Su rostro sonrojaba,
su piel se erizaba,
su cuello cambiaba de actitud
el sol cada día de lluvia.
Sus palabras corrían el tiempo
y entre mates me contaba la vida,
hasta que un día, sin explicación
voló de árbol en árbol,
de flor en flor y cada jueves
a las quince y treinta
desapreció, como toda flor
que se marchita ante el calor
del fuego sin sorpresa
ni explicación.










