El sol se posó en tus labios,
y fue verano de golpe,
como si el río en bajante
nos contara una historia antigua
que sólo nosotros supimos escuchar.
Sentí el calor de tu boca en la mía,
y no fue magia, no . . .
apoyado en un jazz lento e inolvidable,
de esos que no se bailan,
se respiran.
Esa música la oímos solos,
entre la lluvia que caía donde nadie mira el sol,
y los gritos lejanos de quienes no conocen el diálogo,
ni el silencio que también dice.
Ahí, en ese borde difuso,
nació una poesía
que todavía no terminamos de escribir.
A veces nos acercamos,
como quien vuelve a una esquina conocida,
y la pasión —caprichosa—
nos desorienta,
nos empuja a buscar otro camino
sin querer dejar el anterior.
Somos eso:
un tango que duda,
una melodía que se rompe y se rehace,
dos cuerpos que insisten
en encontrarse en la misma nota.
Y aunque nunca la terminemos,
esa poesía nos nombra,
nos espera,
y nos sigue escribiendo.

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