viernes, 24 de julio de 2026

Domingo de Otoño.

 Amanece el domingo y el sol acompaña la mañana,
mientras el rocío se derrama desde los techos de chapa
y la niebla, lenta y silenciosa,
se dispersa entre las calles que recién despiertan.
Las ramas desnudas de los árboles
parecen siluetas esperando ser decoradas,
y el ocre de las hojas sobre las veredas
inunda cada paso con un sonido crocante,
como si la estación escribiera su propia música.
Desde lejos te pienso,
te dibujo en letras y en silencios,
como si estuvieras escribiendo a mi lado,
compartiendo la calma de esta hora temprana,
cuando el mundo todavía conserva
algo de sueño en los ojos.
La mañana transcurre despacio.
El aroma del mate invade los hogares,
se escapa por puertas y ventanas,
y las facturas se reparten sobre las mesas
entre saludos, sonrisas
y los besos sencillos de un buen día.
El domingo comienza a correr,
sereno y luminoso,
como corren mis pensamientos hacia vos,
como viajan mis manos en la distancia
buscando abrazarte,
como llegan mis besos,
atravesando calles, plazas y recuerdos,
hasta encontrar el refugio de tu piel.
Y mientras el sol asciende lentamente,
las campanas del mediodía empiezan a sonar,
despertando por completo al día.
Entonces comprendo que este domingo,
con su luz tibia y sus hojas doradas,
lleva tu nombre escondido entre sus horas,
porque aun lejos,
cada instante encuentra la manera
de acercarme a vos.
Y así, entre mates, campanas y veredas de otoño,
el tiempo sigue su marcha,
mientras mi corazón permanece detenido
en ese lugar donde te imagina,
sentada a mi lado,
escribiendo conmigo
la poesía sencilla y eterna
de un domingo otoñal en Buenos Aires...

Ella Rompió el Silencio,

 Sentados frente a la barra de un bar cualquiera,
un whisky y un café custodiaban la noche.
La música caía despacio sobre las mesas,
como una lluvia suave de recuerdos futuros.
Pasaron largos minutos en silencio,
mirando quién sabe qué horizonte escondido
detrás de los vasos, detrás de los pensamientos,
mientras el hielo giraba lentamente
como si quisiera detener el tiempo.
Ella rompió el silencio primero.
Una palabra sencilla, apenas un puente,
y del otro lado apareció una conversación
que parecía esperarse desde siempre.
Los dos ahogaban viejas inquietudes,
dejando que el whisky aflojara las distancias
y que el café mantuviera despiertos los sueños.
Un whisky llevó a otro,
un café siguió al siguiente,
y las horas comenzaron a olvidarse del reloj.
De la barra pasaron a una mesa,
de la mesa a caminar la madrugada,
y de la madrugada a un hotel
donde ya no importaban las certezas ni los planes,
porque algunas historias no empiezan con promesas,
sino con la simple decisión de quedarse.
Hoy celebran veinte años de aquel encuentro.
Todavía discuten dónde ocurrió.
Él asegura que fue en Porthos,
cuando el invierno buscaba su despedida.
Ella sostiene que fue en Athos,
en el inicio de la primavera, perfumaba las calles.
Nunca logran ponerse de acuerdo.
Y quizá sea mejor así.
Porque mientras sonríen por la vieja discusión,
descubren que la fecha importa menos
que todo lo que vino después.
Brindan otra vez.
Por aquel whisky que derritió silencios.
Por aquel café que prolongó la charla.
Por la música que acompañó el comienzo.
Por la comprensión que llegó sin anunciarse.
Y por estos veinte años compartidos,
aprendiendo que el amor no siempre nace de un relámpago,
sino de una conversación que se niega a terminar.
Entonces levantan las copas,
entrelazan las manos sobre la mesa
y festejan un nuevo aniversario,
agradeciendo a la noche, al café, al alcohol
y a aquel entendimiento inesperado
que les enseñó a dormir juntos en la cama de la vida
y a despertar, cada mañana,
como si aquella primera charla
continuara todavía.

