sábado, 25 de julio de 2026

 Debajo del acolchado,
cuando la noche se derrama lentamente
sobre el azul de un pañuelo de seda
que acaricia la luz del velador,
el mundo desaparece.
No existen las calles, ni los relojes,
ni el ruido obstinado de los días.
Sólo existimos nosotros.
Dos cuerpos que han aprendido,
con la paciencia de los años,
que el amor no tiene edad
cuando el deseo sabe pronunciar el nombre del otro
como si fuera la primera vez.
Entonces comienza el milagro.
Tus labios recorren mi memoria
como quien abre un libro amado
que conoce de memoria
y, sin embargo, vuelve a sorprenderlo.
Tus manos, esas manos que han envejecido conmigo,
todavía saben dónde comienza mi ser.
Y las mías, hambrientas de tu ternura,
se demoran en cada rincón de tu piel
como si el tiempo me hubiera concedido
la gracia infinita de descubrirte nuevamente.
Debajo del acolchado,
el silencio tiene el sonido de nuestra respiración.
Nos besamos despacio,
porque el deseo verdadero jamás tiene prisa.
El deseo madura, aprende a esperar,
se vuelve más profundo,
más inmenso, más hermoso.
Y el sudor que nace sobre tus pómulos
es apenas una manera que tiene la vida
de decirnos que aún estamos ardiendo.
Hay abrazos que parten el cuerpo.
Los nuestros parten el tiempo.
Hay besos que enmudecen las palabras.
Los nuestros inventan un idioma
que solamente conocen los amantes
que han sobrevivido juntos a los inviernos.
Tus ojos se cierran
y me miran desde la oscuridad de tus párpados.
Los míos hacen lo mismo.
Nos encontramos allí, en ese lugar secreto
donde dos almas desnudas
se reconocen sin necesidad de la luz.
Tu piel tiene el sabor de todos nuestros años.
La recorro lentamente,
como quien camina descalzo
por el paisaje más amado de su vida.
El deseo nos desordena las sábanas,
derriba el acolchado, nos roba el aliento,
nos devuelve la juventud por unos instantes
y nos regala algo todavía más hermoso:
la certeza de que seguimos eligiéndonos.
Porque el erotismo más profundo
no vive en el incendio de una sola noche,
sino en el fuego que se niega a apagarse
después de toda una vida.
Es tu espalda bajo mis manos.
Es la curva tibia de tu cintura acercándose a mi pecho.
Es la manera en que tu respiración cambia
cuando mi boca encuentra la tuya.
Es la dulce impaciencia de nuestros cuerpos
buscándose una y otra vez
como si el universo hubiese sido creado
para que nos encontráramos precisamente aquí.
Y entonces el tiempo se detiene.
No son minutos, no son horas.
Son años enteros contenidos en un abrazo.
El mundo continúa girando detrás de la ventana,
pero nosotros permanecemos suspendidos
en un instante imposible de escribir,
porque ninguna palabra alcanza
a explicar lo que sucede
cuando el amor y el deseo deciden habitar el mismo cuerpo.
Somos uno, uno solo.
Sin fronteras,sin pasado ni futuro,
sin más patria que el calor de nuestras pieles.
Tu corazón golpea junto al mío
y ambos parecen recordar
aquella primera vez que nos atrevimos a amarnos.
Pero ahora el amor es más lento,más sabio,
más profundamente erótico.
Ahora sabemos que la verdadera desnudez
no consiste en desprenderse de la ropa,
sino en entregarle al otro
todo aquello que hemos sido.
Por eso el instante nunca termina.
Porque cuando lo recordamos,
vuelve a suceder.
Regresan las caricias, el perfume de la noche,
la tenue luz azul sobre el velador,
el acolchado abandonado en el suelo
como una bandera rendida ante el amor.
Y comprendemos que existen amores
que no conocen despedidas.
Amores que se escriben con besos,
que se recuerdan con la piel,
que envejecen sin perder el asombro.
Amores que hacen del erotismo una plegaria,
de la ternura una forma de eternidad
y del deseo una manera infinita de volver a casa.
Debajo del acolchado, o sobre él,
seguiremos encontrándonos.
Porque mientras existan tus labios y los míos,
mientras nuestras manos sepan regresar al mismo lugar,
mientras el tiempo tenga la delicadeza de detenerse
para contemplarnos,
seguiremos haciendo del amor
el más hermoso de todos los poemas. 
 Detrás de los cristales llueve,
y la lluvia parece conocer sus nombres.
No cae del cielo, desciende lentamente sobre la noche
como un largo suspiro de agua
que busca el calor de la tierra,
del mismo modo en que sus cuerpos
se buscan en la penumbra.
Adentro, una suave vibración
mueve lentamente el vaso sobre la mesa de luz.
El agua dibuja círculos diminutos,
como si quisiera imitar el movimiento de sus respiraciones.
Todo se ha puesto de acuerdo esta noche.
