sábado, 25 de julio de 2026

 La luna, en cuarto creciente,
enciende de plata la avenida.
En la mano par duerme la calma;
en la impar, una tormenta única e irrepetible
se prepara para desbastar árboles,
para caer sobre vehículos dormidos,
como si el cielo quisiera recordar
que toda ciudad tiene un corazón indómito.
Esa es la magia de la avenida.
De un lado, la esquina nos reúne
para conversar hasta la madrugada,
convencidos de que entre un café, un mate
y unas cuantas palabras
todavía es posible arreglar el mundo.
Del otro lado,
los gritos se empapan bajo una lluvia de insultos;
las voces chocan como relámpagos,
y el agua arrastra promesas rotas
por el cordón de la vereda.
Entonces, un fuelle respira en la esquina.
El bandoneón derrama notas de un tango
que se mezclan con la lluvia,
con las luces amarillas,
con el perfume del asfalto mojado
y con la nostalgia de quienes regresan
sin saber muy bien de qué huyen.
En la soledad de un sábado
escribo la letra de mi último tango.
No habla de derrotas, ni de bares vacíos,
ni de copas olvidadas.
Habla de ella.
Porque entre la luna creciente,
la tormenta, las discusiones de la esquina
y el rumor de la ciudad que nunca termina de dormirse,
ella sigue siendo la única protagonista.
Es la melodía que el bandoneón persigue,
la luz que ninguna nube consigue apagar,
el verso que siempre encuentra
la forma de volver.
Y mientras la avenida divide
la mano par de la mano impar,
la calma del vendaval,
el abrazo del desencuentro,
mi tango elige un solo destino,
pronunciar su nombre para 
que la noche lo guarde
como la luna guarda su luz
hasta el amanecer.
 Los adoquines de Buenos Aires sudan
cuando la lluvia vuelve,
y en el último piso
siempre llueve en la misma esquina,
como si el cielo conociera
el camino de los recuerdos.
Aprendí que el valor de la palabra
pesa mucho más
que millones de dólares.
Una promesa dicha de frente
vale más que cualquier fortuna,
porque el tiempo jamás logra devaluarla.
Hay frases de mis poesías
que vuelven una y otra vez
a través de los años.
No son simples versos;
son huellas que, sin saberlo,
marcaron mi vida
y quedaron para siempre
escritas en la memoria.
Está el Delta,
el inmenso Paraná,
el Carapachay,
esa casa inolvidable
llamada El Pájaro Loco,
y aquella lancha, Enlace,
que nos llevaba despacio
por los rincones ocultos del río,
donde el silencio
también aprendía a navegar.
Está la Escuela Técnica Raggio,
con sus talleres,
sus sueños de juventud
y ese grupo de amigos
que el tiempo no pudo separar.
Los años pasaron,
cada uno siguió su camino,
pero seguimos encontrándonos,
conversando, riendo como entonces,
demostrando que la amistad
también sabe vencer al calendario.
Y está mi barrio.
El de siempre, mi avenida,
el café de la esquina,
las veredas gastadas,
las conversaciones interminables,
los abrazos, los nombres que nunca se olvidan,
los rostros que forman parte
de la historia de todos los días.
Todo eso soy.
Un pedazo de mi mundo,
hecho de calles, de ríos, de amigos,
de palabras y de recuerdos.
Porque, al final, la verdadera riqueza
no se guarda en un banco
ni se mide en dinero.
Se guarda en los lugares
que nos hicieron felices,
en las personas
que caminaron a nuestro lado,
y en las historias
que todavía seguimos escribiendo
cada vez que el corazón decide volver a casa.
 Elijo el color de tus ojos
y el color de mi bandera.
Elijo creer cuando el mundo duda,
y sembrar palabras donde otros levantan piedras.
Elijo conversar y no gritar,
debatir sin herir, escuchar sin condenar.
Porque los insultos son cenizas del orgullo,
y el amor siempre encuentra otra manera de hablar.
Elijo caminar abrazado a tu cintura,
que me regales un cuento, aunque sea una mentira,
si en tu voz encuentro refugio
y en tu sonrisa comienza el día.
Elijo los besos apasionados de una noche,
antes que la sombra constante del ayer;
porque el pasado es un libro ya leído,
y vos sos todo lo que me queda por conocer.