Bella, Como Vos.

 La luna se esconde
tras el abanico de tu dulzura.
La cortina desciende lentamente
y sobre la avenida

la noche despliega
su manto de misterio.
El living queda a media luz,
dibujando sombras suaves
sobre tu figura,
mientras tus brazos me rodean
con la calma de un refugio esperado.
El murmullo lejano del televisor
se vuelve apenas un eco,
porque el mundo se detiene
cuando tu presencia lo llena todo.
Entre cafés compartidos
y palabras que despiertan sonrisas,
tu voz se desliza lentamente,
como una caricia que encuentra
los rincones más profundos del alma.
El minutero deja de avanzar.
Tus ojos sostienen los míos
y el aire parece cargarse
de una tibia electricidad,
de esa cercanía que no necesita explicarse,
porque habla en silencios,
en miradas prolongadas,
en el suave roce de las manos.
Y con tu conversación,
la vida vuelve a ser hermosa.
Hermosa como la luz tenue
que acaricia tu rostro.
Hermosa como el perfume
que permanece en el ambiente
cuando te acercás.
Hermosa como cada instante
que compartimos,
más allá del mundo
que insiste en correr apresurado.
Porque cuando la luna se esconde
y la noche nos encuentra así,
tan cerca,todo parece rendirse
ante la magia de tu presencia.
Y en esa media luz,
entre palabras, suspiros
y el calor de tu abrazo,
la vida vuelve a florecer,
tan dulce,tan intensa,
tan bella como vos. 

Arnaldos.

 Valderrama entre Tronador y Plaza,
casi llegando a la esquina de Tronador,
guardaba historias sencillas
que el tiempo no pudo borrar.
Delante del camión de don Pedro,
descansaba aquel viejo furgón verde,
pintado a pincel, sin apuro,
como se pintaban antes las cosas
que estaban hechas para durar.
Antes de que amaneciera,
cuando la noche todavía abrazaba al barrio,
Arnaldo padre y Arnaldo hijo
partían rumbo a Mataderos.
Volvían cargados de aromas:
achuras, embutidos, salames,
chorizos colorados y bondiolas,
tesoros cotidianos de la mesa porteña.
Vestidos de blanco, prolijos,
como quien honra su oficio,
recorrían las calles del centro,
donde cada día los esperaban.
Al regresar, la esquina volvía a ser escenario.
Los tachos de acero inoxidable brillaban bajo el agua,
la caja del furgón era lavada con paciencia,
y el hidrante, trabado con un palo de escoba,
dejaba correr un pequeño río
por la vereda de Valderrama.
El agua se llevaba el trabajo del día,
pero nunca los aromas.
Mi viejo les compraba para la parrilla,
y entre la mercadería y las conversaciones
siempre aparecía Platense,
esa pasión que llevaba Arnaldo en el corazón
mientras pasaba el rodillito verde sobre la caja del furgón.
Un día faltó Arnaldo padre.
Se fue demasiado joven,
dejando un vacío que el barrio sintió.
Entonces Arnaldo hijo siguió adelante,
repitiendo cada madrugada el mismo camino,
como quien mantiene encendida una luz
para que la historia continúe.
Hoy cierro los ojos
y todavía veo aquella esquina.
El furgón verde recién pintado,
el agua corriendo hacia la alcantarilla,
los vecinos conversando en la vereda,
las puertas abiertas de las casas,
los chicos jugando hasta que cayera la noche.
Entonces el barrio era una gran familia
y la calle era una prolongación del hogar.
Hoy vivimos más encerrados.
La modernidad cambió costumbres,
la inseguridad levantó rejas,
y muchas veces desconocemos
el nombre de quien vive enfrente.
Pero el pasaje sigue ahí,
custodiando recuerdos que el tiempo no pudo llevarse.
Y mientras alguien recuerde
a Arnaldo padre y Arnaldo hijo,
el viejo furgón verde,
el agua del hidrante,
los aromas de Mataderos
y las charlas sobre Platense,
la esquina de Valderrama seguirá viva.
Porque hay lugares que no permanecen por sus paredes,
sino por la gente sencilla que les dio alma. 

