miércoles, 23 de septiembre de 2026

Entré al Garrahan con un enojo y salí con muchas preguntas
Chicana tras chicana, insulto tras insulto, parecería que, para algunos expertos en todo, quienes observamos lo que ocurre en la Argentina somos lo suficientemente ignorantes como para no comprender lo que, según ellos, se hizo por el país. Mientras afuera se multiplicaban los gritos, las consignas y las discusiones políticas, yo decidí hacer algo bastante más sencillo: entrar al Hospital Garrahan y mirar. No fui acompañado por un grupo de amigos, no fui en representación de nadie, no llevé una bandera ni una consigna política. Fui solo, llevando conmigo algo mucho más importante: el nombre de mi padre.
Mi padre trabajó desde los 17 años en la Academia Nacional de Medicina y continuó haciéndolo prácticamente hasta el día de su muerte, que ocurrió precisamente el día de su cumpleaños número 80. Durante todos esos años fueron muchísimos los médicos que lo conocieron, y algunos todavía lo recuerdan. Fue justamente gracias a ese recuerdo, a ese vínculo que mi padre construyó durante toda una vida de trabajo, que tuve la posibilidad de conocer desde adentro un lugar que hasta ese momento yo solamente conocía por lo que escuchaba decir. Y llegué, debo reconocerlo, con un enojo. Había escuchado durante días discusiones, acusaciones, gritos y consignas, y cada uno parecía tener su propia versión de lo que estaba ocurriendo. Yo mismo empezaba a sentir que quizás ese enojo que tenía era exagerado. Por eso decidí no quedarme con lo que escuchaba afuera. Quise entrar, caminar, preguntar y escuchar a quienes todos los días trabajan allí.
Antes de entrar, sin embargo, había ocurrido una escena que también me quedó grabada. Le pregunté a una señora cuál era el motivo de su llanto tan estremecedor. Lo curioso fue que, casi automáticamente, dejó de llorar. Estábamos aproximadamente a unos cien metros de la calle San José y me respondió en voz baja que, si no venía a hacer lo que estaba haciendo, no cobraba. No hice ningún comentario. Seguí caminando y pensé que, quizás, esa pequeña conversación explicaba mucho más de la Argentina que cualquiera de los discursos que se estaban escuchando en la calle.
Pero adentro la realidad era otra. Ya caminando por el hospital, comencé a observar con bastante asombro cómo estaban quedando las salas. Se están arreglando y modificando una por una y, una vez que uno entra y deja de mirar hacia el exterior, tranquilamente puede tener la sensación de encontrarse en un sanatorio del pleno centro de la capital. Las camas fueron una de las primeras cosas que llamaron mi atención. Me explicaron que las nuevas son motorizadas y permiten realizar todos sus movimientos de manera automática, facilitando tanto la atención de los pacientes como el trabajo cotidiano del personal. Pero hubo algo que me sorprendió todavía más: se están reemplazando las camas antiguas, aquellas que durante años se movían mediante manivelas y de forma manual. Según me explicaron, es la primera vez, después de casi 25 años, que se realiza una renovación de camas y colchones de esta magnitud. También se están entregando almohadas y frazadas nuevas. Durante todo ese tiempo, me contaron, se habían utilizado colchones que tenían más de 25 años de antigüedad y, en muchos casos, las frazadas que llevaban los propios pacientes. Cuando uno escucha una cifra así desde afuera puede parecer simplemente un número, pero cuando está parado dentro de una habitación, frente a una cama donde hay un niño internado, ese número adquiere otra dimensión. Ya no estamos hablando solamente de una cama vieja o de un colchón antiguo, sino de algo que forma parte de la vida cotidiana de un chico internado y de una familia que muchas veces permanece allí durante días o semanas.
Y es que el Garrahan no atiende solamente a los niños que viven en los alrededores. Durante la recorrida pude comprender mejor que allí llegan chicos de todo el país, desde las grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños y alejados de Buenos Aires. Familias que muchas veces recorren cientos de kilómetros para que sus hijos puedan recibir atención especializada y que, de repente, tienen que dejar sus casas, sus trabajos y su vida cotidiana para acompañarlos. Por eso, cuando uno camina por esos pasillos, empieza a comprender que el hospital no es simplemente un edificio. Es un lugar por donde pasan miles de historias, algunas de las cuales probablemente nunca lleguemos a conocer: un niño que llega desde una provincia, una madre que deja todo para acompañarlo, un padre que espera una noticia, una familia que nunca imaginó que tendría que conocer Buenos Aires en circunstancias semejantes y, en medio de todo eso, médicos, enfermeras y trabajadores que continúan haciendo su tarea.
