jueves, 19 de marzo de 2026

 En el Raggio a lo largo de los años, alumnos, padres y profesores, trabajando de manera conjunta, lograron alcanzar un objetivo que parecía lejano, un viaje a Europa para los futuros egresados. 
El primer viaje, realizado en 1962 como experiencia piloto, marcó el inicio de una tradición que se extendería desde 1966 hasta mediados de la década de los 70, cuando la difícil situación económica del país hizo imposible su continuidad debido a los altos costos.
No se trataba de simples viajes de fin de curso. Eran verdaderas experiencias de extensión cultural, cuidadosamente planificadas y sostenidas por un profundo compromiso colectivo. 
Participaban aquellos alumnos que se destacaban tanto por su rendimiento académico como por su conducta, acompañados por dos o tres docentes.
La preparación no era menor; implicaba años de trabajo. 
Se fomentaban valores como la responsabilidad, el compañerismo y la solidaridad. 
También se buscaba formar a los estudiantes en conocimientos generales sobre las costumbres, la cultura y las formas de vida de los países a visitar, facilitando así una mejor adaptación. Paralelamente, se organizaban actividades para recaudar fondos y gestionar todo lo necesario para concretar el viaje.
Todo esto se regía por normas establecidas mediante una resolución de la Dirección para los Viajes de Estudio y Extensión Cultural, a las que debían ajustarse los grupos participantes.
En aquel viaje piloto participaron los alumnos Ricardo Andresik, Miguel Ángel Fasson y José E. Gregui, bajo la dirección del regente Eduardo Madero. 
La preparación llevó dos años, y la experiencia que “nunca costó poco, resultó profundamente fructífera.
Durante un crudo invierno europeo recorrieron ciudades de Italia como Génova, Pisa, Roma, Asís, Florencia, Venecia, Verona, Milán y Turín; de Francia, Marsella y París; de España, Barcelona, Madrid, Toledo, El Escorial, el Valle de los Caídos, Córdoba y Sevilla; y de Portugal, Vila Real de Santo António y Lisboa. Visitaron museos, catedrales, sitios históricos, centros culturales e incluso plantas industriales.
Sin duda, el mayor logro no era el itinerario en sí, sino el cambio que se producía en los jóvenes: una transformación visible, entre el asombro y el compromiso, que se traducía en madurez y un profundo sentido de agradecimiento.
El contacto directo con Su Santidad el Papa o con centros industriales de gran desarrollo como Heidelberg, Olivetti o Pegaso dejó huellas imborrables en la formación de muchos alumnos.
Mucho trabajaron también para el crecimiento del VER docentes como Betty Turletti, Luis Ferroni, Hugo Bagge Bengtsson, Ricardo Turconi, Héctor Fiorito y Victoria Passerini.
Años después, cuando ingresé a la escuela en primer año. Vendíamos rifas, incluso en cuotas, mientras los alumnos de sexto venían a pedirnos, casi con súplica, que los ayudáramos a vender para poder viajar. 
Con el tiempo, escuchar sus vivencias, ver filmaciones y fotografías, y conversar con docentes como Luis Ferroni o el arquitecto Huertas, me permitió comprender la magnitud de esas experiencias.
Aunque no me tocó vivirlo, siempre sentí el deseo de haber sido parte. 
Hoy, al recordarlo, nace la necesidad de rendir un homenaje emotivo a aquellos profesores y alumnos que lo hicieron posible.
Evidentemente, era otro país, otra Argentina, donde las posibilidades parecían distintas, pero donde, sobre todo, había un enorme espíritu de esfuerzo compartido.



 Había un tiempo en que la ciudad parecía terminar antes de llegar al campo de deportes. Más allá del ruido constante de la avenida y del pulso acelerado de Buenos Aires, ese terreno alguna vez anegado, olvidado, casi inútil encontró en 1944 una segunda oportunidad. Y con él, también la encontraron generaciones enteras de estudiantes.
Donde antes había barro, comenzó a crecer algo mucho más profundo que el césped: una identidad.
Las Escuelas Raggio no solo formaban técnicos; formaban personas. 

Y en ese campo de deportes, cada tarde, esa misión cobraba vida. El silbato que marcaba el inicio de un partido no era solo el comienzo de un juego, sino el eco de una comunidad que aprendía a encontrarse, a competir con respeto, a ganar con humildad y a perder con dignidad.
Ese predio nos habla de risas, de rivalidades sanas, de amistades que nacían entre arcos improvisados y líneas marcadas a pulmón. Allí se escribían historias que no figuraban en los libros técnicos, pero que eran igual de importantes, la del compañero que alentaba hasta el final, la del equipo que remontaba un partido imposible, la del abrazo después del esfuerzo compartido.
Y más allá del campo, el agua y ella el remo, silencioso y exigente, se convirtió en otra forma de identidad. Remo Raggio no es solo un equipo, es una tradición viva. 
Más de ocho décadas surcando el río, desafiando corrientes, formando carácter. 
En cada palada hay historia. En cada entrenamiento, disciplina. En cada regata, el orgullo de representar algo más grande que uno mismo.
Ser parte de ese equipo implica levantarse temprano, entrenar cuando otros descansan, sostener el ritmo incluso cuando el cansancio pesa. 
Pero también significa pertenecer. Ser parte de una cadena invisible que une a quienes estuvieron antes con quienes vendrán después.
No es casual que sea la única institución estatal que mantiene viva esta práctica. Porque en Raggio, el deporte nunca fue un complemento, fue esencia.
El campo de deportes y el equipo de remo comparten algo invisible pero poderoso; ambos enseñan sin decir. Enseñan a confiar, a esforzarse, a sostener al otro. Enseñan que la técnica sin humanidad queda incompleta.
Hoy, aunque la ciudad haya crecido y cambiado, ese espacio sigue ahí. 
Quizás con nuevas voces, nuevas historias, nuevas metas. Pero con el mismo espíritu. Porque hay lugares que no son solo lugares. Son memoria. Son pertenencias. Son identidad.
Y el campo de deportes de Raggio con su pasado de barro, su presente de esfuerzo y su futuro de esperanza sigue siendo, como siempre, el corazón que late al ritmo de cada generación.


