jueves, 9 de abril de 2026

Hay barrios que no se nombran:
se respiran y Saavedra
no se dice, se camina despacio
como quien vuelve a un abrazo que nunca terminó.
Sabe a tarde larga en sus parques,
a banco gastado por historias,
a sombra que cobija más de lo que tapa.
El verde ahí no es paisaje:
es memoria viva,
es promesa de domingo que no falla,
es infancia que no se deja ir.
Y su gente, esa forma de mirarte
como si te conociera de antes,
aunque recién cruces la esquina.
Como si cada cara guardara
un pedacito de barrio
para el que viene llegando.
En el aire, todavía, late el eco de la Sirena, 
esa que cortaba el tiempo en dos
y los Los Picapiedras riéndose en alguna tele lejana,
mientras el mundo era más chico
y alcanzaba con volver antes de que oscurezca.
El boulevard se estiraba como un suspiro largo,
con árboles que aprendieron a escuchar
más que a hablar, y veredas que saben
todos los pasos que pasaron por ahí.
El empedrado, ah, el empedrado.
No es calle, es corazón antiguo.
Es el ritmo irregular
que obligaba a bajar la velocidad
para que la vida no se te escape.
Y los cines, fantasmas luminosos de otras noches,
todavía proyectan besos en penumbra,
todavía guardan aplausos que nadie vino a retirar.
Porque Saavedra siempre está al borde…
como si fuera a caerse del mapa,
como si la provincia la estuviera llamando bajito.
Pero la Avenida General Paz la sostiene.
Como una línea terca,
como un límite que no es frontera
sino abrazo apretado
para que no se vaya del todo.
Y cuando llueve…
cuando llueve el barrio se vuelve otra cosa.
No se inunda de tristeza, se empapa de historia.
Se puede caminar igual,
aunque el cielo se venga abajo,
porque hay algo en el suelo,
algo secreto, como un swing de suelas de zapatilla de goma
que hace rebotar la nostalgia en cada baldosa.
Y entonces, cada esquina perfuma el día.
No con flores, ni con promesas nuevas,
sino con ese olor a vida vivida,
a charla en la vereda, a mate que no se apura,
a amor sin espectáculo.
Es un tango, sí, pero no de escenario.
Un tango que se arrastra despacio
por las calles de Saavedra,
que se mete en los bolsillos,
que se queda en los huesos.
Un tango que no pide permiso
para doler un poco, para querer quedarse.
Porque hay barrios que pasan…
y hay barrios que se quedan a vivir
en la forma en que uno recuerda.
Y Saavedra con sus parques, su gente, su lluvia mansa—
no se olvida. Se vuelve.
 Sábado a la noche,
la ciudad se afloja el nudo del día
y en la piel de la avenida Cabildo
la luz se vuelve promesa.
Ella baja como si nada,
rubia de viento suelto,
con una sonrisa que no pide permiso
y sin embargo lo cambia todo.
Hay algo en su andar
que no es apuro ni destino,
sino esa forma de saber
que alguien la está esperando
aunque todavía no haya llegado.
Las veredas murmuran su nombre
sin conocerlo, los faroles la siguen
como viejos cómplices del deseo,
y la noche esa vieja cantora
le acomoda el ritmo en la cintura.
En Cabildo y Juramento
el aire se detiene apenas,
como si la ciudad misma contuviera el aliento
para ver qué va a pasar.
Y pasa.
Un guapo se recorta entre sombras,
no por valiente, sino por esa manera de mirar
que ya es un roce.
No hay saludo, no hay palabras que sobren.
Alcanza con un tango
que se escapa de algún rincón,
de una radio gastada
o de un corazón que no se resigna.
Entonces, sin más vueltas,
como si el mundo fuera solamente eso,
la esquina se vuelve pista.
Y bailan.
Bailan con la noche prendida en los pies,
con la luna apoyada en los hombros,
con el deseo dibujando figuras
que nadie se anima a nombrar.
Ella se deja llevar pero no se entrega,
él la conduce pero no la tiene.
Y en ese equilibrio exacto,
en esa cuerda fina entre el fuego y la distancia,
nace el milagro breve del tango:
dos soledades que por un instante
se creen eternas.
La ciudad los mira de reojo,
algún colectivo pasa sin entender nada,
y los balcones guardan silencio
como si respetaran un secreto antiguo.
Después, cuando el último giro se apaga
y la música se vuelve recuerdo,
no hay despedidas que pesen.
Se miran apenas,
como quien guarda algo
sin llevarlo en las manos.
Y se pierden.
Por Juramento hacia el bajo,
donde la noche es más honda
y las promesas no necesitan cumplirse.
Buscan, anda a saber qué buscan,
quizás otro tango, quizás otro cuerpo,
quizás esa forma de no estar solos
sin dejar de ser libres.
Pero nunca un no, nunca un grito desesperado,
nunca la ruptura brutal del hechizo.
Sólo la luna, redonda y cómplice,
derramando luz sobre sus espaldas
mientras se alejan.
Y en la esquina queda algo,
una huella que no se ve pero late.
Porque el tango no termina,
se esconde. Y espera.