Elijo llegar a una final sin concesiones,
sin deberle al destino más que mis convicciones.
No elegiré jamás saludar desde un balcón
cargando favores en el corazón.
Elijo el camino que mira hacia delante,
y si la lluvia nos sorprende al andar,
debajo de la caricia del agua y del viento,
elijo tu mano y volver a empezar.
Y si me critican, elijo el silencio;
confrontar a la ignorancia es perder el tiempo.
La vida pasa ligera, como un río sin regreso,
y prefiero gastarla en un abrazo, no en un enfrentamiento.
Elijo a los amigos, a las tardes compartidas,
a las poesías que nos nombran sin hablar.
Y cuando el tiempo nos encuentre más despacio,
seguiré eligiendo lo mismo, una y otra vez:
Creer, creer en vos, creer en nosotros.
Creer que mientras caminemos juntos,
ninguna tormenta podrá dejarnos atrás.
 Buenos Aires camina, canta y sonríe,
con zapatos de lluvia sobre el empedrado,
y un tango nostálgico se descuelga
de los balcones mojados.
La llovizna acaricia las veredas,
los faroles se visten de nostalgia,
y los bares encienden sus refugios
contra el frío que abraza la ciudad.
Un café entre las manos
es el mejor aliento de la noche,
un pequeño fuego compartido
mientras el invierno conversa
con los cristales empañados.
Pero allá arriba,
en el último piso,
donde las ventanas parecen tocar las nubes,
la lluvia golpea los vidrios
con su música de recuerdos.
Y qué pena desperdiciar
el hermoso placer de caminar bajo la lluvia,
de perderse entre las calles,
de mojar los sueños,
de dejar que las gotas recorran la piel
como versos recién nacidos.
Sin embargo,
en esa altura donde la ciudad se vuelve infinita,
la lluvia pierde su magia,
las luces se derraman sobre el asfalto,
las avenidas parecen ríos de estrellas,
y Buenos Aires baila lentamente
su eterno tango de invierno.
Entonces la noche se vuelve abrazo,
el café se vuelve ternura,
y mientras la lluvia sigue cayendo
sobre techos, plazas y adoquines,
los corazones descubren
que la primavera puede nacer
mucho antes de que termine el invierno
 Mantas, abrigos y bufandas.
El cuerpo escondido del frío,
mientras un reloj anuncia que, pasadas las cinco de la tarde,
la oscuridad comienza a adueñarse de la calle.
Buenos Aires parece dormirse bajo la luna,
que ilumina la noche del mismo modo
en que tu presencia ilumina los días sin sol.
Debajo de una manta descubrí tu cuerpo,
enroscado en busca de calor,
esperando, quizás sin decirlo,
que el invierno se retire lentamente
y deje paso a los colores nuevos.
Entonces llegará la primavera.
Brillará en el café del desayuno,
en los mates compartidos de media mañana,
y en el sol que se derrama sobre el Carapachay,
dibujando sombras entre las hojas,
acariciando flores recién abiertas
sobre las orillas silenciosas del Delta.
Y cuando el aire vuelva a ser tibio,
ya no habrá mantas ni bufandas que oculten la estación.
La primavera estará en los jardines,
en el río, en la luz,
pero sobre todo en esa sonrisa tuya
capaz de convertir cualquier invierno
en un eterno amanecer.
 A tu lado todo volverá a brillar,
las veinticuatro horas del día,
como si el tiempo se detuviera
para contemplar nuestra alegría.
Juntos esperaremos pacientes
que el clima nos vuelva a regalar
esos caminos de Buenos Aires
que tanto nos gusta andar.
De la mano recorreremos sus calles,
como ya lo hicimos alguna vez,
guardando en cada esquina un recuerdo
y en cada mirada, una nueva piel.
Corrientes encenderá sus luces
para acompañar nuestro andar,
y el Obelisco, cómplice de los sueños,
un guiño nos volverá a regalar.
Solo para vos y para mí,
entre el rumor de la ciudad,
entre abrazos, risas y silencios,
entre amor y complicidad.
No habrá invierno que nos detenga,
ni distancia que pueda vencer,
porque donde florecen tus ojos
siempre hay un nuevo amanecer.