 El viento frío de la cordillera no solo golpeaba los rostros: parecía hablarles. Les decía que el camino no sería fácil, pero también que valía la pena. Que cada paso iba a dejar huella.
Todo comenzó con una idea que, en su momento, parecía casi imposible. 
Corría el año 1957 cuando, entre relatos de campamentos vividos por compañeros, nació una inquietud profunda: ¿qué, un campamento femenino? 
No era simplemente una propuesta logística. Era una ruptura con lo establecido, un gesto de valentía en tiempos donde el lugar de la mujer estaba muchas veces limitado.
Pasaron los años. La idea no murió, pero tampoco encontraba su momento. Hasta que en 1960, ese sueño volvió a latir con fuerza. Un grupo reducido, con más convicción que recursos, decidió hacerlo realidad. 
Hubo que convencer a quienes dudaban, derribar prejuicios, demostrar que no era necesario proteger a las alumnas limitando sus experiencias, sino todo lo contrario: había que darles la oportunidad de descubrir su propia fortaleza.
No fue sencillo. Conseguir materiales, organizar el viaje, generar confianza… todo llevó tiempo. Pero el verdadero motor fue la pasión.
El primer campamento en Bariloche fue apenas un comienzo. Carpas prestadas, ciertas comodidades inesperadas, una experiencia todavía lejos del ideal soñado. 
Sin embargo, en ese primer intento nació algo mucho más importante que la perfección: nació el espíritu de AFER.
Un espíritu hecho de compañerismo, de aprendizaje y de coraje.
Con el paso de los años, cada salida fue un paso más hacia la autonomía. 
En la segunda experiencia, el desafío del Cerro López marcó un antes y un después. Ya no se trataba solo de estar en la montaña, sino de enfrentarse a ella, de entenderla, de respetarla.
Y luego llegó ese momento tan esperado: la tercera salida. Por fin, con carpas propias, con organización propia, con identidad propia. Ya no era un intento. Era una realidad consolidándose.
En 1964, Colonia Suiza se convirtió en el corazón de esta historia. Allí, entre montañas imponentes y silencios profundos, las integrantes de AFER lograron lo que durante años habían construido: ascender por sí mismas, con sus conocimientos, con su preparación, con su determinación. 
El Cerro López y el Catedral dejaron de ser sueños lejanos para transformarse en conquistas reales, repetidas año tras año.
Pero AFER fue mucho más que técnica de montaña.
Fue un espacio de crecimiento humano.
Un lugar donde cada integrante aprendió a confiar en sí misma y en las demás. Donde el esfuerzo se compartía y las dificultades unían. 
Donde se forjaban amistades profundas, de esas que no se olvidan con el tiempo.
Y en ese camino, también se construyó algo único y valioso: una relación profundamente sana y respetuosa entre los alumnos varones y mujeres.
Lejos de las diferencias o las barreras, se generó un vínculo basado en el respeto mutuo, en la admiración y en el compañerismo.
El Raggio fue pionero en algo que hoy parece evidente, pero que en aquel entonces no lo era: valorar a la mujer como se merece, reconocer su capacidad, su fortaleza, su lugar en igualdad. No desde el discurso, sino desde la práctica concreta, desde la experiencia compartida.
De esa convivencia nacieron lazos muy fuertes. 
Muchos de ellos trascendieron el tiempo y el espacio del campamento. 
Se formaron parejas, historias de vida en común que comenzaron entre mochilas, fogones y senderos de montaña. Pero incluso más allá de eso, se creó una hermandad.
Una hermandad real.
De esas que perduran con los años. De esas que hacen que, aunque el tiempo pase, siempre exista un punto de encuentro, un recuerdo compartido, una emoción intacta. Porque quienes vivieron Raggio no solo compartieron actividades: compartieron una forma de ver la vida.
Así comenzó una historia que se extendería durante 33 años. Una historia construida con esfuerzo, con convicción y con sueños que se hicieron realidad paso a paso.
Y aún hoy, en la memoria de quienes lo vivieron, siguen presentes esas montañas, esos desafíos, esas risas, esos vínculos.
Porque hay experiencias que no terminan nunca.
Solo siguen creciendo con el tiempo.



miércoles, 18 de marzo de 2026

 Las Escuelas Técnicas Raggio constituyen una de las instituciones educativas técnicas más tradicionales y reconocidas de la ciudad de Buenos Aires. Fueron inauguradas el 8 de diciembre de 1924 en el barrio de Núñez, en la actual dirección de la Avenida del Libertador 8635, cerca de la Avenida General Paz, límite entre la ciudad de Buenos Aires y la provincia homónima. 
La institución nació gracias al impulso filantrópico de la familia Raggio, una familia de origen italiano que, tras alcanzar prosperidad económica en la Argentina, decidió destinar parte de su patrimonio al desarrollo educativo y cultural del país. 
El principal impulsor de esta obra fue Rómulo Raggio, quien junto con sus hermanos promovió la construcción de una escuela destinada a la enseñanza de artes y oficios con el objetivo de formar técnicos y artesanos capaces de contribuir al crecimiento industrial de la Argentina.
El edificio de la escuela fue diseñado por los ingenieros civiles Emilio Seitún y Andrés T. Raggio, este último hermano de Rómulo Raggio y responsable directo del proyecto arquitectónico y de la dirección de las obras. 
La inauguración oficial contó con la presencia de importantes autoridades nacionales y municipales, entre ellas el presidente de la Nación Marcelo Torcuato de Alvear y el intendente de la ciudad Carlos Noel, lo que demuestra la relevancia que se le otorgaba a la educación técnica en ese momento histórico. 
Originalmente la institución llevaba el nombre de Escuela de Artes y Oficios y estaba organizada en dos pabellones principales que funcionaban de manera separada, una práctica habitual en el sistema educativo de principios del siglo XX. 
El pabellón denominado Lorenzo Raggio estaba destinado a los alumnos varones, mientras que el pabellón María Celle de Raggio estaba destinado a las alumnas mujeres. 
Ambos nombres fueron elegidos en homenaje a los padres de los hermanos Raggio, perpetuando así la memoria familiar dentro de la institución educativa.
El complejo escolar fue concebido con un diseño arquitectónico abierto, con amplios patios, jardines y espacios verdes que permitían combinar la enseñanza técnica con áreas de recreación y expansión para los estudiantes. 
Sus arcos románicos y su estilo neoclásico lo convierten en un edificio emblemático dentro del patrimonio arquitectónico educativo de la ciudad. 
En sus primeros años la escuela ofrecía una amplia variedad de especialidades relacionadas con los oficios y las artes aplicadas, entre ellas cincelado, herrería, corte y confección, hilados, modelado, tejidos, puntillería, encaje y ebanistería. 
Estas disciplinas respondían a las necesidades productivas de la sociedad argentina de comienzos del siglo XX, cuando la industria y la artesanía urbana tenían un rol fundamental en el desarrollo económico. 
Con el paso del tiempo algunas especialidades desaparecieron y otras se incorporaron para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales. 
Durante la década de 1940 se sumaron nuevas orientaciones como mecánica de aviación, técnica en aeronáutica, dibujo publicitario y técnico en propaganda, reflejando el avance de la industria moderna y de los medios de comunicación.
En el año 1940 la escuela adoptó su lema institucional, Nunca mucho costó poco, una frase que expresa la importancia del esfuerzo, el trabajo y la dedicación en la formación técnica. 
Ese mismo período también vio el nacimiento del escudo institucional y de la marcha oficial de la escuela, además de iniciativas culturales internas como el periódico estudiantil La Chispa, que reflejaba la vida cotidiana y las actividades de los alumnos. A lo largo de su historia la institución atravesó distintos acontecimientos vinculados al contexto político y social del país. 
En 1955, durante el período posterior al golpe de Estado que derrocó al gobierno nacional, se produjeron quemas de libros en la escuela como parte de la censura cultural de la época, aunque algunos ejemplares pudieron salvarse gracias a la acción de una secretaria que los ocultó en el sótano del edificio. 
En 1958 la institución cambió su denominación de Escuela de Artes y Oficios a Escuelas Técnicas Municipales Raggio, consolidando su identidad como establecimiento de formación técnica moderna.
Uno de los cambios estructurales más importantes ocurrió en 1969, cuando el pabellón femenino María Celle de Raggio fue demolido para permitir la ampliación de la Avenida General Paz y su conexión con la Avenida Lugones, una obra vial que modificó significativamente el entorno urbano de la escuela. 
A pesar de esta transformación, el establecimiento continuó creciendo y adaptándose a las nuevas necesidades educativas. Entre 1983 y 1986 se construyó un nuevo pabellón con treinta aulas para ampliar la capacidad del edificio. 
Dentro del predio también se conserva una importante pieza del patrimonio histórico argentino: la escultura denominada La República Argentina, que formaba parte del histórico pabellón que representó al país en la Exposición Universal de París de 1889 realizada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa. 
Cuando ese pabellón fue desmontado en Buenos Aires durante la década de 1930, algunas de sus esculturas fueron trasladadas a distintos puntos de la ciudad y una de ellas quedó instalada en la Escuela Técnica Raggio.
En el año 2003 se creó dentro de la institución el Museo Tecno Educativo Lorenzo Raggio, dedicado a recuperar, restaurar y catalogar documentos, fotografías, herramientas y materiales históricos vinculados con la trayectoria de la escuela. 
Entre los hallazgos más valiosos del museo se encuentran más de treinta planos originales de albañilería del Teatro Colón, fechados en 1892 y firmados por el arquitecto Víctor Meano, documentos que fueron utilizados durante años por docentes vinculados al diseño y mantenimiento de escenografías del teatro. 
Actualmente la institución ofrece numerosas orientaciones técnicas con salida laboral, entre ellas técnico en tecnología de los alimentos, técnico automotor, maestro mayor de obras, electricidad, electrónica, técnico mecánico, diseño y producción de muebles, técnico en indumentaria y confección textil, técnico en la industria gráfica, técnico en orfebrería, diseño y comunicación publicitaria y tecnologías de la información y la comunicación. Además de su formación académica, la escuela desarrolla actividades culturales, deportivas y científicas, incluyendo una banda musical estudiantil, participación en olimpiadas de química y una escuela de remo cuyos equipos han obtenido campeonatos nacionales.
A lo largo de su historia la institución se ha consolidado como una de las más grandes y prestigiosas escuelas técnicas de la ciudad de Buenos Aires, formando a miles de estudiantes que luego se desempeñaron como técnicos, profesionales y artesanos en distintas áreas de la industria, la tecnología y las artes aplicadas.
En 2024 las Escuelas Técnicas Raggio celebraron su centenario, conmemorando cien años de trayectoria educativa y reafirmando el legado de la familia Raggio, cuya visión de promover la educación técnica como herramienta de progreso social continúa vigente hasta la actualidad.


