Un beso robado,
un escote que desafía la prudencia,
una caricia llegando justo cuando el alma
olvidaba cómo latir.
Una noche en la rambla,
un paseo sin destino,
la calle Corrientes desbordando luces
entre pizzerías antiguas
y una mesa donde dos empanadas
sabían a promesa.
Una sonrisa.
Un instante de silencio compartido
al costado del viejo farol,
porque hay conversaciones
que solo pueden decirse callando.
Después, la ducha,
lavando el día,
dejando que el agua terminara
las frases que nuestros labios
ya no necesitaban pronunciar.
Un mate amargo,
como debe ser la vida
cuando también sabe regalar dulzura.
Dos cubos de hielo,
la medida justa cayendo del gotero,
y un café filtrado hasta el final,
como quien no quiere perder
ni la última gota de un recuerdo.
Una pelota de trapo,
una ruta interminable,
el Paraná respirando despacio
mientras el viento aprendía nuestros nombres.
Unos kilos de más,
o unos de menos...
Qué importancia tienen esas cuentas
cuando debajo del acolchado
se está construyendo un refugio.
Los arquitectos están de acuerdo.
La obra avanza.
Cada abrazo levanta una pared,
cada beso sostiene una viga,
cada mirada abre una ventana
por donde entra el futuro.
Lo demás
son palabras viejas,
ecos de recuerdos gastados
que el viento decidió llevarse.
Porque al final, amor,
no somos las calles que caminamos,
ni los cafés, ni las noches, ni las estaciones.
Somos esa casa invisible
que construimos de a dos,
donde cada regreso
siempre tiene el mismo destino:
tu abrazo,
el mío,
y la certeza de que el amor,
cuando encuentra a sus arquitectos,
jamás deja la obra inconclusa.
un escote que desafía la prudencia,
una caricia llegando justo cuando el alma
olvidaba cómo latir.
Una noche en la rambla,
un paseo sin destino,
la calle Corrientes desbordando luces
entre pizzerías antiguas
y una mesa donde dos empanadas
sabían a promesa.
Una sonrisa.
Un instante de silencio compartido
al costado del viejo farol,
porque hay conversaciones
que solo pueden decirse callando.
Después, la ducha,
lavando el día,
dejando que el agua terminara
las frases que nuestros labios
ya no necesitaban pronunciar.
Un mate amargo,
como debe ser la vida
cuando también sabe regalar dulzura.
Dos cubos de hielo,
la medida justa cayendo del gotero,
y un café filtrado hasta el final,
como quien no quiere perder
ni la última gota de un recuerdo.
Una pelota de trapo,
una ruta interminable,
el Paraná respirando despacio
mientras el viento aprendía nuestros nombres.
Unos kilos de más,
o unos de menos...
Qué importancia tienen esas cuentas
cuando debajo del acolchado
se está construyendo un refugio.
Los arquitectos están de acuerdo.
La obra avanza.
Cada abrazo levanta una pared,
cada beso sostiene una viga,
cada mirada abre una ventana
por donde entra el futuro.
Lo demás
son palabras viejas,
ecos de recuerdos gastados
que el viento decidió llevarse.
Porque al final, amor,
no somos las calles que caminamos,
ni los cafés, ni las noches, ni las estaciones.
Somos esa casa invisible
que construimos de a dos,
donde cada regreso
siempre tiene el mismo destino:
tu abrazo,
el mío,
y la certeza de que el amor,
cuando encuentra a sus arquitectos,
jamás deja la obra inconclusa.

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