En la esquina de Tamborini y Tronador
quedó colgado un tiempo que ya no está,
un buzón de testigo, medio torcido,
y el umbral de la carne que olía a hogar.
El quiosco abierto a sueños de madrugada,
la panadería tibia como un querer,
la peluquería de Miguel charlando
de un mundo chico que quería crecer.
como luna de barrio, sin pretensión,
nos juntaba en la esquina, entre risas
y algún picado bravo de corazón.
Fiuli, Roberto, el Tano, Avelino y el Tobi,
los hermanos Pascual, Daniel, Paccha
y tantos mas armando la rueda,
un mundo de caracteres, de ilusiones a flor de piel.
El umbral que fue tribuna de historias,
refugio y trinchera de alguna ocasión,
y aquella corrida de la cana en la siesta
por romperle el silencio a la modorra del sol.
Los picados eternos contra la vereda,
la pelota gastada, la voz del gol,
y después, apoyados frente al buzón,
la vida pasando… sin ningún control.
De pibes a no tan pibes, sin darnos cuenta,
se agrandaba el mundo, se iba a escapar,
cada cual con su rumbo, con su pelea,
con promesas que el viento supo llevar.
Era una esquina más, como tantas,
de Buenos Aires y de cualquier lugar,
pero guardaba historias que sólo el tiempo
se anima, de a poco, a desenterrar.
Antes de que la tecnología invadiera
con soluciones frías para la vida,
éramos carne y risa, barro y vereda,
presente puro… sin prisa medida.
Hoy vuelvo despacio por esa esquina
y no encuentro nada de lo que fue,
ni el buzón, ni la luz, ni la voz de Miguel,
ni el pan calentito, ni aquel café.
Sólo queda en el aire, como un suspiro,
la sombra de todo lo que se amó…
Tamborini y Tronador, esquina mía,
donde el tiempo, en silencio, nos olvidó.

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