domingo, 15 de marzo de 2026

 El tango es un café y una medida,
así de simple.
Antes le agregaba un pucho
que dibujaba espirales en el aire,
pero hoy alcanza
con el humo tibio del recuerdo
y tu compañía.
Una mesa gastada contra el vidrio,
la calle mojada
reflejando faroles cansados,
y un dos por cuatro silbado bajito
que se escapa entre los dientes
como si la noche misma
lo estuviera tarareando.
Un violín llora en algún rincón,
quizás de una radio vieja,
quizás de un bandoneón que no se ve,
y todo se mezcla despacio
con un riff de Pappo
que raspa la madrugada
como una navaja de arrabal.
Eso es Buenos Aires.
Un sábado a la noche,
o la noche de un día cualquiera,
porque acá las noches
siempre tienen algo de tango
aunque nadie las baile.
La  medida y los cubos de hielo
tintinean como campanitas cansadas.
El café humea lento,
como pensando en voz baja.
Y vos,
del otro lado de la mesa,
con esa manera tuya de mirar
como si supieras
que la ciudad se cae a pedazos
pero igual se levanta cada madrugada.
Entonces el bar se vuelve puerto,
la calle se vuelve río,
y la noche un tango más.
Y yo me dejo llevar
como se deja llevar el bandoneón
cuando suspira.
Porque al final el tango es eso:
un café, una medida,
dos cubos de hielo
golpeando el vidrio del vaso,
un dos por cuatro perdido en el aire y vos
acunando una noche más.
Como cada tango, 
como cada noche en Buenos Aires.


 El sol se esconde despacio
detrás del ancho Río de la Plata,
y la tarde se vuelve un suspiro largo
sobre la costa de Vicente López.
Queda flotando en el aire
ese olor salado del río,
mezcla de brisa, de noche naciendo
y de promesas que nadie dice en voz alta.
Caminamos despacio,
como si el tiempo tuviera miedo
de romper el silencio.
La luna empieza a levantarse
sobre el agua inmensa,
y su reflejo se dibuja en el río
como un tango que todavía no se anima
a empezar.
La brisa nos rodea suave,
trae el murmullo del agua
y ese perfume extraño del río
que no siempre es confiable
pero siempre es verdadero.
Y ahí estás vos.
Sentada a mi lado
mientras saboreamos la cena
como si fuera parte del paisaje:
la noche,
la brisa del río,
las luces lejanas
dibujando el horizonte.
No hace falta decir demasiado.
El río habla por nosotros
con su voz profunda
golpeando despacio contra la orilla.
Entonces caminamos.
La luna nos acompaña
dibujando caminos de plata sobre el agua,
y cada paso por la costanera
tiene ese algo tuyo
que cambia el color de las cosas.
Las luces de la ciudad
quedan atrás, suaves,
como si Buenos Aires respirara lento
para no interrumpir este momento.
El río sigue ahí,
inmenso, oscuro, paciente.
A veces parece abrazarnos
con su rumor constante,
como si conociera todos los secretos
de los que caminan junto a él de noche.
Y en medio de esa noche
entre la brisa, la luna y el agua
entiendo algo simple
que hay momentos
que son la forma más pura de la vida.
Caminar despacio por la costa,
escuchar el río,
sentir la noche abrirse sobre el mundo…
y saber
que con vos al lado
todo se vuelve tango.


viernes, 13 de marzo de 2026

 Los Picapiedras, un clásico inolvidable de Saavedra.
En la esquina de Manzanares y la entonces Avenida del Tejar, hoy Avenida Ricardo Balbín, supo latir uno de esos lugares que hacen barrio: la pizzería Los Picapiedras. 
No hay fotos que la documenten, pero vive intacta en la memoria de quienes cruzaron su puerta.
En el corazón de Saavedra, cuando el barrio tenía cines, noches largas y casi no dormía, el salón era punto de encuentro obligado. En verano, las mesas ocupaban la vereda; adentro, el murmullo constante, las familias y las sobremesas eternas componían una escena que parecía no terminar nunca.
La pizza era protagonista. La de choclo tenía fieles devotos. Pero la de cebolla era una obra maestra: giraba dentro del horno mientras la cebolla se tostaba lentamente, alcanzando ese dorado perfecto, apenas caramelizado, que todavía hoy parece imposible de repetir.
La geografía del lugar tenía sus secretos. 
La entrada estaba sobre la avenida y en la ochava; la cocina, sobre Manzanares. 
Más de una vez alguien se metía a charlar con el pizzero entre harina y vapor. 
Los escalones no llevaban al salón: se bajaban solamente para ir al baño, como si ese pequeño descenso fuera parte del ritual de cada noche.
Desde la caja, Rodolfo observaba todo. 
Cuando había mucha gente esperando mesa, pedía con amabilidad que diéramos una vuelta y regresáramos más tarde. Y siempre volvíamos. 
Los mozos, Riguete, Sánchez y Daniel, tenían su carácter, poca paciencia a veces, sobre todo cuando nos quedábamos horas consumiendo lo mínimo. Pero eran parte del alma del lugar.
Y cada noche tenía sus figuras infaltables. 
Era casi seguro ver a Gimenes pasar a tomar su whisky con café y una jarra de agua helada con hielo, siempre en la misma mesa, siempre con el mismo gesto tranquilo. 
O cruzarse con Chona Galvani y sentarse un rato a hablar del barrio, de la familia, de las cosas simples de la vida. 
Porque Saavedra tenía eso: nos conocíamos todos. Nos saludábamos. Sabíamos quién era el hijo de quién. Había tiempo para la charla y para el encuentro.
Eso fue lo que el barrio supo tener y lo que hoy, de algún modo, se fue apagando. Los candados y las rejas nos alejaron de ese ritual cotidiano de vernos las caras sin miedo, de sentarnos a conversar sin mirar el reloj.
Hoy el local cambió de rubro y nada queda físicamente de aquella pizzería. 
Pero Los Picapiedras fue y seguirá siendo un símbolo de ese Saavedra que supo tener noches vivas y puertas abiertas. Recordarlo no es solo nostalgia. es mantener encendida la memoria de un barrio que se construía, sobre todo, en la mesa compartida y en la conversación.
PD: Hoy es una parrilla, pero es la imagen más cercana que encontré de la esquina que estoy mencionando.




