sábado, 1 de agosto de 2026

La Escuela, Bar.

 Todavía quedan rincones donde Buenos Aires se reconoce en el espejo de su propia memoria; lugares que no necesitan vidrieras brillantes ni nombres extranjeros porque les alcanza con el perfume del café recién molido, con una medialuna verdadera, con el rumor de una charla que empieza a la mañana y, si nadie la interrumpe, puede seguir hasta que la tarde se entregue mansamente a la noche.
Uno de esos lugares vive en mi barrio.
Cada tanto entro buscando un café y termino encontrando mucho más que eso. 
Llego con la idea de escribir un poema y, como ocurre siempre en los cafés de verdad, descubro que primero hay que dejar que hablen las mesas, que murmuren las paredes, que el barrio acomode los recuerdos sobre el piso antes de que la lapicera se anime a decir una sola palabra.
Porque los versos, igual que los tangos, no nacen del apuro.
Nacen del silencio compartido, del tintinear de una cucharita contra la porcelana, del diario abierto sobre una mesa, del vecino que entra saludando a todos por el nombre y del humo invisible de las historias que nunca abandonaron ese salón.
Y detrás de todo eso está Kike.
Siempre está Kike.
Abriendo la persiana como quien abre la puerta de su propia casa, esperando que los primeros parroquianos ocupen las mesas de siempre, acomodando las sillas con ese gesto aprendido durante toda una vida, saludando con una sonrisa que no se ensaya porque pertenece a esa raza de bolicheros porteños que parece estar desapareciendo.
Él no pregunta solamente qué va a tomar cada uno.
Pregunta cómo anda la vida, cómo siguió aquel problema.
Cómo salió el nieto en la escuela.
Y mientras la máquina resopla preparando otro café, va repartiendo palabras cordiales con la misma naturalidad con la que sirve un cortado o alcanza un vaso de soda.
No hay clientes para Kike.
Hay vecinos, hay amigos.
Hay historias que vuelven todos los días a sentarse en la misma mesa.
Más de una vez entré con la cabeza llena de ideas desordenadas y bastó escucharlo decir un sencillo "¿Cómo andás?
 Sentate tranquilo... para sentir que el barrio todavía conservaba un lugar donde uno podía descansar un rato del mundo.
Ese saludo vale más que cualquier decoración elegante.
Porque los bares no los hacen las paredes.
Los hacen las personas, las manos que sostienen el pocillo, las miradas que reconocen.
Las conversaciones que nadie programa y, sin embargo, aparecen todas las mañanas como si también ellas fueran parte del mobiliario.
En un rincón alguien discute de política con la pasión de quien todavía cree que las palabras pueden cambiar algo; en otra mesa dos viejos reconstruyen un gol imposible de Platense como si hubiera ocurrido apenas ayer; un muchacho abre un libro mientras una pareja comparte un café con leche y una sola medialuna, y en la radio se escapa un tango que parece haber encontrado allí su última casa.
Entonces uno comprende que el barrio todavía respira.
Que todavía existen lugares donde el tiempo no se mide por la velocidad sino por la calidad de la conversación.
Ahí el reloj pierde importancia.
Nadie apura un café, nadie obliga a levantarse.
Las horas se acomodan al ritmo de las charlas y las amistades.
Quizás por eso me gusta ir, no siempre escribo.
Muchas veces simplemente miro, escucho, espero.
Porque aprendí que los mejores poemas no se inventan; se dejan encontrar, igual que un viejo tango que uno creía olvidado y de pronto vuelve a sonar desde el fondo de la memoria.
En estas mesas seguramente nacieron declaraciones de amor, reconciliaciones, proyectos, despedidas, promesas imposibles y sueños que todavía siguen esperando su oportunidad.
Cada marca guarda una historia, cada silla conoce ausencias.
Cada rincón conserva la risa de alguien que ya no está y que, sin embargo, continúa acompañando las sobremesas.
También está Platense.
No como un simple cuadro colgado en la pared, sino como un modo de entender la vida.
Porque ser calamar es aprender a resistir.
Es saber que la fidelidad vale más que las modas, es llevar con orgullo esos colores marrón y blanco que durante generaciones hicieron del barrio una enorme familia.
Entre un café y otro siempre aparece alguna discusión sobre el último partido, alguna cargada futbolera o el recuerdo de aquellas tardes inolvidables cuando el barrio entero caminaba hacia la cancha con la misma ilusión.
Y Kike sonríe, escucha, opina, se ríe.
Porque sabe que un café sin fútbol sería como Buenos Aires sin bandoneón.
Los años pasaron, muchos bares bajaron para siempre sus persianas.
Llegaron las cadenas, las franquicias, las luces iguales en todas las esquinas y los locales donde nadie conoce el nombre del que entra.
Pero este rincón sigue de pie.
Resiste, no por capricho.
Resiste porque todavía hay hombres como Kike que entienden que un boliche de barrio nunca fue solamente un comercio.
Es un refugio, es una esquina donde las tristezas pesan menos.
Es una casa prestada para el que necesita hablar o simplemente quedarse un rato en silencio.
Mientras exista un hombre capaz de abrir cada mañana esa persiana con la misma esperanza con que la abrió el primer día; mientras haya un café servido con cariño y una palabra cordial esperando al que cruza la puerta; mientras el tango encuentre un lugar donde seguir respirando y Platense continúe siendo tema de conversación entre amigos, Buenos Aires no habrá perdido del todo su alma.
Yo seguiré regresando, a veces con un cuaderno, a veces con una lapicera.
A veces solamente con ganas de pensar.
Porque ya entendí que no siempre voy al bar para escribir un poema.
Muchas veces voy simplemente para recordar que todavía existen personas como Kike, cafés como éste y barrios donde la amistad sigue sirviéndose caliente, en un pocillo blanco, junto a una medialuna y a un sentate tranquilo, hay tiempo...
Y mientras esa escena continúe repitiéndose cada mañana, habrá esperanza.
Porque los verdaderos cafés nunca cierran del todo.
Siguen abiertos en la memoria de quienes encontraron allí un amigo, un abrazo, una conversación inolvidable o el verso que llevaban años buscando sin saber que los estaba esperando, silenciosamente, del otro lado de la barra. 

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