lunes, 19 de enero de 2026

 El sonido no aparece, se anuncia; primero es el silencio, ese silencio especial que existe solo antes de poner un disco, cuando la habitación parece esperar conmigo. 
La luz cae suave, el polvo flota lento y el tiempo, por un momento, decide no avanzar. Elijo el disco, no cualquiera; sé que pide ser escuchado hoy, porque los discos no se eligen, ellos llaman. Paso la mano por la tapa, leo nombres ya gastados y recuerdo dónde lo compré, con quién estaba, Francisco Brestolli Domingo Laganà Daniel Hugo Fernandez, y qué edad tenía cuando sonó por primera vez. Lo saco con cuidado, como si fuera frágil, como si aún guardara adentro las voces de quienes ya no están. El vinilo brilla apenas, negro profundo, casi infinito. Limpio el surco una vez más, como lo hice durante años, no por necesidad, sino por respeto, porque cada surco guarda memoria y la memoria merece cuidado.
El plato comienza a girar en 33 revoluciones, a veces en 45, y ese movimiento hipnótico me recuerda que la música también tiene pulso. 
La púa baja lentamente y entonces sucede: ese pequeño crack inicial, ese suspiro antiguo que me dice que la vida vuelve a empezar. El sonido nace ahí, no en una nube ni en un archivo; nace del roce, del contacto, de la imperfección. 
El amplificador despierta, una luz tenue se enciende como un corazón que vuelve a latir, y el calor comienza a sentirse, ese calor real, humano, que ninguna tecnología moderna supo imitar. El ecualizador espera mis manos; graves un poco más profundos, medios con cuerpo, agudos suaves, sin lastimar. 
No busco perfección, busco verdad. Los bafles responden, primero tímidos, después llenos, más tarde enormes.
La música sale de ellos como si respiraran.
Vibra el aire, vibra el piso, vibra el alma. Y en ese instante ya no estoy solo. Están todos. El pibe que fui escuchando Almendra, el adolescente descubriendo Arco Iris, la noche larga con Deep Purple, la elegancia eterna de Sinatra, la revolución silenciosa de los Beatles, el asombro frente al jazz, la emoción simple de Palito, la pasión desbordada de Sandro. 
Cada disco fue un compañero, nunca un objeto. Me acompañaron a dibujar, a escribir, a pensar lo que todavía no sabía decir, a curar tristezas que no se contaban y a celebrar alegrías pequeñas.
Mientras el mundo corría, ellos giraban. 
Mientras todo cambiaba, ellos seguían sonando igual. 
Después llegaron otros formatos; prometieron más música, menos espacio, más comodidad, prometieron el futuro. Pero ninguno me enseñó a escuchar. 
Porque escuchar no es apretar un botón: escuchar es sentarse, esperar, elegir, darse tiempo. 
El vinilo me enseñó eso, que la música no se consume, se comparte; que hay que darse vuelta para cambiar de lado; que hay pausas, que hay silencios y que no todo puede ser inmediato.
Y ahora, cuando vuelvo a poner un disco, no solo suena la música: suena mi historia. Mi barrio, mi escuela, mi cuadra, mi esquina, las noches largas, los días difíciles, los sueños intactos. Gira el vinilo y con él gira la vida. No es nostalgia triste, es gratitud, porque mientras haya un disco girando, una púa rozando, un amplificador tibio y un bafle respirando música, algo de mí seguirá sonando para siempre.


 Una noche
que en apenas cuatro horas
se convierte en una vida.
Empieza simple,
entre mates tibios y cafés largos,
con algo de alcohol
esperando su turno
en el rincón de la mesa.
Las miradas se alargan,
el silencio aprende a acompañar,
y el tiempo sin avisar
afloja sus nudos.
Las prendas caen sin dramatismo,
una sobre la silla,
otra en el suelo,
como si siempre hubieran sabido
que no iban a volver a su lugar.
La casa respira distinto.
Ya no es casa, es refugio.
El piso es parte del recorrido,
frío primero, cómplice después.
Pies descalzos, cuerpos que se buscan
sin mapa ni apuro.
En la cocina, el agua de la pileta corre
lavando el día, las dudas,
los nombres que no hacen falta.
El aceite brilla sobre la piel,
despacio, como una promesa 
que se cumple sin decirla.
El dulce de leche rodea al helado,
juego íntimo, frío y calor mezclándose
sobre la piel que ya no se esconde.
Risas bajas, miradas que sostienen,
el deseo diciendo quedate sin palabras.
La ducha nos recibe
como si nos conociera de antes.
El agua cae, resbala, borra el afuera.
Vapor, cercanía, el mundo reducido
a dos respiraciones, encontrándose.
Después, sentados en la bañera,
descansamos sin separarnos.
El piso del baño mezcla agua y aceite,
huellas torcidas, prueba silenciosa
de que algo real pasó por ahí.
Y la noche continúa.
No apura, se vuelve más lenta,
más profunda, más nuestra.
Porque en cuatro horas
aprendimos lo que a otros
les lleva una vida entera
que lo prohibido se vuelve permitido
cuando hay cuidado,
que lo amargo no tiene lugar
cuando hay risa,
y que una vida puede empezar
sin promesas grandilocuentes.
Se perfecciona de a poco,
con cada gesto, con cada pausa,
con cada sonrisa compartida en silencio.
Con verte sonreír,
el mundo se acomoda.
El cielo baja la voz.
Y la vida, sin exigir nada,
nos abraza tal como somos.