 Nos sentamos en el banco de la vereda, sobre la  traza de Avenida San Isidro, en Saavedra. La noche caía despacio y el aire tenía ese perfume tibio a barrio que mezcla tilos, tránsito y azúcar tostada. Frente a nosotros, iluminado como si siempre fuera sábado a la noche, estaba el local de Chungo.
¿Sabías que todo empezó acá mismo, en septiembre de 1973? te dije, mientras mirábamos por la vidriera empañada.
Te conté que un joven de 29 años, Jorge Davalli, trabajaba en una empresa durante la semana y en esta misma heladería los fines de semana. 
Un día decidió comprar el fondo de comercio. 
Primero vendió su auto, pidió ayuda a su familia y se quedó con el local de la esquina de San Isidro y Arias. Que no sabía hacer helado, pero aprendió. Que dormía sobre bolsas de azúcar para no perder tiempo entre tanda y tanda.
Vos me mirabas como si te estuviera narrando una leyenda urbana, una de esas historias mínimas que hacen grande a una ciudad.
Te hablé de los detalles que lo volvieron distinto: el folleto explicando qué era el helado artesanal, los baberos descartables para los chicos, el mostrador de acero inoxidable cuando nadie pensaba en eso, la primera línea 0800 del rubro. 
Te señalé la esquina y te dije que antes las colas daban vuelta la manzana. 
Que venía gente de Belgrano, de Devoto, de San Isidro. Que una hora de espera era parte del ritual.
Pedimos un cuarto de kilo. de dulce de leche  que es el rey de la casa, que tiene siete versiones, que representa más del 25% de lo que producen. 
Que desde esta misma fábrica en Saavedra salen cientos de miles de kilos por año.
Probaste una cucharada y cerraste los ojos.
—Ahora entiendo —dijiste.
Pero yo seguí, porque la historia no era solo de helado. 
Era de hijos creciendo entre freezers, de un cartel que decía esta es la única sucursal, de un padre que no quería expandirse y de un hijo Ariel que lo convenció. 
De la fábrica propia en los noventa. De sumar café y pastelería para sobrevivir al invierno. De reinventarse en pandemia con locales más chicos, más ágiles.
La noche ya estaba encima nuestro y la esquina parecía suspendida en el tiempo. 
Un colectivo pasó lento. Un chico salió con un cucurucho más grande que su mano. Vos apoyaste la cabeza en mi hombro.
¿Y todo eso lo sabés por haber venido siempre? —me preguntaste.
—No exactamente.
Te conté que la verdadera historia, la que tiene detalles que no salen en ninguna nota ni en ninguna web, la conoce mejor mi amigo Alberto. 
Alberto vivía en la esquina de Ramallo y Cabildo, a unas cuadras de acá. Êl vio todo: los primeros inviernos difíciles, las noches largas de producción, Él sí te lo contaría con fechas, con nombres, con anécdotas -reales vividas por él y su primer despachante de helado  Yo solo te cuento la versión que con el tiempo fui escuchando que seguro no es tan real como la que sabe Alberto.
Nos quedamos en silencio un rato, compartiendo el último bocado. Las luces del local se reflejaban en el asfalto y pensé que algunas historias no se cuentan para informar, sino para quedarse un poco más en un lugar.
Al final murmuré: "Cuesta lo mismo hacerlo bien que mal.
Y en esa esquina de San Isidro, con gusto a dulce de leche y noche de barrio, la frase no sonó a lema empresarial, sino a realidad y parte de la historia de Saavedra ,un barrio con muchas anécdotas que algunos conocen y otros desconocen por completo, pero yo trato de buscar, de investigar y preguntar por qué este barrio tiene ese qué sé yo, viste.


Seva el verano lentamente,
como el río que va y viene desde el Paraná,
dejando en el muelle una memoria de sol
y madera tibia.
El muelle cambia de color,
como las hojas que comienzan a cubrirlo,
y la noche llega más rápido,
mientras el sol se demora,
como si también le costara despedirse.
Preparar la salamandra es un ritual antiguo,
una promesa de abrigo.
El mate nos acompaña en el muelle,
como siempre,
y el agua más tibia que ayer
te besa los pies
antes de que bajes,
sirena silenciosa,
a bañarte en la noche del río.
El Carapachay nos mira pasar,
testigo fiel de nuestros años,
viéndonos crecer y envejecer
sin decir palabra.
La casa se prepara para contenernos más tiempo,
para guardar nuestros silencios
y el rumor del viento entre las islas.
Tus brazos me abrigan.
Aún quedan días
en los que podrás desnudarte al agua
y sentir el río entero en tu cuerpo
al anochecer.
Pero son pocos.
El otoño cubrirá de hojas el suelo,
y de besos y abrazos la casa.
Entremos temprano decís,
que el río será celoso de vos
como lo estuvo todo el verano
cuando lo cruzabas nadando,
casi sin tocarlo,
como si flotaras
entre el deseo y la corriente.
Y yo pienso
que aunque el frío venga,
aunque el sol tarde y la noche avance,
siempre habrá un verano secreto
en tu piel mojada,
y en el río que nos nombra
cada vez que vuelve.
Siempre supe
que algún día el viento
me llevaría hasta allí,
justo allí
donde nos encontramos por primera vez.
Donde, atrevidamente,
me besaste y dejaste en mí
una marca para siempre.
No recuerdo
qué pasaba alrededor.
Tal vez los bondis
marcando su paso pesado,
tal vez el semáforo
titilando en verde
como si también dudara.
Pero el silencio
pudo más que la brisa de la noche.
Y yo, solo me dediqué a escucharte,
a mirarte, a observarte
como si el mundo entero
se hubiera detenido.
La noche se llevó las estrellas,
ocultó la luna, apagó el cielo.
Y sin embargo, solo vos brillaste
por la avenida, esa de veredas anchas
y locales cerrados por seguridad y por sueño.
Fue entonces,
cuando te vi llegar de lejos,
que supe que todo lo demás
era solo cuestión de empezar a caminarlo.
Y sin decirlo, lo hicimos.
 Aquella tarde el sol se rindió lentamente
sobre el borde del río,
y la tarde, cansada de tanta luz,
se acostó a descansar sobre las aguas quietas del delta.
Entonces la luna,
que parecía demorarse a propósito
como una mujer que sabe
que su belleza se vuelve más intensa
cuando se hace esperar, apareció.
Y salió más hermosa que nunca.
Su luz cayó sobre el río
como una caricia larga,
como una mano tibia
recorriendo despacio la piel de la noche.
El delta se encendió en silencio,
las islas respiraron calma,
y el agua empezó a brillar
como brillan tus ojos
cuando decís buen día.
Y en ese momento pensé en vos.
Pensé en tu mañana
despertándose despacio entre mates,
en tus manos estirándose hacia el cielo
mientras el sueño todavía
se queda abrazado a tu cuerpo.
Pensé en tu pelo desordenado por la madrugada,
en tu voz todavía tibia,
en tu forma de empezar el día
como si el mundo pudiera ser bueno
solo por existir.
Y entonces mi día se ilumina.
Porque saber de vos
es como ver salir la luna
después de una tarde interminable.
Por suerte allá no llueve
como suele llover en algunos rincones
de esta bendita tierra
donde a veces los gritos crecen
como tormentas inútiles
y los insultos caen
como lluvia amarga.
Allá no, allá existe la paz.
Existe el silencio bueno.
Existe la palabra que se escucha.
Y sobre todo, existís vos.
Vos,
que sos como ese refugio secreto
donde el mundo se vuelve más lento
y el tiempo parece quedarse dormido
sobre tu pecho.
Y cuando me pierdo en tus brazos
el universo deja de girar.
Descanso ahí,
arrullado en tu calor,
después de esos minutos de locura infinita
donde el deseo rompe todos los límites,
donde las manos ya no preguntan
y los cuerpos hablan un idioma antiguo
que nadie nos enseñó
pero que sabemos perfectamente.
Porque cuando estamos solos
lo imposible deja de ser imposible.
La piel aprende caminos nuevos.
El aire se vuelve más denso.
La respiración se mezcla.
Y el mundo entero parece detenerse
solo para mirarnos.
Como si la noche misma
quisiera aprender de nosotros
la forma exacta del amor.
Y afuera, tal vez,
llueve sobre Buenos Aires.
Llueve sobre las calles cansadas,
sobre los balcones,
sobre los techos de chapa
y los bares que todavía guardan historias.
Pero aquí,
en este pequeño universo
donde tu respiración roza la mía,
la lluvia no hace ruido.
Porque el río escucha.
La luna nos mira.
Y el delta,
silencioso y cómplice,
guarda el secreto
de dos cuerpos
que aprendieron a encontrarse
como se encuentran la noche y la marea.
Lentamente.
Inevitablemente.
Y con una ternura tan profunda
que hasta el cielo
parece quedarse en silencio
para no interrumpirnos.


  El cielo amaga una y otra vez,
y desde el último piso
el viento revolotea la ropa
como si jugara con la mañana.
Sobre el río los veleros regresan,
y en la calle el sol quiebra la luz temprana
con un otoño que empieza a llegar,
despacio… muy despacio.
Como llegaste vos.
Paso a paso,
sin romper nada de lo que encuentra tu camino,
enarbolando la bandera de la paz
y no la de la guerra;
la del diálogo
y no la de los gritos desaforados.
Así, entre pasos lentos,
comenzaste a construir
un hermoso nido de sensaciones:
caricias, alegrías,
pequeños instantes que fueron armando el día.
Detrás de una sonrisa,
de un beso,
de una flor de perfume suave y fino.
Lejos de las discusiones
que a diario llenan el mundo
y a veces opacan el sol.
Porque el sol
solo hay que recibirlo
sin enojos,
solo con sonrisas.
Y entonces
el día y nosotros
encontramos el resto del camino,
aun frente a la adversidad
más grande que se pueda imaginar.
Porque el amor verdadero
no levanta la voz,
no empuja, no hiere.
El amor verdadero
camina despacio,
como el otoño que llega,
y cambia el mundo
sin violencia.