El velador derrama sobre la madera
una luz dorada y temblorosa,
la lámpara del techo se balancea apenas,
como una luna suspendida sobre los amantes,
y el respaldo de la cama ejecuta notas agudas,
una música imposible que sólo conocen
los cuerpos cuando se aman.
Hasta la puerta del placard,
curiosa y silenciosa,
se ha abierto un instante para mirar el milagro
y volvió a cerrarse lentamente,
guardando el secreto entre sus bisagras.
Ellos permanecen allí,
a pocos centímetros del infinito.
No hacen falta las palabras.
Las palabras suelen llegar tarde
cuando el amor decide hablar con la piel.
Podrían llamarlo deseo.
Podrían llamarlo ternura.
Podrían llamarlo incendio,
universo, eternidad, o simplemente lluvia.
Pero la noche, que conoce los nombres verdaderos,
ha elegido para ellos
una sola palabra de pocas letras:
Amor.
Y el amor comienza siempre así:
con unas manos que se encuentran
como dos pájaros cansados del invierno,
con unos labios que aprenden a decirse secretos
sin pronunciar una sola sílaba,
con el lento descubrimiento
de la geografía más hermosa del mundo:
la piel de quien amamos.
Sus cuerpos se confunden entre las sombras.
El sudor se desliza sobre las sábanas
con la misma lentitud con que resbala la lluvia
por los cristales de la ventana.
Sus manos se abren y se cierran,
se buscan, se reconocen,
se aferran dulcemente al instante,
como si temieran despertar
de un sueño demasiado hermoso.
La noche los envuelve.
Sus respiraciones se vuelven una sola música,
sus silencios adquieren el mismo ritmo,
y el tiempo, generoso por una vez,
decide detener sus relojes.
La lluvia continúa cayendo.
El vaso continúa temblando.
La lámpara continúa balanceándose.
Y ellos continúan descubriéndose
como si fueran el primer hombre y la primera mujer
que aprendieron a amar bajo la lluvia.
Él recorre con ternura los senderos de su espalda
como quien lee un antiguo poema escrito por la luna.
Ella se entrega al instante
como una flor que se abre lentamente al amanecer,
guardando todavía el perfume de todos sus secretos.
No hay prisa en la oscuridad.
La oscuridad sabe esperar.
Sabe que el amor verdadero
no necesita anunciarse con grandes gestos,
porque basta un roce,
una mirada que nadie más ha visto,
el temblor de unos dedos entrelazándose,
para convertir una habitación cualquiera
en el lugar más hermoso del universo.
La lluvia golpea los cristales
como si quisiera entrar y abrazarlos.
El viento escucha detrás de la ventana.
La noche guarda silencio.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera,
ellos inventan un tiempo distinto,
un tiempo hecho de caricias lentas,
de piel estremecida,
de suspiros que se mezclan con el perfume de las sábanas
y con la tibieza de los cuerpos enamorados.
Entonces comprenden que el amor
también posee movimiento.
Se mueve en el agua del vaso,
en la luz del velador,
en la lámpara que danza sobre sus cabezas,
en la lluvia que desciende sobre los cristales.
Se mueve en la manera en que ella pronuncia su nombre.
Se mueve en la forma en que él la abraza
como si intentara protegerla del paso del tiempo.
Y cuando la madrugada finalmente llega,
no quedan dos cuerpos sobre la cama.
Queda una sola respiración.
Un solo latido.
Un solo movimiento.
Y una sola palabra, pequeña y eterna,
que la lluvia seguirá escribiendo sobre los cristales
mucho después de que la noche haya terminado. 
 El sábado llora la muerte de un poeta,
de una voz sin gritos,
de una palabra sin insultos.
El sábado llora la muerte de un cantante
que supo enhebrar las palabras en poesía
y la poesía en mensaje,
como quien cose silencios
sobre las heridas de una ciudad.
El sábado llora, una noche más,
un tango en la esquina,
un buzón perdido en el recuerdo,
un barrio con su bulevar,
y una palabra que se entendía
sin necesidad de ser arrojada como piedra.
El sábado llora los faroles encendidos,
las veredas gastadas,
los amigos demorando la despedida,
el humo de un café
y los sueños apoyados en la barra.
El sábado llora porque se ha ido
uno de esos hombres
que cantaban para pensar
y no para imponer,
que nombraban el amor,
la calle y la tristeza
sin necesidad de levantar la voz.
Y mientras la noche avanza
sobre los techos de la ciudad,
el sábado llora la sensación
de que quizás alguna vez
dejen de gritar y comiencen a cantar.
Que vuelvan a abrir la boca
para vocalizar poemas,
para sembrar preguntas,
para abrazar memorias.
Que la poesía vuelva a caminar
por las esquinas del barrio,
y que una canción sencilla
haga más ruido en el alma
que todos los gritos del mundo.
Por eso el sábado llora.