 El boletín La Chispa ocupa un lugar especial en la historia de la Escuela Técnica Raggio, ya que fue una de las publicaciones que mejor reflejó la vida institucional durante una de sus etapas más significativas. 
Publicado entre 1944 y 1950, este boletín mensual no solo informaba sobre las actividades de la escuela, sino que también ayudó a consolidar la identidad de la comunidad educativa y a difundir valores que todavía forman parte de su tradición. 
Fue en sus páginas donde comenzó a difundirse el lema que con el tiempo se convertiría en símbolo de la institución: “Nunca mucho costó poco”.
El primer número apareció el 9 de julio de 1944, luego de que docentes y estudiantes participaran en la elección del nombre del boletín mediante una votación interna. 
La propuesta ganadora fue La Chispa, un nombre que evocaba la energía creativa y el espíritu técnico que caracterizaba a la escuela. Desde entonces, la publicación se convirtió en una especie de crónica mensual de la vida escolar, registrando actividades culturales, deportivas, actos académicos, visitas de autoridades y distintos acontecimientos que formaban parte de la rutina educativa.
Una de las particularidades de La Chispa era su forma de producción. 
No se trataba simplemente de una revista informativa, sino también de una experiencia educativa. 
Los estudiantes de la especialidad de artes gráficas participaban activamente en todo el proceso: desde la composición manual de los textos hasta la impresión tipográfica en los talleres de imprenta de la propia institución. 
De esta manera, el boletín funcionaba como una práctica real dentro de la formación técnica, permitiendo a los alumnos aplicar los conocimientos aprendidos en clase.
A lo largo de sus siete años de publicación se editaron más de sesenta números, con tiradas que alcanzaban miles de ejemplares. Estos se distribuían entre estudiantes, docentes, familias, exalumnos e incluso entre sectores productivos interesados en el perfil técnico de los egresados. 
En una época en la que los medios gráficos tenían un rol central en la difusión de información, el boletín también ayudó a proyectar la presencia de la escuela más allá de sus muros, fortaleciendo su vínculo con la comunidad.
Las páginas de La Chispa permiten reconstruir numerosos aspectos de la vida escolar de aquellos años. 
Allí se registraban eventos deportivos, inauguraciones de espacios, celebraciones escolares y gestos que destacaban valores como la responsabilidad, la honestidad y el compañerismo entre los estudiantes. 
Estas historias cotidianas, aparentemente simples, fueron conformando con el tiempo una memoria colectiva que refleja el espíritu de una época considerada por muchos como uno de los momentos más fértiles de la institución.
La década de 1940 fue clave en la consolidación de la identidad de la escuela. 
En esos años se fortaleció el sentido de pertenencia de estudiantes y docentes, se afianzaron símbolos institucionales y se desarrollaron tradiciones que acompañaron a varias generaciones. Algunas de ellas permanecen hasta hoy, mientras que otras quedaron como parte del recuerdo de quienes vivieron esa etapa.
Aunque dejó de publicarse en 1950, el legado de “La Chispa” sigue presente. 
Más que un simple boletín escolar, fue un testimonio del crecimiento de la escuela y del papel que cumplió la educación técnica en la formación de jóvenes preparados para contribuir al desarrollo del país. 
Sus páginas constituyen hoy un valioso documento histórico que permite comprender cómo se construyó, a lo largo del tiempo, la identidad de la Escuela Técnica Raggio y el espíritu que continúa guiando a su comunidad educativa.


 El conjunto escultórico que hoy se encuentra en el patio de las Escuelas Técnicas Raggio, tal como bien señalaba el profesor arquitecto Fidel Huerta, encierra una historia compleja que combina aspiraciones nacionales, urgencias constructivas y resignificaciones posteriores. 
Concebido por el escultor francés Jean Hugues como pieza central de la fachada del Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París de 1889, el grupo representa a la República Argentina como una figura femenina joven, con gorro frigio y apenas cubierta por un paño agitado por el viento, acompañada por figuras masculinas y alegorías vinculadas a la agricultura, la ganadería, la industria y el comercio. 
Era, en esencia, una imagen idealizada del país que buscaba proyectarse al mundo como moderno, productivo y en pleno crecimiento.
Sin embargo, la obra que hoy contemplamos en bronce no es exactamente la que estuvo en París. 
La documentación conservada en el Archivo General de la Nación permite reconstruir con bastante precisión este desfasaje. 
En 1888, durante la planificación del pabellón, se discutía si ejecutar la escultura en yeso o en bronce, siendo finalmente elegida esta última opción. 
Pero los tiempos de obra, sumamente ajustados, hicieron imposible completar el vaciado antes de la inauguración. 
Así, el conjunto que se exhibió en París era en realidad un modelo en yeso, pintado de dorado para armonizar con la estructura metálica del edificio. 
Las cartas de Norberto de la Riestra Alcorta y su correspondencia con Estanislao Zeballos confirman que, incluso después de la exposición, se evaluaba no fundirlo en bronce para reducir costos.
La crisis económica de 1889 modificó drásticamente los planes originales. 
El gobierno argentino llegó a ordenar la venta del pabellón en París, pero la intervención del intendente Francisco Seeber logró revertir la decisión y asegurar su traslado a Buenos Aires. 
Es en ese contexto donde probablemente se concreta finalmente el vaciado en bronce del grupo escultórico por la firma Thiébaut Frères, una de las más prestigiosas de Francia, transformando una obra inicialmente provisional en un objeto duradero.
Una vez instalado en 1894 frente a la plaza San Martín, el pabellón tuvo una intensa vida urbana, llegando incluso a albergar al Museo Nacional de Bellas Artes durante más de dos décadas. Pero su demolición en 1933 marcó el inicio de una nueva etapa: sus componentes fueron dispersados por distintos puntos de la ciudad, perdiendo la unidad original con la que habían sido concebidos.
En este nuevo escenario, el conjunto de Hugues encontró un lugar singular dentro de las Escuelas Raggio. 
Ya no como ornamento de una fachada monumental destinada a representar al país ante el mundo, sino como pieza central de un ámbito educativo, inserta en la vida cotidiana de la institución. Su presencia en el patio no es meramente decorativa: funciona como un verdadero testimonio material de una etapa clave de la historia argentina y de la formación de su identidad moderna. Para generaciones de estudiantes, la escultura ha sido parte del paisaje habitual, pero también un punto de referencia que conecta la enseñanza técnica con una tradición cultural y artística de alcance internacional.
Así, el grupo escultórico adquiere un nuevo significado. 
De símbolo de exhibición universal pasa a ser patrimonio educativo; de imagen idealizada del progreso nacional, a objeto concreto de estudio, contemplación y memoria. 
En ese cambio de contexto reside gran parte de su valor actual: no solo como obra de arte, sino como fragmento sobreviviente de una arquitectura efímera y como vínculo tangible entre la historia, la ciudad y la experiencia formativa dentro de la escuela.