Isleña.

 La mañana en el Carapachay despierta despacio,
como si el mundo aprendiera nuevamente
el antiguo oficio de la belleza.
La bruma se levanta desde el agua
y se enreda entre los sauces,
mientras los pájaros anuncian el día
con un canto tan cercano
que parece nacer dentro del corazón.
El mate espera sobre la mesa,
la pava suspira su vapor hacia el cielo
y dibuja formas caprichosas en el aire,
como recuerdos que todavía no han ocurrido,
como promesas que flotan
sobre la corriente mansa del arroyo.
Entonces aparecés vos.
Te movés por la casa isleña
con la naturalidad del agua que busca su cauce,
con la gracia de una gaviota
que conoce cada rincón del río.
Hermosa mujer de los días del Delta,
hay algo en tu presencia
que acomoda el universo.
Tu sombra ordena las cosas sencillas;
los mates compartidos, las manos que se buscan,
los besos demorados, las miradas que hablan
sin necesidad de palabras.
Y así, de los mimos nacen los besos,
de los besos el deseo de abrazarte,
del abrazo el camino hacia el muelle,
y del muelle la certeza de que el paraíso existe.
Porque está ahí,
en ese rincón del Carapachay
donde el agua conversa con los pilotes,
donde las lanchas dejan apenas una estela,
donde la mañana se refleja en tus ojos
como una luz imposible de olvidar.
Mientras la ciudad se consume
entre bocinas, relojes y apuros,
nosotros contemplamos el río.
Y el tiempo parece detenerse.
El termo pasa de una mano a la otra,
las hojas de los álamos susurran secretos,
y el sol comienza a dorar lentamente
la superficie del arroyo.
Entonces comprendo que el Delta y vos
forman parte de la misma maravilla.
Que hay mañanas que no se cuentan por horas,
sino por momentos compartidos.
Que existe una forma de felicidad
tan simple como verte sonreír
mientras sostenés un mate caliente
frente al agua.
Y que si alguna vez me preguntaran
cómo es la perfección,
no hablaría de palacios ni de riquezas.
Hablaría de una mañana en el Carapachay,
del canto de los pájaros,
del perfume húmedo de las islas,
de un muelle perdido entre los sauces,
y de vos,
llegando descalza hacia la luz del río
para completar, una vez más,
la belleza de todos mis sábados

Tronador y Quesada.

Cuando llovía, la bajada de Tronador hacia Quesada
dejaba de ser calle y se volvía río,
un río marrón y apurado
que arrastraba hojas, ramas
y recuerdos de barrio.
Quesada parecía Venecia
cuando el agua, cansada de esperar salida,
se quedaba atrapada en aquel caño bajo las vías
y la esquina se hacía laguna,
espejo turbio donde flotaban papeles,
pelotas olvidadas
y el reflejo de los vecinos mirando el cielo.
Pero había que seguir igual.
Ir al colegio con los zapatos mojados,
al trabajo con el pantalón arremangado,
al médico, al hospital,
porque la vida nunca esperaba
a que bajara el agua.
Y entonces aparecía él,
el puente.
Ese puente sencillo y milagroso
que girábamos desde una vereda
y desde la otra
hasta unirlo en el medio
para poder pasar sin meternos al agua,
como si entre todos armáramos
un pequeño camino de salvación.
Cuántas historias habrán pasado por esos fierros.
Algunos lo cruzaron apurados,
otros se quedaron jugando encima de él,
saltando, riendo,
haciendo equilibrio sobre la infancia.
Era parte del folklore del barrio,
de esos barrios donde hace mucho tiempo
todos nos conocíamos.
Donde un saludo alcanzaba para sentirse en casa
y donde los vecinos se sentaban en el puente
a mirar correr el agua
como quien mira pasar la vida.
Había mates, charlas largas,
algún perro dormido cerca,
las madres llamando desde la puerta
y los chicos creyendo
que aquella inundación era una aventura.
Hoy  ya no quede el puente,
ni la esquina cubierta de agua,
ni aquellas tardes lentas de barrio unido.
Pero en la memoria sigue firme,
cruzando el tiempo,
como cruzábamos nosotros
de una vereda a la otra
sin miedo a mojarnos el alma

Santa María de los Ángeles.