miércoles, 8 de abril de 2026

 En la esquina cansada del barrio antiguo,
donde el farol suspira su luz amarilla,
camina la morocha con ojos de tiempo,
como si llevara la historia en las pupilas.
Tiene la noche enredada en el pelo suelto,
y un tango quebrado temblándole en la voz,
de esos que nacen del fondo del alma
y mueren despacio pidiendo perdón.
La vereda la nombra, la sigue la brisa,
los gatos la miran pasar sin maullar,
porque saben que en su paso hay un misterio
que ni el silencio se anima a nombrar.
Y entonces, como un bandoneón que se abre en el pecho
se desborda este amor que no sabe callar:
Morocha de ojos color del tiempo detenido,
de nostalgias que duelen como un invierno largo,
de manos tibias que saben a abrigo,
cómo decirte sin romper el aire
que en vos se me queda la vida latiendo despacio.
Morocha, si supieras que en cada rincón del barrio
te nombro en voz baja como una oración,
que tu risa me salva del gris de los días
y tu pena se vuelve también mi dolor.
No sos mía ni hace falta que el mundo lo entienda
pero hay algo en tu forma de mirar la nada
que me ata a tu sombra sin pedir permiso,
como el tango se ata a la herida
y la herida se vuelve canción.
Yo te quiero así con tu historia a cuestas, 
sin preguntas, con ese pasado que no pide perdón,
con la lluvia escondida en los ojos
y el temblor inevitable del corazón.
Te quiero en la distancia breve del aire,
en la esquina donde el tiempo se va,
en el eco de un fue que no se resigna
y en todo lo que no pudo ser y será.
Morocha si alguna noche te gana el recuerdo
y el mundo se vuelve demasiado gris,
buscame en el humo lento del tango,
en la copa olvidada, en el último acorde
ahí voy a estar, esperándote sin fin.
Porque este amor no se grita:
se queda, se hunde, se hace raíz,
como el río callado que abraza la orilla
sin decir jamás que vive por vos,
pero no sabe existir sin tu latir

martes, 7 de abril de 2026

 Colorada,
con ese fuego en la melena
que alumbra más que farol de esquina,
y una sonrisa canchera
que te deja en orsai el alma.
Tenés un no sé qué en la mirada,
medio dulzona, medio maleva,
que te afana el respiro
sin pedir permiso ni nada.
Colorada,
si caminás por la vereda
se hace silencio el barrio entero,
hasta el viento se queda piola
mirando cómo te lleva el paso.
Sos brasa que no quema,
pero deja marca,
de esas que ni el tiempo
se anima a borrar.
Y uno, medio gil, medio rendido,
se queda dando vueltas
como trompo sin piolín,
por culpa de ese embrujo
que llevás en la piel.
Colorada…
si el amor fuera un tango,
seguro lo bailaría con vos
hasta que se apague la noche.