 La lucha de las escuelas técnicas en 1972 contra la llamada Ley Fantasma constituye uno de los hitos más significativos en la historia del movimiento estudiantil argentino. 
Aquella normativa pretendía recortar las incumbencias profesionales de los egresados como Maestros Mayores de Obras, limitando su campo laboral y concentrando el derecho a firmar proyectos exclusivamente en arquitectos e ingenieros. 
Para miles de estudiantes, esto no solo implicaba una restricción técnica, sino también un golpe directo a su futuro.
El contexto no podía ser más adverso. 
Entre 1966 y 1973, el país atravesaba una dictadura militar profundamente represiva, donde la protesta social era perseguida y las decisiones se imponían mediante decretos sin participación democrática. 
Sin embargo, en ese clima hostil, los estudiantes de escuelas técnicas protagonizaron una de las movilizaciones más masivas de la época, llegando a concentrarse frente a la Casa Rosada en una demostración de organización y convicción pocas veces vista.
La magnitud de la protesta fue tal que logró lo impensado: que un decreto-ley impulsado por el gobierno de facto diera marcha atrás. Así, los estudiantes técnicos no solo defendieron sus derechos, sino que dejaron una marca imborrable dentro del movimiento estudiantil de los años setenta.
En la escuela Raggio, esta experiencia se vivió con intensidad. Contaron con el apoyo fundamental de profesores, ingenieros y arquitectos, quienes ayudaron a comprender el verdadero alcance de la ley y fortalecieron la conciencia colectiva. 
La respuesta fue inmediata: los alumnos de los años superiores tomaron la escuela, transformándola en un espacio de resistencia, debate y organización.
Aquellos días y noches quedaron grabados para siempre. 
Mientras se sostenía la toma, la escuela se cuidaba como un hogar: se mantenía limpia, se llevaban a cabo reuniones constantes y se discutían los pasos a seguir. 
En el taller de construcciones, entre láminas y útiles, circulaban los mates que ayudaban a sobrellevar las largas horas. 
Un calentador de alcohol improvisado servía para mantener viva esa rutina compartida, mientras algunos descansaban y otros permanecían atentos, comprometidos con la causa.
Fueron momentos intensos, cargados de incertidumbre, pero también de compañerismo y aprendizaje. 
La escuela dejó de ser solo un lugar de formación académica para convertirse en una verdadera casa, un espacio de identidad colectiva que con los años no se olvidó. 
Por el contrario, siguió siendo un punto de encuentro, un símbolo de lucha y de pertenencia.
Esa experiencia no solo marcó a quienes la vivieron, sino que también dejó una enseñanza duradera: la organización y la solidaridad pueden torcer incluso las decisiones más firmes del poder. 
La historia de aquella lucha sigue siendo, aún hoy, un ejemplo de compromiso y de defensa de los derechos conquistados. Las puertas cerradas con candado y el alumnado adentro se convirtieron en el símbolo pasivo de nuestra lucha, hasta que finalmente la ley fue derogada.


 La segunda casa, un poco la familia: esa continuidad de la vida que el Raggio nos regaló sin que nos diéramos cuenta. Hay algo en esos encuentros con los exalumnos que tiene un aire especial, como si el tiempo no hubiera pasado. 
Nos reencontramos y, de pronto, pareciera que seguimos conversando en el patio de la escuela o en el taller, como si todavía compartiéramos aquellas tardes interminables entre máquinas, apuntes y sueños.
Pasan los años, muchos años, y, sin embargo, cuando volvemos a vernos, todo fluye con una naturalidad que sorprende. Las charlas retoman donde quedaron, las risas suenan iguales y las miradas conservan esa complicidad que sólo se construye en la juventud. 
El Raggio tiene esa magia: la de mantener vivo el vínculo, la de hacernos sentir que siempre pertenecemos a ese lugar.
Gran parte de esa llama encendida se sostiene, año tras año, gracias al esfuerzo y la dedicación de  Carlos Alberto Parreira, quien con enorme compromiso logra reunirnos. 
En cada encuentro aparece esa promoción que cumple 25, 30, 40, 50 años o más de egresados, y allí estamos, respondiendo a ese llamado invisible que nos devuelve a nuestras raíces.
También hay momentos que se vuelven símbolo, como la entrega de un diploma que nos recuerda cuántos años han pasado desde aquel egreso. 
Ese simple gesto despierta sonrisas, anécdotas y una emoción compartida. Porque junto a los recuerdos de la escuela aparece la vida que siguió: la familia que fue creciendo, el orgullo con el que contamos que primero llegaron los hijos… y ahora también los nietos.
Las historias se multiplican: algunos hijos que partieron en busca de su futuro en otros lugares, otros que eligieron seguir nuestros pasos, y muchos que encontraron su propio camino. Todo tiene lugar en este gran encuentro donde cada historia suma y enriquece.
En esas noches, poco importa qué cenamos o qué bebemos. Lo esencial es el abrazo. Nos saludamos con todos, no sólo con los compañeros de nuestra división. 
Porque con el paso del tiempo también fuimos construyendo lazos con otros cursos, con celadores y con profesores que dejaron huella. Se fue formando una amistad más amplia, más profunda, que trasciende generaciones.
Y entonces todo vuelve: aquellas tardes y noches en las que compartíamos una gaseosa y hablábamos de la vida, de lo que queríamos ser, de lo que soñábamos. Hoy cada uno recorre su propio camino, con su profesión, sus proyectos, sus alegrías y sus desvelos. Pero en esos encuentros, volvemos a ser, por un rato, aquellos chicos.
No siempre podemos estar todos los años, es cierto. La vida avanza, las obligaciones crecen. Pero cuando podemos, ahí estamos. Y sin proponérnoslo demasiado, seguimos demostrando algo profundo: que el Raggio fue, es y será para muchos una extensión de la familia.
Todo esto merece también un agradecimiento especial: a Carlos que año a año hace posible el encuentro, que sostiene el lazo y nos reúne para que la magia vuelva a suceder. Porque en cada abrazo, en cada risa, en cada recuerdo compartido, esa magia sigue viva.
Eso se ve en los ojos humedecidos después de un abrazo largo, en las sonrisas que mezclan nostalgia y gratitud, en las historias que se repiten pero nunca cansan. Se siente en el aire, en cada encuentro, en cada brindis. Y es, verdaderamente, algo hermoso.


