jueves, 1 de octubre de 2026

 Cometí el delito de besarla,
y desde aquel instante
quedé encerrado en el amor…
ese que jamás quise,
ese que no permití que me rozara
ni siquiera lentamente.
Pero aquella noche,
a orillas del río,
entre la brisa, la penumbra
y el secreto tibio de su boca,
caí en mi propia trampa.
Y lo más extraño de todo
es que nunca intenté escapar.
Hoy navego junto a ella,
rumbo al Paraná,
y mientras el agua nos abre camino,
lo cuento entre sonrisas a mis amigos,
como quien confiesa una travesura
que volvería a cometer mil veces.
Ellos se ríen…
sin saber que hay delitos
que no merecen condena,
besos que cambian el rumbo
y mujeres que, sin cadenas ni promesas,
te dejan prisionero de su piel,
de su mirada,
de esa manera suya de acercarse
y desordenarte el alma.
Yo, que nunca quise caer en el amor,
cometí el peor de los errores:
besarla aquella noche junto al río…
y descubrir que mi única condena
era no querer salir jamás de ella.

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