 San Telmo nos caminaba,
más que nosotros a él,
como si cada piedra supiera
el peso leve de lo que fuimos.
El empedrado, húmedo de historia,
devolvía pasos que no eran nuestros,
ecos de otras noches,
de faroles encendidos con paciencia,
de nombres dichos al oído
cuando la ciudad todavía sabía escuchar.
Las veredas angostas
nos obligaban a rozarnos,
como si el barrio insistiera
en que el amor no se diga,
sino que se sostenga
en una mano tomada sin apuro.
Y ahí, entre fachadas cansadas,
descubrimos casas que resisten,
ventanas que miran sin ser vistas,
puertas que guardan secretos
de un pasado que no supimos cuidar.
En la plaza,
una pareja bailaba tango
como si el mundo no doliera,
como si el tiempo no pasara.
El fuelle, terco, respiraba
haciendo lo posible con lo poco,
como hace siempre esta ciudad
cuando la empujan al olvido.
Y entre idiomas cruzados,
turistas que pronuncian distinto,
hubo un voseo que cortó el aire,
claro, íntimo, como una verdad que no se exporta.
Ahí fue el beso,
robado o encontrado, qué importa.
Ahí fue la mano,
la tuya, aferrándose a la mía
como si el mundo no tuviera bordes.
Y también, claro, el vivo de siempre,
el que intenta lo que no debe,
el que confunde picardía con descuido,
como si olvidáramos
que lo nuestro se rompe fácil.
En Dorrego y Defensa
pasó un auto antiguo, alquilado,
vendiendo nostalgia por vueltas,
más caro que cualquier metro del mundo,
pero incapaz de llevarnos
a donde realmente queríamos volver.
Porque Buenos Aires es eso,
una sonrisa que se quiebra,
una lágrima que no cae,
una memoria que insiste
aunque la neguemos.
Y nosotros, caminando en el medio,
entre lo que fue y lo que queda,
con una flor en la noche
y un tango latiendo despacio.
El sol empezó a bajar
como bajan las certezas,
y el empedrado transpiró otra historia,
otra noche que se armaba
con retazos de lo mismo.
Y vos a mi lado, caminando.
Sin promesas,
sin pasado que nos pese más que el presente,
pero con esa forma tuya de existir cerca
que hace que todo 
hasta la nostalgia valga la pena.
San Telmo quedó atrás,
o tal vez se quedó en nosotros,
como un amor que no se dice del todo,
como una ciudad que todavía respira
aunque no siempre sepamos cuidarla.


 Se fue sin decir palabra,
ni un portazo, ni un adiós,
como sombra que se borra
cuando amanece el dolor.
Quedó el vaso a medio trago,
la silla mirándome,
y ese tango que en la radio
no se anima a comprender.
La calle sigue su rumbo,
como si nada pasó,
pero el barrio sabe todo
cuando un amor se perdió.
No dejó ni una excusa,
ni un papel, ni una razón,
solo un hueco en la penumbra
donde late el corazón.
Y yo, necio, la imagino
regresando en el andén,
con los labios temblorosos
y un perdón que no fue.
Pero el tiempo no perdona,
ni la noche ni el rencor,
y hay silencios que lastiman
mucho más que un no.
Se fue sin decir palabra
y en ese mudo final,
me dejó toda la vida
para aprender a olvidar.
 En la esquina de Ugarte y Cabildo
todavía respira el humo de otras voces,
se arrastra un bandoneón invisible
entre baldosas gastadas de espera.
El bar Savoy, con sus mesas heridas,
supo de tardes largas y discusiones bajas,
cuando el país se deshilachaba en gris
y el café era trinchera sin bandera.
Había un olor, sí…
mezcla de pocillo fuerte y costumbre vieja,
ese ácido rincón del baño
que también era parte del ritual,
porque la vida no pedía perfume,
pedía presencia.
Ahí se armaban mundos
sin más pantalla que los ojos,
sin más red que una charla
que se enredaba hasta la madrugada.
Salían del cine General Paz
con la película todavía latiendo en la lengua,
y antes de que se enfríe la emoción
ya estaban sentados,
desmenuzando escenas,
rearmando finales,
corrigiendo la vida como si fuera un guión.
Y del Savoy, ni hablar…
ese otro templo de historias compartidas,
donde cada mesa tenía su misterio
y cada taza un secreto por decir.
Un café, un bar, un mundo…
y en el medio, un amor que asomaba despacio,
como quien no quiere interrumpir la charla
pero igual se roba todas las miradas.
Qué distinto era todo,
cuando el tiempo se apoyaba en los codos
y se quedaba a escuchar.
Hoy la esquina sigue ahí,
pero le falta el murmullo espeso,
la risa que chocaba contra los vidrios,
la vida pasando sin apuro.
Porque antes,
en ese rincón de ciudad y rutina,
uno no iba a conectarse…
iba a encontrarse.