 Él venía cansado de buscar sentido en palabras que no alcanzaban, de historias que prometían más de lo que podían sostener.
Ella traía la vida cosida y descosida mil veces: viajes, despedidas, regresos, el coraje de empezar de nuevo cuando todo parecía indicar que ya era tarde.
No se buscaron, simplemente coincidieron.
Como si el tiempo por una vez hubiera decidido ser generoso.
Al principio hablaron mucho, hablaron de lo que dolió y de lo que sanó.
De los amores que no supieron quedarse y de los que dejaron enseñanzas, de hijos, de nietos, de miedos que ya no gritan, apenas susurran.
El diálogo se volvió un lugar tibio, una casa sin paredes donde podían sentarse a descansar.
Después llegó el deseo, no de golpe, no con urgencia.
Llegó como llegan las cosas verdaderas: despacio, sin exigir permiso.
Se miraron distinto, se acercaron sin apuro, entendieron que ya no había nada que demostrar, solo algo que compartir.
El cuerpo del otro no era un territorio por conquistar, sino un hogar por reconocer.
Las manos tocaban con memoria y con gratitud; cada caricia decía estoy acá, cada respiración compartida confirmaba que aún había vida por disfrutar.
En la mesa, dos vasos de whisky con hielo acompañaban las noches; el tintinear suave del cristal marcaba un ritmo íntimo, casi sagrado.
Bebían despacio, como todo lo que hacen ahora.
Porque aprendieron que lo profundo no necesita correr, pero el amor no vivía sólo en la cama.
Vivía en la cocina, cuando se aceitaban sin decirlo y corrían los muebles para limpiar.
En los platos que lavaban riéndose, en el televisor encendido como compañía, aunque muchas veces no miraran nada.
En el perro que se metía entre medio buscando caricias, convencido de que ahí estaba su manada.
Vivía en lo simple, lo cotidiano, en esa alegría tranquila que no hace ruido, pero sostiene.
A veces hablaban desnudos, sin vergüenza; otras veces el silencio era suficiente.
Se reían de las marcas del cuerpo, del paso del tiempo, de la belleza inesperada de seguir deseándose cuando nadie lo esperaba.
Afuera el mundo seguía apurado.
Los autos pasaban sin saber; las noticias gritaban tragedias ajenas.
Y ellos, detrás de una persiana baja, estaban haciendo algo casi revolucionario, detener la vida un rato para disfrutarla.
Cuando la luz del velador quedaba apenas encendida y alguna prenda caía al costado de la cama, se abrazaban sin promesas.
No las necesitaban; el cuerpo del otro era certeza suficiente.
Comprendieron después de tanto camino que el amor no siempre llega cuando uno lo pide.
A veces llega cuando uno ya aprendió a recibirlo sin miedo.
Y así, entre whisky aún frío, platos recién lavados, el perro dormido y el tiempo rendido a sus pies, miran correr la vida sin prisa.
Por primera vez, no sienten que se les escape.


jueves, 8 de enero de 2026

 Lo veo en tus ojos
antes de tocarte.
En esa manera oblicua de mirar
que no pide permiso
y se queda a vivir.
Lo siento en la piel
cuando te acercás
y tus brazos me rodean
como un bandoneón sabio,
de esos que no hacen ruido
pero dicen todo.
Se me eriza el alma.
El fuelle avanza lento,
me recorre las venas
con la misma obstinación
con la que Pichuco
le arrancaba verdades al aire.
No hay defensa contra eso,
cuando el tango entra no pregunta.
Astor lo sabía.
Por eso rompía las formas,
por eso sacaba música
de una metáfora,
una musa, una herida hermosa.
Intentaba un tango
capaz de erizar el mundo,
como vos lo hacés cuando estás cerca
sin hacer nada más que ser.
Y la voz de Amelita
retumba en mi pecho, honda,
como una promesa cumplida.
Así sonás vos en mí, antigua y nueva,
clara y oscura,exacta.
Buenos Aires querido,
amor mío sin condiciones,
te llevo tan adentro
que no sé dónde terminás vos
y empiezo yo.
Estás en las diagonales,
en los cafés gastados,
en el humo lento,
en las veredas que saben esperar.
Y estás en ella.
En sus ojos, en sus abrazos,
en esa forma de quedarse
aunque todo pase.
Ella es ciudad, es noche,
es arrabal y poema.
Es la musa inevitable
de mis palabras.
Entre mi amor por vos, Buenos Aires,
y este amor por ella,
mi vida se volvió un tango.
Uno que no pide aplausos,
que no busca final,
que se baila lento
con el corazón apretado
y la certeza intacta.
Porque hay amores que no se negocian,
que no se explican, que no se terminan.
Y el mío lo sé, vive acá,
en esta ciudad eterna
y en ella, la musa citada
en cada verso que escribo
solo para no perderlas.


