Esas manos que enlazan,
que enhebran y reúnen lo disperso,
como si supieran el secreto
de todo lo que se rompe.
Esas manos que abrazan y contienen,
que no preguntan,
cuando el mundo se vuelve incierto.
Esas que siembran en silencio
y cosechan con paciencia,
que conocen los tiempos
de la tierra y del alma.
Esas manos que indican el camino,
que protegen sin imponer,
que guían apenas,
como quien confía.
Esas manos, sin duda,
son las tuyas.
Y en ellas descansa
algo más que un gesto,
una forma de estar en el mundo,
una manera de cuidar,
una certeza suave
de que todo, incluso lo frágil,
puede sostenerse.

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