Porque cuando muere un poeta,
cuando se apaga una voz verdadera,
queda un silencio inmenso
esperando que alguien,
otra vez, lo transforme en canción. 
 Hoy el silencio tiene forma de guitarra,
y la noche parece más larga sobre las rutas del país.
Se fue el hombre de las palabras misteriosas,
el poeta de los suburbios y las multitudes,
el que convirtió canciones en banderas
y escenarios en peregrinaciones imposibles.
Carlos Alberto Solari, el Indio,
nacido en Paraná y adoptado por la mística de La Plata,
caminó la vida con el bajo perfil de los grandes,
dejando que hablara la música
donde otros elegían los discursos.
Junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
levantó una obra que desafió al tiempo,
una llama que atravesó generaciones enteras.
Hoy se apaga una voz,
pero no el eco de sus versos.
Porque siguen vivos en cada esquina,
en cada colectivo que cruza la madrugada,
en cada amigo que recuerda una canción
como quien recuerda un pedazo de su propia historia.
Luchó durante años contra el Parkinson,
y aun así nunca abandonó del todo el camino del arte.
Hasta en la distancia de los escenarios
mantuvo encendida la luz de su universo,
acompañado por el amor de los suyos
y la devoción de quienes encontraron refugio en su obra.
Hoy los ricoteros levantan la vista al cielo,
como si buscaran una señal entre las estrellas.
Tal vez allá arriba haya comenzado otro recital,
uno sin vallados ni despedidas,
donde la música no conoce finales.
Y mientras las radios vuelven a girar sus canciones,
miles de gargantas repiten sus versos
para espantar la tristeza.
Porque los artistas verdaderos no se marchan del todo.
Se quedan en la memoria colectiva,
en las noches de ruta, en las plazas,
en los abrazos de los amigos,
y en cada corazón que alguna vez encontró compañía
en una de sus canciones.
Buen viaje, Indio.
Que la eternidad te encuentre cantando,
con la misma rebeldía de siempre,
mientras aquí abajo, entre lágrimas y gratitud,
el pueblo del rock argentino te despide.
Y aunque hoy duela tu partida,
tu voz seguirá diciendo, generación tras generación,
que algunas leyendas nunca mueren. 
 Transnochados del hielo y el alcohol,
del humo espeso y las madrugadas,
caminando Corrientes sin apuro,
entre cafés, debates y guitarras.
El rock era una patria diminuta,
una suite sin memoria ni destino,
enroscada en los recuerdos del comienzo,
allá lejos, por los viejos caminos.
Con Lito y el Flaco en la mirada,
con La Cueva y Barrock como bandera,
todo parecía simple y verdadero,
como si la ciudad aún creyera.
Hasta el humo flotando entre las mesas
parecía una poesía improvisada,
y un recital de Pappo o La Pesada
era un canto feroz a la muchachada.
Las rosas todavía eran promesas,
la palabra tenía algún valor,
y el odio y el veneno de estos tiempos
eran metáforas sin definición.
Qué pena la lenta involución,
qué triste ver la grieta convertida
en una acusación de cada día
contra quien sólo defiende su vida.
Hoy, para algunos, alcanza con decir
que no queremos más manos en lo ajeno,
para que nos acusen de estar llenos
de odio, de rencor y de veneno.
Y sin embargo vuelven los recuerdos:
Corrientes, el café y la discusión,
las madrugadas largas del rock viejo,
la libertad latiendo en una canción.
Tal vez no era perfecto aquel tiempo,
pero guardaba una verdad sencilla,
una rosa podía ser un mundo,
y una poesía podía ser la vida
 Corría el año 1954 y la Argentina atravesaba tiempos económicos difíciles. 
En las calles del barrio, donde los negocios eran mucho más que simples lugares de compra, un grupo de comerciantes comenzó a reunirse con una preocupación común: encontrar la manera de enfrentar juntos las dificultades que afectaban a sus familias, sus emprendimientos y a toda la comunidad.
Eran hombres y mujeres que se conocían desde hacía años. Algunos eran amigos, otros vecinos de toda la vida. 
Compartían las mismas veredas, las mismas preocupaciones y el mismo deseo de ver crecer al barrio. 
Lo que comenzó como conversaciones informales en las que se intercambiaban experiencias y se buscaban soluciones para los problemas cotidianos, pronto se transformó en algo mucho más importante.
Aquellas reuniones demostraron que la unión generaba una fuerza extraordinaria. Las experiencias de unos ayudaban a otros, los conocimientos se complementaban y los proyectos comenzaban a tomar forma. Poco a poco surgió la idea de crear una institución que representara a todos los comerciantes y que trabajara por el desarrollo de la comunidad.
Con esfuerzo y perseverancia se formó una comisión y se iniciaron los trámites para obtener la personería jurídica. Había nacido la Unión de Comerciantes, una entidad que con el tiempo se convertiría en una de las organizaciones más queridas y respetadas del barrio.