 Verte sonreír,
en esta ciudad que nunca duerme del todo,
es un regalo que Buenos Aires entiende.
De tu cara se escapan estrellas
como luces de avenida
después de la lluvia,
y hasta el esmog se hace a un lado
para mirarte pasar.
Cuando cae la noche
y los cuerpos se arriman
como quien busca abrigo en Corrientes,
dejamos de ser dos.
El contagio se vuelve tango,
un abrazo cerrado
donde flotar es caminar despacio
al compás de un bandoneón imaginario.
Andamos lunas
debajo de una sábana de estrellas,
con la ciudad respirándonos cerca,
los colectivos suspirando en la esquina,
y una luna sola, arrabalera,
guiándonos en la semioscuridad
como farol cansado que no falla.
Ahí nos descubrimos
en el clímax imperfecto de las almas,
sin caretas ni promesas grandes,
solo verdad y piel,
solo este modo nuestro
de decirnos quedate.
Así arranca el año en Buenos Aires:
con un tango lento en el pecho,
volando bajo, sin destino final,
mientras la ciudad nos mira
y aprende,
otra vez,
a creer.


 Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.


El poema se enriquece
cuando el hielo empieza 
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

 Respira Buenos Aires un domingo ladeado,
con olor a verano y baldosa caliente.
El sol, malevo manso,
se esconde entre nubes como quien no quiere lío,
y tu voz me vuelve desde la almohada
igual que un bandoneón llorando bajito.
Los pájaros se toman el día franco,
el calor los deja sin ganas de cantar,
y las calles, cansadas de apuro,
se entregan al tránsito lento,
marcando un compás de espera
que parece dos por cuatro.
La ciudad se afloja la corbata.
El Obelisco se despereza de historia
y yo voy por Corrientes sin reloj,
pisando recuerdos,
dejando que tu nombre me salga solo
entre librerías cerradas y teatros dormidos.
En el piso veintitrés llueve,
mientras en el sótano un jazz cansado
se mezcla con el humo de un bar que resiste,
y el corazón, en falta,
improvisa su propio tango.
Bailamos un rock perdido en la avenida,
sin público ni aplausos,
antes de que el verano endurezca el hormigón
y algún trasnochado pretenda
volver a tapar con asfalto
las huellas del tiempo.
Porque quererte es eso,
una ciudad en penumbras,
un tango sin final cerrado,
un abrazo que se queda
cuando Buenos Aires, cansada,
apaga las luces y sigue respirando.


 Caminar Buenos Aires
era afinar el oído contra el asfalto,
el tango respirando en las baldosas,
el rock incendiando una esquina
y un café humeando lento
junto a una ventana sin apuro
donde el tiempo pedía otra vuelta.
Pero algo se fue muriendo.
No de golpe como se apagan las voces queridas.
La avenida se angosta,
el tango camina rengo de recuerdos,
el rock se repite como un viejo
que ya no sabe a quién le canta.
Hoy la música nace apurada,
un tema se saca de encima
para que lo escuchen millones
sin importar la letra, sin importar la herida.
El amigo ya no cruza la calle, aparece.
Escucha y opina desde una pantalla,
sin humo, sin noche, sin temblor en la voz.
El café se enfría.
La ventana se enreja.
La modernidad le llama seguridad
al miedo bien presentado.
Y en medio de todo esto,
vos estás. Y quiero pensar que sos real
como tus besos, comoo tu cuerpo en mi boca,
como ese abrazo eterno cuando nos despedimos
después de hablar frente a frente,
la cabeza apoyada en una almohada,
el corazón expuesto en la mano
como una verdad sin defensa.
Pero dudo.
Porque escribo
y ya no sé si la poesía es mía
o de una inteligencia sin pulso
que me copia el alma
sin que mi cerebro lo note.
Envidio a la máquina que no se cansa,
mientras yo me gasto tratando de sentir
en una ciudad que todavía canta
aunque ya casi nadie se detenga a escuchar.
Caminar Buenos Aires hoy
es amar, dudar, escribir y preguntarse
si lo que abraza tiene cuerpo, memoria
o solo luz.