 En la cuadra de Santa María
había un mundo entero latiendo.
Una iglesia, una escuela,
un grupo scout con pañuelos al viento,
y un cine que encendía los fines de semana
como un corazón enorme de barrio.
Los sábados eran sagrados.
Tres películas seguidas
y, cuando caía la noche,
esas prohibidas para menores
con Porcel y Olmedo
haciendo reír a escondidas
entre silbidos, carcajadas
y algún vecino haciéndose el distraído.
Por la tarde pasaban
Canuto Cañete, Bienvenida Primavera,
el Club del Clan, y la infancia se acomodaba
en butacas gastadas mientras afuera el otoño
llenaba la vereda de hojas
y el invierno traía bufandas, manos heladas
y ganas de quedarse un rato más.
Qué cine aquel, lleno de gritos,
de amigos, de primeros amores,
de niñod corriendo y un caramelo compartido
como si fuera un tesoro.
En esa cuadra pasábamos tardes eternas.
La iglesia marcaba las horas con campanas vivas,
campanas que se movían de verdad,
y hasta la soga parecía bailar al ritmo del barrio.
Por la noche muchos vecinos
se instalaban para ver a Susana, a Moria,
brillando en la pantalla en ropa interiro
mientras las propagandas de los negocios del barrio
aparecían en los programas
que repartia el acomodador.
Santa María fue eso, un universo pequeño
donde cabían la fe,el cine,la escuela,
las risas,los scouts,los enamorados bajo los árboles
y las charlas largas cuando el sol ya se escondía.
Hoy, a las doce del mediodía,
todo suena electrónico.
Ya no tiemblan las campanas como antes.
Ya no vibra la cuadra con el mismo pulso.
Pero hay historias que siguen caminando despacio
entre las veredas viejas.
Historias de barrio
que muchos recordarán con lágrimas suaves
y otros recién ahora descubrirán,
como quien encuentra una fotografía antigua
guardada en un cajón.
Y entonces comprenderán
que en una sola cuadra
también podía entrar el mundo entero. 

En Silencio.