Un coñac, un café
y una larga noche donde todo estaba por descubrirse.
El invierno entraba por la rendija de la ventana
como un huésped antiguo,
y el río acunaba la luna
sobre los álamos de la costa enfrentada.
Noche de delta.
Un suspiro dicho a la luna,
un murmullo ofrecido a las estrellas,
y tu cuerpo descansando suave
entre mis brazos.
La soledad del silencio
y el secreto de tu voz
contando pausadamente la vida,
como si cada palabra
fuera una brasa encendida.
Para qué más.
El coñac entibia la sangre,
el café ya está a punto,
y una prenda cae distraída
como una hoja en otoño.
Nos olvidamos del frío.
Entre los leños
cruje algo más que el fuego.
En tus ojos diviso el tiempo,
y en el tiempo la vida
que se abre despacio
como el amanecer sobre el río.
Amanece.
Y entre la niebla del delta
tu piel guarda todavía la noche,
mientras la luz descubre
lo que el deseo escribió en silencio.
Poesía, romance,
y ese misterio suave
de seguir despertando
siempre a tu lado
a orillas del río.
Caminábamos por la avenida Corrientes, esa calle que dicen que nunca duerme. 
Era sábado por la noche y la ciudad estaba en su punto más vivo: las luces de los teatros encendidas, las marquesinas brillando como si cada una prometiera una historia distinta, los cafés llenos, las pizzerías rebalsando de gente y el murmullo constante de miles de pasos que iban y venían.
El aire tenía ese olor mezcla de Buenos Aires nocturna: café recién hecho, pizza al horno, humo de parrilla que escapaba desde algún restaurante cercano. 
Los taxis pasaban uno tras otro, las bocinas sonaban impacientes y las conversaciones se cruzaban en todos los tonos posibles. Era un bullicio casi enloquecedor, el ruido propio de una ciudad que respira fuerte cuando llega el fin de semana.
Vos caminabas a mi lado, escuchándome mientras yo, casi sin darme cuenta, empezaba a hablarte del bandoneón.
Te decía que es un instrumento extraño, casi misterioso. Que cuando lo tocás con la mano derecha encontrás una escala, pero cuando lo abrís aparece otra distinta. Que lo mismo ocurre con la izquierda. Que en realidad el bandoneón es como si escondiera cuatro caminos musicales diferentes dentro de una misma caja de madera y metal.
Mientras te lo contaba, intentaba explicarte algo que a veces ni los músicos logran poner en palabras: que el bandoneón no se toca solamente con los dedos. Se toca también con el pecho, con la respiración, con la fuerza de los brazos que abren y cierran el fuelle como si el instrumento estuviera vivo.
Seguíamos caminando entre la multitud cuando, de pronto, pasó algo inesperado.
Entre el ruido de la avenida apareció un sonido distinto.
Al principio fue apenas un susurro entre el tránsito y las voces. Pero bastaron unas pocas notas para que algo cambiara. Era un bandoneón.
Nos detuvimos casi al mismo tiempo, como si ese sonido hubiera logrado frenar por un instante el ritmo apurado de la ciudad.
A unos metros, apoyado contra la pared de un viejo edificio, un hombre tocaba. El fuelle se abría y se cerraba lentamente, como si respirara. Cada movimiento parecía sacar del instrumento una emoción distinta: nostalgia, tristeza, esperanza, memoria.
Y en ese momento ocurrió algo curioso.
La avenida Corrientes seguía siendo la misma: los autos, las luces, la gente, el ruido, pero para nosotros todo eso quedó en segundo plano. Durante unos minutos el mundo se redujo a esas notas que salían del bandoneón.
Te dije en voz baja que ese instrumento era un verdadero enigma. Que exige al músico pensar con la cabeza, con los dedos y con el cuerpo al mismo tiempo. Que no es como el piano, donde cada tecla siempre responde igual. En el bandoneón, cada botón cambia según el fuelle se abra o se cierre, como si el instrumento tuviera secretos que solo revela a quien lo conoce de verdad.
Vos escuchabas en silencio mientras la melodía seguía flotando en el aire de la noche porteña.
Había algo profundo en ese sonido, algo que parecía venir de muy lejos: de los barcos que llegaron al puerto hace más de un siglo, de los barrios antiguos, de las historias de gente que dejó su tierra y encontró en el tango una manera de decir lo que sentía.
El bandoneón tiene esa magia. No es solo un instrumento. Es casi una voz.
Y cuando suena en una noche como esa, en medio de la avenida Corrientes llena de vida, uno entiende por qué el tango no es solo música: es memoria, es emoción, es parte del alma de esta ciudad.
Nos quedamos allí un rato más, sin hablar demasiado. No hacía falta.
El bandoneón seguía contando su historia, y nosotros simplemente la escuchábamos mientras la noche de Buenos Aires continuaba girando a nuestro alrededor.




 El Obelisco de Buenos Aires nos vio pasar apenas, de refilón, como si ya estuviera acostumbrado a presenciar historias que empiezan y se desvanecen entre la multitud. Era una de esas noches en que la ciudad parece respirar más despacio, y el aroma a pizza recién horneada subía desde los hornos abiertos hacia la avenida como un recuerdo caliente de barrio.
La vereda esta mitad tomadas por peatones y mitad por artistas callejeros. 
Algunos pintaban, otros cantaban, otros simplemente se animaban a existir ahí, desafiando la prisa de los que pasan. 
Entre ellos, el arte puro, el comercial, el improvisado, el de gorra extendida y mirada humilde. 
Y detrás de las marquesinas iluminadas se abrían los pasillos del Paseo La Plaza, como un pequeño laberinto donde el teatro, la música y la risa encuentran refugio en medio del ruido de la ciudad.
Ella caminaba a mi lado.
A veces me miraba y sonreía, como si supiera algo que yo todavía estaba aprendiendo a entender. 
Su sonrisa tenía esa forma suave que tienen algunas noches de Buenos Aires: algo entre promesa y despedida.
Yo mezclaba su sonrisa con una poesía improvisada que iba naciendo en mi cabeza. 
No la decía en voz alta; la guardaba como se guardan las cosas frágiles. 
Mientras tanto, entre el murmullo de la gente, los colectivos lejanos y las conversaciones que flotaban en el aire, yo escuchaba un tango. 
Nadie lo tocaba realmente. Pero estaba ahí, caminando con nosotros por las cuadras.
Tal vez sólo yo lo oía.
En Avenida Callao la noche parecía más tranquila. Los edificios altos, con sus balcones antiguos y sus fachadas gastadas por el tiempo, guardaban historias que ya nadie cuenta del todo. 
Buenos Aires tiene ese gesto elegante de las ciudades que envejecen sin perder la memoria.
Sin discursos, sin actos, sin políticos ocupando las esquinas, la avenida recuperaba algo de su verdadera naturaleza: la de ser simplemente un camino donde pasan vidas.
Al llegar a la esquina de Avenida Rivadavia nos detuvimos un momento. Estábamos esperando mesa en La Americana. 
La espera tenía ese sabor simple de las noches largas: hablar poco, mirar mucho.
Frente a nosotros, iluminada con una dignidad casi melancólica, estaba la Confitería del Molino.
El edificio parecía despertar de un sueño antiguo. 
Sus vitrales y molduras brillaban como si el tiempo hubiese decidido detenerse justo ahí. Pero las puertas seguían cerradas, como tantas promesas en esta ciudad.
Y sin embargo, cuando pasé por la vereda, tuve la extraña sensación de escuchar una voz.
La voz de mi abuelo.
Como si desde algún sótano invisible estuviera preparando caramelos, removiendo azúcar en una olla de cobre, trabajando en silencio mientras la ciudad cambiaba allá arriba. Hay recuerdos que Buenos Aires guarda mejor que nosotros.
Porque Buenos Aires es así.
Un poco tango.
Un poco nostalgia.
Un poco de luces que titilan sobre las avenidas… y, a pocos metros, un niño que busca algo para comer en un tacho de basura.
Una mujer que pide monedas para comprarse una porción de pizza.
La belleza y la herida caminando juntas por la misma vereda.
Mis pasos se mezclaban con los tuyos. Las sombras de nuestros cuerpos se alargaban bajo las farolas amarillas. 
Yo caminaba tomándome de tus silencios, y vos me sostenías de la cintura con esa naturalidad que tienen los gestos cuando todavía no saben que algún día serán recuerdo.
Desde una disquería abierta escapaban acordes de guitarra. Era Pappo, rugiendo desde un viejo parlante como si la noche también tuviera motor.
Las motos pasaban.
Los taxis se llevaban historias hacia otros barrios.
Algún bar cerraba sus persianas.
La noche corría por Buenos Aires como un río invisible.
Y nosotros caminábamos dentro de ese río.
Después vino la vuelta a casa, esa parte silenciosa de todas las noches. 
Las calles empezaban a vaciarse. La ciudad se iba acomodando lentamente, como alguien que busca la posición justa para dormir.
Desde lejos, el río respiraba en la oscuridad.
Buenos Aires, cansada de tantas historias, se recostaba poco a poco sobre el agua del Río de la Plata.
Y mientras la madrugada se acercaba sin hacer ruido, pensé que tal vez la ciudad no dormía realmente.
Tal vez simplemente soñaba con nosotros caminando otra vez por sus veredas.


