martes, 6 de octubre de 2026

Conociendonos.

 No se trataba de llegar a un final, sino de aprender a recorrer el camino.
Desde el comienzo comprendimos que aquel encuentro necesitaba tiempo. 
No el tiempo apurado de los relojes cotidianos, ese que divide las horas en obligaciones y las convierte en una sucesión de minutos que debemos alcanzar, sino un tiempo diferente, más lento y más atento. Por eso dejamos un reloj cerca, no para apresurarnos, sino precisamente para recordar que no había ninguna razón para hacerlo.
Al principio pensamos que veinte minutos serían suficientes. 
Veinte minutos para detenernos, para respirar, para dejar que el silencio encontrara su lugar entre nosotros. Pero el tiempo comenzó a comportarse de otra manera. 
Sin darnos cuenta, aquella primera medida se transformó en media hora, luego en una hora, y finalmente descubrimos que podíamos permanecer allí mucho más de lo que habíamos imaginado.
Todo contribuía a esa sensación.
La luz tenue de una vela apenas alcanzaba para dibujar los contornos de la habitación. 
Afuera continuaba existiendo el mundo, con sus ruidos, sus vehículos lejanos y sus preocupaciones, pero allí dentro parecía haberse detenido. 
Una música serena acompañaba el silencio y, de vez en cuando, alguna palabra suave aparecía para volver a encontrarnos.
El aroma de los aceites llenaba lentamente el espacio. El aceite de coco, elegido por su suavidad, se convirtió en parte de aquel ritual de cuidado, como también los aromas dulces y delicados que fuimos incorporando sin prisa. 
Todo debía ser sencillo, agradable y respetuoso: nada impuesto, nada apresurado.
Porque descubrimos que el verdadero sentido estaba precisamente allí: en prestar atención.
Aprender a escuchar al otro no solamente con las palabras, sino también con las pausas, con los silencios, con la manera en que respiraba, con aquello que parecía decir sin necesidad de pronunciarlo. Y, al mismo tiempo, aprender a escuchar nuestro propio cuerpo, reconocer sus límites, sus necesidades y sus formas particulares de expresar comodidad, confianza y tranquilidad.
El tiempo seguía pasando.
El minutero daba una vuelta y después otra, y cada vuelta parecía llevarnos un poco más lejos de la ansiedad con la que habíamos comenzado. 
Ya no importaba cuánto tiempo había transcurrido. Importaba el momento mismo, esa sensación de estar presentes sin necesidad de alcanzar nada.
También había espacio para compartir pequeños sabores, bebidas y dulces, siempre como parte de aquella atmósfera pausada. No eran lo importante, sino pequeños detalles alrededor de lo verdaderamente esencial: la compañía, la confianza y la posibilidad de permanecer juntos sin convertir el encuentro en una carrera hacia ninguna parte.
Con el paso de los minutos comprendimos algo que al principio no habíamos sabido nombrar: el verdadero conocimiento del otro no aparece de repente. Se construye lentamente.
Es conocer sus silencios, es aprender cuándo hablar y cuándo permanecer callado, es descubrir que cada persona tiene su propio ritmo y que respetarlo también es una forma de afecto, es entender que nuestro propio cuerpo tampoco es un territorio que se conoce de una sola vez, sino un lugar que vamos descubriendo con paciencia a lo largo de la vida.
Quizá por eso el tantra puede entenderse, más que como una búsqueda de un resultado, como un camino. Un camino de presencia, de atención y de conocimiento. Una manera de comprender que el encuentro puede ser mucho más profundo cuando dejamos de pensar en llegar y comenzamos a valorar cada paso.
No había una meta que alcanzar, no había un límite que superar, había solamente un recorrido.
Y en ese recorrido, cada minuto parecía adquirir un significado nuevo. La primera hora pasó casi sin que nos diéramos cuenta, y aquello que habíamos imaginado como un breve momento se había transformado en una experiencia mucho más extensa, serena y reflexiva.
El reloj continuaba allí, pero ya no mandaba sobre nosotros; las horas podían avanzar.
La vela podía consumirse lentamente.
La música podía repetirse.
El mundo podía continuar al otro lado de la puerta y nosotros, en cambio, habíamos aprendido a permanecer en el instante.
Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas de cualquier camino de conocimiento: comprender que no todo aquello que importa debe conducirnos hacia un final. Algunas experiencias adquieren su verdadero valor precisamente porque no necesitan terminar para tener sentido.
El camino es el conocimiento, el camino es la paciencia, el camino es descubrir al otro sin pretender poseerlo y descubrirnos a nosotros mismos sin exigirnos ser diferentes.
Y quizá sea por eso que ciertas experiencias resultan imposibles de explicar completamente con palabras. Quienes han aprendido a recorrerlas desde la calma, el respeto y la presencia pueden comprender que lo inolvidable no siempre está en aquello que sucede al final, sino en todo lo que se descubre mientras se avanza.
Porque, al fin y al cabo, el verdadero viaje nunca fue hacia un destino, fue hacia el conocimiento del otro.
Y, a través de ese otro, hacia el conocimiento de nosotros mismos.

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