 Una vez más, como tantas otras y como tantas que vendrían después, volví a subir aquella escalera. 
Era oscura, con ese olor mezcla de humedad y tiempo que parecía no irse nunca, pero para nosotros estaba llena de vida. 
Cada escalón tenía algo guardado; una risa, una discusión interminable, un mate compartido, algún silencio de esos que dicen más que cualquier palabra. 
Subirla no era simplemente llegar a un lugar, era volver a un mundo que sentíamos propio.
Abrí la puerta sin anunciarme, como quien sabe que siempre hay lugar. 
La pava ya estaba sobre el calentador redondo y eléctrico, casi en su punto justo, como si alguien hubiera calculado la hora de mi llegada. 
Y entonces, como tantas veces, sin sorpresa pero con esa calidez intacta, se escuchó el hola, pibe. 
Era Donca. Siempre, Donca. Ahí estaba, ocupando su espacio de siempre, pero en realidad ocupando algo mucho más grande: un espacio en la vida de todos nosotros. 
No hacía falta que dijera mucho; su presencia ordenaba el ambiente. 
Era el que escuchaba cuando no sabíamos explicar, el que entendía cuando ni nosotros entendíamos. 
Con él nos juntábamos alumnos, exalumnos y todos esos que ya no sabíamos bien qué éramos, pero que igual volvíamos. 
Íbamos a matear, a charlar, a dar vueltas sobre problemas que parecían imposibles hasta que, entre todos, dejaban de serlo. También a compartir tristezas, dudas, pequeñas derrotas y grandes alegrías. Donca siempre estaba.
Ese día, sin embargo, era distinto, porque había trabajo. Faltaban quince días para la carrera de regularidad y el clima ya era otro. Yo llevaba unos avisos del barrio para la revista, y apenas los apoyé nos pusimos a organizar. 
Al rato llegó el profesor Luis Ferroni, y después algunos chicos que terminaban la jornada se fueron sumando. 
Como siempre, el grupo crecía casi sin darnos cuenta, cada uno aportando algo: una idea, una mano, una opinión. 
El mate circulaba y entre charla y charla íbamos aceitando cada detalle. 
El domingo de la carrera, a las 6:32, largábamos. Mingo y yo, en el Fitito, teníamos por delante un nuevo desafío. 
Pero en realidad la carrera nunca era solo la carrera; era la excusa para colaborar, para devolverle algo al campamento y a la escuela que tanto nos habían dado.
El sábado anterior fue de esos días intensos que quedan grabados. Pasamos la tarde pintando los números en los autos, pegando los carteles de Mendicrin y de otros auspiciantes, revisando que todo estuviera en orden. 
La carne para el asado ya estaba lista, la bebida acomodada, y las mesas se armarían temprano al día siguiente. Había cansancio, pero sobre todo había entusiasmo, ese entusiasmo que nace cuando se hace algo entre todos.
El domingo llegó temprano, con ese aire fresco de las mañanas que prometen un día largo. 
La largada fue puntual. Tres, dos, uno, y salimos. Íbamos regulando el tiempo rumbo a Lima, donde terminaba la carrera. La concentración era total, atentos a los autocontroles, a los controles ocultos, al cronometraje y a cada detalle de la planilla. En medio de esa seriedad apareció Fidel, en su Fitito. Nos pasaba, lo dejábamos pasar, después lo volvíamos a pasar, y otra vez nos alcanzaba. Era una situación extraña. Le hacíamos señas para que mirara el reloj, para avisarle que algo no estaba bien, pero él respondía con una sonrisa y seguía, como si nada. Mingo se inquietaba y me decía que le avisara, que algo andaba mal. Yo trataba de hacerle entender mientras miraba la planilla, pero Fidel simplemente levantaba la mano en señal de saludo y aceleraba un poco más, como si estuviera en otra carrera, o tal vez entendiendo todo de una manera distinta.
Así llegamos a Lima. La mañana seguía fresca y había ese clima particular de cuando algo termina pero todavía no se asimila del todo. 
Entregamos las planillas y emprendimos el regreso a la escuela, que nos esperaba como siempre. Porque en realidad lo importante venía después: el asado, el truco, las charlas interminables mientras se aguardaba la entrega de premios. Era una fiesta, año tras año, una de esas cosas que no se olvidan.
Como era habitual, los primeros puestos eran para quienes se dedicaban de lleno a las carreras. Nosotros habíamos quedado bastante más atrás, en el puesto 54, más o menos en la mitad de la tabla. 
No era sorpresa, era lo esperable. Sin embargo, Fidel festejaba. Lo hacía con una alegría genuina, como si hubiera ganado. Nos mirábamos sin entender. 
Si nos había pasado, si lo habíamos pasado, nada terminaba de cerrar. En las mesas empezaron los comentarios, las discusiones, los de siempre que se enojaban y decían que si ganaba tal o cual no corrían más. 
La expectativa crecía a medida que se anunciaban los resultados.
Llegó el tercer puesto, después el segundo, y de repente alguien gritó Fidel. 
Por un instante pareció posible, pero enseguida se supo la verdad: Fidel ni siquiera estaba anotado en la competencia. La risa fue general, de esas que alivian todo, de esas que explican por qué estábamos ahí. En esa risa estaba el sentido de todo lo vivido.
Nos fuimos cuando el sol empezaba a caer, despacio, sin apuro, como queriendo estirar el día un poco más. Quedamos en lo de siempre, en volver a encontrarnos al año siguiente, en el mismo lugar, en el campo de deportes del Raggio, que para nosotros era, simplemente, casa.
Con el paso del tiempo, muchos de aquellos compañeros tomaron distintos caminos. 
Algunos siguen cerca, otros aparecen de vez en cuando en un saludo o en un recuerdo compartido. Nombrarlos a todos sería imposible, pero no hace falta, porque de alguna manera todos están presentes en estas historias. 
Y están, sobre todo, los que dejaron una marca más profunda. Donca, con su hola, pibe que todavía resuena cada vez que uno vuelve, aunque sea en la memoria. 
Y Fidel, con su sonrisa, su Fitito y su forma tan particular de vivir cada momento, recordándonos que no todo pasa por ganar, que muchas veces lo importante es simplemente estar, compartir y disfrutar.
Este fue uno de tantos domingos inolvidables en el campo de deportes del Raggio, uno más de esos días que, sin saberlo en el momento, se vuelven eternos con el tiempo. 
Un recuerdo que sigue vivo, como todos aquellos que formaron parte de esa etapa y que, de una manera u otra, siguen estando cada vez que decidimos volver a subir aquella escalera.
PD. Gracias, Fidel, Luis, Donca, gracias por tanto.