 Los aviones pasaban dejando en el cielo una línea invisible que separaba las partidas de las llegadas. 
Rugían sobre nuestras cabezas como grandes pájaros metálicos, anunciando destinos, despedidas y regresos. 
Pero esa noche no hablábamos de viajes ni de aeropuertos. Nuestro tema estaba más cerca, casi al alcance de la mano, del otro lado de la avenida, donde la vereda nos acercaba al río.
Allí flotaba en el aire un perfume inconfundible: el aroma del choripán y la bondiola asándose lentamente. No era el fuego antiguo de leña que alguna vez encendía las parrillas; ahora todo ardía bajo la llama ordenada del gas de garrafa. 
Una ordenanza municipal, nacida de algún escritorio prudente, había decretado que los leños podían ser peligrosos. 
Tal vez fuera cierto. Tal vez el progreso también consistiera en domesticar el fuego. Pero el aroma seguía siendo el mismo, obstinado, atravesando la noche como una promesa simple y terrenal.
Caminábamos despacio, sin prisa, como si la noche nos perteneciera. Íbamos a visitar a Colón.
Ese viejo marino que un día alguien decidió desmontar, casi como si la historia pudiera desarmarse a martillazos. 
Dicen que fue una señora quien ya no quiso verlo más y ordenó que lo bajaran, que lo separaran en pedazos y lo dispersaran sin pensar demasiado en el orgullo de los genoveses ni en las viejas travesías del navegante. Pero el tiempo, que suele ser más paciente que las decisiones humanas, terminó devolviéndole su lugar.
Ahora Colón estaba otra vez allí: alto, esbelto, mirando el río. Como corresponde a un marino que pasó la vida persiguiendo horizontes.
Entre el agua oscura y la pista de aterrizaje caminábamos abrazados.
Era una de esas noches en que el fresco empieza a insinuarse con suavidad, apenas lo suficiente para obligar a buscar el calor del otro. Vos me abrigabas con un gesto simple, natural, y yo te tomaba de la mano como si ese gesto fuera la forma más antigua y más cierta de sostener el mundo.
Hablábamos de la vida.
De esas cosas que parecen pequeñas cuando se dicen en voz alta pero que en realidad sostienen la existencia: recuerdos, sueños, anécdotas, proyectos, los tropiezos que nos trajeron hasta ese momento preciso en que el río respiraba a nuestro lado.
Más adelante la vereda se ensanchaba, como si la ciudad hubiera decidido hacer una pausa allí. 
El aire corría libre, mezclando perfumes: el del río ancho y oscuro, el de las parrillas cercanas, el de tu piel que el viento acariciaba antes de alcanzarme.
Había algo en ese instante que parecía suspendido fuera del tiempo.
Los aviones seguían pasando, marcando destinos lejanos. El río seguía avanzando con su paciencia milenaria. Y nosotros, entre esas dos fuerzas, el viaje y el agua, caminábamos despacio, como si cada paso fuera una manera de escribir la noche.
Era una noche más, podría decir cualquiera.
Pero no lo era.
Porque en esas caminatas simples, sin grandes ceremonias ni promesas solemnes, algo empezaba a revelarse. 
Mientras redescubríamos Buenos Aires, sus orillas, sus historias, sus monumentos reconstruidos, también nos descubríamos nosotros mismos.
Entre poemas improvisados, relatos que nacían de la memoria y pequeñas anécdotas que parecían insignificantes, la noche se iba llenando de sentido.
Y allí, a la orilla de un río al que la ciudad decidió un día darle la espalda, nosotros habíamos encontrado otra forma de mirarlo.
Tal vez porque los ríos saben algo que las ciudades olvidan:
que todo fluye, que todo cambia, y que hay momentos raros, luminosos, en que dos personas caminando juntas pueden sentir, por un instante, que el mundo entero respira al mismo ritmo que sus pasos.


 Llovió…
y el cielo, bandoneón herido,
apretó sus nubes contra el pecho
dejando caer sus notas de agua
sobre las veredas cansadas de la ciudad.
Llovió,
y cada gota fue un suspiro
que el río guardó en silencio,
mientras el viento ese viejo malevo
arrastraba recuerdos por las esquinas.
Llovió…
y en los charcos dormidos
se reflejaron las luces de la noche
como faroles temblando
en el corazón mojado de Buenos Aires.
Pero después del llanto del cielo
salió el sol,
como un abrazo tibio
para los que todavía creemos
que el amor puede salvar el día.
Entonces sonó el saxo para mí,
lloró el piano para vos,
y la orquesta entera se levantó
como un tango infinito
que caminaba despacio por la avenida.
Llovió…
pero marzo abrió sus alas
como un patio lleno de glicinas,
y la ciudad respiró profundo
el perfume húmedo de los sueños.
Y ahí estábamos nosotros,
dos locos felices
pedaleando la vida en bicicleta
por las calles de Buenos Aires.
Las ruedas giraban como el tiempo,
los semáforos guiñaban sus ojos de colores,
y la brisa del río nos contaba secretos
que solo entienden los enamorados.
Pasamos por plazas dormidas,
por bares donde la nostalgia
se queda fumando en la ventana,
y por balcones donde la luna
empieza a colgar sus pañuelos de plata.
Llovió…
pero ya no importaba.
Porque en cada esquina
tu risa era un farol encendido,
y en cada pedalada
mi corazón marcaba el compás del tango.
Esperamos la noche
como esperan los puertos a los barcos,
como espera la guitarra
la caricia de una mano.
Y cuando la luna finalmente salió
redonda y silenciosa
sobre el río oscuro,
nos detuvimos.
La ciudad respiraba despacio,
el viento se quedó callado,
y el mundo entero parecía escuchar
el latido de ese momento.
Entonces nos besamos.
Y en ese beso
la lluvia, el sol, la música y la ciudad
se hicieron uno solo.
Porque hay lluvias que borran tristezas,
y hay besos
que vuelven eterno
un simple instante de amor
en Buenos Aires.


