Donde el viento despliega toda su inmensidad
y las hojas de los álamos comienzan a deslizarse,
es justo allí, en ese instante detenido,
y tus ojos se iluminan con el regreso al hogar.
Dejamos atrás la orilla del río,
encendemos los leños uno a uno,
y el fuego, paciente, aprende nuestros nombres
mientras el mundo queda afuera,
tan lejano como un sueño olvidado.
Entonces somos uno,
sin relojes, sin distancias,
solo el crepitar de la madera
y el viejo tocadiscos girando a 33 revoluciones,
dejando escapar nuestra canción,
esa de siempre,
la que aprendió a vivir en nuestros abrazos.
Tus labios encuentran los míos
como si nunca hubieran conocido otro destino,
y cada beso despierta en mi pecho
el mismo temblor de la primera vez.
Tu cuerpo florece junto al mío,
y el latido de tu amor
se confunde con el de mi corazón,
porque basta mirarte
para comprender que la felicidad
tiene el sonido del río,
el aroma de la leña encendida
y el milagro de volver a encontrarnos.
Mientras la noche se queda velando la ventana,
agradezco en silencio al viento,
a los álamos, al río y al destino,
por regalarme este refugio
donde tu amor y el mío
son el único universo que necesito.

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