Los primeros objetivos fueron simples pero fundamentales: asociar a los comerciantes y fomentar la vida comunitaria. Junto al mástil de la plazoleta de Tronador comenzaron a organizarse los festejos patrios. Allí se izaba la bandera argentina y vecinos de todas las edades compartían actos, encuentros y celebraciones que fortalecían el sentido de pertenencia.
También surgieron iniciativas que hoy parecen sencillas, pero que en aquellos años tenían un profundo valor social. En cada fecha especial, como el Día de la Madre, el Día del Niño o las fiestas de fin de año, los comercios exhibían mensajes de salutación para los vecinos. Esos pequeños gestos contribuían a fortalecer los vínculos entre quienes vivían y trabajaban en el barrio.
En aquella época, los comercios ocupaban un lugar central en la vida cotidiana. No existían supermercados ni grandes cadenas comerciales. Las compras se realizaban en los negocios de cercanía y el trato personal era la norma. 
Tampoco existían tarjetas de crédito ni medios electrónicos de pago: todo se hacía en efectivo y la confianza era una parte fundamental de cada operación.
Los comerciantes eran verdaderos referentes barriales. Sus apellidos formaban parte de la identidad del lugar y eran conocidos por generaciones enteras. Nombres como Galavani, Stella, Gómez, Spienza y muchos otros fueron protagonistas de aquellos primeros encuentros y dejaron una huella imborrable en la historia de la institución.
Mientras la Unión de Comerciantes consolidaba sus actividades, otro movimiento comenzaba a crecer en el barrio: el cooperativismo. Vecinos visionarios impulsaban formas de ayuda mutua, créditos solidarios y proyectos destinados a mejorar la calidad de vida de toda la comunidad. Con el paso del tiempo, ambas iniciativas terminaron complementándose y fortaleciendo el desarrollo barrial.
Uno de los mayores logros llegó cuando, gracias al respaldo de la Cooperativa de Créditos y al compromiso de varios comerciantes que aceptaron convertirse en garantes, fue posible acceder a un préstamo para adquirir una sede propia.
La ubicación elegida tenía un enorme valor simbólico: el primer piso de la esquina de Avenida del Tejar y Tronador, una de las esquinas más importantes del barrio. Allí se compraron dos oficinas que luego fueron unificadas para crear un salón de reuniones, una secretaría y un baño.
Conseguir aquella sede no fue sencillo. Requirió años de esfuerzo, cuotas pagadas mes a mes y una enorme confianza en el futuro. Comerciantes como Giménez, Fumo, Méndez, Santos, Trípodi, Casenave, Marrero y muchos otros asumieron responsabilidades personales para que el sueño pudiera hacerse realidad.
Aquellas oficinas se transformaron rápidamente en mucho más que una sede institucional. Fueron un verdadero centro de servicios para los comerciantes y profesionales del barrio. Allí atendían periódicamente un contador y un abogado que brindaban asesoramiento gratuito a los asociados, ayudando a resolver problemas y acompañando el crecimiento de numerosos emprendimientos.
La institución funcionaba con una organización ejemplar. Un cobrador recorría los comercios para recaudar las cuotas sociales que permitían sostener los gastos básicos, mientras que la administración se realizaba con transparencia y responsabilidad. Cada decisión era tomada colectivamente, siempre pensando en el beneficio de la comunidad.
Con los años, la Unión de Comerciantes se convirtió en una presencia permanente en la vida barrial. Participaba activamente en los actos patrios, organizaba desfiles con bandas de distintas fuerzas y mantenía una estructura institucional sólida integrada por presidentes, secretarios, tesoreros y vocales que dedicaban su tiempo de manera desinteresada.
Las memorias y balances anuales culminaban con grandes cenas que reunían entre trescientas y quinientas personas. Eran noches de encuentro, celebración y reconocimiento, donde no faltaban sorteos y premios aportados por los propios comerciantes y fabricantes de la zona.
Pero quizás el recuerdo más vivo permanece en las actividades que marcaron la infancia y la juventud de generaciones enteras. La carroza del Día de la Primavera, el Tren de la Alegría para el Día del Niño, los sorteos para las madres, los campeonatos de fútbol y los inolvidables corsos de carnaval transformaban las calles en espacios de encuentro y alegría.
Durante décadas, la Unión de Comerciantes fue mucho más que una institución. Fue el reflejo de un barrio organizado, solidario y comprometido con su propio destino.
Sin embargo, el paso del tiempo fue cambiando las costumbres. Los comercios tradicionales comenzaron a desaparecer, las formas de participación comunitaria se transformaron y cada vez resultó más difícil encontrar vecinos dispuestos a dedicar parte de su tiempo a la vida institucional.
Poco a poco, la participación fue disminuyendo. Lo que alguna vez había sido una organización vibrante y multitudinaria quedó sostenido por un grupo cada vez más reducido de personas. Hasta que finalmente la actividad fue apagándose.