Y mientras la ciudad nos observa,
entre luces, noches y emoción,
Buenos Aires seguirá escribiendo
como yo, versos para vos. 
 El sol, el vagón del último tren,
avanza despacio sobre los techos,
sin gritos, sin despedidas,
como una escalera tendida hacia la luna.
Una poesía llena de perfume a democracia
camina las veredas de un sábado en Buenos Aires,
mientras la soledad permanece sentada en un umbral,
allí donde alguna vez estuvo la vieja esquina,
con su buzón rojo y sus secretos de barrio.
Suena un tango con acordes de rock,
y el eco de Luis Alberto Spinetta se escapa por la ventana abierta
de una casa que todavía guarda jazmines en el patio.
La ciudad respira melodías antiguas y futuras,
mezclando bandoneones con guitarras eléctricas.
Un taxi cruza lentamente la avenida,
buscando a un pasajero que abandonó la aplicación
y volvió a caminar las calles,
como se caminaban antes los amores y las nostalgias.
Buenos Aires,
tu recuerdo es un beso y una flor,
una lluvia que cae solamente en la avenida,
mientras el sol ilumina un rostro querido
y una sonrisa alcanza para encender el día.
Entonces la ciudad deja de ser ciudad
y se vuelve refugio,
un café compartido con la memoria,
una conversación con los árboles de la plaza,
un tango perdido en el viento del río.
Y en medio de tanta prisa,
de tantos relojes y destinos,
todavía queda un rincón donde el alma descansa,
donde la luna baja por su escalera de plata
y el último tren regresa cargado de sueños.
Buenos Aires, entre tu lluvia y tu sol,
entre el rock y el bandoneón,
sigues siendo esa poesía interminable
que perfuma la tarde
y le da sentido a la esperanza. 
 El sol se filtraba entre los álamos,
dibujando sobre el césped
sombras irreales y gigantescas,
como si la tarde quisiera detenerse
para contemplar nuestro silencio.
Lentamente corrían las horas,
y el río, con su voz antigua, nos llamaba.
Hacia él fuimos, sin apuro,
siguiendo el murmullo de sus aguas
como quien sigue un destino escrito desde siempre.
La malla era apenas un pretexto,
la última frontera entre la piel y el río.
Cada tanto, una pequeña ola,
despertada por el paso ligero de una lancha,
nos mecía suavemente,
acercándonos un poco más al verano,
un poco más al instante.
No sé cómo ni cuándo ocurrió.
Tal vez fue el agua,
tal vez el viento que jugaba entre los juncos.
Lo cierto es que las mallas quedaron olvidadas
en un escalón del muelle:
la tuya, la mía,
como dos banderas rendidas
ante la libertad más profunda que conocimos.
Durante largo rato cruzamos el río,
de una orilla a la otra,
abrazados por la corriente,
bajo un cielo que parecía inmenso
y una felicidad imposible de medir.
Ahora tu cabello húmedo
se dibuja sobre la sombra de la pared,
mientras la habitación guarda todavía
el perfume del agua y de la tarde.
Y allá arriba, la luna,
blanca y serena, nos invita otra vez.
Invita al río, al silencio,
a las aguas que reflejan su luz.
Después de habernos entregado mutuamente
el tiempo, las palabras y los sueños,
la noche abre sus brazos sobre el Delta,
y el río espera.
Como si supiera que aún quedan caminos de plata
sobre el agua dormida,
y que dos almas enamoradas
siempre encontrarán la manera
de volver a nadar libres bajo su luz.
 La neblina cayó sobre Buenos Aires
como un viejo bandoneón desafinado,
cubriendo las esquinas solitarias
que todavía extrañan algún buzón oxidado.
Los zaguanes guardan secretos antiguos,
susurran nombres que nadie olvidó,
y entre las sombras de las puertas cerradas
viven los besos que el tiempo robó.
Por Villa Cariño pasan los recuerdos,
autos dormidos bajo un cielo gris,
juramentos escritos sobre los vidrios
que aún resisten lejos del olvido feliz.
Fue una noche en El Guindado,
una tarde en El Cumbre frente al sol,
y después la calle Florida encendida
con su eterno desfile de ilusión.
Un café sobre Corrientes nos esperaba,
entre librerías, sueños y canción,
y una pizza en Las Cuartetas compartida
como si el mundo se sentara en una mesa para dos.