Durante la recorrida, algunos médicos se dieron cuenta de mi interés por conocer cómo funcionaba el hospital y comenzamos a conversar. Fue entonces cuando aparecieron otros datos que también me parecieron importantes. Según me explicaron, el presupuesto principal del hospital proviene de Nación, al que se suma una participación minoritaria de la Ciudad. Pero existe además otro mecanismo de ingresos: cuando se atiende a niños que cuentan con una obra social, el hospital factura las prestaciones correspondientes a esas obras sociales. Los médicos con los que hablé me explicaron que, según el mecanismo que actualmente se aplica, aproximadamente el 50 % de ese dinero se destina al mantenimiento, mientras que el otro 50 % se distribuye entre el personal como una suma adicional a sus ingresos. Según me dijeron, actualmente esa distribución representa alrededor de 600.000 pesos adicionales para cada trabajador del Garrahan. Son datos que me fueron transmitidos durante mi recorrida y que, por supuesto, deberían ser contrastados con la información oficial correspondiente, pero forman parte de lo que pude escuchar directamente de quienes trabajan allí. Y para mí eso tenía un valor especial, porque yo no había entrado al hospital para confirmar una idea que ya tenía. Había entrado precisamente para descubrir si la idea que tenía desde afuera era correcta.
Mientras continuaba la recorrida también apareció otro tema que me llamó especialmente la atención: el helipuerto. A unos quinientos metros del hospital, donde actualmente se encuentra la carpa de un circo en la plaza, existía un helipuerto utilizado para el traslado urgente de niños en estado grave. Hasta hace poco, según me explicaron, los helicópteros llegaban con pacientes que necesitaban atención urgente, pero luego era necesario trasladarlos en ambulancia hasta el hospital porque el helipuerto llevaba años abandonado. Uno podría imaginar que ponerlo nuevamente en funcionamiento habría requerido una obra enorme y una inversión millonaria. Sin embargo, según la información que recibí, no fue así. Se logró poner nuevamente el helipuerto en condiciones, se colocaron las luces reglamentarias necesarias para que pueda funcionar durante las 24 horas y permitir aterrizajes tanto de día como de noche, y el costo total que me informaron fue de aproximadamente seis mil dólares. Seis mil dólares. Y entonces aparece inevitablemente una pregunta: ¿por qué durante tantos años no se hizo? Si la inversión necesaria no era millonaria, ¿qué fue lo que impidió que se hiciera antes? No me corresponde determinarlo. Puede haber sido falta de decisión, falta de gestión o inoperancia. Lo que sí puedo hacer es contar lo que vi, lo que pregunté y lo que me explicaron.
Después de recorrer el hospital, me quedé pensando en la enorme diferencia que puede existir entre mirar una realidad desde afuera y caminar dentro de ella. Afuera estaban las consignas, los gritos, los insultos y las discusiones políticas. Adentro estaban los médicos atendiendo, las enfermeras trabajando, los pacientes esperando y las familias acompañando a sus hijos. Afuera se discutía quién tenía razón. Adentro había problemas concretos que necesitaban soluciones concretas. Un niño que necesita atención no pregunta quién gobierna. Una familia que llega desde una provincia lejana no necesita una consigna política. Necesita que haya una cama, que funcione el equipamiento, que exista una sala en condiciones, que haya personal y que, si la situación lo requiere, un helicóptero pueda aterrizar lo más cerca posible del hospital.
Y quizás fue ahí cuando comprendí que mi enojo inicial efectivamente podía haber sido exagerado. No porque todos los problemas estuvieran resueltos, ni porque de repente todo fuera perfecto, sino porque la realidad que estaba viendo era bastante más compleja de lo que había imaginado. Había cosas que se estaban haciendo y otras que seguramente todavía quedaban por hacer. Había dificultades, pero también había cambios concretos. Había reclamos, pero también trabajadores que seguían adelante. Había discusiones políticas afuera, pero dentro del hospital había chicos que necesitaban atención.
En algún momento de la recorrida volví a pensar en mi padre. Él había comenzado a trabajar a los 17 años en la Academia Nacional de Medicina y había continuado haciéndolo hasta el final de su vida, hasta aquel día en que cumplió 80 años. Fueron décadas enteras en contacto con médicos, profesionales y con el mundo de la medicina. Muchos de esos médicos todavía lo recuerdan y fueron ellos quienes me permitieron entrar y conocer por dentro aquello que yo solamente conocía por comentarios y discusiones. Por eso, mientras caminaba por los pasillos, sentí que de alguna manera no estaba entrando solamente a un hospital. Estaba entrando también a una parte de ese mundo en el que mi padre había pasado prácticamente toda su vida.