La pérdida de la sede representó uno de los golpes más dolorosos. Aquel espacio que había sido conseguido con tanto esfuerzo, sacrificio y compromiso dejó de cumplir la función para la que había sido creado. Con él pareció diluirse también una parte importante de la memoria colectiva del barrio.
Sin embargo, las instituciones no viven únicamente en los edificios. También sobreviven en los recuerdos de quienes las construyeron y en las historias que continúan transmitiéndose de generación en generación.
Por eso, cuando se evocan aquellas cenas multitudinarias, los corsos, los campeonatos, el Tren de la Alegría o los festejos patrios, no se recuerda solamente a una comisión de comerciantes. Se recuerda a un barrio entero que supo trabajar unido.
Quizás el mejor homenaje para aquellos pioneros sea recuperar ese espíritu. Volver a creer que la unión, la solidaridad y el compromiso comunitario pueden transformar la realidad. Porque si aquellos hombres y mujeres lograron construir una institución ejemplar en tiempos difíciles, tal vez las nuevas generaciones también puedan devolverle vida a ese sueño que alguna vez hizo de este barrio un ejemplo para toda la ciudad. 
 Hay nombres que nacen solemnes,
con pretensiones de eternidad,
y hay otros que parecen una broma
escapada de alguna sobremesa isleña.
Pero en el Delta,
donde los secretos viajan sobre el agua
y los sauces saben guardar silencio,
hasta los nombres más curiosos
terminan convirtiéndose en leyenda.
Así sucede con el Gallo Fiambre.
Arroyo angosto, casi tímido,
escondido entre verdes cortinas de ceibos,
que a pocos minutos de Tigre
parece separarse del mundo
para refugiarse en un tiempo distinto.
Allí las lanchas pasan despacio,
como quien no quiere despertar recuerdos,
y los remos de los kayaks
dibujan círculos de plata
sobre un espejo de agua dormida.
Dicen que los viejos franciscanos
llegaron cuando las islas todavía olían
a monte nuevo y a promesa.
Traían la fe en una mano y el trabajo en la otra.
Levantaron escuela, enseñaron oficios,
curaron tristezas, acompañaron nacimientos
y despidieron despedidas.
Y mientras las campanas
se mezclaban con el canto de los pájaros,
el convento fue creciendo, ladrillo sobre ladrillo,
hasta convertirse en un faro
entre los laberintos del Delta.
Todavía hoy, cuando la tarde se vuelve dorada,
parece que sus muros guardaran
las voces de aquellos frailes
que caminaron los senderos de barro
rezando por los isleños.
Y cuenta la leyenda,
porque toda isla merece una leyenda,
que los monjes cocinaban viejos gallos,
largamente hervidos,
hasta volver tierna la carne rebelde.
Después los cortaban en finas lonjas,
como si fueran fiambre y entre risas,
comentarios de muelle y picardías de almacén,
el arroyo terminó heredando
el nombre más simpático
de toda la geografía isleña.
Gallo Fiambre.
Un nombre que provoca sonrisas,
pero que esconde más historia
que muchos nombres ilustres.
Porque por esas aguas
también navegaron las épocas de abundancia.
Cuando las manzanas crecían por millones
y los montes frutales
vestían de flores las islas enteras.
Cuando las chatas cargadas de cosechas
surcaban los canales,
y el trabajo tenía aroma
a fruta madura y madera recién cortada.
Muy cerca del convento,
la vieja Sidra Real transformaba la cosecha
en brindis populares.
Las manzanas llegaban desde cada rincón,
y el Delta parecía un inmenso jardín
flotando sobre el Paraná.
Aquellos fueron años felices.
Años de familias numerosas,
de escuelas llenas, de almacenes bulliciosos
y de bailes que duraban hasta el amanecer.
Pero el río, que tantas veces regala,
también sabe reclamar.
Y llegó la gran sudestada.
Las aguas crecieron sin piedad.
Los montes quedaron heridos.
Las quintas desaparecieron y la abundancia se volvió recuerdo.
La fábrica partió hacia el sur,
siguiendo el destino de las manzanas,
y muchos isleños emprendieron otros caminos.
Quedaron los silencios.
Quedaron los embarcaderos vacíos.
Quedaron los recuerdos flotando entre los juncos.
Sin embargo, hay lugares que se niegan a desaparecer.
El arroyo Gallo Fiambre es uno de ellos.
Porque la memoria tiene raíces profundas.
Porque los sauces siguen inclinándose
sobre las mismas aguas.
Porque las garzas continúan vigilando
desde los mismos troncos.
Y porque el viejo convento,
rescatado del abandono,volvió a respirar.
Hoy sus paredes restauradas
miran nuevamente el río.
Ya no escucha los rezos de antaño
ni las clases de los primeros alumnos,
pero conserva intacta
la nobleza de sus días mejores.