domingo, 5 de abril de 2026

 Al límite de lo desconocido,
de lo casi sobrenatural,
hay un placer callado
que sólo nace
de la entrega total.
Descubrir que es posible
con la simple sensibilidad
de dejarse ir,
de verte sonreír, sudar,
cerrar los ojos
como si el mundo fuera un sueño.
Fue y sigue siendo
uno de esos instantes
más intensos,
más verdaderos.
A media luz,
en el preciso momento
en que la cabeza se desprende del cuerpo
y el alma, sin pedir permiso,
encuentra refugio en otra.
Ahí,
donde todos los sentidos
se reúnen al borde de la piel,
marcando un compás de latidos
que ningún instrumento
podría imitar.
La poesía
que sólo sucede
donde sólo vos sabés encontrarme,
y yo sé
que vamos,
una vez cada tantas vueltas
de una aguja que ni existe.
En ese lugar
que nadie imagina,
que sólo vos y yo conocemos.
Cuando se cierra la puerta,
baja la persiana
y la ventana se entreabre apenas,
mientras gira, persistente,
el ritmo tibio de un ventilador.
El aire se vuelve denso,
la mirada se nubla,
la voz apenas susurra
lo que sólo existe entre dos.
Porque hay cosas
que sólo pasan
cuando el mundo queda afuera,
cuando el sudor canta
la más sincera de las melodías.
Entre tus labios
 mi cuerpo y la poesía.


viernes, 3 de abril de 2026

 Llora, cuando el eco de aquellos gritos
todavía rompe el aire,
cuando los insultos quedan suspendidos
como ropa húmeda en la memoria,
y el corte de la llamada
no termina de caer nunca.
Llora, porque hay finales que no saben cerrarse,
porque hay palabras que no llegan a destino
y se pudren en la garganta.
Pero con los días, lentos, torpes, inevitables,
algo empieza a cambiar de forma.
Se comprende sin querer 
comprender que el amor
no se rompe con la muerte,
ni con la distancia,
ni con ese último silencio que dolió más que nada.
Perder no siempre es dejar de tener.
Y que hay presencias
que se vuelven diarias
como el mate tibio de la mañana
o el ruido lejano de un colectivo al pasar.
Un amigo dice, hay que hacer el duelo.
Otro insiste, el tiempo lo acomoda todo.
Y algunos, más cansados o más sabios,
miran la vida de costado
y dicen que hay historias
que simplemente se guardan
en el cajón del recuerdo
para poder seguir caminando.
Pero la verdad, la verdad es que nadie sabe del todo.
Porque la vida, el barrio, la ciudad entera,
están llenos de historias inconclusas.
De gritos que no llegaron a ser abrazo.
De insultos que escondían miedo.
De despedidas que nunca se dijeron.
Y sin embargo, en cada esquina
hay un tango respirando despacio.
En cada árbol, hay una poesía escondida
esperando que alguien la mire de verdad.
En cada bondi que avanza
con su cansancio de siempre,
viaja una lágrima silenciosa
guardando una historia
que casi nadie escucha.
Pero está y alcanza con detenerse un segundo,
no solo mirar, sino ver,
para sentir cómo todo eso
se vuelve materia sensible, carne de poema.
Entonces aparecen nombres,
rostros lejanos o cercanos,
vidas que podrían ser propias
o de cualquiera.
Y alguien tal vez lo lea.
Aunque digan que cada vez se lee menos,
aunque el ruido del mundo intente tapar la palabra,
aunque parezca inútil.
Porque escribir no es para todos.
Es para los que no pueden evitarlo.
Para los que siguen, aunque nadie mire,
aunque nadie responda, 
aunque la soledad se siente al lado
como una vieja compañera.
Y entonces,
cuando la noche cae despacio
y el recuerdo vuelve sin permiso,
la hoja en blanco deja de ser vacío.
Se llena de nombres, de calles.
De heridas que todavía respiran.
Y escribir aunque duela
se vuelve una forma de quedarse,
de entender, de no perder del todo.  
Porque a veces,
cuando ya no queda nada,
queda esto, una historia,
una letra, y alguien en algún lugar
que la lee y, sin saber por qué,
también llora.
 El sol se escondió,
pero hubo puerto,
y en ese llegar sin ruido
estaban tus brazos abiertos,
como si siempre hubieran sabido
el camino de regreso.
Tu voz suave, casi susurro
despejó los restos del mundo,
apagó los gritos antiguos
y encendió un horizonte nuevo,
donde la noche ya no era oscura
sino apenas un velo.
La luna se volvió piel,
yacía entre nosotros
como una tibieza compartida,
entre sábanas de hojas de otoño
y palabras dulces,
decoradas de silencios
que también decían.
Quizás nos fuimos esquivando,
quizás elegimos caminos opuestos,
perdiéndonos a propósito
para encontrarnos más ciertos.
Y un día sin estruendo
todo se alineó en secreto:
tu vida encontró la mía
en la calma de un encuentro.
No hizo falta alzar la voz,
ni discutirle al destino,
porque en una conversación callada
se dijeron todos los latidos.
Y así, sin darnos cuenta,
fuimos llegando a ese instante
donde el amor no irrumpe,
sino que permanece.