Yo había llegado con un enojo. Salí con preguntas. Y creo que eso fue lo más importante que me podía haber pasado. Porque cuando uno entra a un lugar dispuesto únicamente a confirmar aquello que ya piensa, termina viendo solamente lo que quiere ver. Yo intenté hacer exactamente lo contrario. Entré para comprobar si aquello que escuchaba afuera coincidía con la realidad que estaba adentro. Y encontré una realidad mucho más compleja.
Un helipuerto recuperado puede parecer un detalle. Una cama nueva puede parecer un detalle. Un colchón nuevo puede parecer un detalle. Una almohada puede parecer un detalle. Una frazada puede parecer un detalle. 
Una sala renovada puede parecer un detalle. Pero cuando uno suma todos esos detalles, empieza a aparecer una imagen diferente. Y cuando esas mejoras ocurren en un hospital donde se atienden niños de todo el país, dejan de ser simples detalles.
No salí del Garrahan pensando que todo está perfecto. Tampoco salí pensando que todos los problemas están solucionados. Sería absurdo decirlo. Salí sabiendo algo mucho más sencillo: que antes de opinar hay que mirar, antes de repetir hay que preguntar y antes de insultar quizás convenga conocer aquello de lo que estamos hablando.
Yo fui solo.
Pero llevé conmigo el nombre de mi padre.
Y fueron los médicos que todavía lo recuerdan quienes me abrieron una puerta que, de otra manera, probablemente nunca habría atravesado.
Entré con un enojo que yo mismo comenzaba a considerar exagerado.
Salí con muchas preguntas, pero también con una certeza: la realidad no siempre está en los gritos de la calle, ni en las consignas, ni en los discursos de unos o de otros.
A veces la realidad está mucho más cerca.
Está detrás de una puerta, en una sala, en una cama, en un colchón que después de 25 años finalmente se cambia.
Está en una frazada nueva, en una enfermera que sigue trabajando, en un médico que recuerda a mi padre después de tantos años, está en un helicóptero que ahora puede volver a aterrizar de día y de noche y está, sobre todo, en esos chicos que llegan desde cualquier lugar del país buscando algo que no debería pertenecerle a ninguna bandera política: la posibilidad de recibir atención cuando más la necesitan.
Hay cosas que no necesitan discursos, no necesitan chicanas, no necesitan insultos, no necesitan aplausos, h cosas que, sencillamente, se ven.
Y un ignorante como yo —así me han hecho sentir quienes creen que tener una ideología diferente es suficiente motivo para insultar— decidió hacer algo que, quizás, sea mucho más saludable que responder con otro insulto: recorrer personalmente esos lugares que tantas veces son cuestionados desde afuera. Entrar. Mirar. Preguntar. Escuchar. Y hacerlo sin intermediarios. Porque si alguien afirma que determinado lugar funciona mal, quiero saber por qué. Si alguien dice que todo es una mentira, quiero saber qué parte es mentira. Y si alguien sostiene que las cosas están cambiando, también quiero comprobarlo.No me interesa defender una verdad construida de antemano.
Me interesa saber qué hay detrás de ella
.Y quizás ahí esté una de las grandes diferencias entre debatir y agredir. Podemos pensar distinto. Podemos tener ideologías completamente opuestas. 
Podemos defender modelos de país diferentes y tener posiciones irreconciliables sobre determinadas cuestiones. Eso es parte de una sociedad democrática. Lo que no debería ser necesario es convertir esa diferencia en un insulto.
Porque cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a agredir a la persona que piensa diferente, dejamos de debatir
.Y cuando de un lado aparece una agresión, del otro muchas veces aparece otra, después otra y otra.
Hasta que todos terminamos haciendo exactamente lo mismo que criticábamos en el otro.
Quizás también haya que aprender a retirarse, no siempre hay que contestar, n siempre hay que ganar una discusión.
No siempre hay que tener la última palabra.
A veces retirarse de una provocación no significa perder. Significa negarse a participar de un mecanismo de incivilización que termina convirtiendo cualquier diferencia política en una pelea personal.
Eso también aprendí durante esta recorrida, que quizás sea mucho más útil caminar, mirar y preguntar que quedarse gritando en una esquina; quizás sea mucho más productivo discutir con argumentos que responder con insultos y  que quizás un supuesto ignorante como yo pueda, simplemente, entrar a un lugar que muchos cuestionan, recorrerlo con sus propios ojos y después contar lo que vio.
No pretendo que todos piensen como yo, ni pretendo convencer a nadie; solamente pretendo algo bastante más sencillo: que antes de insultarnos por pensar diferente, tengamos la honestidad de conocer aquello de lo que estamos hablando.
Porque las ideologías pueden separarnos, las opiniones pueden enfrentarnos, pero la realidad tiene una particularidad,cuando uno decide mirarla de frente, ya no necesita que nadie se la explique.Se ve.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

"Gracias por comentar mis letras....espero tu próxima visita....."

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...