Y cuando cae la tarde,
cuando el cielo se vuelve naranja
y el agua refleja las primeras estrellas,
parece que todo el Delta
contara una misma historia.
La historia de quienes llegaron,
de quienes trabajaron,
de quienes amaron estas islas
hasta convertirlas en hogar.
Porque el Gallo Fiambre no es solamente un arroyo.
Es una fotografía viva de la época dorada del Delta.
Es un refugio para la memoria.
Es un rincón donde la historia
todavía conversa con el presente.
Y es también, para quienes navegan sus aguas serenas,
un lugar perfecto para enamorarse.
Porque hay amores que nacen
en avenidas iluminadas.
Y otros, más sinceros, más lentos, más profundos,
nacen mientras una lancha avanza despacio
entre las sombras verdes del Delta,
mientras el convento aparece entre los árboles,
mientras el río guarda silencio,
y mientras el viejo Gallo Fiambre,
con su nombre travieso y entrañable,
sigue contando historias a quien quiera escucharlas. 
 Mucho antes de que las calles de Saavedra estuvieran pobladas por el movimiento cotidiano de sus vecinos, cuando gran parte de sus terrenos aún conservaban el aspecto de una periferia tranquila y alejada del centro de Buenos Aires, comenzó a gestarse una obra que marcaría para siempre la historia social y espiritual del barrio.
La historia se remonta a 1874, año en que nació la Sociedad de San José con un objetivo tan sencillo como ambicioso: brindar ayuda y contención a quienes más lo necesitaban. 
A lo largo de las décadas, la institución impulsó diversas iniciativas de asistencia social, acompañando a los sectores más vulnerables de la población en tiempos en que las redes de protección estatal eran todavía limitadas.
Con el paso del tiempo, una oportunidad permitió dar forma a uno de sus proyectos más trascendentes. 
La donación de extensos terrenos en el entonces apartado barrio de Saavedra abrió la posibilidad de construir un hogar destinado a albergar mujeres mayores que atravesaban situaciones de vulnerabilidad y desamparo. 
Aquella iniciativa, concebida con una profunda vocación humanitaria, daría origen al Hogar Luis María Saavedra.
Para concretar semejante emprendimiento, se convocó a uno de los arquitectos más prestigiosos de la época. 
El proyecto se inscribió dentro del renovado espíritu clasicista que, hacia comienzos del siglo XX, volvía a influir en la arquitectura argentina. 
Las obras se desarrollaron entre 1927 y 1934, respetando cuidadosamente los planos originales y dando forma a un conjunto edilicio de singular belleza.
El Hogar fue concebido alrededor de un amplio patio central rodeado de jardines. 
A su alrededor se distribuyeron pabellones de dos plantas que evocaban la serenidad de los antiguos claustros conventuales. 
En el centro se erigió una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que, aun hoy, continúa siendo el símbolo visible de la misión espiritual del lugar.
Sin embargo, el verdadero valor de la obra no residía únicamente en su arquitectura. 
Cada unidad habitacional fue diseñada como un pequeño hogar independiente, equipado con espacios para cocinar, lavar y desarrollar la vida cotidiana con autonomía. 
La intención era clara: ofrecer asistencia sin renunciar al respeto por la dignidad personal de cada residente.
La comunidad que se formó en torno al Hogar fue enriquecida por talleres de costura, artesanías, actividades recreativas y encuentros sociales. 
A ello se sumaba el acompañamiento espiritual y humano brindado por la institución, construyendo una red de apoyo que iba mucho más allá de la simple asistencia material.
Junto al Hogar comenzó a levantarse otra obra destinada a convertirse en un símbolo de Saavedra. 
En 1927 se colocó la piedra fundamental de una capilla que pocos años después sería reconocida como la Parroquia de la Sagrada Familia. 
Con su imponente presencia arquitectónica, el templo trascendió rápidamente su función inicial para transformarse en un punto de encuentro para los vecinos del barrio, acompañando bautismos, casamientos, celebraciones y momentos de recogimiento de varias generaciones.
El crecimiento de la obra continuó con una nueva misión: la educación. 
Primero llegó un colegio para niñas dirigido por religiosas y, posteriormente, bajo la administración de la Sociedad de San José, se consolidó el establecimiento Santa María de Nazareth. De este modo, la asistencia social, la vida espiritual y la formación educativa quedaron integradas en un mismo espacio, fortaleciendo el vínculo entre la institución y la comunidad.
Hoy, el Hogar Luis María Saavedra, la Parroquia de la Sagrada Familia y el colegio conforman un conjunto de enorme valor histórico, cultural y social para el barrio. 
Sus edificios hablan de una época, pero también de una idea que logró atravesar generaciones: la convicción de que toda comunidad se fortalece cuando es capaz de cuidar a quienes más lo necesitan.
Como ocurre con muchas iniciativas de carácter asistencial y religioso, las miradas sobre esta obra han sido diversas. Para algunos representa un modelo que merece ser debatido o revisado a la luz de los cambios sociales. 