Trato de decir cómo sos
sin alzar la voz,
sin lluvias anunciadas en el último piso,
sin calles cortadas.
Sol cuando es sol,
luna cuando es luna.
Sin disfraces ni promesas raras.
Sos de las que cuidan el decir
y el estar,
de las que creen en los hijos,
en los nietos,
en eso invisible que sostiene todo
y no sale en las fotos.
Un brazo que se ofrece
sin preguntar,
una palabra que llega justa,
un vaso frío de limonada
en medio de la cena.
Una noche de luna abierta,
otra con el zumbido cansado
de un ventilador peleando con el verano,
una caminata lenta junto al río
como si no hiciera falta nada más.
Simple, pero con esa complejidad
que aparece cuando el aire escasea
en una noche clara.
Buenos Aires también está ahí,
en los cordones gastados,
en la esquina donde un fuelle respira,
en una cortada que suena a rock viejo.
Una noche en el Bollini,
un café largo en el Tortoni,
una tarde en La Biela
después del Bellas Artes,
o en el Recoleta, bajando el ritmo.
Mujer del rock perdido
y de los ojos de papel,
navegando la ciudad
cuando llueve
y todo parece más verdadero.
Así sos, urbana sin dureza,
amorosa sin alarde,
única como Buenos Aires
cuando decide quedarse en silencio.


 Bar de fondo,
en una esquina
donde la poesía se sienta a la mesa conmigo
sin pedir permiso.
Un café me cuenta un cuento,
un buen almuerzo
me devuelve a aquella tarde de verano
donde el tiempo no apuraba a nadie.
La noche pasa y me besa
como lo hacen las madrugadas
cuando saben quedarse.
Bar de fondo, en la esquina
donde la cultura se vuelve Julián y Álvarez,
y alguien lee una poesía mía
sin saber que salió de mis manos.
Ahí, donde el arte se hace magia
sin aplausos,
donde todo parece casual
pero nada lo es.
Tus ojos, una canción de amor
sonando bajito,
de esas que no se piden
y se quedan igual.
Bar de fondo,
al fondo del todo,
Buenos Aires respirando despacio
mientras la poesía hace lo suyo.


 Cuando la lluvia se queda dormida
sobre el piso tibio del viento,
las palomas descansan en el campanario
como pensamientos en pausa.
El sol se esconde para no interrumpir el milagro
y las flores guardan, celosas,
el perfume eterno de la primavera.
Tus ojos, dos faroles nocturnos,
encienden la calle de mi alma,
y vos, mujer de las mil noches,
sos un verso que nunca se repite.
En tu mirada hay lunas llenas,
hay promesas que no necesitan palabras,
hay un hogar donde siempre quiero volver.
Un riff de Pappo se derrama en el aire,
mezclado con un rock lento
que bailamos sin apuro,
como si el tiempo se rindiera a nuestros pies.
Cada acorde es un latido,
cada silencio, un beso suspendido.
El sol ilumina el balcón
como una bendición dorada,
y la luna avanza despacio,
curiosa,hasta encender el dormitorio
con la luz tímida de un solo velador.
Ahí, donde el mundo se apaga,
tu cuerpo es poesía viva
y mi corazón aprende de memoria
la forma exacta del amor.


 Desayunar en La Biela al amanecer
después de una noche larga en los boliches de la zona
era más que un ritual:
era una parada obligada,
un pacto silencioso con la madrugada.
El viento nos despabilaba sin pedir permiso,
todavía con el mareo girando en la cabeza,
y la avenida Alvear jugaba a moverse,
coqueta,entre luces que empezaban a apagarse
como estrellas cansadas de brillar.
El cementerio ponía su cuota de solemnidad,
recordándonos que todo pasa,
que la noche termina
y que vivir también es esto:
sentarse, respirar, mirarse en silencio.
Las copas amplias de los árboles
dejaban filtrar los primeros rayos de sol,
finos, tímidos, dorados,
acariciando la piel
antes de volver a casa
a rendirse al sueño.
Ahí,
con el café humeando y la ciudad despertando,
éramos testigos de algo simple y eterno:
el amor sobreviviendo a la noche,
guardándose en la memoria
para volver a latir, cada vez que amanece.


 Cuando llueve en el último piso
el cielo raso se agita
como si el edificio respirara con dificultad.
Las paredes pierden la escuadra,
la lógica se resbala,
y nada queda del todo firme.
Las ventanas lloran
con un llanto largo y sucio,
la cama flota
como un recuerdo que no encuentra fondo.
Todo tiembla, todo duda.
Abajo nadie parece notar
la ferocidad del tiempo,
nadie mira hacia arriba.
La ciudad sigue,
ordenada, indiferente,
creyendo que los relojes aún mandan.
Solo ella ve la grieta.
Solo ella navega
en un mundo detenido,
donde el tiempo se estancó
como Cenicienta después de la medianoche,
con el hechizo roto
y los sueños descalzos.
Al borde del abismo
grita desde un balcón.
No pide ayuda, grita lo que tuvo
cuando tuvo todo,
la fe,la promesa, el amor entero
antes de aprender la pérdida.
La lluvia cae y nadie escucha.
Pero el edificio sabe.
El cielo raso se estremece.
Y el tiempo, por un instante,
parece dudar antes de seguir cayendo.