 En las Escuelas Técnicas Raggio, el aprendizaje no es un camino fácil ni inmediato: es una construcción diaria hecha de esfuerzo, dedicación y compromiso.
Como enseñaba Séneca, en sintonía con el Estoicismo, el verdadero valor de las cosas nace del sacrificio que implican. Y esa idea vive en cada rincón de esta institución.
Aquí cobra sentido una frase que resume ese espíritu: “Nunca mucho costó poco.”
En ella se refleja la esencia de las Raggio: cada logro del alumnado es fruto de horas de estudio y práctica; cada enseñanza del cuerpo docente es un acto de vocación y entrega. Docentes que guían con paciencia y firmeza, formando no solo técnicos, sino personas íntegras. Alumnos que, con esfuerzo constante, comprenden que el conocimiento profundo no se regala: se conquista. Así, las Raggio no solo educan, sino que forjan carácter, preparando generaciones que sabrán valorar lo que han construido con sus propias manos.
Porque aquello que exige esfuerzo perdura, y lo que se gana con dedicación, se honra para siempre.
 En la primavera de 1962, cuando un grupo de alumnos y docentes de la especialidad de Cincelado y Grabado decidió salir de las aulas para tender sus primeras carpas en la localidad bonaerense de Chascomús, estaba naciendo algo mucho más grande que un simple campamento. 
Aquella experiencia inicial, sencilla y profundamente humana, dio origen al Campamento de Cincelado y Grabado (CACyG), la primera semilla de una historia que con el tiempo se volvería inolvidable.
El entusiasmo que dejó esa vivencia fue tan intenso que al año siguiente los encontró nuevamente unidos, con más ganas, más sueños y un horizonte que empezaba a ampliarse. 
Lo que había comenzado como una iniciativa de una sola especialidad empezó a convocar a otros alumnos: de Construcciones, de Electrotecnia y de tantas áreas más, todos atraídos por ese espíritu de camaradería y aventura.
Así, el 19 de septiembre de 1963, ese impulso colectivo tomó una nueva dimensión con la fundación del Campamento Interprovincial Escuelas Raggio (CINTER), oficialmente reconocido pocos días después, el 23 de septiembre. 
Ya no era solo un grupo: era una comunidad en marcha.
Desde entonces, el objetivo fue tan claro como noble: que sus integrantes, en un marco de amistad, organización y esfuerzo compartido, conocieran el país, su gente, sus costumbres y sus tradiciones. Y así lo hicieron. 
Con carpas confeccionadas a mano por madres generosas, que no solo cosían telas sino también sueños; con fogones encendidos en el recordado espacio de “La Cachila”, donde semana por medio se reunían entre cantos, risas y guitarras; con ese aire de pertenencia que transformaba cada encuentro en algo único.
Cada enero era una partida. Nuevos contingentes emprendían viaje hacia destinos que, más que puntos en el mapa, eran experiencias de vida. El CINTER recorrió todas las provincias argentinas, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos perdidos entre montañas, dejando huellas y llevándose historias.
Hubo hitos que marcaron esa trayectoria: ser uno de los primeros grupos organizados en llevar a cabo actividades de campamento en el Campo de Ischigualasto, el imponente Valle de la Luna; emprender un raid inolvidable de 16.000 kilómetros por la Patagonia, hasta los límites de los hielos continentales, a bordo de tres fieles Citröen; o acercar una colección de libros a una escuela rural en la sierra jujeña, cerca de Punta Corral, donde el gesto fue mucho más que material: fue presencia, fue compromiso.
En 1975, la historia sumó una nueva dimensión con la creación de la rama femenina. Al principio con actividades propias, luego integrándose en un mismo camino, enriqueciendo aún más esa experiencia colectiva.
Y entre tantos recuerdos, hay símbolos que perduran, como aquel cerro jujeño en Purmamarca que fue bautizado Cerro Madero, en homenaje a Eduardo Madero. Un gesto simple y profundo, como todo lo que nace del afecto.
Las peñas folclóricas y los festivales artísticos, iniciados en 1964 y sostenidos ininterrumpidamente durante décadas, fueron otra expresión viva del espíritu del CINTER. Allí, entre danzas, canciones y aplausos, se consolidaba algo que iba más allá de cualquier actividad: una identidad compartida.
Pero si hay algo que verdaderamente define al CACyG primero y al CINTER después, no son solo sus logros ni sus recorridos, sino las personas que le dieron vida.
Profesores como Rossi y, de manera entrañable, Carlos Enrique Gaviola uno de sus creadores y guía incansable hasta fines de la década del noventa entendieron que enseñar también era acompañar, compartir, confiar. Dejaron una huella que trasciende el tiempo.
Y en ese entramado de vivencias aparecen los recuerdos más íntimos, los que no figuran en ninguna crónica oficial pero viven intactos en la memoria: los sábados de fogón o de quedada, donde la rutina desaparecía; aquel famoso cuartito allá arriba, al final de la vieja escalera en la cumbrera de la escuela, testigo de charlas interminables, de confidencias, de risas que aún hoy parecen resonar.
Porque hay amistades que nacen en esos espacios entre mochilas, caminos y noches compartidas que se vuelven para siempre. Lazos profundos, sinceros, imposibles de describir del todo con palabras.
Por eso, este relato no es solo historia. Es emoción. Es gratitud. Es memoria viva.
Vaya entonces, en estas líneas, un caluroso saludo a Luis Rossi, compañero de tantos momentos compartidos. Y un recuerdo permanente para el profesor Gaviola, no solo por lo vivido en el campamento, sino por todo lo que significó dentro de la escuela y en la vida de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.
El CACyG encendió la chispa. El CINTER la convirtió en camino.
Y ese camino, recorrido con esfuerzo, amistad y sueños, sigue vivo en cada recuerdo.




lunes, 16 de marzo de 2026

 Se viene la tormenta…
No esa llovizna fina
que se hace la sentimental
en los balcones de la gente decente.
No…
Ésta viene con bronca,
con barro en los zapatos del cielo
y con ganas de lavar
las mentiras de esta ciudad.
Pero mirá qué cosa rara, hermano…
mientras la tormenta sacude los techos
y el viento se pelea con las persianas,
la lluvia caprichosa
decidió caer despacito
en un solo balcón.
En ese balcón.
El mismo donde una noche
juraste que la vida
iba a ser menos turra de lo que fue.
El mismo donde yo, pobre otario,
me creí Gardel
porque tu risa me hacía sentir eterno,
como si el mundo no fuera
este cambalache sin arreglo.
Y ahí está…
la lluvia cayendo sola,
como si el cielo supiera
que en ese pedazo de hierro oxidado
quedaron colgadas
las notas del último tango.
Un tango que gritamos
entre broncas,
entre sueños mal cosidos,
entre promesas que el tiempo
mandó al tacho sin pedir permiso.
La ciudad ruge abajo…
tranvías de recuerdos,
faroles cansados,
veredas viejas de Buenos Aires
que saben demasiado
de amores torcidos
y de tipos que se quedaron
hablando solos con la noche.
Pero la lluvia sigue ahí…
terca…
golpeando ese balcón
como si quisiera despertarnos
de esta comedia triste.
Porque, sabés
A veces el cielo se pone filósofo
y se le da por limpiar
la mugre del alma.
Y entonces milagro de arrabal
cuando la tormenta se canse
de repartir relámpagos
y el viento se quede sin insultos,
va a nacer un sol medio tímido
entre las nubes.
Y ahí…
capaz que tu sonrisa
vuelva a cruzar la calle del recuerdo
y se me siente otra vez en los brazos.
o para salvar el mundo…
Pero sí para probar
que todavía se puede
bailar un tango
aunque la vida haga trampa.
Será el último tema
del primer sábado de otoño.
Lo bailaremos despacio…
como dos sobrevivientes
que aprendieron tarde
que el día y la noche
no se pelean tanto
cuando el corazón afloja.
Y la lluvia esa lluvia testaruda
seguirá cayendo
en aquel balcón.
Como si el cielo,
entre tanta tormenta,
también tuviera
su pedacito de nostalgia.


 Cuando la noche cae despacio
y el mundo se vuelve silencio,
pienso en vos…
como quien busca una estrella
para no perderse en la oscuridad.
Porque aunque el cielo apague el sol,
hay una luz que no se rinde,
la que vive en tu sonrisa,
la que respira en tu voz
cuando pronuncias palabras suaves
que acarician el alma.
En esta noche tranquila
tu recuerdo camina por mi pecho
como un perfume tibio,
dulce, acaramelado,
que despierta los latidos
y vuelve más profundo el amor.
Y mientras la luna vigila el cielo
y las horas se vuelven susurro,
cierro los ojos
y te nombro en silencio.
Porque aun cuando el mundo duerme,
vos seguís iluminando mi vida
como un sol secreto
que no se esconde nunca.
Buenas noches, amor…
que los sueños te abracen suave
y que en algún rincón de tu descanso
mi corazón también te encuentre.