Para otros, constituye un ejemplo concreto de solidaridad organizada y compromiso comunitario. Más allá de esas diferencias, resulta innegable que este rincón de Saavedra ha dejado una huella profunda en la vida del barrio, manteniendo vivo, desde hace más de un siglo, un legado de servicio, contención y esperanza. 
 Hay quienes aman el mar
por su inmensidad sin orillas,
por su horizonte que parece infinito,
por el rumor antiguo de sus mareas.
Pero el río; el río es compañero.
No se queda lejos detrás de la costa,
no contempla desde la distancia;
camina junto a la vida,
se asoma a las ventanas,
roza los muelles gastados,
saluda las canoas,
conoce los nombres de quienes lo habitan.
El mar parte hacia lo desconocido.
El río va y vuelve, se aleja en la creciente,
regresa en la bajante,
desaparece entre los juncales
y vuelve a encontrarse en cada recodo.
Tiene algo de amigo fiel,
algo de conversación interminable,
algo de abrazo extendido sobre el agua.
Los arroyos del Delta lo saben,
lo saben el Carapachay, el Pajarito,
los canales escondidos entre sauces,
las corrientes que serpentean bajo las sombras
y las islas que nacieron de su paciencia.
A veces falta.
La tierra resquebrajada lo extraña,
los pilotes quedan desnudos,
las lanchas descansan inclinadas sobre el barro,
y el silencio ocupa el lugar del agua.
Entonces se comprende cuánto se lo ama.
Porque sólo se extraña de verdad
aquello que forma parte de la vida.
Y otras veces enloquece.
Llega con la fuerza de las inundaciones,
sube escalones, invade jardines,
borra senderos conocidos
y recuerda que también posee un corazón salvaje.
Pero aun en su furia sigue siendo río.
Como un viejo compañero
que alguna vez pierde la calma
sin dejar de ser querido.
Avanzar sin detenerse,
llevar historias entre las orillas,
guardar reflejos de lunas y tormentas,
transportar sueños, troncos, recuerdos, amores.
Despertar con la niebla sobre el agua,
escuchar el motor lejano de una lancha,
sentir que la corriente habla un idioma antiguo
que sólo entienden quienes han permanecido a su lado.
Y qué maravilla escribirle, buscar palabras para nombrarlo
sabiendo que siempre serán pocas,
porque ningún verso alcanza
para contener tanta vida.
El río se deja atravesar, navegar, escuchar, amar.
Se deja compartir, tal vez por eso quienes lo conocen
lo llevan para siempre en la sangre.
Porque el río no es solamente agua.
Es memoria, camino, refugio, tiempo.
Y mientras siga corriendo entre las islas,
entre los sauces y los juncos del Delta,
habrá alguien sentado en un muelle,
con un mate y una esperanza,
agradeciendo el privilegio inmenso
de tener un río al lado y llamarlo compañero.
 Fue un viaje más en la lancha colectiva, de esos que para muchos son apenas un trayecto rutinario entre las islas y Tigre. 
La misma embarcación que pasa todos los días frente a mi casa, o mejor dicho, por el muelle donde comienza y termina buena parte de mi vida.
Aquella mañana decidí ir al continente. 
Necesitaba comprar algunas cosas que allá se conseguían más baratas que en la lancha almacén. 
No tenía ningún otro plan, ninguna expectativa especial. 
Era simplemente uno de esos días comunes que parecen destinados a repetirse una y otra vez.
Subí a la lancha, saludé al timonel y avancé por el pasillo buscando un lugar donde sentarme. Entonces la vi.
A no más de dos metros de la entrada estaba ella. Miraba fijamente el agua gris del río y, por momentos, la costa opuesta. Tenía la mirada perdida en algún sitio mucho más lejano que las orillas que desfilaban lentamente frente a nosotros.
Había un asiento libre a su lado; me senté.
Durante varios minutos fingí observar el paisaje, aunque de reojo no podía dejar de mirarla. 
Había algo en su expresión que llamaba la atención, una tristeza silenciosa, profunda, de esas que no necesitan palabras para hacerse notar.
De pronto una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla. Luego otra y otra más.
Ella permanecía inmóvil, con la vista clavada en el río.
Saqué mi pañuelo y se lo ofrecí.
Lo tomó con suavidad, se secó el rostro sin decir una sola palabra.
Intenté iniciar una conversación; al principio fue imposible. Las respuestas eran apenas gestos o monosílabos; pero el río tiene sus tiempos y la lancha también. Poco a poco el silencio comenzó a aflojarse y las palabras fueron encontrando su camino.
Antes de llegar a Tigre ya conocía el motivo de aquellas lágrimas.
Desembarcamos y seguimos caminando mientras conversábamos. Sin darnos cuenta llegamos hasta la esquina de Cazón. 