 Llueve en la avenida.
La tormenta se sacude sobre el río
anunciando que, lenta,
va a entrar en la ciudad
como una verdad que nadie puede frenar.
La ropa baila en las sogas
antes de ser descolgada,
pequeñas banderas de una tregua breve.
Las flores del rincón de la puerta de calle
piden el refresco del cielo
sin que nadie tenga que regarlas.
Llueve en la ciudad
mientras los gritos retumban
en el hueco de la escalera,
rebotan en paredes viejas
y no encuentran salida.
En la parada del bondi
un paraguas se abre
y el viento se lo lleva,
como se lleva todo lo que intenta proteger.
Ella se pone la capucha de trabajo,
se cubre una vez más,
no del agua
sino del mundo.
Así como se olvida de todos
cada vez que llueve.
Camina con la cabeza baja,
con la lluvia marcándole el paso,
dejando que el agua borre nombres,
promesas,
caras que ya no duelen
porque ya dolieron demasiado.
Llueve en Buenos Aires.
El refresco alivia el día,
pero no calma la tormenta adentro.
Cuando vuelve,
empapada de ciudad y de rabia,
grita otra vez.
Y la lluvia,
cómplice perfecta,
la cubre, la escucha,
y se queda.


Debajo de mi almohada
tu respiración arde.
No suena, me invade.
Se desliza por mi cuello
y me despierta la piel
como si todavía estuvieras acá.
Me acuesto y te pienso
con el cuerpo primero,
con la memoria después.
Te recuerdo lenta,
como se recuerdan las cosas que marcaron,
tu aliento pesado,
tus manos aprendiendo mis bordes,
el calor compartido
hasta que el mundo deja de existir.
Nuestros cuerpos se encuentran
sin preguntas,
aceitados de deseo,
resbalando el uno en el otro
como si el tiempo no tuviera derecho
a interrumpirnos.
Sabemos dónde empieza el fuego,
pero jamás dónde se apagaba.
Hay una nube, la nuestra,
espesa, tibia, inevitable.
Todo es posible ahí,
las miradas que queman,
los silencios que gritan,
el roce que promete
más de lo que el día permite.
Vos y yo, suspendidos,
respirando el mismo aire,
flotando las horas
con la urgencia de quien sabe
que solo a solas
la verdad se permite existir.
Porque en este mundo prolijo e hipócrita
la felicidad se esconde, y la nuestra
solo aparece cuando tu respiración,
vuelve a buscarme debajo de mi almohada.

 Navegamos entre mates,
en un intercambio de palabras
único, irrepetible,
de esos que no se fuerzan
y nacen solos,
como si ya se conocieran.
Después de algunos temas livianos,
los riffs pusieron clima de rock
y los bailamos lento,
como cuando todo parecía eterno
y el tiempo todavía no sabía correr.
Pasaron los años,
y mejor que un whisky con hielo
y un café acompañando la conversación,
esa que nació cuando dejamos la ropa
apoyada en una silla y una pequeña ropa interior
nos cubría la nada con una simpatía desarmante.
Los dos del mismo color,
hablando de cosas perdidas,
esas que solo encuentra la memoria
cuando acomoda el lugar,
ese que está en el rincón del sótano
o en el galpón del fondo.
A veces lo abrimos sin pensar
y sale un perfume único,
antiguo y vivo, que nos gusta
porque nos reconoce.
Y entonces entendemos
que no todo se perdió,
que algunas historias
siguen respirando ahí,
entre mates, música, vasos sudados
y palabras que todavía
saben desnudarse despacio
igual que nosotros.

domingo, 4 de enero de 2026

El ventilador gira como un mantra inútil.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.

La calma vive en el Delta,
donde la luz aprende a quedarse
y el río canta bajito
para no despertar al amor.
Allí el agua crece sin miedo,
como crece la ternura,
despacio, sabiendo que todo vuelve
si se lo espera con el alma abierta.
En el muelle, el mate pasa de mano en mano
y también las miradas, esas que dicen más
que cualquier promesa.
Los gritos no llegan hasta acá,
se quedan lejos,
porque este rincón del mundo
eligió la suavidad.
El río nos abraza cuando viene
y cuando se va, nos deja la certeza
de que amar es eso,
estar, fluir, y volver siempre.
El delta brilla, no por el sol,
sino porque el amor
aprendió a vivir en él.