 Me gusta navegar en silencio.
No por tristeza, ni por soledad,
sino porque hay momentos
en que el río habla despacio
y uno necesita escucharse por dentro.
Entonces dejo que la lancha avance sola,
cortando apenas el agua marrón del Delta,
mientras las palabras empiezan a enhebrarse
como ramas sobre la corriente.
Y ahí aparecés vos.
Siempre.
En el reflejo suave de la tarde,
en la humedad tibia del aire,
en el movimiento lento de las hojas
cuando el viento baja cansado entre los sauces.
Te recuerdo en silencio.
En la curva mínima de tu sonrisa,
en cada comisura de tus labios
que creo conocer casi de memoria,
como quien aprende un camino
de tanto recorrerlo.
Conozco el pliegue legítimo de tu piel,
ese gesto pequeño que nace cerca del cuello
y se pierde detrás de la oreja
cuando girás apenas la cabeza para mirarme.
Y aunque vos no lo creas,
hay partes tuyas que viven en mi memoria
con la precisión con la que un isleño
recuerda cada arroyo del río.
Me gusta acariciarte despacio.
Las piernas, la espalda,
la forma en que tu cuerpo descansa
cuando dejás de defenderte del mundo.
Y en cada lunar encuentro señales,
como si fueran pequeñas islas secretas
que mis manos aprendieron a descubrir
antes incluso que mis ojos.
Después descanso en vos.
En tus partes más íntimas,
no desde la urgencia
sino desde la necesidad de comprenderte.
Porque hay cuerpos que no se recorren 
solamente con deseo, sino también con asombro.
Entonces el tacto empieza a dibujar mapas
que solo pueden leerse con los ojos cerrados.
Y así avanzo sobre tu piel
como avanzo sobre este río.
Despacio, con respeto, escuchando.
Porque del río habla mucha gente,
pero pocos lo conocen de verdad.
Muchos ven el paisaje.
Pocos saben en qué curva creció primero un ceibo,
qué perro ladra siempre desde el mismo muelle
moviendo la cola como si saludara a un viejo amigo,
o cuál es la casa escondida detrás de los álamos
donde una radio suena desde temprano.
Yo sí lo sé.
Sé qué perro me sigue ladrando
hasta el próximo arroyo.
Sé dónde el agua cambia de color,
dónde la corriente engaña,
dónde el silencio se vuelve más profundo.
Y con vos me pasa igual.
Muchos podrían mirarte, hablar de tu belleza,
nombrar apenas lo evidente.
Pero yo conozco tus mareas.
Tus silencios, tus inviernos.
La manera en que tu respiración cambia
cuando apoyás la cabeza sobre mi pecho.
Sos única como el río, irrepetible.
Y quizás por eso
los amo de maneras parecidas
aunque distintas.
Porque el río acompaña mis días
con su corriente antigua, sus orillas húmedas
y esa forma sabia de seguir andando
aunque todo alrededor cambie.
Y vos acompañás mi vida
con la ternura simple de tu cuerpo cercano,
con tu voz rompiendo el cansancio,
con tus manos buscando las mías
cuando cae la noche sobre el agua.
A veces pienso que terminé pareciéndome al río.
Lleno de remansos, de corrientes escondidas,
de lugares donde solamente unos pocos
pueden entrar sin perderse.
Y vos, sin darte cuenta, aprendiste a navegarme.
Por eso cuando el sol cae
y el Delta empieza a oscurecerse despacio,
me gusta quedarme quieto,
dejando que la lancha flote apenas,
escuchando el agua golpear contra la madera
mientras el cielo se llena de sombras violetas.
Entonces cierro los ojos y podría recorrer de memoria
cada arroyo, cada rama inclinada, cada rincón del río.
Igual que podría recorrerte a vos.
Porque hay amores
que se aprenden como los paisajes verdaderos,
viviéndolos lentamente, volviendo siempre,
dejando que el tiempo los transforme en parte de uno mismo.
Y así sigo, navegando entre la niebla y el deseo,
entre el agua y tu recuerdo,
entendiendo que algunas personas
no llegan a la vida para quedarse quietas,
sino para volverse río dentro de nosotros.

Mi Barrio, Saavedra.

