El tango es un café y una medida,
así de simple.
Antes le agregaba un pucho
que dibujaba espirales en el aire,
pero hoy alcanza
con el humo tibio del recuerdo
y tu compañía.
Una mesa gastada contra el vidrio,
la calle mojada
reflejando faroles cansados,
y un dos por cuatro silbado bajito
que se escapa entre los dientes
como si la noche misma
lo estuviera tarareando.
Un violín llora en algún rincón,
quizás de una radio vieja,
quizás de un bandoneón que no se ve,
y todo se mezcla despacio
con un riff de Pappo
que raspa la madrugada
como una navaja de arrabal.
Un sábado a la noche,
o la noche de un día cualquiera,
porque acá las noches
siempre tienen algo de tango
aunque nadie las baile.
La medida y los cubos de hielo
tintinean como campanitas cansadas.
El café humea lento,
como pensando en voz baja.
Y vos,
del otro lado de la mesa,
con esa manera tuya de mirar
como si supieras
que la ciudad se cae a pedazos
pero igual se levanta cada madrugada.
Entonces el bar se vuelve puerto,
la calle se vuelve río,
y la noche un tango más.
Y yo me dejo llevar
como se deja llevar el bandoneón
cuando suspira.
Porque al final el tango es eso:
un café, una medida,
dos cubos de hielo
golpeando el vidrio del vaso,
un dos por cuatro perdido en el aire y vos
acunando una noche más.
Como cada tango,
como cada noche en Buenos Aires.

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