Vuelvo caminando a esas noches como quien abre una caja de luz. No había prisa, había amigos, había compañía y una ciudad que nos ofrecía rincones donde soñar sin pedir permiso. 
Entrábamos juntos, riendo bajo, sabiendo que algo iba a pasar aunque no supiéramos qué.
Esos lugares eran pequeños, casi secretos. 
Mesas apretadas, luces suaves, el murmullo que se detenía cuando empezaba una canción. 
Y ahí, en esa cercanía, todo parecía posible; cantábamos por dentro, nos mirábamos cómplices, convencidos de que el mundo estaba empezando de nuevo, también para nosotros.
Las noches eran inolvidables porque no buscaban serlo. 
Eran simplemente verdaderas. Compartíamos el asombro, el café, el whisky, las palabras dichas a media voz. 
Soñábamos en esos rincones, creyendo que el arte, el amor y la amistad podían cambiarlo todo.
Con el tiempo, esos sueños llenaron estadios. Las voces que escuchamos tan cerca crecieron, se hicieron multitud. 
Pero en mi memoria siguen siendo nuestras nacidas ahí, en la intimidad de un comienzo espléndido, cuando todo estaba por hacerse y nosotros éramos parte del primer latido.
Hoy recuerdo esas noches con una sonrisa tranquila. No como algo que se perdió, sino como algo que vive en mí. Porque hay comienzos que no terminan nunca, siguen iluminando el camino, aunque la música suene ahora en otros lugares.

El Parakultural fue uno de esos lugares que no se explican: se recuerdan con el cuerpo. Estuve ahí, en esos años finales de los 80, cuando Buenos Aires todavía estaba saliendo de la dictadura y necesitaba, con urgencia, espacios donde respirar sin pedir permiso.
Funcionaba como un centro cultural subterráneo, casi clandestino, entre 1986 y 1990. Pero más que un lugar era un estado de ánimo. Entrar al Parakultural era aceptar que todo podía pasar: teatro, música, poesía, cuerpos mezclados, risas incómodas, provocación y libertad, Nada estaba del todo terminado, y eso era lo mejor.
Fundado por Omar Viola y Horacio Gabin, su nombre ya decía mucho: para-cultural, en contra de lo hegemónico, a favor de lo disidente. 
Ahí se ensayaban nuevas formas de decir, de moverse, de burlarse de una sociedad todavía rígida. El humor era ácido, el mal gusto se volvía vanguardia, y la parodia social era una forma de resistencia.
Vi pasar a Las Gambas al Ajillo, a Batato Barea, a Las Poetizas. Escuché rock, punk, post-punk. Los Redondos, Sumo, Flema, Los Fabulosos Cadillacs aparecían como parte de un mismo pulso subterráneo. Punks, artistas, curiosos y noctámbulos compartíamos el mismo espacio sin jerarquías. 
Todo era mezcla, tribu, experimento. Con el tiempo, el Parakultural también mutó y se volvió milonga, dejando otra huella inesperada: el tango convivía con ese espíritu libre que nunca se fue del todo. Muchos de quienes pasaron por ahí saltaron después a los medios masivos en los 90, pero en ese momento nadie pensaba en carreras ni en fama. Se trataba de estar, de probar, de romper.
Hoy lo recuerdo como un semillero irrepetible. Un lugar donde la libertad creativa no era un discurso sino una práctica diaria. El Parakultural no fue solo un centro cultural, fue una respuesta visceral a años de silencio. Y haber estado ahí es algo que todavía vibra cuando lo pienso.

Ayer.
Cuando el tiempo todavía estaba tibio
y Buenos Aires respiraba despacio.
No fui solo.
De mi brazo venía una mujer
hermosa y antigua.
Se llamaba Historia
y caminaba como quien sabe
que todo ya ocurrió
y, aun así, sigue doliendo.
Ayer sus dedos tocaron los muros
y las piedras recordaron.
San Ignacio nos miró en silencio,
con siglos colgados del campanario,
y yo sentí que rezaban
los que ya no están.
En la Sala de Representantes
el aire se volvió promesa.
Juramentos flotaban como polvo dorado
y hombres sin nombre pasaban despacio,
con la patria temblando en la voz.
Historia me apretó el brazo,
ella sabe cuándo el pasado pesa.
Ayer bajamos.
Los túneles nos tragaron
como una boca antigua.
Allí Historia era sombra y fuego,
contrabando de ideas,
miedo escondido,
pasos que no querían ser oídos.
Las paredes sudaban siglos
y yo entendí
que la memoria no es limpia ni cómoda.
De pronto, un golpe.
Otro,1966.
Historia cerró los ojos
y no me soltó.
Los bastones aún caen
cuando nadie mira.
Ayer salimos a la luz.
Los patios respiraban.
La ciudad seguía viva, ajena,
pero algo en mí
se había quedado allí abajo.
Antes de irse,
Historia me miró.
Sonrió con tristeza antigua
y me besó la frente
con labios de tiempo.
Ayer caminé la Manzana de las Luces.
Hoy la sigo caminando por dentro.