El sol se escondió cansado
detrás de la vieja avenida,
y en el último piso del barrio
la lluvia seguía cayendo.
La vereda guardaba en silencio
cicatrices de años perdidos,
debajo de alguna alfombra
de sueños que no han vuelto vivos.
Un tango en re sostenido
se alzó desde algún bandoneón,
y el barrio quedó enmudecido
escuchando su confesión.
El tránsito quedó dormido
y la luna empezó a mirar
cómo sonreeian los balcones
viendo la noche llegar.
Entonces tomé tu mano
como quien vuelve a creer
y caminamos despacio
sin saber qué iba a llover.
De los balcones caían
hojas secas del viejo otoño,
como cartas olvidadas
que nunca dijeron tu nombre.
Y cuando la lluvia volvió
a lavar la triste avenida,
las alcantarillas lloraron
todo el dolor de la vida.
Porque en cada gota que cae
late un recuerdo de él.
Esa sombra que en tù tango
todavía camina en la vereda.
 Si volviera
Arturo Jauretche
con su saco gastado
y ese modo de mirar Buenos Aires


como quien lee un libro abierto 
en los cordones de la vereda,
no hablaría primero en conferencias
ni en universidades.
Se sentaría en un café cualquiera,
de esos donde el pocillo es corto
y la charla larga, y escucharía.
Escucharía la radio
donde todos opinan del país
como si fuera un partido de domingo.
Escucharía a los doctores
que explican la Argentina
como si fuera un error estadístico.
Y después,
con esa ironía de barrio
que parecía sonrisa
pero era bisturí, diría despacio:
Mire compañero…
las zonceras no se murieron.
Se multiplicaron.
Porque ya no vienen
solo en libros finos
ni en discursos solemnes.
Ahora vienen en pantallas,
en frases de moda,
en expertos que hablan de la patria
como si fuera un balance contable.
Y entonces recordaría
su viejo mapa del engaño:
Manual de zonceras argentinas
abierto otra vez
como un manual de supervivencia nacional.
Las mismas trampas
con distinto maquillaje.
La vieja idea
de que lo nuestro vale menos.
La vergüenza de ser
lo que somos.
Diría también que el país no se pierde
solo cuando lo venden, sino cuando lo explican
sin haberlo caminado.
Porque la Argentina no está en los informes
ni en las embajadas
ni en los congresos de economistas.
Está en el colectivero
que sabe más de inflación
que veinte consultoras juntas.
Está en la jubilada que hace milagros
con la misma plata
con la que otros hacen teorías.
Y entonces recordaría
a esos que describió hace tanto
en otro espejo incómodo:
El medio pelo en la sociedad argentina
Ese país que quiere parecer lo que no es,
que pide permiso para existir
y después se ofende cuando lo ignoran.
Jauretche miraría alrededor
y vería algo más triste todavía:
no el error, sino la costumbre del error.
La resignación elegante.
La inteligencia usada
para justificar la derrota.
Y tal vez escribiría otra vez
contra esos profetas
que anuncian la desgracia
como si fuera ciencia exacta:
Los profetas del odio
Pero esta vez no serían solo escritores.
Serían panelistas.
Consultores.
Especialistas en explicar
por qué siempre debemos perder.
Diría, quizá,
que el problema no es equivocarse.
El problema
es pensar con cabeza prestada.
Y que una nación
no se destruye de golpe.
Se desgasta.
En pequeños desprecios.
En imitaciones torpes.
En el orgullo
de repetir frases extranjeras
sin entender la propia calle.
Entonces miraría el Río de la Plata
gris como siempre
y hermoso como siempre
y diría algo simple:
Este país no necesita salvadores.
Necesita memoria.
Necesita coraje
para pensar desde acá
y no desde los manuales.
Y antes de levantarse del café
anotaría en un cuaderno
la última zoncera del siglo:
creer que la Argentina
es imposible.
Porque si algo sabía
Arturo Jauretche
es que este país
siempre fue improbable.
Pero también sabía
algo que todavía  aprender:
que la patria no es una idea elegante.
Es una pelea diaria
contra el desprecio
y contra el olvido.
Y mientras pagara el café
seguro murmuraría
con una mezcla de tristeza y humor:
El problema, muchachos,
no es que falten Jauretches.
El problema es que todavía sobran
zonceras.

 Mina linda…
vos que le ponés sonrisa al laburo
cuando el día viene cruzado,
vos que alumbrás la mañana
como farol de esquina en barrio viejo.
Te miro y se me hace tango el silencio.
Porque tenés ese no sé qué
de mujer brava y dulce,
de esas que caminan firme
pero te desarman con una risa.
Y mirá que esta ciudad es dura,
pero cuando andás cerca
hasta el empedrado parece cantar.
Yo te imagino conmigo
cuando la noche baja despacito
sobre Buenos Aires.
Caminando por Corrientes
mientras los bares guardan historias
y algún bandoneón se queja en la vereda.
Iríamos sin apuro,
como dos cómplices del destino,
charlando pavadas,
robándole minutos a la madrugada.
Y en una de esas esquinas
de esas que saben de amores bravos
te diría, bajito:
que sos la mujer
que me desarma la rutina,
la que me cambia el paso,
la que le pone música
a mis días grises.
Que si el destino es un tango
medio torcido y sentimental,
yo lo quiero bailar con vos,
mina querida,
por todas las noches del arrabal
y por todos los días que vengan.
 Un día caminamos por la costa,
como si el mundo hubiese decidido
detenerse un momento para mirarnos pasar.
La noche sonreía en silencio,
y el río, paciente y eterno,
nos acompañaba paso a paso
como un viejo amigo
que conoce historias de amor
mucho antes que nosotros.
Las luces de la costanera
dibujaban caminos dorados sobre el agua,
y la brisa traía ese aroma
mezcla de río, de ciudad y de misterio
que solo existe cuando la noche empieza a abrazar al día.
Había bancos mirando al horizonte,
árboles que dejaban caer sus sombras
como si quisieran proteger el momento,
y faroles que parecían encenderse
solo para iluminarnos el camino.
Dicen que hay costaneras
que tienen una magia especial,
que cada municipio guarde la suya
como un pequeño tesoro secreto;
su luz particular, su silencio distinto,
su forma única de hacer latir la noche.
Pero mientras caminábamos
algo empezó a inquietar mis pensamientos.
Porque intentaba descubrir
de dónde nacía esa magia:
si del murmullo del río,
si del reflejo de las luces en el agua,
si de la calma que solo existe
cuando la ciudad se queda en silencio.
Y entonces apareció el dilema.
Porque cada vez que miraba el paisaje
terminaba mirándote a vos.
Y cada vez que quería describir la noche,
mis palabras hablaban de tu sonrisa.
Intenté escribir sobre el río,
pero recordé la forma en que caminabas.
Intenté escribir sobre las estrellas,
pero tus ojos brillaban más cerca.
Intenté escribir sobre la brisa,
pero era tu presencia
la que realmente me hacía respirar distinto.
Entonces entendí algo simple
y al mismo tiempo infinito.
Tal vez la magia no estaba
en la costa iluminada,
ni en el reflejo del agua,
ni en las sombras tranquilas de los árboles.
Tal vez la magia no era del lugar.
Tal vez la magia eras vos.
Porque desde que caminás a mi lado
las noches parecen más suaves,
los ríos más profundos,
las luces más cálidas
y el mundo un poco más hermoso.
Por eso cuando alguien me pregunte
qué tiene de especial aquella costanera
yo no hablaré del río ni de las farolas
ni del silencio de la noche.
Diré algo mucho más simple.
Que una vez caminé por allí
con alguien que tenía la capacidad
de convertir cualquier lugar del mundo
en el sitio más mágico que existe.
Y desde entonces comprendí
que hay paisajes hermosos,
hay noches inolvidables,
hay ciudades llenas de encanto…
pero nada, absolutamente nada,
se compara con la magia
de simplemente caminar a tu lado.


