Quizá el tantra sea mucho más que una práctica.
Quizá sea una manera diferente de detener el tiempo, de volver al cuerpo y de encontrarnos con la otra persona desde un lugar donde no existen las prisas ni la necesidad de demostrar nada.
En una relación, incluso cuando creemos conocer profundamente a quien tenemos delante, siempre existe algo nuevo por descubrir.
Las personas cambian, los deseos se transforman, aparecen nuevas necesidades y también nuevas formas de entender la cercanía.
Por eso, descubrirse no debería ser algo que termina, sino un camino que puede recorrerse una y otra vez.
El tantra propone precisamente eso: estar presentes, respirar, escuchar y permitir que el encuentro suceda lentamente.
El tantra propone precisamente eso: estar presentes, respirar, escuchar y permitir que el encuentro suceda lentamente.
Y quizá el lugar tenga también su importancia.
El piso puede convertirse en ese espacio sencillo donde abandonar por un momento las preocupaciones cotidianas y sentir el cuerpo sostenido por la tierra.
La tierra tiene algo ancestral, algo que nos devuelve a lo esencial.
No exige, no apresura, no pregunta cuánto tiempo necesitamos.
Simplemente sostiene, estar cerca de ella puede convertirse en una forma simbólica de recordar que somos parte de algo mucho más grande y que, antes de cualquier expectativa, estamos allí para compartir un mismo instante.
La música puede completar ese pequeño universo.
La música puede completar ese pequeño universo.
Una melodía suave, profunda, que no pretenda conducirnos hacia ninguna parte, sino acompañar nuestra respiración y llenar los silencios.
Que la música se convierta casi en una tercera presencia: envolvente, serena, capaz de marcar un ritmo diferente al del mundo exterior.
Entonces el piso, la tierra y la música dejan de ser simples elementos del ambiente y pasan a formar parte de una misma experiencia: la tierra sostiene, el cuerpo permanece presente y la música acompaña.
No hace falta apresurarse.
No hace falta apresurarse.
Podemos cerrar los ojos, respirar, escuchar y después volver a mirarnos. Podemos permitir que el silencio también tenga su lugar.
El tantra nos recuerda que la intimidad no depende necesariamente de alcanzar una meta, sino de la capacidad de permanecer atentos a lo que sucede en cada momento.
El verdadero propósito puede estar en el camino, en la posibilidad de descubrir cómo cambia una mirada cuando dejamos de pensar en lo que vendrá después, cómo una conversación puede adquirir otro significado cuando existe verdadera atención y cómo dos personas pueden sentirse más cerca simplemente porque se conceden el tiempo necesario para estar realmente presentes.
Tampoco debería existir vergüenza en querer conocerse más ni miedo a reconocer que todavía hay aspectos del otro que permanecen desconocidos.
Tampoco debería existir vergüenza en querer conocerse más ni miedo a reconocer que todavía hay aspectos del otro que permanecen desconocidos.
La confianza permite hablar de deseos, límites, inseguridades y necesidades sin temor a ser juzgados. Y esa libertad, basada siempre en el respeto y en el consentimiento, puede abrir un espacio de intimidad mucho más profundo que cualquier técnica.
Tal vez una de las cosas más hermosas sea comprender que la edad no cierra las puertas del descubrimiento.
Tal vez una de las cosas más hermosas sea comprender que la edad no cierra las puertas del descubrimiento.
Al contrario, los años pueden aportar una mirada diferente sobre la intimidad: menos preocupada por las apariencias y más consciente del valor del tiempo, de la confianza, de la ternura y de la presencia.
Ya no se trata de demostrar nada, sino de permitirse vivir plenamente aquello que se comparte.
Que el cuerpo encuentre su lugar sobre el piso, que la tierra recuerde nuestra conexión con lo esencial, que la música acompañe la respiración y que el tantra sea el hilo que una todo. Sin apuro, sin exigencias y sin la obligación de llegar a ninguna parte.
Que el cuerpo encuentre su lugar sobre el piso, que la tierra recuerde nuestra conexión con lo esencial, que la música acompañe la respiración y que el tantra sea el hilo que una todo. Sin apuro, sin exigencias y sin la obligación de llegar a ninguna parte.
Simplemente estar allí, juntos, descubriendo que incluso cuando creemos que ya conocemos al otro, siempre puede aparecer una mirada nueva, una conversación inesperada, una forma diferente de acercarnos o una parte de nosotros mismos que todavía no habíamos mostrado.
Porque quizá nunca terminamos de descubrir a una persona cuando todavía somos capaces de mirarla con curiosidad.
Porque quizá nunca terminamos de descubrir a una persona cuando todavía somos capaces de mirarla con curiosidad.
Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de la intimidad: no creer que ya lo sabemos todo, sino conservar la disposición para seguir descubriendo.

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