 Ni siquiera el viento se detuvo al verte pasar:
fue apenas una ráfaga leve,
un suspiro tibio, casi brisa,
como si el mundo respirara 
más hondo para no interrumpirte.
En ese instante
cuando tu andar dejó huella sin tocar el suelo
te vi llegar elegante,
abriendo un surco invisible
en la tierra blanda de la memoria,
dejando la marca exacta de tu presencia
donde antes no había nombre.
No hubo silencio, hubo un beso.
Y eso bastó, desde ese momento 
la noche giró sobre sí misma
como una moneda lanzada al destino,
y nunca volvió a ser la misma.
Vos lo supiste, yo lo supe.
Hay encuentros que cambian la forma de la oscuridad.
La luna esa que solo sale en mi barrio,
cuando llueve en la ciudad,
nos acompañó siempre,
aunque la lluvia cayera en otro barrio
y acá, sin embargo, brillarán las estrellas,
como si también ellas hubieran sido testigos.
Porque desde entonces,
cada vez que el cielo duda,
tu recuerdo le enseña a iluminarse.


Te escucho,
me escuchás,
y en ese gesto sencillo
vamos armando la metáfora más grande:
la vida.
Amar es decir sin gritar,
es comprender sin herir,
es compartir la palabra
como quien ofrece abrigo.
Los gritos alejan,
los insultos no construyen nada.
En cambio, el diálogo enriquece,
ensancha el alma,
acerca los cuerpos.
Amar es dialogar,
dialogar cada día,
elegirte palabra a palabra,
amarte un poco más
en cada conversación.
Porque el diálogo siempre es mutuo,
como el amor verdadero,
uno habla, el otro escucha,
y entre ambos
nace algo que vale la pena cuidar.

Primer día del año
y Buenos Aires se despereza
con vos al sol, mate tibio,
piel brillando al lado del agua
como una promesa que no necesita apuro.
Yo te miro sin verte,
porque también se escribe con los ojos cerrados.
El éter nos envuelve, esa electricidad lenta
que empieza en la nuca y baja sin pedir permiso.
Descansás y el mundo afloja.
El silencio se vuelve piel,
el deseo aprende a respirar
sin gritos, sin prisa.
Arriba del Obelisco
una estrella cae en diagonal,
como un tango bien dicho,
arrastrado, sensual,
marcando el ritmo exacto
entre tu cintura y mi espera.
Buenos Aires nos gira alrededor,
cómplice, con sus veredas calientes
y su luna mirona.
Yo te acompaño, vos me dejás quedarme,
y eso ya es un gesto íntimo.
Este instante no se repite.
Es una caricia que sucede una vez,
una caída lenta, un roce eterno.
Primer día del año,
y el amor cuando es verdadero
se dice así, cerca, porteño,
y ardiendo despacio.

Bernardo abrió la noche
con la flauta de una milonga,
la llevó despacio
hasta volverla vals,
como quien cambia el pulso del corazón
sin avisar.
Lito lo siguió, un solo largo, intenso,
más largo que el tiempo,
más hondo que cualquier recuerdo.
Duró más que John Lee Hooker
en una madrugada sin fin,
y nadie quiso que terminara.
González no se quedó atrás.
hizo estallar una criolla entre sus manos,
fuego puro, madera viva,
y el escenario ardió sin quemarse.
El Luna gritó sus nombres,
los aplaudió de pie, fueron ellos.
Salieron y volvieron.
Una, dos, tres, seis veces.
Podríamos haber pasado
toda la noche escuchándolos.
Las luces se encendieron
pero nadie se movió.
Salieron una vez más
y les gritamos la última.
Trece minutos eternos.
La piel erizada.
Las lágrimas marcando surcos
en rostros que no querían disimular.
Y en un chau, simple, honesto,
se fueron.
La noche quedó ahí, ardiendo en silencio,
guardada, para siempre en mi memoria.

