domingo, 2 de agosto de 2026

Entre Mates.

 El río se descontrola suavemente sobre la orilla,
como si quisiera entrar despacio en la tarde
para quedarse a vivir entre los juncos.
El muelle cruje bajo el peso de la humedad
y tus pies descalzos hacen sonar la madera
con esa música pequeña
que sólo conocen las islas al anochecer.
Un mate más.
Las hojas caen lentas sobre la escalera,
girando en el aire
como cartas escritas por el otoño.
El bote vuelve a amarrarse con el leve zumbido del agua,
golpeando apenas los pilotes cansados,
mientras el río respira profundo
debajo de la noche que empieza a crecer.
Allá lejos, una lancha colectiva se acerca lentamente.
La última del día.
Trae luces amarillas, voces apagadas,
algún saludo perdido entre la bruma
y el cansancio de los isleños que regresan.
En tus labios la sonrisa endulza la tarde
como azúcar morena derritiéndose en el mate caliente.
Y entonces todo parece sencillo:
la ropa colgada en el alambre,
el perfume húmedo de la madera,
las ramas inclinándose sobre el arroyo,
el humo tímido escapando de alguna chimenea vecina.
Un mate más.
La línea se recoge vacía, sin carnada,
porque a veces el río decide guardar sus secretos
y ninguna paciencia alcanza para convencerlo.
Pero poco importa.
Hay tardes en las que pescar
es apenas una excusa para quedarse mirando el agua
mientras el tiempo afloja lentamente sus nudos.
La brisa comienza a molestar.
Se mete por las mangas, desordena el pelo,
apaga las palabras.
Y el cielo,
que hace un rato era de cobre encendido,
empieza a ponerse gris oscuro,
como un viejo sobretodo colgado detrás de la puerta.
Un mate más.
El sol se esconde detrás de los sauces,
dejando apenas un reflejo cansado
sobre el río que se mueve lento, espeso,
como un animal antiguo buscando dónde dormir.
Entonces decidimos entrar.
La casa de madera nos recibe
con olor a humedad noble,
a leña guardada, a invierno viejo.
Encendemos la salamandra
y el fuego comienza a crecer despacio,
iluminando tus piernas,
las tazas, las paredes,
las fotos desteñidas por el tiempo.
Afuera el Delta sigue respirando.
Las lanchas dejan de pasar.
Los perros ladran lejos, muy lejos, en otra isla.
El agua golpea apenas el borde del muelle
y las ramas raspan el techo
como dedos suaves queriendo entrar.
Un mate más.
Y se va lentamente el día.
La noche cae sobre el río
igual que una manta oscura y silenciosa.
Tus ojos reflejan el fuego de la salamandra
mientras acomodás las piernas sobre la silla
y yo entiendo, sin decir nada,
que existen amores hechos de ciudades,
de vértigo y de ruido,
pero también existen otros.
amores construidos con mates compartidos,
con el crujir de un muelle mojado,
con hojas cayendo sobre la escalera,
con la última colectiva cruzando el arroyo
y con el simple milagro
de quedarse juntos
mientras el día se apaga lentamente sobre el Delta.

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