Tu sonrisa tiene el abuso
de saber que, cuando apoyás
la tibieza desnuda de tu pecho sobre el mío,
el mundo olvida su antiguo idioma.
Todo cambia.
El color se derrama por las paredes,
la música nace donde antes había silencio,
y el clima gira, rotundamente,
hacia el norte de tu cuerpo.
Basta un roce.
Apenas la caricia distraída
para que el tiempo se quede inmóvil
mirando cómo dos latidos
aprenden a respirar al mismo compás.
Tu abrazo no pide permiso;
entra en mi pecho
como la lluvia entra en la tierra sedienta,
dejando un perfume nuevo
en cada rincón de mi deseo.
Y entonces comprendo
que no es el cuerpo quien enciende el incendio,
sino esa manera tuya de acercarte,
de sonreír, de convertir un simple contacto
en un universo entero.
Porque cuando descansás sobre mí,
ya no existen distancias,
solo el milagro de dos pieles
que descubren, sin decir una palabra,
que el amor también sabe hablar
con el lenguaje silencioso de un roce.

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