 En Saavedra había nombres
que no necesitaban cartel luminoso
para quedarse en la memoria.
Bastaba decir Costantini,
Lino o Colomina,
y enseguida aparecía el barrio entero
reflejado en una vidriera.
No eran solamente negocios.
Eran parte de la vida.
Ahí estaba la heladera
que iba a conservar los domingos familiares,
el lavarropas que giraría durante años
lavando guardapolvos, sábanas y overoles,
la cocina donde hervirían los inviernos
entre ollas y tuco casero, y el televisor
frente al que un país entero
descubrió el primer Mundial en colores.
Cuántas noches.
La novela empezaba
y las calles parecían quedarse vacías.
Las familias cenaban mirando la pantalla
mientras la luz azulada del televisor
iluminaba los rostros cansados del día.
Y todo eso, de alguna manera,
había salido de aquellos locales del barrio.
Locales modestos, con ventiladores de techo,
pisos gastados y vendedores que conocían 
más historias familiares que muchos parientes.
Porque en Saavedra
comprar no era solamente comprar.
Era conversar.
El dueño preguntaba por la abuela,
por el trabajo del padre,
por el hijo que empezaba la secundaria
o por la chica que se iba a casar.
Y así, entre cuotas anotadas a mano,
boletas guardadas en cajones de madera
y consejos sobre marcas “que duran toda la vida”,
el comerciante terminaba siendo amigo,
vecino,casi parte de la familia.
Había una confianza simple
que hoy parece lejana.
La heladera llegaba días después
envuelta en cartón y sogas,
y todo el barrio sabía
que en esa casa había alegría nueva.
Porque los electrodomésticos, entonces,
no eran objetos descartables.
Eran conquistas.
Acompañaban cumpleaños, mudanzas,
Navidades, discusiones de cocina,
camisetas transpiradas dentro del lavarropas
y madrugadas frente al televisor
viendo pelear a Monzón
o gritar goles eternos.
Costantini,,Lino,,Colomina.
Tres nombres que todavía resuenan
como viejos tangos comerciales
en la memoria del barrio.
Y aunque muchos locales ya no existan,
aunque las persianas hayan cambiado de dueño
y las grandes cadenas quieran parecerse a todo,
hay algo que jamás van a vender:
esa forma antigua de entrar a un negocio
y sentirse en casa.
Porque Saavedra, antes que un barrio,
fue una conversación entre vecinos.
Y en cada cocina encendida,
en cada plancha caliente,
en cada televisor encendido durante la cena,
todavía queda un poco de aquellos comercios
que ayudaron a construir
la vida cotidiana de la gente común.

Saavedra, Cines y Pizzerías.

 En Saavedra
las noches tenían olor a pizza recién salida del horno
y a película de cine continuado.
Bastaba caminar unas cuadras
para cruzarse con medio barrio:
en la puerta de La Alborada,
las luces del Cumbre
a pocos metros,
y los muchachos de Los Picapiedras
haciendo esquina en Manzanares y Del Tejar
como si el mundo terminara ahí mismo.
Y quizás terminaba ahí nomás.
Porque en pocas cuadras
vivían cientos de historias.
Había un bar alemán
donde el aroma de las papas fritas
se escapaba hasta la vereda,
mezclándose en el aire
con la muzarela caliente de La Alborada,
con la salsa, con el humo de los taxis
y con la humedad de las madrugadas porteñas.
Más allá, una disquería donde los vinilos
giraban como pequeños planetas negros
y uno aprendía de música mirando tapas de discos
mientras sonaba un tango, Serrat o Sandro.
En el Mundo Musical
la música se hacía objeto sagrado:
vinilos, cassettes, posters,
puas de tocadiscos y sueños de pibes
que querían llevarse una canción a casa.
Y estaba también el negocio de fotografía,
ese rincón mágico donde las imágenes
dormían dentro de un rollo
hasta transformarse en papel brillante.
Uno dejaba el sobrecito amarillo
y volvía días después
para descubrir si la felicidad había salido movida.
Las noches del barrio
tenían cine, café y vereda.
En El Cafetal siempre había alguien 
en la vereda discutiendo de fútbol,
de política o de amores perdidos,
mientras la máquina de café respiraba vapor
como una locomotora cansada.
Y en la puerta del Cumbre,
o del Aesca,
la tarantela se mezclaba con el tango,
con las risas,
con los muchachos peinados a la gomina
y las chicas de polleras largas
que caminaban del brazo bajo las luces amarillas.
Todo estaba cerca.
Tan cerca
que el barrio parecía una sola casa grande.
Los cines encendían marquesinas,
las pizzerías llenaban de vida las esquinas
y las madrugadas se iban estirando
entre cafés, vermuts y conversaciones eternas.
Hoy muchas persianas cambiaron de nombre,
algunos negocios ya no están
y otros sobreviven apenas en la memoria.
Pero basta cerrar los ojos
para volver a escuchar
los platos chocando en la cocina de la pizzería,
el proyector lejano de algún cine de barrio,
el sonido áspero de una pua cayendo sobre un vinilo
y el murmullo de la gente caminando por Manzanares.
Porque hay barrios que nunca desaparecen del todo.
Siguen viviendo en el olor de una pizza,
en una canción antigua, en una foto amarillenta
o en un tango que todavía, de vez en cuando,
vuelve a sonar en la noche

El Aguila de San Isidro.