La madrugada encontró refugio en La Paz,
con el cansancio dulce de tanto andar,
y un whisky en el Politeama encendió los silencios
que ninguno de los dos quiso nombrar.
Buenos Aires bailaba entre faroles,
la niebla abrazaba cada adoquín,
y el río escondía bajo sus aguas
las historias que no llegan a su fin.
Entonces comprendí que toda la ciudad,
sus cafés, sus esquinas y su arrabal,
no eran más que estaciones necesarias
para llegar a este instante final.
Porque esta es mi última poesía,
la última pena que dejo partir,
el último tango que escriben mis manos
antes de animarme a callar.
Que callen los bares y los bandoneones,
que descanse la luna sobre el canal,
porque después de tantos versos porteños
ya no habrá nada más que contar.
Solo tu mirada bajo la neblina,
la ciudad detenida para los dos,
y Buenos Aires guardando silencio
antes de darte mi primer beso
en mi mejor canción
 La humedad y el frío,
esa mezcla rara de Buenos Aires en otoño,
donde un blues se confunde con el rock
y un tango distraído termina haciéndose bolero.
La tarde camina despacio por las veredas mojadas,
mientras una esquina se dobla apenas
para besarte en silencio, tomarte de la mano
y perderse entre la niebla.
Las bufandas guardan secretos de lluvia,
las ventanas se empañan de nostalgias antiguas,
y la ciudad parece suspendida
entre lo que fue y lo que todavía espera.
Llueve en el último piso,
pero en la planta baja sale el sol.
Así de caprichosa es esta tierra,
que mezcla inviernos y primaveras,
en la misma respiración.
Caminamos sin apuro,
como si las calles conocieran nuestros nombres,
como si cada baldosa guardara una historia
y cada farol quisiera contarnos otra.
Mientras tanto, el jazz circula por la semana,
escapándose del saxo de algún bar escondido,
liviano y transparente como una mariposa de cristal
que cruza la noche sin hacer ruido.
Y Buenos Aires, vieja soñadora,
despliega sus adoquines mojados,
sus cafés encendidos,
sus abrazos de humo y de lluvia.
Entonces el mundo se vuelve pequeño:
una mano que busca otra mano,
una bufanda compartida,
un beso robado a la niebla,
y un bolero que nació tango
para quedarse bailando
en el corazón del otoño.
 Llueve lento sobre Buenos Aires,
como un bandoneón que suspira en la ventana,
mientras un viejo rock gira en la bandeja
y la tarde se vuelve música temprana.
Las calles guardan charcos de nostalgia,
los cafés encienden su tibia claridad,
y entre el rumor de la lluvia sobre el asfalto
aparece tu nombre con naturalidad.
No sos un recuerdo perdido en el tiempo,
ni una sombra que la memoria inventó;
sos la compañera que camina estos días,
la mujer que la vida a mi lado dejó.
Hay un pentagrama de notas vacías
esperando la melodía de tu voz,
como si el mundo entero hiciera silencio
para escuchar el milagro de los dos.
Tus ojos son poemas que aún se escriben
en cada tarde compartida al azar,
y tienen la profundidad de los puertos
donde siempre se desea regresar.
El atardecer cae sobre las vías,
entre álamos pelados del otoño gris;
el viento deshoja lentamente las horas
mientras la lluvia dibuja su barniz.
Como quien conoce el secreto de los inviernos,
como quien sabe esperar sin preguntar;
con esa dulzura serena y luminosa
que convierte cualquier espera en hogar.
Entonces el viejo rock sigue girando,
mezclando su melancolía con el tango,
y la ciudad parece bailar despacio
bajo el cielo húmedo y los faroles en blanco.
Hay sensualidad en la forma en que mirás la tarde,
en cómo tus manos encuentran las mías,
en la calma que deja tu presencia
sobre las tormentas de todos mis días.
Y mientras Buenos Aires se cubre de lluvia,
entre rieles, veredas y viejos adoquines,
sé que el próximo reencuentro 
no es una esperanza, es la certeza.
Porque al final de cada jornada,
cuando el otoño vuelve gris a los caminos,
tu sonrisa sigue esperándome, intacta,
como el tango más hermoso de mi destino. 

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...