se vuelven Buenos Aires.
Desde 1860,
entre azulejos, madera y recuerdos,
El Imparcial guarda en sus mesas
el perfume de otra ciudad.
Acá el mozo conoce el oficio,
el mar llega servido en un plato,
y el tiempo se queda un rato
charlando en alguna mesa.
Y hay una vieja ley
que todavía se respeta:
de política y religión,
mejor no hablar.
Porque acá la única discusión
es si estuvo mejor la paella,
los mariscos o el café.
Y así, entre copas, historias y silencios,
uno entiende que hay rincones
donde Buenos Aires
todavía se sienta a comer.

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