Allí terminamos sentados frente a dos tazas de café.
Mientras hablábamos, la niebla comenzó a levantarse sobre el río. El sol abrió lentamente un claro entre las nubes y la mañana se volvió luminosa.
Todavía hoy no recuerdo qué era exactamente lo que había ido a comprar ese día. 
Tampoco sé en qué momento dejé de pensar en mis mandados para concentrarme solamente en aquella mujer que horas antes era una desconocida.
Lo único que recuerdo con absoluta claridad es que no compré nada.
Cuando cayó la tarde, tomamos juntos la última lancha que salía de la Estación Fluvial y regresamos a las islas.
Han pasado muchos años desde aquel viaje.
De gran parte de lo que hablamos ese día ya no queda memoria. Las palabras se las llevó el tiempo, como el río se lleva las hojas que caen sobre su superficie.
Pero algo quedó.
Hoy, diez años después, compartimos la misma casa, el mismo muelle, las mismas mañanas y los mismos atardeceres.
Compartimos libros abiertos sobre la mesa, mates que pasan de una mano a otra, canciones que suenan mientras cae la tarde y silencios que ya no necesitan explicación.
Los días transcurren sencillos, como transcurre el agua frente a nuestra ventana.
Y muchas veces, cuando veo pasar la lancha colectiva rumbo a Tigre, pienso que aquella mañana yo creía estar viajando para comprar algunas cosas.
No sabía que el destino tenía preparado algo mucho más importante.
Aquel día no regresé con mercadería ni con encargos.
Regresé con la compañera con la que, diez años después, sigo compartiendo los días más felices de mi vida. 
El automóvil avanzaba serenamente por la carretera mientras el sol comenzaba a elevarse lentamente en el horizonte. La luz dorada de la mañana se derramaba sobre el asfalto y parecía que el mundo entero había quedado atrás. Durante aquellas primeras horas, la ruta fue solamente de ellos.
Él la miraba de vez en cuando, como quien contempla un paisaje que nunca termina de descubrir. Ella respondía con una sonrisa tranquila, luminosa, capaz de decir mucho más que cualquier palabra. Así, entre miradas y silencios compartidos, fue transcurriendo el día.
Hubo paradas que quedaron grabadas en la memoria: cafés humeantes entre conversaciones pausadas, alfajores compartidos como pequeños tesoros, un almuerzo sin apuros y una infinidad de sensaciones que iban creciendo con cada kilómetro recorrido. No era solamente un viaje. Era una forma de conocerse.
Al finalizar aquella primera etapa, llegaron a una habitación de hospedaje donde todo estaba por descubrir. Allí quedaron lejos las obligaciones, los horarios y las preocupaciones. Entre la confianza y la cercanía, fueron despojándose de las máscaras cotidianas hasta encontrarse tal como eran. La desnudez no fue solamente la ausencia de ropa; fue la posibilidad de mostrarse completos, sin defensas ni temores, compartiendo cada palabra, cada caricia del alma y cada instante de ternura.
Más tarde salieron a recorrer el centro de aquella ciudad. Caminaron por calles que subían y bajaban como si estuvieran dibujadas sobre las colinas de un sueño. Cada esquina parecía guardar una historia, cada mirador ofrecía un paisaje irrepetible. Y mientras descubrían la ciudad, continuaban descubriéndose mutuamente.
El viaje siguió hacia otros destinos. Llegaron a lugares emblemáticos, fotografiaron recuerdos y acumularon momentos que ningún mapa podía señalar. En cada paso crecía la complicidad. Había una belleza especial en compartirlo todo, en sentir que no existían secretos entre ellos.
Cuando llegaba la noche, la intimidad volvía a envolverlos. La habitación se convertía en refugio, y el tiempo parecía detenerse para contemplar aquella cercanía tan difícil de explicar. Eran dos personas que habían decidido entregarse a la experiencia de conocerse sin reservas, con la serenidad de quienes encuentran un lugar seguro en la presencia del otro.
Después de una noche que conservarían para siempre en la memoria, emprendieron el camino de regreso. La misma carretera que los había llevado hacia la aventura los conducía ahora de vuelta a la ciudad que compartían. Sin embargo, regresaban distintos.
Volvieron con el corazón lleno de paisajes, de conversaciones, de risas y de silencios. Volvieron sabiendo que la distancia más difícil no era la de los kilómetros, sino la de extrañarse cuando no estaban juntos.
Y así, mientras el otoño extendía su aire fresco sobre las calles y el clima parecía invitarlos a buscar abrigo, ambos guardaron aquel viaje como un secreto luminoso. Sabían que volverían a partir. Quizás el día menos pensado, a la hora menos indicada, como suelen ocurrir las mejores historias.
Porque algunos viajes terminan cuando se llega al destino.
Y otros continúan viviendo en la memoria, en la piel y en el deseo sereno de volver a encontrarse para recorrer, una vez más, un camino juntos.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...