 Buenos Aires acompaña las penas
de bar en bar, de café en café.
En cada mesa vive una historia,
en cada esquina alguien recuerda
lo que el corazón no pudo olvidar.
Los amigos, eternos consejeros,
con un vaso de vino y paciencia
escuchan silencios que pesan más que palabras.
El bodegón guarda secretos,
la mesa del rincón conoce lágrimas
y la que está pegada a la ventana
ve pasar la vida como un tango lento.
Antes, la ciudad no dormía.
Las luces seguían despiertas
como si entendieran que algunos
no podían cerrar los ojos.
Hoy Buenos Aires se acuesta temprano,
por prudencia, por miedo,
y los bares descansan sus sillas vacías.
Solo las estaciones de servicio
tienen el café siempre listo,
como la luna que nos acompaña
cuando la noche se vuelve demasiado larga.
Y las lágrimas que caen
no llegan nunca al suelo:
antes de tocar el piso
se transforman en poesía,
en palabras que inevitablemente
terminan buscándola a ella.
Porque por suerte existe.
Y porque en algún rincón de Buenos Aires,
entre un farol cansado y una vereda mojada,
aparece su risa de repente,
me roba una sonrisa
y entonces comprendo
que la tristeza también sirve para algo:
para reconocer la felicidad
cuando finalmente llega.



domingo, 15 de marzo de 2026

 Se va la magia.
Se va el domingo,
ese día extraño y luminoso
en el que el tiempo parece caminar descalzo
y los relojes, cansados de apurar la vida,
deciden detenerse un rato.
El domingo no corre, respira.
Amanece despacio,
como si la luz tuviera sueño todavía.
La mañana entra por la ventana
con olor a café recién hecho,
a pan tibio, a calles silenciosas
que aún no recuerdan el ruido de la semana.
Las horas se estiran como gatos al sol.
Uno puede levantarse tarde
o quedarse un poco más
escuchando el murmullo del mundo
que despierta sin prisa;
un perro que ladra a lo lejos,
una radio encendida en alguna cocina,
el viento moviendo las hojas
como si leyera un libro invisible.
En domingo todo es posible.
Puede salir el sol de repente
y llenar de oro las veredas,
o puede llover despacio,
de esa lluvia mansa
que invita a quedarse adentro
viendo cómo las gotas
dibujan caminos en el vidrio.
Puede ser día de caminar sin rumbo,
de recorrer calles largas
como si el tiempo fuera infinito,
mirando balcones, árboles,
la sombra que cae tranquila
sobre las paredes antiguas.
O tal vez quedarse en casa,
dejando que las horas pasen
entre una película,
una serie interminable,
un libro abierto en cualquier página
o la simple compañía del silencio.
El domingo tiene sus propios rituales:
la mesa que se arma sin apuro,
el almuerzo que puede empezar tarde
y terminar aún más tarde,
las conversaciones que se alargan
como caminos que no quieren llegar.
El aroma de la comida
mezclándose con la risa,
con la música que alguien pone bajito,
con la tarde que entra dorada
por la puerta entreabierta.
Después llega esa hora suave
en la que el sol empieza a inclinarse
y el mundo parece más lento todavía.
Es la hora de las caminatas largas,
de los parques con hojas moviéndose despacio,
de las plazas donde los niños
aún corren detrás de una pelota
mientras el cielo se vuelve más profundo.
El viento trae recuerdos,
la sombra se alarga sobre las veredas,
y uno aprende sin darse cuenta
a mirar mejor las cosas simples,
la luz entre los árboles,
el perfume de la tierra,
la calma que casi nunca tenemos.
Y en medio de esa quietud
también estás vos.
En algún lugar del mundo,
quizás caminando otra calle,
mirando otro cielo,
escuchando otra música
en otra tarde de domingo.
Antes te buscaba
entre las multitudes,
entre las historias posibles,
entre los días que pasaban rápido.
Pero ya no.
Porque de algún modo
te encontré.
Tal vez en una mirada,
tal vez en un recuerdo,
tal vez en esa forma extraña
en que los domingos
siempre terminan llevándome a vos.
Cuando cae la tarde
y el cielo empieza a despedirse del sol,
cuando las luces se encienden despacio
en las casas y en las calles,
cuando el mundo vuelve lentamente
a prepararse para la semana,
yo sé que en algún lugar existís.
Y aunque el domingo se vaya
como se va la música
después de una canción hermosa,
queda algo.
Una calma, una memoria,
una certeza suave.
Porque los domingos tienen ese secreto:
nos recuerdan
que el tiempo también puede ser bello,
que la vida no siempre tiene que correr,
y que hay personas
que habitan silenciosamente nuestros días.
Por eso,
cuando el domingo se va
y la noche comienza a cerrar sus puertas,
yo todavía sé más de vos.
 La noche se esconde en la esquina cansada,
y el barrio bosteza su sombra final;
un fuelle suspira detrás del mostrador
y el piano se anima de a poco a llorar.
Sola en la penumbra, callada y serena,
una mujer toca mirando al río;
desnuda de miedos, de noche y de pena,
le roba a la aurora su primer suspiro.
El tango se arrima despacio a la mesa
como si aún lo cantara Edmundo Rivero,
con esa voz honda que al barrio regresa
cuando el recuerdo se pone a doler.
Y suenan en ecos del viejo arrabal
las sombras de Osvaldo Pugliese
y el fuelle sagrado de Aníbal Troilo,
mientras la esquina parece escuchar
la voz desvelada de Roberto Goyeneche.
En un hilo de luz se levanta el cantar
de Susana Rinaldi en la memoria,
y raspa la noche, con filo de bar,
la garganta ronca de Adriana Varela.
Pero el piano insiste bajo sus manos,
y el amor respira sobre el teclado;
nota tras nota, despacio y temprano,
va naciendo el día sobre el empedrado.
Y cuando el sol pinta de oro la esquina
y el río despierta la ciudad entera,
Buenos Aires cambia su vieja rutina…
pero el tango queda
raspando en la madera.


 El tango es un café y una medida,
así de simple.
Antes le agregaba un pucho
que dibujaba espirales en el aire,
pero hoy alcanza
con el humo tibio del recuerdo
y tu compañía.
Una mesa gastada contra el vidrio,
la calle mojada
reflejando faroles cansados,
y un dos por cuatro silbado bajito
que se escapa entre los dientes
como si la noche misma
lo estuviera tarareando.
Un violín llora en algún rincón,
quizás de una radio vieja,
quizás de un bandoneón que no se ve,
y todo se mezcla despacio
con un riff de Pappo
que raspa la madrugada
como una navaja de arrabal.
Eso es Buenos Aires.
Un sábado a la noche,
o la noche de un día cualquiera,
porque acá las noches
siempre tienen algo de tango
aunque nadie las baile.
La  medida y los cubos de hielo
tintinean como campanitas cansadas.
El café humea lento,
como pensando en voz baja.
Y vos,
del otro lado de la mesa,
con esa manera tuya de mirar
como si supieras
que la ciudad se cae a pedazos
pero igual se levanta cada madrugada.
Entonces el bar se vuelve puerto,
la calle se vuelve río,
y la noche un tango más.
Y yo me dejo llevar
como se deja llevar el bandoneón
cuando suspira.
Porque al final el tango es eso:
un café, una medida,
dos cubos de hielo
golpeando el vidrio del vaso,
un dos por cuatro perdido en el aire y vos
acunando una noche más.
Como cada tango, 
como cada noche en Buenos Aires.