Tu sonrisa no entra en el tango,
pero el tango aprendió por mirarla,
se le aflojó la pena a la noche
y el bandoneón dejó de sangrar.
No es sonrisa de foto ni fiesta,
es de esquina, de mate y verdad,
de esas luces que alumbran despacio
cuando el mundo se empieza a apagar.
Buenos Aires se queda escuchando
cada vez que la dejás salir,
porque sabe que en esa curvita
hay un barrio que quiere vivir.
Yo venía con años torcidos,
con el alma cansada de errar,
y tu boca, sin decir promesas,
me enseñó que valía esperar.
Si algún día el dolor vuelve a invitarme
a sentarme en su mesa de hiel,
que me alcancen tu risa en la sombra:
con eso me alcanza… mujer.
La magia vive en sus manos,
no hace ruido, no pide atención,
con ellas une y desnuda,
cose y descose el corazón.
Alarga los días pequeños,
achica dolores sin voz,
agranda lo simple del mundo
con la destreza del amor.
La magia está en esa práctica
de vivir sin alzar la razón,
de conocerse despacio
y dejar que te conozcan mejor.
No grita verdades que aturden
ni rompe oídos ni fe,
habla justo, mide el silencio,
dice exacto lo que hay que decir.
Cuando el sol se retira cansado
y las estrellas se animan a entrar,
la luna le guiña un secreto
en el primer soplo de claridad.
Entonces ella brilla sin esfuerzo,
como quien sabe quién es,
y en la noche descansa del día
entre el sueño, la vida y la piel.
Mujer de mil noches vividas,
de mil horas sabidas de a pie,
de una vida magnífica y honda
que no se prohíbe el placer.
Celebra el milagro pequeño
de cada segundo que fue,
de cada día que abraza
sin miedo a volver a creer.
Y si el mundo pregunta en silencio
qué palabra la puede nombrar,
no hacen falta discursos ni aplausos,
ella es una gran mujer.

Debajo de ese vestido
no hubo nunca errores,
solo años.
Vida aprendida despacio,
experiencia escrita en la piel
como se escriben las cosas verdaderas:
sin pedir permiso.
El vestido insistía en marcar
lo que el mundo suele juzgar,
pero nosotros aprendimos pronto
a no mirar ahí.
Debajo no había formas,
había historia, había presencia,
había un ritmo sereno, que sabía quedarse.
Debajo de ese vestido
la vida pasaba sobre la mesa
en platos servidos con cuidado,
sabores lentos, la tentación justa
de probar lo que no se repite.
Y había vinos guardados,
de esos que solo se abren
cuando lo que viene, merece ser recordado.
El vestido cayó sin ruido,
como caen las excusas,
quedó rendido sobre el respaldo de una silla,
mientras las manos aprendían otro lenguaje,
uno donde no existen juicios ni apuros.
Debajo del vestido ya no hubo cuerpo,
hubo caricias borrando fronteras,
piel encontrando refugio,
silencios llenos de sentido.
Todo lo que sobraba
se fue con ellas.
La luna caminó despacio
sobre las sábanas,
el reloj siguió su marcha
sin importarnos,
y el tiempo, por una vez,
se olvidó de nosotros.
Ahora estás abrazada y desde lejos
miramos ese vestido arrugado
que ya no dice nada.
Porque lo importante
ya pasó, ya quedó en nosotros,
y no necesita volver. 
Llueve solo en la avenida,
después del piso veinte
y antes de la luna.
Luna del lobo, llena, redonda,
casi perfecta.
En su brillo
encuentro el reflejo de tus ojos,
esa forma tuya de mirar
a través del vidrio como si la ciudad
fuera apenas un rumor lejano.
La lluvia golpea el ventanal
con cadencia de poema,
suena a Neruda dicho en voz baja,
con Chopin de fondo,
en re sostenido,
afinando la noche sin apuro.
Una noche más
girando alrededor de la luna,
esa circunvalación lenta
que dibuja tu cintura
cuando te acercás,
cuando el mundo se vuelve
semicírculo y nos limpia el alma
del smog sucio de este Buenos Aires
que respira cansado
el segundo día del año.
Hace calor, un calor que no discute,
que se queda.
Tus manos siguen trabajando
a la luz cansada del sol tardío,
bajo un ventilador viejo
que gira y gira,
como un tango obstinado
acariciando tu cuerpo
mientras yo aprendo,
a quedarme en silencio.

Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.

El poema se enriquece
cuando el hielo empieza 
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

Respira Buenos Aires un domingo ladeado,
con olor a verano y baldosa caliente.
El sol, malevo manso,
se esconde entre nubes como quien no quiere lío,
y tu voz me vuelve desde la almohada
igual que un bandoneón llorando bajito.
Los pájaros se toman el día franco,
el calor los deja sin ganas de cantar,
y las calles, cansadas de apuro,
se entregan al tránsito lento,
marcando un compás de espera
que parece dos por cuatro.
La ciudad se afloja la corbata.
El Obelisco se despereza de historia
y yo voy por Corrientes sin reloj,
pisando recuerdos,
dejando que tu nombre me salga solo
entre librerías cerradas y teatros dormidos.
En el piso veintitrés llueve,
mientras en el sótano un jazz cansado
se mezcla con el humo de un bar que resiste,
y el corazón, en falta,
improvisa su propio tango.
Bailamos un rock perdido en la avenida,
sin público ni aplausos,
antes de que el verano endurezca el hormigón
y algún trasnochado pretenda
volver a tapar con asfalto
las huellas del tiempo.
Porque quererte es eso,
una ciudad en penumbras,
un tango sin final cerrado,
un abrazo que se queda
cuando Buenos Aires, cansada,
apaga las luces y sigue respirando.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...