 Ese sonido absurdo
que brota de una pantalla táctil
no es voz: es descarga.
Un dedo toca vidrio
y estalla una guerra mínima,
ridícula, pero insistente,
como si el mundo dependiera
de quién grita más fuerte
en un rectángulo iluminado.
Suben los decibeles
como sube la espuma sucia,
tapando todo:
ideas, matices, dudas.
Insultos en fila,
uno atrás de otro,
mal escritos, peor pensados,
escupidos con urgencia
como si pensar
fuera perder tiempo.
En nombre de qué.
De la verdad
La verdad, si es verdad,
no necesita pulmones inflados
ni gargantas tensas.
No se impone a los gritos,
no atropella, no empuja.
La verdad se sostiene sola,
no necesita disfrazarse de enojo.
Pero acá no.
Acá todo es volumen,
todo es exageración,
todo es teatro barato.
El grito asusta, sí,
pero es un miedo corto,hueco,
que se disuelve apenas
uno decide pensar.
El grito no llama a la atención:
la secuestra.
Te obliga a mirar,
pero no te deja ver.
Y el insulto…
el insulto es la renuncia final,
la rendición disfrazada de ataque.
Cuando aparece, la idea ya murió.
Lo hace un presidente
desde un estrado, creyéndose trueno.
Lo hace una expresidenta desde un balcón,
jugando a la épica.
Lo hace cualquiera,
encerrado en una habitación,
con la cara iluminada por una pantalla
y la cabeza a oscuras.
Distintos lugares, misma pobreza.
Gritar para no escuchar,
gritar para no pensar,
gritar para no ceder
ni un centímetro de razón.
Porque conversar implica riesgo:
el riesgo de entender,
el riesgo de cambiar,
el riesgo imperdonable
de no tener razón.
Entonces mejor el ruido.
Mejor el golpe seco
de palabras usadas como piedras.
Pero en el fondo
todo ese escándalo
no construye nada.
Es puro desgaste, puro eco,
pura repetición de vacío.
Y mientras tanto, lo simple 
lo verdaderamente difícil
queda intacto:
sentarse, callar un poco,
y decir lo que se piensa
sin necesidad de romper nada.
Porque, aunque nadie lo practique,
aunque parezca olvidado,
conversando nos entendemos
igual… o mejor.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...