 El sol se esconde despacio
detrás del ancho Río de la Plata,
y la tarde se vuelve un suspiro largo
sobre la costa de Vicente López.
Queda flotando en el aire
ese olor salado del río,
mezcla de brisa, de noche naciendo
y de promesas que nadie dice en voz alta.
Caminamos despacio,
como si el tiempo tuviera miedo
de romper el silencio.
La luna empieza a levantarse
sobre el agua inmensa,
y su reflejo se dibuja en el río
como un tango que todavía no se anima
a empezar.
La brisa nos rodea suave,
trae el murmullo del agua
y ese perfume extraño del río
que no siempre es confiable
pero siempre es verdadero.
Y ahí estás vos.
Sentada a mi lado
mientras saboreamos la cena
como si fuera parte del paisaje:
la noche,
la brisa del río,
las luces lejanas
dibujando el horizonte.
No hace falta decir demasiado.
El río habla por nosotros
con su voz profunda
golpeando despacio contra la orilla.
Entonces caminamos.
La luna nos acompaña
dibujando caminos de plata sobre el agua,
y cada paso por la costanera
tiene ese algo tuyo
que cambia el color de las cosas.
Las luces de la ciudad
quedan atrás, suaves,
como si Buenos Aires respirara lento
para no interrumpir este momento.
El río sigue ahí,
inmenso, oscuro, paciente.
A veces parece abrazarnos
con su rumor constante,
como si conociera todos los secretos
de los que caminan junto a él de noche.
Y en medio de esa noche
entre la brisa, la luna y el agua
entiendo algo simple
que hay momentos
que son la forma más pura de la vida.
Caminar despacio por la costa,
escuchar el río,
sentir la noche abrirse sobre el mundo…
y saber
que con vos al lado
todo se vuelve tango.


viernes, 13 de marzo de 2026

 Los Picapiedras, un clásico inolvidable de Saavedra.
En la esquina de Manzanares y la entonces Avenida del Tejar, hoy Avenida Ricardo Balbín, supo latir uno de esos lugares que hacen barrio: la pizzería Los Picapiedras. 
No hay fotos que la documenten, pero vive intacta en la memoria de quienes cruzaron su puerta.
En el corazón de Saavedra, cuando el barrio tenía cines, noches largas y casi no dormía, el salón era punto de encuentro obligado. En verano, las mesas ocupaban la vereda; adentro, el murmullo constante, las familias y las sobremesas eternas componían una escena que parecía no terminar nunca.
La pizza era protagonista. La de choclo tenía fieles devotos. Pero la de cebolla era una obra maestra: giraba dentro del horno mientras la cebolla se tostaba lentamente, alcanzando ese dorado perfecto, apenas caramelizado, que todavía hoy parece imposible de repetir.
La geografía del lugar tenía sus secretos. 
La entrada estaba sobre la avenida y en la ochava; la cocina, sobre Manzanares. 
Más de una vez alguien se metía a charlar con el pizzero entre harina y vapor. 
Los escalones no llevaban al salón: se bajaban solamente para ir al baño, como si ese pequeño descenso fuera parte del ritual de cada noche.
Desde la caja, Rodolfo observaba todo. 
Cuando había mucha gente esperando mesa, pedía con amabilidad que diéramos una vuelta y regresáramos más tarde. Y siempre volvíamos. 
Los mozos, Riguete, Sánchez y Daniel, tenían su carácter, poca paciencia a veces, sobre todo cuando nos quedábamos horas consumiendo lo mínimo. Pero eran parte del alma del lugar.
Y cada noche tenía sus figuras infaltables. 
Era casi seguro ver a Gimenes pasar a tomar su whisky con café y una jarra de agua helada con hielo, siempre en la misma mesa, siempre con el mismo gesto tranquilo. 
O cruzarse con Chona Galvani y sentarse un rato a hablar del barrio, de la familia, de las cosas simples de la vida. 
Porque Saavedra tenía eso: nos conocíamos todos. Nos saludábamos. Sabíamos quién era el hijo de quién. Había tiempo para la charla y para el encuentro.
Eso fue lo que el barrio supo tener y lo que hoy, de algún modo, se fue apagando. Los candados y las rejas nos alejaron de ese ritual cotidiano de vernos las caras sin miedo, de sentarnos a conversar sin mirar el reloj.
Hoy el local cambió de rubro y nada queda físicamente de aquella pizzería. 
Pero Los Picapiedras fue y seguirá siendo un símbolo de ese Saavedra que supo tener noches vivas y puertas abiertas. Recordarlo no es solo nostalgia. es mantener encendida la memoria de un barrio que se construía, sobre todo, en la mesa compartida y en la conversación.
PD: Hoy es una parrilla, pero es la imagen más cercana que encontré de la esquina que estoy mencionando.




 Nos sentamos en el banco de la vereda, sobre la  traza de Avenida San Isidro, en Saavedra. La noche caía despacio y el aire tenía ese perfume tibio a barrio que mezcla tilos, tránsito y azúcar tostada. Frente a nosotros, iluminado como si siempre fuera sábado a la noche, estaba el local de Chungo.
¿Sabías que todo empezó acá mismo, en septiembre de 1973? te dije, mientras mirábamos por la vidriera empañada.
Te conté que un joven de 29 años, Jorge Davalli, trabajaba en una empresa durante la semana y en esta misma heladería los fines de semana. 
Un día decidió comprar el fondo de comercio. 
Primero vendió su auto, pidió ayuda a su familia y se quedó con el local de la esquina de San Isidro y Arias. Que no sabía hacer helado, pero aprendió. Que dormía sobre bolsas de azúcar para no perder tiempo entre tanda y tanda.
Vos me mirabas como si te estuviera narrando una leyenda urbana, una de esas historias mínimas que hacen grande a una ciudad.
Te hablé de los detalles que lo volvieron distinto: el folleto explicando qué era el helado artesanal, los baberos descartables para los chicos, el mostrador de acero inoxidable cuando nadie pensaba en eso, la primera línea 0800 del rubro. 
Te señalé la esquina y te dije que antes las colas daban vuelta la manzana. 
Que venía gente de Belgrano, de Devoto, de San Isidro. Que una hora de espera era parte del ritual.
Pedimos un cuarto de kilo. de dulce de leche  que es el rey de la casa, que tiene siete versiones, que representa más del 25% de lo que producen. 
Que desde esta misma fábrica en Saavedra salen cientos de miles de kilos por año.
Probaste una cucharada y cerraste los ojos.
—Ahora entiendo —dijiste.
Pero yo seguí, porque la historia no era solo de helado. 
Era de hijos creciendo entre freezers, de un cartel que decía esta es la única sucursal, de un padre que no quería expandirse y de un hijo Ariel que lo convenció. 
De la fábrica propia en los noventa. De sumar café y pastelería para sobrevivir al invierno. De reinventarse en pandemia con locales más chicos, más ágiles.
La noche ya estaba encima nuestro y la esquina parecía suspendida en el tiempo. 
Un colectivo pasó lento. Un chico salió con un cucurucho más grande que su mano. Vos apoyaste la cabeza en mi hombro.
¿Y todo eso lo sabés por haber venido siempre? —me preguntaste.
—No exactamente.
Te conté que la verdadera historia, la que tiene detalles que no salen en ninguna nota ni en ninguna web, la conoce mejor mi amigo Alberto. 
Alberto vivía en la esquina de Ramallo y Cabildo, a unas cuadras de acá. Êl vio todo: los primeros inviernos difíciles, las noches largas de producción, Él sí te lo contaría con fechas, con nombres, con anécdotas -reales vividas por él y su primer despachante de helado  Yo solo te cuento la versión que con el tiempo fui escuchando que seguro no es tan real como la que sabe Alberto.
Nos quedamos en silencio un rato, compartiendo el último bocado. Las luces del local se reflejaban en el asfalto y pensé que algunas historias no se cuentan para informar, sino para quedarse un poco más en un lugar.
Al final murmuré: "Cuesta lo mismo hacerlo bien que mal.
Y en esa esquina de San Isidro, con gusto a dulce de leche y noche de barrio, la frase no sonó a lema empresarial, sino a realidad y parte de la historia de Saavedra ,un barrio con muchas anécdotas que algunos conocen y otros desconocen por completo, pero yo trato de buscar, de investigar y preguntar por qué este barrio tiene ese qué sé yo, viste.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...