 El viento trae lentamente el otoño
como una carta escrita por el río.
No golpea la puerta del verano,
apenas la entreabre y entra despacio
entre las ramas cansadas de sol.
Las mañanas despiertan más frescas,
con ese silencio de agua dormida
y el aroma húmedo de las islas
que guardan en su sombra
los últimos rumores del verano.
El río se llena de hojas.
Hojas que vienen y van,
que giran sobre la corriente
como pequeños barcos dorados
sin rumbo ni orillas.
Las miro flotar
y pienso que se parecen a mis versos.
También ellos se van en un bote lento
empujado por la marea tranquila.
Se van río abajo
buscando una orilla secreta
donde tus manos los encuentren.
Y cuando regresan
vuelven cargados de besos.
Como la tarde
que cae lenta y espaciosa
detrás de los álamos.
La luz se estira sobre el agua
como un suspiro largo
y el muelle queda solo
escuchando la respiración del río.
La lancha colectiva pasa
cada vez más espaciada,
como si el tiempo mismo
se cansara de apurarse.
El motor se pierde en la distancia
y vuelve el silencio.
Entonces el poeta
se queda mirando el agua.
Besa hojas que el viento entrega.
Besa flores tardías
que todavía creen en el verano.
Besa abrazos
que viven en la memoria del muelle.
Y besa un nombre
que nunca pronuncia.
Porque en el Delta
cuando llega el otoño
el amor tiene una magia distinta.
Una magia que no se explica.
Sucede en la sombra de los juncos,
en el vuelo blanco de una garza,
en el reflejo del cielo
cuando el río se vuelve de oro al atardecer.
Sucede en unos pasos
que caminan entre los álamos
como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.
El poeta no dice su nombre.
No hace falta.
El río la conoce.
El viento la nombra en secreto.
Las hojas la saludan
cuando pasan flotando.
Y el otoño sigue cayendo
sobre las islas silenciosas.
El poeta escribe.
Escribe mientras el sol se esconde,
mientras el muelle queda solo,
mientras la noche se abre
como una ventana llena de estrellas.
Escribe para ella.
Sin decir su nombre.
Porque el amor en el Delta, en otoño,
tiene esa magia
que sólo sucede allí.
Y para comprenderla
hay que vivirla.
De lo contrario todo sería apenas
otro cuento más de la vida
con viñetas de telenovela.
Pero el río sabe la verdad.
Y las hojas que viajan sobre el agua
se la llevan en silencio.


martes, 24 de febrero de 2026

El pasillo era un río angosto de baldosas tibias que conducía al corazón de la casa. En él crecían dos parras antiguas, enredadas como brazos que se buscan; y al fondo, la tercera chinche. Blanca y moscatel, ofrecían sus racimos dorados como pequeños soles colgando del verano. 
Bajo esa sombra verde, el limonero respiraba en silencio, dejando en el aire un perfume fresco que se mezclaba con el jabón de la ropa recién lavada y el polvo suave de la siesta.
Allí vivían los abuelos, custodios de un tiempo sin apuro. 
Sus voces eran el murmullo de fondo de cada tarde, y sus manos sabían de uvas, de pan y de historias repetidas con la paciencia de quien no teme al reloj.
Atrás, como si el mundo se abriera en otro paisaje, los canarios bordaban el aire con trinos dorados y un zorzal madrugador, siempre a las cinco, rompía la noche con su canto limpio, anunciando el día antes que el sol.
Las palomas levantaban vuelo desde el palomar frente al galpón, un edificio pequeño y noble que guardaba tesoros: el tanque de kerosene, las bicicletas apoyadas contra la pared, el olor a madera y metal. 
En el patio quedaban las huellas del juego, un triciclo que giraba solo después de la carrera, como si la infancia no supiera detenerse; una pelota de cuero gastada en mil partidos, otra de goma que rebotaba contra la pared hasta que alguien gritaba último tiro; la chata de madera con rulemanes, ruidosa y valiente, bajando por la vereda de tierra como un sueño sin frenos.
Al fondo estaba la pileta donde se lavaba la ropa, espejo de cielo en los días claros. La escalera de madera crujía cuando alguien subía a tender las sábanas que flameaban como banderas blancas de un país sencillo y feliz. Cada rincón tenía una respiración propia. Cada objeto guardaba una risa.
Era una casa con dos casas, un pasaje que contenía un mundo. Padres, tíos, abuelos: generaciones entrelazadas como las parras del pasillo. 
La puerta al patio principal siempre abierta, porque la confianza era más fuerte que cualquier cerradura. La calle primero de tierra, después asfaltada no logró borrar las marcas de las rodadas ni el polvo que nos pintaba las rodillas. El asfalto cambió el color del suelo, pero no el alma del barrio.
El patio era de todos. Los vecinos se saludaban como parientes verdaderos. Se compartía el mate, la mesa, la sombra, la preocupación y la fiesta. No había rejas. No había llaves en la puerta de calle. Había una certeza: nadie era extraño.
Hoy las puertas se cierran con doble vuelta y las miradas se esquivan. La calle parece más ancha y, sin embargo, más solitaria. Pero en la memoria ese territorio donde nada se pierde. el zorzal sigue cantando a las cinco, las palomas levantan vuelo en una nube blanca, el triciclo gira sin caer y las parras vuelven a cubrir el pasillo con su sombra generosa.
Aquel pasaje no fue solo un lugar.
Fue una manera de estar en el mundo.
Una historia que aún late.
Una vida que ya no existe como entonces, pero que permanece intacta, suspendida en la luz dorada de aquellos días sin rejas, sin llaves y sin miedo, donde la felicidad cabía entera en un patio compartido.



viernes, 13 de febrero de 2026

 Quiero recorrer tu cuerpo
como se recorre un territorio sagrado, sin prisa,
con hambre y con respeto,
dejando que mis sentidos aprendan
cada curva, cada umbral.
Ser el guardián de tu piel,
el que vela tus sombras
y enciende tus luces.
Entrar en tus secretos
no como invasión,
sino como destino.
Borrar con mi boca
las huellas del miedo,
explorar tus rincones
hasta que el deseo diga basta
y aun así seguir.
Derramar en vos mi marea,
confundir mi aliento con el tuyo,
habitar ese espacio donde tu voz palpita
y mi nombre se vuelve necesario.
Prometo cuidarte en el fuego,
mimarte en la calma,
hacerte sentir completa,
plena como la luna cuando no se esconde.
Prometo ocupar tu pensamiento
con dulzura y delirio,
recorrer tu conciencia
hasta que no sepas
dónde terminás vos
y dónde empiezo yo.
Viviré para darte mi ternura,
para contagiarte mi locura lenta,
para internarme en la espesura
de ese misterio que custodiás
y quedarme allí.
Y lo digo, si no cumplo mi promesa,
si no te honro, si no te cuido,
que el deseo mismo me juzgue,
porque amarte así es mi única verdad.


 A orillas de tu cama te aparezco,
la luna sostiene tu deseo en los cristales
y un estruendo me nombra en tu piel.
Tus ojos me desnudan antes que mis manos,
tu sonrisa esconde incendios
y mi boca aprende el mapa de tu cuerpo
entre suspiros que no piden permiso.
La noche se curva bajo nosotros,
caderas que dialogan sin palabras,
calor, ritmo, vértigo compartido;
otro estruendo rompe el silencio.
Sudor, gemidos, miradas que se aferran,
dos cuerpos buscando caer en el mismo abismo
hasta que el placer nos desborda
y el mundo se apaga un instante.
Luego, el descanso tibio del abrazo,
tu rostro en mi pecho,
un descanso apenas…
y otra vez, inevitablemente,
a orillas de tu cama.
Un beso tuyo no es apenas roce,
es incendio lento que aprende mi nombre,
es la marea tibia que invade mi boca
y la convierte en templo de tu ser.
Cuando tus labios buscan los míos
el mundo se repliega,
late en silencio,
como si temiera interrumpir
el lenguaje húmedo y profundo
que inventamos al tocarnos.
Tu aliento cae sobre mí
como vino derramado en la piel,
dulce y embriagante.
Mis manos recorren tu geografía,
mientras tu boca me reclama
con esa urgencia suave
que solo el amor conoce.
Es un beso largo,
largo como la noche que nos desea,
donde tu boca y la mía
se encuentran, se provocan,
se reconocen sin prisa
y sin culpa.
Tu pecho contra el mío,
tu suspiro rompiéndose en mi garganta,
y esa explosion  que nace bajo la piel
cuando el deseo deja de ser idea
y se vuelve fuego compartido.
Beso apasionado,
ritual ardiente de dos cuerpos
que se saben elegidos.
En él me pierdo,
en él me entrego,
porque besar tu boca
es tocar el centro mismo
de lo que significa amarte.