 Cuando tenía veinte años, los sábados domingos a la tarde tenían otro ritmo. 
No existía la ansiedad de llegar rápido a ningún lado ni los teléfonos ocupando cada silencio. 
Bastaba con llamar a alguna chica que uno venía viendo, arreglar un encuentro simple y tomar el colectivo hacia la costa de San Isidro, allá abajo, donde el río parecía respirar distinto.
El Paseo del Águila todavía conservaba algo salvaje. 
Entre el viejo Águila Club y el bar Malloys había un espacio abierto donde el verde se mezclaba con la barranca, los juncos y el olor húmedo del Río de la Plata. 
Uno llegaba caminando despacio por Alvear y ya desde arriba podía verse el agua marrón moviéndose tranquila, los veleros pequeños balanceándose y las parejas sentadas mirando el atardecer.
Había familias tomando mate sobre el pasto, chicos andando en bicicleta y pescadores silenciosos mirando el río como si esperaran algo más importante que un pez. 
Y nosotros, con veinte años y pocas certezas, nos sentábamos cerca de la costa a tomar algo mientras el sol empezaba a bajar detrás de los árboles.
A veces entrábamos a Malloy, otras veces nos quedábamos afuera, caminando. 
Lo importante no era el lugar sino esa sensación de libertad que daba la ribera. 
El viento fresco llegaba desde el agua y despeinaba todo: las conversaciones, los pensamientos, los miedos de juventud.
Recuerdo especialmente una tarde de otoño. 
El cielo estaba gris claro y el río parecía de metal. 
Ella llevaba un suéter enorme color crema y tenía las manos frías. Caminábamos despacio bordeando el agua mientras las hojas secas se acumulaban contra las piedras. 
Hablábamos de cualquier cosa: música, viajes imposibles, departamentos que jamás podríamos pagar, películas viejas. 
Pero en realidad lo que importaba era otra cosa, era sentir que el tiempo todavía sobraba.
En aquellos años, la costa de San Isidro tenía rincones donde uno podía perderse sin que nadie molestara. 
Había sectores más oscuros, senderos de tierra, bancos gastados mirando al río y árboles enormes que parecían guardar secretos de otras épocas. 
El lugar tenía algo de pequeño refugio para quienes buscaban escaparse un rato de la ciudad.
Con el tiempo todo empezó a cambiar. 
Algunos bares desaparecieron, otros crecieron demasiado. 
Llegaron proyectos inmobiliarios, discusiones políticas, planos, ordenanzas y nombres técnicos para hablar de algo que nosotros simplemente llamábamos la costa. 
Empezaron las peleas sobre qué debía hacerse con esos terrenos: si protegerlos, urbanizarlos, llenarlos de caminos nuevos o mantenerlos como estaban.
Y quizás todos tengan un poco de razón.
Porque ese lugar siempre fue especial. 
No solamente por el paisaje, sino porque ahí convivían muchas cosas al mismo tiempo: el río abierto, los árboles, la memoria de los vecinos, los amores de juventud y esa sensación de estar lejos de la ciudad sin haber salido nunca de ella.
Hoy, cuando vuelvo por ahí, todavía busco algo de aquellas tardes. A veces el viento trae el mismo olor al río y por un instante todo parece intacto. 
Entonces recuerdo mis veinte años, los domingos lentos, las charlas interminables y alguna chica apoyando la cabeza sobre mi hombro mientras el sol caía despacio sobre el agua.
Y entiendo que ciertos lugares no se quedan en la memoria por lo que fueron urbanísticamente ni por las discusiones que generan. Permanecen porque alguna vez nos hicieron felices.

Entre Vos y Yo. +

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