las sobremesas eternas.
Las historias repetidas mil veces
que nadie se cansaba de escuchar.
El mundo parecía quedarse quieto en esos momentos.
Y mientras tanto, el 149 seguía pasando.
Como un hilo invisible
uniendo todos esos recuerdos.
Quién hubiera pensado
que un colectivo podía guardar tanta vida.
Pero algunos bondis
no transportaban pasajeros solamente.
Transportaban épocas.
El 149 cruzaba San Cristóbal,  Caballito,
Agronomía, Urquiza, Saavedra…
y en cada barrio dejaba un pedazo de historia.
Como un viejo amigo
que conocía cada esquina de memoria.
Cincuenta y ocho minutos duraba el recorrido completo,
pero para muchos
fue un viaje que todavía no terminó.
Después desapareció.
A comienzos de los años ochenta
sus coches dejaron de rodar.
Las paradas quedaron vacías.
Y la ciudad siguió adelante
como hacen las ciudades,
sin darse cuenta
de que a veces también se mueren los recuerdos.
Pero hay cosas que no desaparecen nunca.
Porque todavía vive
en la memoria de quienes lo esperaban en la esquina.
En quienes viajaban mirando por la ventanilla.
En quienes fueron felices sin saberlo.
Todavía vive
en el eco lejano de un boleto cortado,
en el brillo de una noche de carnaval,
en la espuma sobre Triunvirato,
en las luces del Cine 25 de Mayo,
en las mesas familiares de Gambrinus,
en los veranos rumbo al Club Pinocho.
Y quizá,
cuando alguna tarde cae despacio sobre Saavedra,
todavía pueda verse, aunque sea por un instante,
aquel viejo colectivo en  la esquina de Holmberg y Pedraza,
llevando arriba una ciudad entera de recuerdos.

El Ultimo Piso.

 El frío conoce
las rendijas más pequeñas de la casa.
entra despacito.
como si buscara lo que todavía duele.
Por suerte, no vivimos en el último piso.
Allá arriba la lluvia tiene otra paciencia
y conversa con los techos hasta romperlos.
nos abrazamos para mirar el partido.
qué raro, un gol también puede encender una estufa.
La alegría es un animal pequeño.
Tiembla, respira, se queda un rato
entre las manos.
Dicen argentina avanza.
Yo quisiera creer que también avanzan
las cosas humildes, una mesa,
el pan, los árboles que siguen levantando
sus ramas hacia las estrellas
aunque el viento les enseñe otra lección.
Después el sol aparece; no hace ruido.
Brilla como si hubiera aprendido
esa costumbre de tus ojos.
Mientras tanto, en algún último piso,
la tormenta insiste.
El desprecio se envuelve en una manta.
La vergüenza baja la cabeza
como funda con una sombra.
quien espera que la noche
pero la voluntad
no sabe quedarse quieta.
Camina aunque el camino
dé más vueltas que la memoria.
Camina porque a veces
seguir adelante es la única manera
de decirle al invierno que no ganó.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...