Navegar el delta es recorrer sus entrañas,
dejar que el agua nos diga el secreto antiguo
que murmura en cada curva del río.
En cada tramo, un instante único,
irrepetible como la huella del remo
rompiendo el espejo marrón y dorado.
La magia vive en el agua,
en las casas elevadas que parecen flotar en el tiempo,
en las hortensias que estallan en colores suaves,
en los sauces que inclinan su nostalgia verde
para peinar la corriente.
Y en cada ave que acompaña el viaje,
descubrimos el ritmo del río
como quien aprende el pulso de un corazón nuevo.
El delta guarda su misterio
y sólo lo revela al que se atreve a andarlo despacio,
al que acepta perderse sin destino final,
dejando que el cauce decida el rumbo
y el silencio complete las palabras.
Así te descubrí.
A vos, envuelta en el sudor tibio de una noche
donde sólo nosotros
y el ritmo lento y pausado de un ventilador
fueron testigos de nuestro vuelo.
Volamos.
Como vuela la mariposa del delta,
ligera y obstinada,
avanzando metro a metro
sin saber más que la belleza del instante.
Y mientras el río quedaba detrás,
como quedan las dudas cuando el amor se afirma,
entendí que la verdadera magia
no estaba sólo en el agua ni en los sauces,
sino en ese secreto compartido,
en ese navegar sin mapas
donde cada caricia era un puerto
y cada beso,
una isla recién descubierta.

Debajo de ese vestido color manteca,
holgado y suave como la tarde,
sutilmente se esconde el cuerpo
de una bella mujer.
La brisa lo sabe,
el viento lo acaricia
y juega con la tela clara
como si guardara un secreto.
Entre mis manos descansa la espera,
hasta que ella, mariposa de verano,
se eleva en la noche tibia
y el mundo se vuelve silencio.
Su piel brilla bajo la luna,
y en ese instante suspendido
solo existe el latido compartido,
la respiración que se encuentra,
la magia que no necesita nombre.
No es tema de poema,
ni promesa escrita en papel:
es ella,
con su vestido color manteca
ondulando en la penumbra,
y yo,
perdido en la claridad de su vuelo.

domingo, 8 de febrero de 2026

Nosotros

 

Y un día decidimos compartir los días, sin anuncios ni promesas solemnes. Compartir lo cotidiano, los comentarios más simples, las palabras que no buscan brillar. Así, casi sin darnos cuenta, nos volvimos compinches. Cómplices de recuerdos, de aventuras ya vividas que al volver a nombrarlas nos parecían divertidas, naturales, inevitables. Empezamos a quedarnos un poco más. A llegar al departamento sin apuro, a cenar algo sencillo o cebar unos mates como quien ya sabe que la noche no tiene prisa. La ropa fue perdiendo sentido de manera silenciosa. No por rebeldía ni por provocación, sino porque dejó de cumplir una función. Una prenda olvidada, otra que ya no volvía. Yo empecé a usar una de sus tangas porque me resultaba cómoda, ya que había algo en ese gesto que no era juego, sino reconocimiento. Ella dejaba la ropa con la que salía al mundo y se quedaba con lo mínimo, un hilo apenas visible que no ocultaba nada, que acompañaba el cuerpo sin imponerle forma. Así compartimos mates, cafés, algún whisky y hasta cenas enteras desnudos, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era. Hay algo en esa desnudez que me conmueve hasta las lágrimas y no sé explicarlo del todo. Tal vez porque no habla solo de deseo, sino de una confianza profunda, de una entrega que no necesita justificación. Con ella entendí que hay vínculos que no nacen en la piel, sino en un plano más hondo, más espiritual, donde el cuerpo es apenas el lenguaje. Besarnos nunca fue simplemente el comienzo de algo romántico. Es otra cosa. Es como entrar en el otro sin invadirlo, como habitar un espacio compartido donde los límites se vuelven suaves. Eso pasa pocas veces en la vida. La mayoría de los encuentros se quedan en el instinto, en lo inmediato. Esto no. Esto exige presencia, atención, una desnudez que no se mide en piel sino en verdad. El baño se volvió un ritual. Bañarnos conversando, ducharnos acariciándonos sin apuro, transformar ese espacio en algo casi sagrado. Los besos no mandan: acompañan. El agua, el jabón, el shampoo, el toallón con el que nos secamos mientras nos mimamos, todo tiene el mismo valor. Sentarnos desnudos en el piso del baño y hablar de cualquier cosa, con la calma de quien no necesita demostrar nada. Entendimos que la ropa, las medias, los zapatos, el pantalón, el vestido, la remera son para usar de la puerta para afuera. Adentro no hace falta. Y eso no es descuido, es aceptación. Querernos como somos, con cicatrices, con poco pelo, con kilos de más o de menos, con todo lo que somos sin correcciones. Somos libres. No como consigna, sino como práctica. Esto puede pasar en La Lucila, en algún rincón del Gran Buenos Aires, en el mar, en el pasto, en una ruta de noche sin molestar a nadie, en cualquier lugar donde el cuerpo y el espíritu coincidan. No hay hipocresía en eso. Hay coherencia. Sabemos que el paso por la vida es corto, demasiado corto como para negarnos lo que nos inquieta, lo que nos llama, lo que nos expande. Y todo esto no es solo lo que ya somos. Es también el deseo de lo que pensamos intentar. De lo que queremos profundizar, una y otra vez, sin miedo. Sabemos que esto no se agota, que recién empieza, que pide ir más hondo. Queremos explorar juntos cada pliegue, empujar con cuidado y coraje los límites, llegar a lugares insospechados no para rompernos, sino para sentirnos más vivos, más conscientes, más presentes. Queremos vivir así el resto de los días que nos queden. No desde la urgencia, sino desde la profundidad. Con sensualidad, con amor, con una atención plena que no se negocia. Porque entendimos algo simple y feroz a la vez: disfrutar no es un exceso, es casi una responsabilidad. Muchos no lo comprenden. No importa. Nosotros sí.

sábado, 7 de febrero de 2026

La bombita que alumbraba Valderrama

 Hoy la ciudad se ilumina sola. La noche cae y, casi sin que nadie lo note, las luces se encienden una tras otra, obedeciendo a sensores, antenas diminutas y sistemas automáticos que miden la oscuridad con precisión matemática. 
No hay manos que intervengan ni miradas atentas esperando que la calle se vuelva visible. 
Todo funciona, todo responde, todo sucede sin que nadie tenga que hacerse cargo.
Pero no siempre fue así.
Hubo un tiempo en que la luz no llegaba sola. Había que llamarla. Había que ir a buscarla. 
En Valderrama, a mitad de cuadra, colgaba una bombita que iluminaba el pasaje y que, sin saberlo, también iluminaba la vida del barrio. 
No era gran cosa: una lámpara modesta, suspendida en lo alto, pero bastaba para que la noche fuera menos noche y para que las veredas volvieran a ser nuestras.
Para que esa bombita se encendiera, alguien tenía que cruzar la calle y bajar una vieja llave de baquelita, oscura, marcada por el uso. 
Antes de eso, incluso, había sido un interruptor todavía más rústico, de un material áspero, parecido a la cerámica, que ofrecía resistencia al girarlo, como si la luz no quisiera entregarse sin antes pedir un pequeño esfuerzo. 
Encenderla era un gesto simple, pero tenía algo de ceremonia: al hacerlo, la cuadra recuperaba su forma, su ritmo, su tranquilidad.
Si nadie lo hacía, aparecía el hombre de SEGBA. Nadie lo llamaba, nadie lo esperaba con ansiedad, pero todos sabíamos que pasaría. Llegaba en bicicleta, siempre más o menos a la misma hora, cuando el día empezaba a retirarse. Encendía las luminarias una por una y seguía su camino. 
Al amanecer volvía para apagarlas, devolviéndole a la calle su luz natural. Era parte del paisaje, como los árboles o el empedrado. Nunca supe su nombre, pero su presencia daba una seguridad difícil de explicar.
A veces la bombita se quemaba. Entonces la cuadra quedaba distinta. Más larga, más silenciosa, más ajena. Podíamos esperar varios días a que vinieran a cambiarla, pero muchas veces no lo hacíamos. 
Los vecinos nos organizábamos sin necesidad de reuniones ni acuerdos formales. Alguien decía que había que comprar una nueva, otro juntaba monedas, y así, casi sin darnos cuenta, la solución aparecía. Comprar una bombita era una excusa para hacer algo juntos.
Cambiarla, en cambio, era toda una odisea. Primero había que conseguir escaleras. La más importante era una enorme escalera de madera, alta y pesada, que pertenecía al pintor alemán que vivía justo enfrente de casa, en diagonal a la calle Plaza. Esa escalera parecía haber estado siempre ahí, como si fuera parte del barrio. Sobre ella apoyábamos otra, cruzada, buscando una estabilidad que hoy parecería impensada. Nadie hablaba de riesgos, pero todos mirábamos atentos.
Al principio subía Alfredo, vecino de la cuadra y padre de Walter. Subía despacio, con una calma que tranquilizaba a los de abajo. Nosotros mirábamos en silencio, siguiendo cada movimiento, como si el equilibrio de la noche dependiera de ese ascenso. Cuando lograba cambiar la lámpara y bajaba sano y salvo, la cuadra respiraba aliviada.
Con el paso del tiempo, me tocó subir a mí. Subía con cuidado, sosteniendo la bombita dentro de una bolsita para que no se golpeara. Era una lámpara especial, distinta a las comunes, con un culote más grande, que comprábamos en el local de Boya, ese comercio de esquina, sobre la avenida y Manzanares, que todavía hoy sigue en pie, como un testigo discreto de otros tiempos. Mientras subía, sentía el peso de las miradas y también una responsabilidad silenciosa: no se trataba solo de cambiar una luz, sino de cuidar algo que era de todos.
Recuerdo especialmente los sábados por la tarde. Los vecinos solían juntarnos antes de que empezaran los partidos de fútbol en la cuadra. Porque sí, en esos años jugábamos a la pelota en la calle, sin miedo y sin horarios. La calle era nuestra cancha y también nuestro refugio. Entre una charla y otra, aprovechábamos para cambiar la bombita. Después, cuando la luz se encendía, la noche quedaba lista para recibirnos.
Esa luz no era solo electricidad. Iluminaba las conversaciones apoyadas en los umbrales, las risas que se escapaban de las casas, los juegos que parecían no terminar nunca. Daba una sensación de cuidado, de pertenencia. Nos hacía sentir que alguien estaba atento, aunque ese alguien fuéramos nosotros mismos.
Hoy las luces se encienden solas y funcionan mejor que nunca. Sin embargo, algo de aquella experiencia se perdió en el camino. Ya no hay llaves que bajar ni escaleras que juntar. Nadie espera que la noche llegue para hacer algo en común. Todo está resuelto de antemano.
Aun así, cada vez que una calle se ilumina, no puedo evitar pensar en aquella bombita de Valderrama. En el gesto simple de encenderla. En las manos que la cambiaron. En las miradas que acompañaron desde abajo. Porque esa bombita no solo vencía a la oscuridad: sostenía al barrio, lo mantenía unido, le daba forma a la memoria.
Y mientras alguien recuerde eso, aunque sea en silencio, esa luz no se apaga.
 El querido Hospitalito de L. M. Saavedra, un legado de solidaridad vecinal
En la esquina de Plaza y Jaramillo funcionó durante décadas el entrañable hospitalito del barrio de L. M. Saavedra. Para quienes lo conocimos, no fue solo un centro de salud: fue un símbolo profundo de solidaridad, compromiso y amor por el prójimo. Una obra nacida desde abajo, construida con esfuerzo colectivo y sostenida por la convicción de que nadie debía quedar solo frente a la enfermedad.
La historia comienza en 1937, cuando el doctor Natalio Goldstein, un hombre de enorme vocación y sensibilidad social, abrió su consultorio en Saavedra. Muy pronto advirtió una realidad dolorosa: había muchos enfermos pobres que no tenían dónde atenderse. Fue entonces cuando empezó a germinar una idea sencilla y a la vez inmensa: crear un centro de salud vecinal, accesible, humano, pensado para todos.
La casa donde funcionaba el consultorio era alquilada, y la posibilidad de comprarla parecía lejana.
Costaba tres millones de pesos, una cifra enorme para la época. Pero cuando un barrio se propone algo de verdad, los imposibles se vuelven desafíos.
Con la ayuda de la Cooperativa, la Unión Vecinal y los clubes del barrio, se organizaron kermesses en los terrenos lindantes a la estación, el mismo predio donde hoy se levanta el supermercado Coto. En apenas cuatro meses, gracias al trabajo incansable y desinteresado de los vecinos, se reunió el dinero necesario para edificar.
Los comerciantes también dijeron presente: donaron ladrillos, ventanas, materiales. Cada aporte, por pequeño que pareciera, llevaba implícito el mismo mensaje: esto es nuestro. No había especulación ni beneficio personal, solo la certeza de estar construyendo algo que iba a trascender a todos.
El 16 de marzo de 1941, ante una multitud de vecinos y autoridades municipales y nacionales que colmaron los jardines y dependencias de la casa, se realizó la bendición inaugural del Hospital Vecinal de Saavedra, con domicilio en Plaza Este 3715. Fue un día inolvidable. No solo se inauguraba un edificio: se consagraba un sueño colectivo.
El prestigio profesional del doctor Goldstein, sumado a la fuerza de una comunidad comprometida, impulsó el crecimiento y el engrandecimiento de la institución. Aquella iniciativa humilde fue transformándose con el tiempo en la Asociación Policlínico de Saavedra General San Martín, un verdadero orgullo de la medicina y de la función social. Su edificio renovado fue inaugurado en 1969, coronando años de trabajo silencioso y constante.
Llegó a contar con 7.000 socios, y solo en su primer año de vida atendió a 15.000 pacientes, cifras que hablan no solo de crecimiento, sino de confianza, de necesidad y de reconocimiento.

En lo personal, guardo recuerdos muy vivos de aquellos años. Recuerdo a mi padre, como tantos otros vecinos, atendiendo uno de los puestos de la kermesse. Al terminar cada jornada caminábamos juntos hasta la cooperativa para depositar la recaudación en el buzón nocturno. Era un ritual sencillo, casi íntimo, cargado de sentido. No había recompensas materiales, pero sí un orgullo inmenso: sabíamos que estábamos aportando a algo que era de todos.
Más tarde, el hospitalito también brindó atención a los afiliados del PAMI, manteniendo durante años una atención médica de calidad. Lamentablemente, como tantos otros espacios que supieron ser pilares de nuestras comunidades, terminó siendo abandonado. Cómo pasó de ser un hospitalito del barrio a una empresa privada sigue siendo una incógnita. La realidad, muchas veces, es más dura de lo que uno quisiera entender.
Sin embargo, haber sido parte aunque fuera desde un lugar pequeño de esa historia colectiva, es algo que me llena de orgullo. Es un recuerdo que llevo conmigo, grabado en la memoria y en el corazón.
Estas son las historias que vale la pena rescatar. Historias de un barrio hermoso, de vecinos comprometidos, de gestos silenciosos pero poderosos. De un tiempo en el que, hombro a hombro, supimos hacer cosas grandes sin esperar nada a cambio.
Un barrio que dejó huella, aunque hoy muchos lo ignoren o ya no lo recuerden.
Mientras alguien lo cuente, el hospitalito seguirá vivo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...